El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

Clamor en Egipto
La oración de lamento es quizá, uno de los primeros actos, en la relación de Dios y su pueblo, un pueblo que clamó desde su dolor y sufrimiento. Personas que se encontraban en un estado de opresión, encontraron en la oración de lamento a un Dios alternativo de los que hasta ese momento conocían: los dioses egipcios. Un Dios desconocido en el que confiaron sus flaquezas, un Dios distinto, y no éstos, porque los dioses faraónicos avalaban y justificaban el deseo desmedido de los faraones. El pueblo de la opresión trabajaba para construir ladrillos que fortificaban ciudades, templos de diversos dioses que engrandecían la vanidad y deseo desmedido del nombre de los faraones, ocurriendo que cada dinastía quería ser más grande que la anterior. El lamento de este pueblo tenía que ser dirigido a Otro Dios. Un Dios distinto.
Esta relación que inició como forma de queja, de un pueblo a un Dios que no conoce, y de un pueblo que se sintió escuchado por ese otro Dios. Finalmente, ese otro Dios decidió escuchar a ese pueblo gimiente, y le proveyó de libertad, una libertad real, representada en signos.

El sábado
El primer encuentro entre Moisés y el faraón es para pedirle que deje salir a su pueblo a celebrar en el desierto un Holocausto a Dios (Éxodo 5:1-9), sin embargo; la respuesta del faraón fue negativa, y les recuerda a Moisés y al pueblo cuáles eran las expectativas que tenía con ellos: «…ustedes están apartando al pueblo de sus obligaciones. Vayan a sus trabajos. Y añadió: ahora que el pueblo es numeroso ¿quieren que interrumpa los trabajos?…». Que fueran más productivos era lo que deseaba el faraón, quien también les llama ociosos, flojos y mentirosos, ya que están pensando otra forma distinta a la de él, pues se perderán tres días de trabajo, y retrasarán la producción y los avances de las obras emprendidas por su imperio.
«El tiempo es dinero», es una idea que, aunque la conocemos en el mundo moderno, también era una idea faraónica: «el tiempo es producción». La idea de perder el tiempo en un mundo de producción es inconcebible. Se degrada la persona si pierde el tiempo para hacer. Sin embargo, la idea bíblica del tiempo incluye también el descanso como un provecho para el ser humano, y así encontramos en el sábado un primer signo de libertad.
Es el descanso (shabath) la herramienta que Dios pone al pueblo para golpear el sistema de producción faraónico. En el pueblo invalidaría el poder y el látigo de faraón. Un sábado ceremonial es el que llevaría al pueblo su liberación.
Es así como tiene lugar la alianza de Dios en el Sinaí, sellada con los primeros mandamientos. El primero, no tener otros dioses ni una imagen de Dios… que justifiquen la esclavitud, o una imagen que demande santuarios, que justifiquen el deseo desmedido y la opresión al pueblo. Ante esto, se presenta al descanso como bendición para el ser humano y signo de libertad

La comunidad sabática como signo de libertad hoy
¿Cuántas veces hemos escuchado los mismos argumentos de la ideología faraónica como creyentes? La seducción del consumismo, de tener más, comprar más, gastar más; da como resultado ciudadanos que tienen que trabajar más tiempo, doblar turnos, adquirir dobles trabajos o laborar los fines de semana, etcétera. Convirtiendo al trabajo en una adicción o en una constante esclavitud. En ese sentido el sábado es una resistencia a la voraz cultura del consumo o del trabajo excesivo.
Para el Israel, una vez ya liberado, las voces de celebración (Sábado) fiesta, la música, así como las oraciones comunitarias (de lamento) recordando los sucesos del Dios libertador.
Encontramos en los Salmos (homenaje a la torá) una amplia recopilación de oraciones que nos ayudan a seguir orando y celebrando el sábado en comunidad (iglesia). Y que afirman la bendición de Dios para el ser humano desde el dolor a la alegría: has cambiado nuestro lamento en baile… La comprensión del pueblo cambia, de ese Dios desconocido al Dios que conocen por haberlos escuchado y liberado de Egipto. Ahora es el Dios libertador, el que, como dice el Salmo 103: salva, rescata del hoyo…, el que, …junto a aguas de reposo (sabáticas) hace descansar, conforta el alma…
Cuando guardamos el sábado lo hacemos también, como resistencia y alternativa. Una visible insistencia de que nuestras vidas no están definidas por la producción consumista y la búsqueda del confort. Una resistencia a las seducciones faraónicas de la búsqueda de vanidad. La iglesia es una alternativa a la cultura del entretenimiento que hoy determina la agenda familiar de miles de familias.
Trasmitir o proclamar a este Dios que libera, que transforma vidas, que guía y brinda herramientas al ser humano para su crecimiento, es una tarea que tenemos todos los que hemos vivido esa trasformación y libertad. El Dios que nos muestra Jesús de Nazaret, es nuestro Dios: Vengan a mí los que estén cansados y agobiados, que yo los haré descansar. Acepten mi enseñanza y aprendan de mí que soy paciente y humilde. Conmigo encontrarán descanso. Mi enseñanza es agradable y mi carga es fácil de llevar (Mateo 11:28-29, PDT)

Bibliografía:
• Sabbath as Resistance: Say no to the culture of now, W. Brueggemann, Westminster John Press Louisville, Kentucky

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FAMILIAS QUE FLORECEN

FAMILIAS QUE FLORECEN

La experiencia nos enseña que los lazos familiares son vitales para los seres humanos; nacemos incapaces de valernos por nosotros mismos y también anhelantes de afecto y seguridad. La manera en cómo se resuelvan estas necesidades marcarán el carácter y la forma de relacionarse de cada persona.

El ser humano no puede existir aislado de los otros. Dios nos ha conformado entrelazados, sólo podemos existir física y emocionalmente asociados con otras personas. Aun estando solos en realidad «estamos» con alguien en la memoria o en el corazón.

El medio ideal de hacer posible la subsistencia, así como lograr el ambiente propicio para que toda persona alcance la plenitud, se encuentra en la familia. La familia es la unidad social fundamental que atiende física, emocional y espiritualmente a los miembros de las diferentes generaciones que la conforman. Sin embargo, la familia puede ser, para cada uno de nosotros, la mejor de las experiencias de vida, o la peor. Esto se debe a la condición humana de sus integrantes, la sanidad emocional de los adultos, las actitudes con que enfrentan las situaciones que atraviesan, las expectativas que mantengan y las creencias de todos los que influyen.

En nuestra época existe una diversidad de tipos de familias. Sin duda que el modelo tradicional de padre, madre e hijos es un esquema muy importante, pero, no podemos rechazar otros que son aceptables a la doctrina cristiana. Hoy vemos familias conformadas por: abuelos criando nietos, madres o padres solos que cuidan de sus hijos, matrimonios sin hijos, familias con hijos adultos que no han salido de casa o que regresan después de divorciarse, y otros más.

Una familia que florece refleja la imagen de Dios, no por el número de sus integrantes o por las figuras representadas en ella, sino porque esté basada en un amor verdadero y en una convivencia justa y sabia. La validez depende de lo interior más que de la forma exterior. La familia es, por excelencia, el elemento cohesionador y esperanzador del género humano. En ella, sus miembros se liberan mutuamente de la soledad, se nutren de afecto y seguridad, atienden sus necesidades legítimas, fortalecen el carácter y mantienen compañerismo a través de las fases de su existencia.

Una familia que florece es una comunidad de amor real

En Efesios 5:21-6:4 se describen las virtudes de una familia de creyentes: Maridos amad a vuestras mujeres. Más que los lazos sanguíneos, de atracción física o de intereses económicos o de trabajo, la familia conforma una unidad aglutinada por el don cristiano del amor.

El amor «ágape» al que se refiere es más que sentimientos. No debe confundirse el amor con egoísmos disfrazados, como una pareja que se relacione con el criterio de «te quiero porque te necesito». La persona que ama no pretende ser el centro de atención, ni busca, como fin central, satisfacer su hambre de cariño, porque sería incapaz de la gratuidad y establecería una especie de pacto comercial: «yo te doy esto y tú me das a cambio lo otro». El amor no se compra ni se vende, sólo se da y se recibe.

«El hogar no son piedras, son almas; El mueblaje no es oro, es cariño… Si se quieren, ¡qué ricos son los pobres!; Si no se aman, ¡qué pobres son los ricos! El amor inventó los hogares…» (Ramón de Campoamor. Poeta español).

Si los padres miran la paternidad como el medio de reiniciarse, es decir, pretender hacer de la vida de sus hijos su segunda oportunidad, y se apropian de sus mentes y corazones y les quitan su individualidad, estarán tomando para sí lo que le corresponde a Dios. Él nos confío hijos para cuidar de ellos y facilitar su crecimiento a fin de que sean para Su gloria. Como dice el poeta Rabindranath Tagore:

Tus hijos no son tus hijos, son los hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen…

Una familia que florece experimenta compañerismo de vida

Vivir en familia es con-vivir. Es ser y devenir con alguien más. Con alguien que es como nosotros sin ser nosotros. Cuando Dios dijo: no es bueno que el hombre esté solo… (Génesis 2:18) declara la liberación de la soledad. Una familia saludable protege, nutre, desarrolla y fortalece a sus integrantes. El hogar constituye el punto central del espacio vital desde el cual cada uno «contará sus pasos». Es allí donde se adquiere la cualidad de la confianza, la autoestima y las herramientas para las jornadas que cada quien encarará.

Los miembros de una familia comparten lo más profundo de las personas, conocen sus pensamientos, la manera de reaccionar, los sueños y frustraciones; su convivencia presupone aceptación plena. La pareja establece una amistad que los une a lo largo de las etapas, los hermanos suelen ser los mejores amigos, madres e hijas llegan a compartir secretos, padres e hijos logran las mejores aventuras, las diferentes generaciones se divierten en todo tipo de juegos.

Cuando llegan los quebrantos de alguno de los integrantes, los corazones se unen en defensa del afectado; si alguien es herido emocionalmente, hay un lugar donde regresar para sanar. Siempre se vuelve al primer amor. El hogar es la referencia de los buenos tiempos, de cuando nos sabíamos amados, cuando podíamos imaginar un futuro seguro, donde se nos permite desarrollar las potencialidades con que somos dotados al nacer.

Una familia que florece es un taller para un carácter firme

El hogar es el taller donde se forja el carácter de una persona. El carácter son las marcas que definen cómo es alguien, la actitud que tendrá hacia las demás personas y cómo enfrenta las situaciones de la vida, sobre todo las crisis. Es la disposición que se tiene al enfrentar los problemas y la convicción con que se asume una tarea.

El carácter habla de lo que hay en verdad dentro de una persona. El libro de Ruth nos cuenta el drama de dos maravillosas mujeres, las cuales sufren cuando la adversidad pasa por encima de ellas: Nohemí pertenece a una familia de migrantes pobres y queda viuda y sin hijos en una tierra extraña; los sueños de prosperidad y bienestar se esfuman y tiene frente a sí un panorama devastador. Pero ella tiene una fuerza de carácter y la transmite a su joven nuera; en la crisis aparece lo mejor de ellas, se hacen cargo de sí mismas, no se sientan a lamentar su suerte, ni permanecen echando culpas sobre otros, no dejan que la amargura tome el control de sus corazones.

El carácter se manifiesta en el autocontrol de los impulsos. Consiste en sobrellevar las críticas y las frustraciones sin conductas destructivas, mostrar paciencia y tolerancia prudente. El carácter es la integridad con que actúa una persona que no tiene motivos ocultos, es la lealtad a la pareja, la afirmación de valores ante las tentaciones, es la disposición de ponerse en pie cuando ha caído.

Nuestras familias florecerán cuando, con la sabiduría y fortaleza de Dios, trabajemos en las actitudes de todos los miembros. Siendo realistas, reconocemos que la vida son problemas, que cada día se enfrentan responsabilidades. ¿Qué hace que una persona se levante cada día y cumpla su trabajo, que busque resolver las situaciones buscando las soluciones viables, que cumpla su palabra aun cuando sería más fácil hacerse desentendido, que sea autodisciplinada en sus conductas? Por supuesto que el carácter. Éste se desarrolla en la crianza. Una crianza con amor firme será de bendición en las personalidades frescas.

Una fuente de esperanza

Las personas que integramos las familias somos frágiles e imperfectas. Ninguna familia alcanza la plenitud del ideal, ya que estamos condicionados por nuestras propias debilidades y somos víctimas de nuestros propios impulsos naturales. Cuando el rey David llegó a su vejez, evalúa su condición y reconoce que el pacto que Dios hizo con su casa es estable, porque la palabra de Dios es firme, pero él y su familia han fallado; sin embargo, cree que Dios hará florecer a los suyos (2 Samuel 23:5). Nuestra familia necesita de Dios. En Dios, cada familia puede encontrar sanidad para sus heridas, fortaleza para superar los fracasos, gracia para cubrir los errores e imaginación para los sueños.

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LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

Nos tocó trabajar pastoralmente con un joven hace algunos años. Desde su infancia fue víctima de violencia por parte de su padre, quien tenía problemas de alcoholismo. A los diez años de edad, fue abandonado por su madre, pues al parecer, no soportó el maltrato que sufrían. Entonces su abuela paterna lo crió. Él sentía que a nadie le importaba. Lamentablemente, en su trabajo venía teniendo problemas por agresividad. Sus relaciones de pareja terminaban pronto, por la misma razón. Cada rompimiento, lo interpretaba como abandono. Estuvimos trabajando por varios meses en su restauración.

En una de las varias charlas que sostuvimos con él, reflexionamos a cerca del perdón. Al principio, atendió a nuestra explicación con mucha atención. Le hicimos saber lo tan necesario que era perdonar para seguir avanzando en su proceso de restauración. Una vez que comprendió el sentido de la charla, la detuvo con molestia. Sus palabras fueron: «ya se para dónde van y créanme, no lo voy a hacer, ustedes no lo entienden, hay cosas imperdonables, no estoy dispuesto a ser abandonado y pisoteado otra vez. ¡Jamás perdonaré! ¡Pídanme lo que quieran, pero eso no»! Estaba dispuesto a su restauración, pero había heridas que dolían, y mucho.

Las heridas de la vida

Frecuentemente, lastimamos a las personas, incluso a aquellas que amamos. A nosotros nos han lastimado también, incluso quienes nos aman. Las heridas, resultado de experiencias dolorosas, dejan cicatrices cuando cierran. Pero, lamentablemente, a veces no sanan, incluso con el paso de los años. Padres e hijos sin relación por mucho tiempo. Hermanos que se han distanciado y no tienen contacto durante largas temporadas. Familias fracturadas, rotas, desgarradas. Amigos que se convierten en enemigos. Personas que abandonan la iglesia, y a veces, hasta la fe, por roces con otros creyentes. En fin, relaciones amorosas que se ven interrumpidas por traiciones, malos entendidos, ofensas; situaciones que hieren, que fracturan, que rompen.

Yo ya perdoné, pero aún duele

«Yo ya perdoné» – parece ser una expresión bastante común a la hora de hablar de los vínculos rotos. Sin embargo, existe una «señal» que permite identificar si realmente se ha perdonado: recuerdo cuando, una noche cocinando con mi esposa, me rasgué un dedo al cortar una verdura. Salió un poco de sangré. Pensé que la lesión no era tan profunda. Mi esposa la cubrió con una cinta adhesiva para heridas, y parecía que todo terminó. Con el paso del tiempo, el dedo me dejó de doler. Sin embargo, cada vez que rozaba con algo, sentía malestar. Eso hizo que fuera al médico, quien me dijo: la herida no ha sanado, el hecho de que el dolor desaparezca de momento, no es evidencia de sanidad, pues al tocar la herida aún duele. Una vez que sana, ya no duele. Algo similar pasa con las heridas del alma.

Comprobamos que no hemos sanado si al hablar de aquella vivencia dolorosa aún surge dolor. A esa experiencia se le llama resentimiento. Es decir, volver a sentir, o sentir otra vez. Cuando no se ha sanado, y aquel mal recuerdo pasa por la mente, se despiertan los mismos sentimientos desagradables, de rabia, como en el momento en que surgió la herida. Incluso, se vuelen más intensos. A veces, no se perdona para darle al ofensor su merecido, sin embargo, al no hacerlo, el primer afectado es uno mismo. Cuesta trabajo sanar, aún más cuando no se asume que se requiere sanidad.

Lo que no es perdonar

Pero, si la falta de perdón nos hace tanto daño, ¿por qué es tan difícil otorgarlo? Sin duda, esta pregunta tiene varias respuestas. Una de ellas, desde nuestra experiencia pastoral, tiene que ver con la comprensión. Es decir, una inadecuada idea del perdón, produce resistencia ante este. A menudo, se tienen ideas confusas, erradas, que bloquean a la hora de querer otorgarlo. Algunas de esas ideas las hemos concebido sin darnos cuenta. Pero entonces, ¿qué es el perdón? Empecemos por lo que no es:

Perdonar no es olvidar. Ante las heridas del corazón, se suele confundir al perdón con el olvido. Sin embargo, absolver al ofensor no necesariamente implica borrar de la memoria la ofensa. Por ejemplo, una persona que ha sufrido violencia extrema por parte de su madre o de su padre, no la olvida, incluso con el paso de los años. Los recuerdos quedan, no se borran de la mente. Sin embargo, eso no indica falta de perdón y sanidad. Cuando se perdona, se recuerda la ofensa, sí, pero no duele al recordarla. Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor.

Perdonar no es justificar la ofensa que se recibió ni al ofensor. En ocasiones, se busca excusar la afrenta, planteando explicaciones que justifican el daño causado o a la persona que lo ocasionó. Por ejemplo, frases como: «Déjala, es tu madre, y tuvo una infancia muy difícil, no quería lastimarte», «su padre cometió muchas infidelidades, él ahora es así porque lo aprendió desde niño», «es un anciano, cuando habla no se fija». Si bien conocer la historia de vida o condición del ofensor permite comprender su comportamiento – lo cual puede ayudar a que la ofensa no se tome como una agresión deliberada hacia la propia persona – eso no significa que el daño se deja de ver como tal.

Perdonar no implica obligatoriamente la permanencia del vínculo con quien ha ofendido o lastimado. Tal vez la afirmación parece «anti-cristiana», pero permítanos explicarlo, pues no es así. A menudo, nos resistimos a perdonar, porque pensamos que si lo hacemos, debemos permanecer vinculados con aquella persona que nos dañó, exponiéndonos a que el daño se repita. Sin embargo, continuar o no con la relación, es una decisión independiente del perdón. Por ejemplo, el hecho de que una adolescente otorgue el perdón a un familiar cercano que abusó sexualmente de ella, no significa que necesariamente tenga que mantener la convivencia con él. Al contrario, eso la expone. En un caso de abuso, los especialistas recomiendan alejar a la víctima del abusador. Ante ciertos casos, será necesario perdonar y tomar distancia, con el fin de no poner en riesgo la propia integridad.

Perdonar no es síntoma de debilidad. Se suele pensar que si se otorga el perdón, la persona que cometió el daño lo volverá a hacer. Por ese temor, no se perdona. Sin embargo, al no hacerlo, se está sufriendo más. Es como un daño doble: uno, cuando se vive la herida, y el otro, de manera permanente, al guardar el resentimiento que produce la falta de perdón.

En pocas palabras, perdonar no es:

  • Olvidar.
  • Excusar la ofensa.
  • Solapar el daño o al agresor.
  • Minimizar el daño que se ha causado.
  • Restar importancia al suceso que ha lastimado.
  • Dar la razón a quien lastimó.
  • Signo de debilidad.

¿Setenta veces siete?

Para comprender adecuadamente el perdón, es fundamental ir a Biblia. Hablar de perdón, es hablar de amor. Al hablar de amor, nos referimos a Dios, pues Él es amor. Para conocer a Dios, es necesario ver a Jesús. Veamos la respuesta que el Señor da al discípulo Pedro referente al perdón:

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mateo 18:21-22).

De la pregunta y la respuesta, se puede resaltar que:

  • Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que era necesario perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro, al parecer, se considera más generoso, pues añade otras tres en su pregunta.
  • El número siete en la Biblia tiene un significado teológico. Indica totalidad, plenitud.
  • En su respuesta, Jesús da una lección. Aún siete veces no es suficiente; pues implica que se está llevando la cuenta de las ofensas recibidas.
  • La frase «setenta veces siete» de Jesús, no tiene un sentido literal, pues entonces estaría diciendo que hay que perdonar cuatrocientas noventa veces. Siendo así, el perdón tendría un límite, si bien, distante, pero límite al fin.
  • En su respuesta, es probable que Jesús esté haciendo referencia al Cántico de Lamec: si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete (Génesis 4:24); para enseñar que el perdón debe extenderse hasta donde llega la ira y el deseo de venganza1.
  • En otras palabras, el «setenta veces siete» de Jesús expresa que, ante cualquier ofensa e independientemente del número de veces que ésta ocurra, es necesario perdonar siempre, más allá de la rabia o las intenciones de desquite.
  • De la respuesta de Jesús, comprendemos que el perdón tiene que ser, más que un acto, una actitud, una forma de vida, que se mantiene durante todo el transitar de la existencia.

En la respuesta a Pedro, el Maestro narra la parábola de «Los dos deudores» (versos 23 al 35). Más que un concepto, enseña a Pedro una lección a partir de esta historia, de la que aprendemos:

  • El punto de relieve de la parábola está en la desorbitada diferencia entre la deuda de uno y la de otro. Aquel rey es capaz de perdonar una inmensa deuda a su siervo. El siervo perdonado es incapaz de perdonar una deuda extremadamente menor a su consiervo.
  • El rey, representa a Dios. El siervo, lamentablemente, nos representa. Ante el Señor, hemos cometido faltas miserables y terribles, de las cuales nos ha perdonado. Nosotros, aun recibiendo ese perdón, no hemos sido capaces de perdonar a las personas que nos han ofendido.
  • Cualquier ofensa recibida, es mucho menor que las ofensas que hemos causado a Dios. Para perdonar, es necesario tener conciencia de la propia condición. Nosotros también somos deudores, y al mismo tiempo, somos objeto de la gracia y del amor del Señor.
  • Abrirnos al amor y al perdón de Dios, a través de Jesús, nos capacitará para amar y perdonar a quien nos ha herido. El perdón viene de Dios. La capacidad para hacerlo no es de nosotros, es de Él.
  • Conscientes de lo que somos, y de lo que Dios es y hace en nosotros, comprenderemos que perdonar no es hacer un favor al otro, sino un acto de gracia, como el que nosotros recibimos primero de parte del Otro.

¿Qué es perdonar?

En resumen, del texto comprendemos que perdonar es:

  • Una capacidad que viene de Dios y quizá la más valiente de las acciones.
  • Un proceso, que implica la comprensión de la propia condición respecto a Dios y, entonces también, respecto al otro.
  • Una decisión personal, una opción del corazón, que surge cuando decidimos dejar que Jesús abrace nuestras carencias y miserias, al permitir que nos ame y perdone.
  • Una expresión de amor, un regalo, la cancelación de una deuda.
  • Un valor, que permite asemejarnos a Dios, a Jesús. Al perdonar, nos parecemos al Señor, más que nunca.

Perdonar implica:

  • Aceptar nuestra realidad y reconciliarnos con ella.
  • Asumir que el otro nos ofendió, aceptar que el ofensor nos hizo mal, reconociendo el derecho que se tiene de hacer justicia, pero renunciando a él.
  • «Soltar» los pensamientos nocivos, decidiendo no guardar en el corazón todos aquellos sentimientos destructivos como el odio, la amargura y el rencor.
  • Modificar la conducta. Es decir, el perdón es acción. De la restauración interior, surge un cambio en la forma de vida, en la manera de relacionarse.

El canadiense Robert Enright afirma: «el perdonar no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor por el daño causado, ni niega el derecho a hacer justicia a la persona que ha sido herida. Tampoco le quita la responsabilidad al ofensor por el daño provocado… Perdonar es un proceso complejo. Es algo que sólo nosotros mismos podemos hacer… con la ayuda de Dios. Paradójicamente, al ofrecer nuestra buena voluntad al ofensor, encontramos el poder para sanarnos…Al ofrecer este regalo a la otra persona, nosotros también lo recibimos».

Entonces, ¿cómo perdonar?

Es necesario perdonar si deseamos vivir con salud y de una manera acorde al evangelio. No perdonar, absorbe la propia energía, desgasta, marchita poco a poco el corazón. Pero, ¿cómo hacerlo? Se requiere:

  • Tomarse su tiempo. Parece que, por ser cristianos, somos llamados a perdonar inmediatamente cualquier ofensa, pero no es así. Antes de hacerlo, es necesario hacer contacto con las propias emociones, con los sentimientos, aunque estos sean negativos, con el fin de no reprimirlos, sino darles una salida adecuada. Escribir lo que se piensa o se siente ante el ofensor, dialogar con una persona capacitada sobre la herida, el llanto como desahogo, son maneras sanadoras para iniciar a desalojar del corazón los sentimientos negativos.
  • Recordar que el Señor nos ha perdonado primero. Tenerlo presente, hará que estemos consientes de la propia condición.
  • Reconocer la herida. Para sanar, es necesario admitir que se está lastimado. Asumir lo que se siente, el propio dolor y coraje. Involucra reconocer la afrenta. Entender que el otro nos ha hecho mal.
  • Recordar el bien que traerá. Perdonar da vida. No hacerlo, consume por dentro, carcome. Dice Proverbios 17:22: El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos. Perdonar libera, da vitalidad, alivio y descanso.
  • Asumir el compromiso. Perdonar no es sencillo. Habrá altas y bajas. Será necesaria la completa disposición. Implica dejar de buscar culpables ante las desgracias vividas, y asumir la responsabilidad de la propia vida, para llegar a la restauración
  • Tomar la decisión. Dar el paso y perdonar. Si la herida es muy profunda, es necesario buscar ayuda de personas maduras. El Señor utiliza a personas para acompañarnos en nuestros caminos, para auxiliarnos en la sanación de las propias heridas.
  • Buscar una nueva forma de pensar sobre esa persona que ha hecho mal. Al hacerlo, por lo general, se descubre que es un ser vulnerable, probablemente con heridas también, necesitado (y a la vez objeto) de la gracia y amor de Dios, como nosotros.

La fragancia que cura

Perdonar posibilita la sanación de las heridas del alma. Es un proceso que requiere tiempo, similar al tiempo de sanación que necesita una herida en el cuerpo. Serán fundamentales la paciencia y la perseverancia, en la confianza de que el Señor es el Médico que está trabajando en nuestra sanidad.

Perdonar nos lleva camino a la restauración. Propicia que, aquello que lastima, deje de doler, y se trasforme en una experiencia de vida, parte de la propia historia, que da aprendizaje, crecimiento y madurez.

Perdonar es hacer bien a quien no lo merece, como Dios lo hace con nosotros. En palabras de Mark Twain: «Perdón es la fragancia que la violeta suelta, cuando se levanta el zapato que la aplastó».

Referencia

1           www.mercaba.com/Aprende a perdonar como Dios te perdona a ti

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CUANDO LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS SE VUELVEN NOCIVAS

CUANDO LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS SE VUELVEN NOCIVAS

Sin duda, los avances tecnológicos han favorecido distintos aspectos de la vida cotidiana. Hablando del ámbito de la comunicación, ésta es casi instantánea, aunque surja de un extremo del planeta a otro. Es posible establecer comunicación inmediata sin importar la separación geográfica de los interlocutores. Se han acortado distancias. Ahora es muchísimo más sencillo charlar con seres queridos lejanos e incluso verlos, de manera virtual.

En el ámbito de la educación, también se tienen innumerables ventajas. Para los estudiantes, hoy en día consultar resulta extremadamente sencillo, en comparación con las generaciones anteriores, gracias al internet, a los buscadores y a las enciclopedias electrónicas.
Por otro lado, poseer aparatos inteligentes de comunicación, cada vez es más sencillo. Existen muchas facilidades y opciones. Tener acceso a un teléfono móvil, a una tableta o algún otro dispositivo, ya no es tan complicado. En años anteriores era impensable. Ahora, hasta los miembros más pequeños de las familias cuentan con dispositivos electrónicos.

Si bien, las nuevas tecnologías han incorporado innumerables ventajas a la vida cotidiana o laboral, tienen su otra cara: «…pueden causar estrés, ansiedad, insomnio, dependencia o, incluso, adicción, si no son utilizadas apropiadamente», señala el profesor José María Martínez Selva, catedrático de Psicobiología en la Universidad de Murcia, España. Los dispositivos electrónicos y la tecnología en sí, no son «malos». El uso inadecuado y sin límites, es lo que los torna en nocivos.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la adicción es una enfermedad física y psicoemocional que crea una dependencia o necesidad hacia una sustancia, actividad o relación. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs por sus siglas) de uso más extendido y cotidiano son el Internet y teléfonos móviles. Estas pueden producir adicción. ¿Cómo detectarla? Cuando su uso es compulsivo, repetitivo y prolongado, con incapacidad para controlar o interrumpir su consumo, y con consecuencias sobre la salud, la vida social, familiar, escolar o laboral.

Según datos del INEGI de octubre de 2014 sobre equipamiento y uso de las TICs, el 99,2% de los hogares tiene televisión, el 96,4% teléfono móvil y el 74,4% acceso a Internet. El uso de las TICs por la población de 16 a 74 años revela que el 76,2% utiliza Internet, siendo los usuarios frecuentes el 93,5% y los de uso intensivo (diario) el 60%. El 51,1% de esta franja de edad acceden a las redes sociales, mostrándose los jóvenes de 16 a 24 años los más participativos (91,3%). El 73,7% tiene teléfono móvil, cifra que aumenta exponencialmente en el sector joven que roza el 100%. En cuanto a la población infantil (de 10 a 15 años) la proporción de uso de las TICs es muy elevada, el 92% utiliza Internet. Por otra parte, el 63,5% de los menores dispone de teléfono móvil, hasta alcanzar el 90,3% en la población de 15 años.

El Dr. Jaume Eroles explica la influencia de la tecnología en nuestro día a día. Señala que: «…cualquier actividad que provoca satisfacción en nuestra vida diaria, puede convertirse en conducta adictiva si se pierde el control sobre su uso. Inadvertidamente, se puede pasar de forma progresiva del uso al abuso y del pasatiempo a la dependencia. Conviene subrayar que, hay personas especialmente vulnerables debido a carencias de índole diversa, déficit en su desarrollo madurativo o rasgos en su personalidad como la impulsividad, la intolerancia a la frustración, la falta de autocontrol, la dificultad para aplazar los deseos, las dificultades de comunicación, etc. Algunos estudios aluden incluso a factores biológicos que influyen en la tendencia a la adicción».

El citado doctor también afirma: «las adicciones más conocidas porque nadie oculta su uso, son la dependencia a las redes sociales (Facebook, Twitter, etc.), a las aplicaciones de mensajería interactiva instantánea (WhatsApp, Line) y a los videojuegos. Pero “elinfosurfing” (‘navegación’ continua y prolongada por Internet sin objetivos claros), la pornografía, la compra compulsiva “online” (oniomanía), los juegos de azar (“gambling”) y la “infidelidad online”, entre otros, tienen cautivos a un creciente número de incondicionales que extiende el fenómeno de la ciberdependencia a diferentes ámbitos de la vida. Dado que el acceso a estas actividades se produce a menudo a través del móvil, la nomofobia (pánico a no disponer del móvil) refleja esta mixtura de dependencias, sobre todo entre la población más joven».

Recientemente, la adicción a las nuevas tecnologías se consideraba un trastorno propio de la adolescencia o juventud, ahora, los adultos no están exentos, ya que se han ido incorporando de manera significativa a estos hábitos nocivos. Es importante hacerse conscientes si se está incurriendo en estas adicciones, autoanalizarse y detectar donde hay que poner atención.
El uso inapropiado de las redes sociales puede desencadenar situaciones lamentables, afectando negativamente los vínculos interpersonales. Si bien es cierto, las redes sociales unen a los que se encuentran lejos, pero usarlas sin límites, distancia a los que están cercanos geográficamente. La adicción a las nuevas tecnologías, afecta la comunicación, las actividades en familia y las diferentes relaciones sociales.

Las redes sociales han sido una causa frecuente de contacto para secuestros, engaños, intercambios eróticos, de flirteos entre conocidos o desconocidos, incluso de infidelidades. Gran parte de las crisis matrimoniales, inician por el abuso o uso inadecuado de las redes sociales. Suele pensarse que no afectará de manera personal, que sólo sucede entre los jóvenes o adolescentes o que es algo lejano. Lamentablemente, es más cercano de lo que se imagina.
Es necesario considerar que se deben tener los cuidados precautorios para no cometer errores de los que después sea complicado, incluso doloroso, salir. La Palabra de Dios siempre es pertinente, y en este renglón, tiene algo que decirnos.

El contexto histórico del libro de Eclesiastés, era algo similar al nuestro. En el ambiente de donde surge la obra, predominaban los avances tecnológicos, por así llamarlos, de la época. Parte del pueblo de Dios estaban deslumbrados por la novedad de la tecnología aplicada a la producción agrícola, al comercio, a los avances en física y matemáticas que tuvieron origen en ese tiempo. El autor del libro, con su obra, hace una fuerte crítica a este poder que predominaba, al estilo de vida de sus compatriotas aristócratas y a los funcionarios del sistema que, en esa fascinación por los avances tecnológicos, dominaban y oprimían al pueblo. El escritor desea mostrar que el sistema, aun y con sus avances, no redunda en la realización humana.

Ante esta realidad deslumbrante, vanidad de vanidades, todo es vanidad, dice el Predicador (Eclesiastés 1:3). El término hebreo que se utiliza en esta afirmación, que aparecerá recurrentemente a lo largo del libro, es hebel. Además de vanidad, se puede traducir, como «vacío», «efímero», «fugaz» y «pasajero». Donde no hay posibilidad de un cambio en el rumbo de la historia, de una realización humana, entonces todo es hebel.

En el entorno de la obra del Eclesiastés, los deseos de la aristocracia se afirmaban en la vida presente, en lo cotidiano e inmanente, no en lo divino y trascendente. En medio de este ambiente, el autor da un mensaje de esperanza, donde invita a vivir con goce y disfrute en medio del hebel que engulle. Llama a una reconstrucción de la consciencia, fuera de la angustia y el afán aplastante del hebel, provocado por la imposibilidad que tienen de dar plenitud en sí mismos, los logros materiales del ser humano. Señala que, el sentido de la vida está en el temor de Dios (Eclesiastés 12:13 y14). Es decir, en asumir, que por más avances y hazañas que se tengan, se es humano, finito y fugaz, no se es Dios. Sólo es en Él, donde se encuentra la plenitud, asumiendo la propia fragilidad humana.

En la actualidad, la novedad de la tecnología y sus avances pueden deslumbrar. Es necesario crear consciencia y concentrarse en lo trascendente, no en lo efímero y pasajero. Será Dios primero, Dios siempre, por sobre todo, el motor de la vida. Las nuevas tecnologías han traído muchas ventajas, será necesario aprovecharlas. Pero sin límites, pueden desviarnos, es vital estar alertas.
El apóstol Pablo, a la iglesia en Roma, situada en la sede del imperio más poderoso de la época, donde los avances y la cultura del entorno parecían fascinantes, les escribe lo siguiente, una vez que ha explicado profusamente el amor y la gracia de Cristo: Por tanto, hermanos, tomando en cuenta la misericordia de Dios, les ruego que cada uno de ustedes, en adoración espiritual, ofrezca su cuerpo como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta (Romanos 12:1-2, NVI).

Será el amor de Jesús, «la misericordia de Dios», en palabras del apóstol, la fuerza que nos ayudará a mantenernos firmes en medio de los atractivos de la época. Las nuevas tecnologías, y los malos hábitos que estas despiertan, forman parte del «mundo actual». Mundo que, al parecer, se está infiltrando latentemente en nuestros hábitos como creyentes. Poco a poco. Mundo que es necesario erradicar. Como seguidores de Jesús, estamos llamados a vivir «contra corriente».
Quienes son padres, tienen en sus manos algunos elementos que pueden cuidar y fomentar. Lo mejor es la prevención. Por lo tanto los esfuerzos deberían ir orientados a:

• Educar desde la infancia en la autorregulación del placer inmediato y en la tolerancia a la frustración.
• Evitar usar estos aparatos para entretener a los pequeños, por tiempos indefinidos.
• Educar desde los primeros contactos con las TICs un uso adecuado y controlado.
• Regular los tiempos de utilización de las tecnologías.
• Educar en el uso de Internet como fuente de información y formación.
• Condicionar tiempo de estudio u otras actividades al tiempo para utilizar el móvil o el ordenador. Es decir, establecer límites.
• Fomentar el desarrollo de otras actividades lúdicas (deporte, lectura, actividades al aire libre, aficiones, etcétera).
• Potenciar los contactos sociales presenciales sin el uso concurrente del móvil.

Si la exploración en internet o el constante uso del teléfono móvil están siendo un problema, lo siguiente son pautas importantes para trabajar en ello:
• Evitar el uso compulsivo: no consultar el correo o chat constantemente, no revisar las redes sociales continuamente, no responder a los mensajes o llamadas perdidas inmediatamente. Si lo ha intentado sin lograr los resultados esperados, busque ayuda, pues a veces, este tipo de compulsiones, son propiciadas por la ansiedad.

• Autorregular las web o las aplicaciones utilizadas y/o el tiempo invertido en ellas.
• Desconectarse, es necesario un espacio libre del uso de la red, al menos por un par de horas.
• Fomentar actividades que fortalezcan el vínculo familiar y de pareja
• Reflexionar si el uso inadecuado o exceso de uso obedece a carencias o dificultades interpersonales. De ser así, busque acompañamiento pastoral.

El siguiente testimonio evidencia lo peligroso que pueden ser los excesos en el uso de las nuevas tecnologías:
Hace tiempo, una mujer aceptó en una red social a un amigo de antaño, habían ido juntos a la secundaria y desde entonces no se veían. Todo inició en una breve conversación, se pusieron al día de sus vidas, ambos eran casados al momento del contacto. Continuaron así, cada vez fueron más frecuentes las charlas, hasta que se volvió diario el platicar y compartir lo que habían realizado en el día. Era demasiado tiempo el que pasaban «juntos» a través de la red, descuidando a sus parejas y a sus responsabilidades. Llego el día en que «el amigo» le confesó sus intenciones. Le dijo que desde la secundaria estaba enamorado de ella. Esto la emocionó y la hizo corresponder. Comenzaron a involucrarse sentimentalmente, dejaron de ser charlas a través del móvil para ser citas disimuladas. Situación que finalizó en la ruptura del matrimonio de la mujer. Una ruptura llena de dolor y lágrimas.
Mantenerse alertas, es ineludible, si deseamos vivir con temor de Dios, sin amoldarnos a este mundo. El Señor nos ayude a tomar decisiones y marcar la diferencia.

Referencias
1 http://www.lavanguardia.com/salud/psiquiatria
2 http://www.lavanguardia.com/salud/psiquiatria

(Artículo publicado en la Revista «Mujeres de Dios», trimestre abril – junio de 2017, y adaptado para el presente número del Abogado de la Biblia, con un nuevo título)

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EL CLAMOR DE LA TIERRA

EL CLAMOR DE LA TIERRA

Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora (Romanos 8:22).

La película «Un día después de mañana» del director Roland Emmerich ha generado en muchos la inquietud acerca de los efectos reales del cambio climático del planeta en el medio ambiente. La trama presenta una sorpresiva destrucción de vastas regiones del planeta, provocada por el descongelamiento de los polos y el consiguiente desbordamiento de los mares; todo esto como consecuencia del cambio climático. Los países que rodean los polos son terriblemente afectados con inundaciones, tornados, granizadas y tormentas de nieve. Las imágenes son dramáticas, las poblaciones enteras aparecen tan frágiles ante la furia de la «naturaleza».

Para muchos especialistas, la película exagera los efectos del cambio climático; sin embargo, no podemos negar que señala algo real: el planeta está mostrando alteraciones, que en buena medida se deben a irresponsables acciones de los seres humanos, tales como: el uso de combustibles contaminantes y de aerosoles, la salvaje explotación de los bosques, la quema de pastizales, el empleo desmedido de aire acondicionado, la construcción de enormes planchas de asfalto o cemento, y otras. Por lo que dichas alteraciones deben interpretarse como la respuesta del planeta a estas agresiones.
Esta respuesta, o más bien, este clamor de la tierra, nos obliga como cristianos a reflexionar y a actuar por el cumplimiento fiel de nuestro llamado a ejercer la mayordomía de la creación. ¡Tenemos un encargo de Dios: Señorear en toda la creación! (Génesis 1:28).

El cambio climático

El clima es el resultado del vínculo que existe entre la atmósfera, los océanos, las capas de hielo (criósfera), los organismos vivientes (biósfera) y los suelos, sedimentos y rocas (geósfera).
La atmósfera es uno de los componentes más importantes del clima terrestre. Es una capa gaseosa compuesta de una diversidad de elementos bien mezclados, pero que no es uniforme, ya que tiene variaciones en temperatura y presión dependiendo de la altura sobre el nivel del mar.

La temperatura se equilibra entre otras cosas por la proporción de los gases invernadero, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CCH4) y el óxido nitroso (N2O); los cuales forman una capa protectora para el planeta.

El problema es que esta capa se engruesa cada vez más, básicamente por los siguientes factores: la quema de carbón, petróleo y gas natural que libera grandes cantidades de CO2 a la atmósfera; la tala inmoderada de bosques que reduce la absorción de dicho gas realizada por los árboles; la cría de bovinos y el cultivo de arroz que general metano y otros gases semejantes. Si no se controla esta situación habrá un aumento global de la temperatura entre 1.5 y 4.5 “C en los próximos 100 años, ya que los gases invernadero absorben y reemiten la radiación de onda larga infrarroja que emite la superficie de la tierra; tal reemisión ha crecido por el espesor de la mencionada capa y es la causante del aumento en la temperatura. A este fenómeno se le ha denominado: Efecto Invernadero, causa principal del cambio climático.

Los posibles efectos del cambio climático
Los efectos de un cambio climático tan rápido ocasionarían que los ecosistemas no se adaptaran al ritmo del proceso y habría efectos en los patrones de la lluvia y del viento. El calentamiento de la tierra podría descongelar las capas polares y provocar un cambio en el sistema de circulación del aire, modificando los ciclos de lluvia. El nivel del mar podría subir y amenazar islas y áreas costeras bajas; lo cual, unido al aumento poblacional del planeta, generaría hambrunas, además de las muertes de las personas vulnerables a las temperaturas extremas; traería también el esparcimiento de enfermedades como la malaria, el dengue y el cólera; y quizá, presentarse en la realidad lo que la película mencionada muestra tan crudamente y que nosotros vinculamos al clamor de la tierra.

Qué hacer ante el clamor de la tierra
La ONU, a través de su organismo especializado en este problema de la humanidad, se propone estabilizar los gases invernadero en la atmósfera. Algunos países promueven el uso eficiente de la energía en los diferentes sectores: industrial, doméstico, comercial, del transporte. Estimulan el uso de fuentes de energía renovable, atacan la deforestación y promueven la reforestación.
Hay distintos esfuerzos de diferentes instancias, de los gobiernos y de organismos particulares; sin embargo, hasta ahora los resultados son mínimos. Por otra parte, la Iglesia cristiana se ha mostrado indiferente ante el problema ecológico. Por lo cual es la hora de recordar que la tierra espera una respuesta de los hijos de Dios: Porque el anhelo de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios (Romanos 8:19).

Fundamentos para una respuesta cristiana
La tierra es de Dios: Porque así dijo Jehová que creó los cielos; él es Dios el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso: no la creó en vano, para que fuese habitada la creó: Yo soy Jehová, y no hay otro (Isaías 45:18).
Dios es el creador de la tierra. Él la hizo de tal manera que fuese posible la vida, una vida que realmente sea vida. La convirtió en el espacio para el desenvolvimiento del ser humano.

Teológicamente, al hablar del mundo visible es conveniente comprenderlo como creación y no como naturaleza; en su sentido griego el concepto de naturaleza de la idea de algo que existe por sí misma, que ya está acabado y que tiene su valor en sí misma. En cambio, creación implica que el mundo que habitamos es resultado de una mente y poder superior y bueno.
Esta creación está hecha con sabiduría y representa una obra en la que Dios se expresó. Él puso su sello en cada principio que rige el cosmos, que en la «casa del hombre». Dios vio que su creación era buena (Génesis 1:31). La cualidad de ser buena no se limita a ser bella, implica el que era favorable al ser humano, funcionaba para la vida.

La tierra es la casa de la vida
De nuestro análisis del texto bíblico, llegamos a comprender que Dios está íntimamente relacionado con su mundo. Que los principios que puso en él nos hablan de su permanente cuidado y de su profundo amor por la vida del ser humano, de los animales y de toda su creación; así lo canta el Salmo 104. Dios sostiene su mundo y sus criaturas.

Los principios que Dios puso en la creación rigen para preservarla como cada de vida. Hay una relación entre la obediencia a estos principios y las consecuencias para el ser humano: Si anduvieres en mis decretos y guardareis mis mandamientos, y los pusieres por obra yo daré vuestra lluvia en su tiempo, y la tierra rendirá sus productos, y el árbol del campo dará su fruto (Levítico 26:3-4).

Hay una interrelación entre Dios y el ser humano y la creación. El pecado del hombre genera el luto de la tierra a casa de la sombra de muerte que la cubre. La ambición humana y las prácticas irresponsables destruyen la armonía y provocan la extinción de los animales que Dios creó: Oís palabra de Jehová, hijos de Israel, porque Jehová contiende con los moradores de la tierra; porque no hay verdad, ni misericordia, ni conocimiento de Dios en la tierra. Perjurar, mentir, matar, hurtar y adulterar prevalecen, y homicidio tras homicidio se suceden. Por lo cual se enlutará la tierra, y se extenuará todo morador de ella, con las bestias del campo y las aves del cielo; y aún los peces del mar morirán (Oseas 4:1-3). La ideología dominante tiene como uno de sus puntos centrales el progreso y mira la «naturaleza» como algo para conquistar y arrancarle sus riquezas.

El hombre: protector de la casa de la vida
Dios le ha otorgado al ser humano la dignidad y responsabilidad de proteger el medio ambiente a favor de las generaciones presentes y futuras. Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrará y lo guardase (Génesis 2:15). La voluntad de Dios es que el ser humano proteja la creación con el fin de que cada uno siga disfrutando de ella: Cuando sities a alguna ciudad, peleando contra ella muchos días para tomarla, no destruirás sus árboles metiendo hacha en ellos, porque de ellos podrás comer; y no los talarás, porque el árbol del campo no es hombre para venir contra ti en el sitio (Deuteronomio 20:19).
Dios se declara en contra de la crueldad y de acciones que destruyan el medio ambiente y nos enseña a ser compasivos con todos los seres vivos con los que estamos ligados. Si viereis el asno de tu hermano, o su buey; caído en el camino, no te apartarás de él; le ayudarás a levantarlo (Deuteronomio 22:4). El justo cuida de la vida de su bestia; mas el corazón de los impíos es cruel (Proverbios 12:10).

El reposo sabático fue dispuesto por Dios para liberarnos de la ambición desmedida de arrancarle irracionalmente los recursos a la creación. Guardar el sábado nos permite mantener el equilibrio de la tierra, dejamos que la tierra se restaure, contaminamos menos y recordamos de quién es la casa que habitamos.

Conclusión
La casa de la humanidad fue creada en un equilibrio armonioso, y así deberá mantenerse. La irresponsabilidad del hombre manifestada en la destrucción de los bosques, el uso irracional de los productos derivados de petróleo, la agresión hacia la naturaleza (la contaminación de los ríos, la extinción de especies animales, la generación de basura, y otros) ha provocado que el clima se vaya modificando.

Las respuestas del planeta: las lluvias, las inundaciones, el aumento de la temperatura, las nuevas epidemias, representan el grito de una creación viva que se ve amenazada. La creación clama por su liberación, aguarda la manifestación de los hijos de Dios.

Reconociendo la soberanía de Dios en su creación y aceptando la condición de mayordomos en ella, en el Concilio Ministerial del 2003 hemos declarado nuestro compromiso a:

1. Conservar los recursos humanos.
2. Buscar, restaurar y recuperar el suelo, el agua, el aire, etc.
3. Reforestar recursos tales como árboles, arbustos, etc., en la medida que se considera práctico hacerlo.
4. Practicar el reciclaje de objetos de plástico, vidrio, papel y metal en toda oportunidad.
5. Involucrarse en la limpieza y mantenimiento de nuestro ambiente inmediato.
6. Involucrarse en programas educacionales que promuevan la conservación y restauración de nuestros recursos naturales.
7. Reconocer que el uso prudente de los recursos de la tierra es recomendable.
8. Evitar apoyar y participar en organizaciones que tengan una posición radical o anti bíblica respecto al ambiente.
9. Participar en el cuidado y la defensa de los animales como parte de la creación de Dios, particularmente de las especies en extinción.

«Solamente cuando se haya secado el último río, cortado el último árbol, matado el último pez, el hombre se dará cuenta de que no puede comerse el dinero» (Lema del Parque Nacional «Iguazú», Argentina).

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EL DIOS MERCADO

EL DIOS MERCADO

En lo alto y profundo del Olimpo se encuentran los dioses, aquellos cuyo alimento es la plegaria de los hombres, cada plegaria añade poder a su existencia y los coloca en posiciones de preminencia dentro del panteón. Zeus se yergue, casi omnipotente y se posiciona en el trono frente a todos los seres divinos como padre. Los romanos han adoptado su culto y también le ofrecen incienso y le encomiendan sus plegarias, pero se refieren a él como Iuppiter (Júpiter), mas eso no importa, mientras su culto se extienda y muchos más se encomienden a él.

El verdadero problema es que los caminos que conectan al imperio y el crecimiento de la actividad naviera ha provocado que se extiendan por diferentes partes del mundo las rutas comerciales. En los puertos, a lo largo de los caminos por donde transitan las caravanas de mercaderes que transportan diferentes tipos de mercancías: telas, especias, metales, artesanías, remedios medicinales, esclavos, animales exóticos, semillas, herramientas y armas son los principales objetos de interés. En los mercados, en las casas de los productores y artesanos, cada persona eleva sus plegarias y ofrece su incienso al dios Mercurio (así le conocen los romanos), parece que los devotos de esta deidad van aumentando y las plegarias que ofrecen el resto de los pobladores al dios Júpiter se van desvaneciendo. En el olimpo, Mercurio va teniendo más fuerza, y en la lucha de los dioses; la diosa del amor, la de la guerra y el resto de los dioses no pueden prevalecer ante la fuerza del dios que guía a los Mercaderes. El mismo Júpiter quedando sin fuerza pierde terreno y cede su trono para que en el orden de los días aparezca Mercurio (Miércoles), antes que él (Jueves) dándole el privilegio de ser primero y mayor.
Nuevamente necesitamos recurrir a la mitología para contar la historia. Mercurio era, entre los romanos, el dios que protegía a los mercaderes1. En su honor, el imperio le dedicó el quinto día, el miércoles (cabe recordar que, entre los romanos, nuestro sábado, dedicado a Saturno, era el primer día de la semana). Por tanto, queda claro que era una deidad muy importante, la quinta potencia, del nombre de esa deidad provienen nuestras expresiones: mercar, mercancía, mercado. Pero, así como en la mitología un dios se levanta y mata o desplaza a otros dioses, Mercurio ha conseguido triunfar sobre los otros y en nuestra sociedad es la deidad más venerada. Parece que los antiguos dioses no han muerto y la idolatría es más vigente que nunca.

La tarde de un día entre semana, un grupo de amigos y yo buscábamos algo para comer y decidimos ir al centro de la ciudad en la que nos encontrábamos de visita. Llamó mi atención la tranquilidad de aquella ciudad, era lunes y además, el horario era la típica «hora pico» en otras ciudades, pero aquí el movimiento era diferente; en una ciudad progresista, su centro histórico estaba casi vacío. Mi sorpresa fue mayor cuando otro día fuimos a una plaza comercial y en ese lugar parecía que habíamos llegado a otra ciudad, allí había movimiento, mucha gente, no había algo típico, nos encontramos en un sitio que nos era familiar, tenía las características de los centros comerciales de cualquier lugar, en realidad se trataba de un «no lugar», como les denominó el antropólogo Marc Augé.
En la mayoría de las ciudades solemos encontrar en su plaza de armas o zócalo, tres poderes concentrados: gobierno, religión y dinero; con sus edificios respectivos: palacio, catedral y bancos; el mercado, quedaba en la zona central, pero al margen de los tres. Es interesante notar que las civilizaciones han cambiado, y que los tres poderes anteriores han perdido centralidad y, en lugar de ello, el comercio ha ocupado la silla del trono, lo que era mercado ahora se ha convertido en centro comercial (mall en inglés). Retomando el mito para explicar nuestra realidad; hoy, nuevos altares, nuevas catedrales, nuevos cultos y nuevos oficios se elevan en torno al dios que se ha levantado sometiendo a los otros tres a sus condiciones y caprichos: Mercurio, el mercado.
En política, todo obedece a las estrategias mercadológicas: ya no queda como presidente de una nación el que sea más apto para la política, sino el que sepa usar la «mercado-tecnia» a su favor. No gana el que presente un proyecto de desarrollo sino quien sepa imponer su imagen y tenga a los mercaderes de su lado. Es sabido que las decisiones más relevantes que se dan en política obedecen a los movimientos del mercado. Un dato importante que salta a la vista es la decisión generalizada que han hecho muchos gobernantes de hacer convenios con los centros comerciales, al darles autorización y facilidades a cambio de la mejora de infraestructura, por ejemplo la pavimentación de calles, iluminación, construcción de carreteras, parques e incluso escuelas. También es sabida la decisiva influencia que las grandes trasnacionales tienen sobre el curso de los acontecimientos, de las decisiones y de las políticas de los gobiernos. Por ejemplo está la denominada extrema derecha y el neoliberalismo, que son una expresión clara de la sustitución de la política por el mercado. Aunque hoy día las fronteras entre países se hacen más marcadas y cerradas, los tratados comerciales, o mercantiles de libre comercio son el foco de atención de los líderes.

El dinero ha venido perdiendo fuerza, su valor no es intrínseco como era antes; por ejemplo, un peso era de plata y valía por su peso en el preciado metal, hoy es plástico, son señales electrónicas virtuales que están determinadas por los movimientos del mercado: —¿a cuánto amaneció el dólar hoy?, decimos. El valor de una moneda depende de los movimientos del mercado, de hecho, el dinero ya no es un medio de intercambio sino un producto más con el que se co-mercia.
La guerra es un mercado. Desde tiempos antiguos la guerra ha sido motivada por intereses mezquinos: ampliar el territorio, expandir el imperio, someter a otros para utilizarles, quitar a otros sus bienes, exterminar a una raza que se considera inferior, etcétera. Hoy, con el propósito de expandir el mercado, de obtener y apropiarse de materias primas que servirán para comerciar y sobre todo, la guerra mueve el mercado de las armas, de los equipos de guerra, el comercio de equipos, vehículos y recursos necesarios para los conflictos, la industria y el mercado armamentista es una de las actividades más lucrativas y poderosas del mundo. Nuevamente, el dios mercado le dice al dios de la guerra lo que debe hacer, le da fuerza y poder a cambio de posicionarse en el trono.
En este mundo todo se vende, en el ámbito religioso el mercado se ha convertido en una nueva religión. Las nuevas catedrales, el lugar a donde va la gente el domingo para encontrarse con su dios (dinero, poder, belleza y descanso), en donde se encuentra ante el sentido de plenitud y trascendencia, el lugar en donde la familia se junta, donde se escucha a los nuevos profetas anunciando: ¡paz, paz!; todo es prosperidad; en donde las personas dan culto y expresan pleitesía a las imágenes que ofrece el mercado, en donde se encuentra el sentido de pertenencia por medio de las marcas, son los centros comerciales: lugares que han robado el centro de atención y actividad de las personas. La gente antes iba a la iglesia, aprovechaba para pasear por la plaza con la familia, se sentaba a comer en algún lugar, ahora lo hacen en la plaza comercial, el mercado moderno.

En el documental «El poder de los centros comerciales»2 , el Teólogo y crítico social John Pahl, describe una serie de elementos que los centros comerciales han tomado de la experiencia religiosa para ofrecer a las personas un sentido de trascendencia y provocar la compulsión de comprar.

«Han adoptado simbolismos religiosos: en casi todos se usa agua para dejarnos llevar por la corriente compradora. Lo mismo se puede decir de la forma en que se utiliza la luz. Con sus grandes ventanales los diseñadores nos quieren transmitir que estamos en un lugar de energía, en un sitio especial. Los techos altos dan la impresión de estar en una iglesia donde uno se siente pequeño, mientras que los árboles al interior nos están diciendo que puedes crecer, incluso que puedes vivir eternamente. Son sitios que ofrecen trascendencia», considera Pahl3.

No cabe duda que el mercado ha tenido alcances de carácter religioso imponiéndose como un poder que determina la forma de vida de las personas, un poder que se eleva como un ídolo al que se le venera, en el que se confía, en el que se cree y al que las personas están dispuestas a ofrecerle toda clase de sacrificios y confesarle sus debilidades. El cristianismo se encuentra frente a un «baal» moderno al que necesita hacerle frente como lo hizo Elías. Sin embargo, lamentablemente éste se ha metido hasta la médula de la vida cristiana.
¿Hasta dónde se ha metido el mercado a la experiencia de fe? ¿Nos suena familiar? Iglesias que mercan con el evangelio, lo ofrecen como un producto que sea vendible, iglesias cuyo fin es hacer negocio, venden una imagen, un estilo de vida, un milagro, la solución a una causa perdida, utilizan estrategias mercadológicas para atraer seguidores y mantener a sus «clientes» satisfechos.

El asunto no queda allí, celebraciones que antes pertenecían al pueblo o a las tradiciones (aunque no las aprobamos desde nuestra doctrina) ahora son del mercado: día de muertos se convirtió en un producto globalizado llamado Halloween, el mercado mueve el día del amor y la amistad, el día de las madres en realidad es el día del mercado que aprovecha para vender electrodomésticos; lo mismo pasa con el día del padre que aprovechan los mercaderes de herramientas y corbatas, o el día de la independencia que vende sentido patriótico. La época de navidad (dedicada originalmente al dios sol) es el mercado más dinámico del año, (pregunte a cualquier comerciante cuál es la época de mejores ventas, excepto papelerías), todo está determinado, regulado, dirigido y legitimado por el poder y la influencia del mercado.

¿Y qué dice la Biblia acerca de todo esto?
En el libro de Apocalipsis, se describe una escena en la que se exhibe el descaro de los mercaderes que provocan especulaciones para generar riquezas. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: Dos libras de trigo por un denario, y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite ni el vino (6:5-6).

La narración describe una escena en la que se realiza una revelación: ven y mira; expresión que hace saber que lo escondido saldrá a la luz, que lo que era oculto ahora es evidente. El tercer sello, revela un caballo sombrío, negro, color relacionado con la maldad; el que lo monta es un mercader, tiene una balanza con la que pesa el alimento y es descubierto por la voz que sale de en medio de los cuatro seres vivientes, como si de parte del cielo se estuviera poniendo en evidencia lo que sucede: pone precio a los productos generando especulación. Es vergonzoso lo que estos portadores de balanzas realizan en lo oculto, poniendo precio a los alimentos, elemento de consumo que resulta vital, y jugando con la estabilidad de las personas, afectando dramáticamente la vida de los más pobres, de quienes menos recursos tienen para poder sortear los vaivenes de la inflación, de las alzas y bajadas de los precios. Es importante notar que aquí no se describe una especulación sobre el precio de la ropa o de los artículos de tecnología, sino sobre el alimento, el trigo y la cebada, alimentos de los que dependía aquella población. Al lado de la guerra, de la enfermedad, de la violencia, de los desastres naturales; elementos o situaciones destructivas, que provocan crisis, daño y sufrimiento, se encuentra la acción deshumanizada de los mercaderes; quienes al final del texto, después de verse evidenciados y estar frente al rostro del Señor: prefieren que los trague la tierra o que las piedras les caigan encima antes que enfrentar la mirada y las acciones justas del Cordero (vv. 15-17).

En contraposición a las imágenes con las que se presenta la realidad del mercado: un caballo negro con un jinete macabro que especula con el alimento, se presenta al final, enjuiciando tales acciones, el Cordero, el que se dio y se entregó derramando su sangre. ¡Vaya contraste! No cabe duda que el camino que el Cordero ofrece es lo que nuestra humanidad necesita, porque mientras unos van por el sendero de la imposición de medidas mercantiles injustas y abusivas, el Señor nos propone un camino de vida en el que se nos invita a darnos y a compartir. Es la vida de nuestro Señor, ofrecida y compartida como Cordero en la cruz del calvario lo que sirve para tomar una posición y establecer un criterio para evaluar lo que hacen los mercaderes.

Es nuestro desafío, no sólo confrontar a los «nuevos baales» sino seguir el camino de amor y justicia marcado por el Cordero de Dios. Necesitamos abrir nuestros ojos y tomar consciencia de nuestra propia participación. O estamos con Baal o estamos con el Cordero, o seguimos a Mercurio o a Jesús. Valdría la pena examinar nuestra vida como creyentes para saber si no hemos permitido que el mercado determine lo que somos y hacemos, para darnos cuenta de si no repetimos los patrones injustos que establecen las leyes del mercado, si no hemos dejado de valorar a las personas y en lugar de ello les vemos como consumidores, o si tratamos a nuestro prójimo como hermanos o como clientes. Nuevamente, la voz que sale del cielo vuelve a poner en evidencia a este caballo negro y su jinete, nuevamente el Señor nos coloca entre dos posiciones. ¿Qué vamos a elegir?

Referencias
1 https://marcasehistoria.com/2010/11/02/mercurio-el-dios-de-los-mercaderes/
2 https://www.youtube.com/watch?v=XaqivBqodLo&t=173s
3 https://www.forbes.com.mx/la-mujer-que-hace-millones-creando-templos-de-consumo/ consultado el 16/05/2017.

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GUARDAOS DE LOS IDOLOS

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Los celos son una respuesta emocional que el ser humano experimenta cuando tiene envidia e inseguridad. Es la manifestación de un carácter débil y de alguien que quiere poseer a la otra persona. Los celos engendran destrucción, como en el caso de un amante «agraviado» que destruye al objeto de amor que teme perder, ya dice el proverbio: La ira es cruel, y el enojo destructivo, pero los celos son incontrolables (Proverbios 27:4, DHH).
Pero, esto que es defecto en el ser humano, en Dios es virtud. En Dios el celo no es un compuesto de frustración, envidia o despecho sino un fervor por conservar algo precioso. El celo o la ira de Dios es la indignación contra el mal y se genera ante la negativa del hombre a responder a su amor, esa ira está en concordancia con su justicia ya que es la reacción por un amor burlado. Como en el caso paradigmático del profeta Oseas (2:19-20). Dios no quiere compartir su gloria con ninguna criatura o idea humana, porque ninguno de los ídolos tiene un poder real en sí mismo. Isaías 42:8: No daré mi gloria a nadie más; mi honra no la daré a otro (48:11). Dios sabe que toda sumisión a una realidad temporal se apropia de nuestro carácter, de lo que somos o tenemos.
Un dios es aquel en quien depositamos la confianza y le permitimos que determine la vida. Puede ser una figura que representa un poder invisible o un temor desconocido, un objeto al que se le atribuyen poderes sobrenaturales, una idea, una persona, una imagen mental y otros. A estos «dioses» les permitimos que gobiernen nuestra vida y les rendimos honor y reconocimiento. No son dioses verdaderos, porque nada ni nadie lo puede ser realmente fuera del Dios Creador y sustentador del universo.
Pero, ¿cuáles pueden ser los dioses que hemos creado personal o socialmente, que dominan nuestra vida y que provocan a celos al Señor todopoderoso? Como siervos de Dios, no estamos exentos de caer en la tentación de fabricar ídolos. Consideremos algunos posibles:

Lucas 12:1-48
1. La idolatría de los otros (Vv. 1-3). Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Las personas nos manejamos en función de complacer a los demás, tratamos de ser aceptados por todos, que nos juzguen bien, que tengan buena opinión de nosotros. Tomamos decisiones, hablamos ciertas palabras o hacemos ciertos actos, en razón de ello. Nos esforzamos en agradar a los demás todo el tiempo, a veces hasta sacrificando la integridad moral para evitar ser rechazados por los otros.
Vivir para agradar a los demás nos convierte; según Jesús, en hipócritas, sólo estamos jugando un papel en el teatro de la vida. Hacemos de los otros, dioses que nos determinan, desplazando al verdadero Dios de su trono en nuestro corazón. ¿A quién tratamos de agradar?

2. La idolatría de la supervivencia (4-5). A ustedes, amigos míos, les digo que no deben tener miedo de los que matan el cuerpo, pero después no pueden hacer más, yo les voy a decir a quién deben tenerle miedo: ténganle miedo al que, después de quitar la vida, tiene autoridad para echar en el infierno. Sí, ténganle miedo a él.
Si nuestra preocupación principal es sobrevivir a cualquier precio, ya no somos libres para tomar las mejores decisiones. Tomamos decisiones que son aceptables en lugar de tomar las decisiones que son correctas y agradables a Dios. Esta actitud nos roba el poder y la bendición de Dios. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará (Lucas 9:24).
Juana de Arco fue una guerrera francesa, luchó contra los ingleses y fue capturada y sentenciada a la hoguera, tenía tan sólo diecinueve años. Su testimonio antes de ser quemada viva fue: «Cada hombre da su vida por aquello en lo que cree, y cada mujer entrega su vida por aquello en lo que cree». Algunas veces las personas creen en poco o en nada, y sin embargo, dan su vida por ese poco o nada. Sólo tenemos una vida; la vivimos y se acaba. Pero… vivir sin creer es más terrible que morir, aún más terrible que morir joven. Vivamos con un propósito digno del precio que debemos pagar, mantengamos una visión mayor que nuestras propias vidas y un poder mayor que nosotros mismos. Vivir para Dios es más grande que nuestra supervivencia.

3. La idolatría de los bienes (13-15). También dijo: –Cuídense ustedes de toda avaricia; porque la vida no depende del poseer muchas cosas.
Los bienes son un recurso neutral que Dios nos permite para resolver necesidades, los bienes materiales no son ni buenos ni malos en sí mismos; pero el espíritu humano puede mostrarse insaciable por estos bienes y convertirlos en un poder infinito que nos merece la reverencia y la adoración y que nos exponen a varios peligros: La búsqueda ciega de los bienes nos aleja de Aquel quien es la fuente de provisión de todo lo que necesitamos, así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. El materialismo destruye la vida espiritual, es fuente de desdicha y ansiedad, produce una actitud de autosuficiencia y de desprecio por los más pobres. Por todo esto es que Dios cataloga al materialismo como idolatría y adulterio. Santiago 2:2-4 dice: Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?
En las Confesiones de Agustín de Hipona encontramos el siguiente pensamiento acerca de Dios: «Tú nos has hecho para ti, oh Dios, y el corazón del hombre no descansará hasta que halle descanso en ti». Lo que realmente necesitamos es la relación personal con el Dios de la vida, Él provee en abundancia lo que necesitamos.

4. La idolatría del yo que busca controlar la vida (22-31). El propósito de la vida de todo ser humano es dar honra a Dios, los creyentes somos conscientes de esto. Esta concienciación involucra encontrar nuestra vocación y seguirla para el bien de todos, en el proceso somos transformados en personas más parecidas a Cristo. Hacer esto involucra desarrollar virtudes intelectuales y morales a lo largo de períodos largos y demorar el deseo constante de la gratificación inmediata.
Sin embargo, la era presente está afectada por algo que el autor J.P. Moreland ha llamado el «yo vacío» (J.P. Moreland, Love your God with all your mind. Colorado Springs, CO. NavPress. 1997). El yo vacío se resume como una falta de crecimiento, tanto intelectual como espiritualmente, lo que da como resultado una adolescencia cristiana perpetua. Rasgos del yo vacío:
Individualismo desmedido. El yo vacío deriva las metas y los valores de la vida desde dentro de su propio conjunto de necesidades y percepciones personales, permitiendo que el egocentrismo reine completamente. Raramente el yo vacío busca el bien de una comunidad más amplia, como la iglesia, en el momento de decidir un curso de acción. La persona raramente establece un fuerte vínculo o compromiso, ni siquiera con los familiares.
Infantilismo. Los rasgos de la personalidad adolescente están permaneciendo con los jóvenes hasta bien entrada lo que se considera la adultez. Alargan los años de estudio en la universidad y demoran el matrimonio hasta los treinta años o más, a veces son señales de que no son muy valorados el trabajo duro y el compromiso. Algunos van aún más lejos, buscando una demanda infantil de placer que permea toda nuestra cultura. El resultado es que el aburrimiento se convierte en el mayor de los males. Literalmente nos estamos entreteniendo con demasiada comida, demasiado poco por lo cual vivir más allá de nuestro placer personal.
Narcicismo. El narcisismo es un sentido intensamente desarrollado, el logro personal se convierte en el objetivo último de la vida. También puede resultar en la manipulación de las relaciones a fin de alimentar este sentido. En su forma más peligrosa, la relación de una persona con Dios puede estar modelada por esta necesidad y Dios es destronado para que encaje en la búsqueda de la autorrealización del individuo. Esta condición deja a las personas con una incapacidad para asumir compromisos duraderos y lleva a la superficialidad y al distanciamiento. La educación y la participación en la iglesia son valoradas desde la base del logro personal. No son consideradas como oportunidades para usar los dones propios en bien de los demás.
La pasividad. Uno de los factores más poderosos que contribuyen a la pasividad es la televisión. Mirar la televisión alienta una actitud estática hacia la vida. Es difícil imaginar cómo a una persona que mira una cantidad promedio de televisión, que son: veinticinco horas a la semana para alumnos de primaria, podría quedarle el tiempo suficiente como para invertir en la lectura y el estudio que se necesita para convertirse en un creyente maduro y un defensor de la fe. Nuestra cultura centrada en las celebridades nos alienta a fijarnos en las vidas de unas pocas personas populares en vez de vivir nuestras vidas al máximo para Dios. La persona que sólo mira la televisión es la imagen del yo vacío. En vez de equiparse con las herramientas necesarias para impactar la cultura para Cristo y su reino, muchas personas escogen vivir a través de las vidas y las acciones de otros. Moreland escribe: «… el pastor estudia la Biblia por nosotros, los noticieros realizan el pensamiento político por nosotros, y dejamos que nuestro equipo deportivo favorito corra, luche y gane por nosotros».
Una cultura centrada en los sentidos. El síndrome del yo vacío alienta la creencia en que el mundo físico y perceptible es todo lo que existe. La cultura centrada en los sentidos pierde el interés en discusiones acerca de la verdad trascendente o conceptos como el alma, y la consecuencia es una mente cada vez más cerrada. Los estudiantes y el público en general pierden la esperanza en la posibilidad de que la verdad pueda encontrarse en el estudio, así que dejan de leer, o al menos dejan de leer libros serios acerca de asuntos relacionados con la cosmovisión bíblica. Pablo nos recuerda el peligro de un estado de mente del yo vacío cuando escribe: el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo (Filipenses 3:18-20).
Hoy como nunca tiene vigencia la exhortación bíblica: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21). Todos somos culpables de estas actitudes idolátricas, al menos ocasionalmente. El crecimiento cristiano es el proceso de ir explorando las capas de los deseos egoístas, sometiéndolas a la obediencia completa a Dios.
La situación se vuelve más seria cuando tanto la cultura como la iglesia afirman una orientación egocéntrica en vez de estar centrada en Dios. Nuestro quehacer pastoral consiste en ayudar a liberar las mentes oprimidas por las idolatrías contemporáneas, fomentando el espíritu responsable que se somete al sólo Dios verdadero.

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¿AYUNO? Y ESO ¿CON QUÉ SE COME?

EL CLAMOR DE LA TIER¿AYUNO? Y ESO ¿CON QUÉ SE COME?RA

Privarse de alimentos con fines religiosos es una práctica que ha estado presente en diversas culturas a lo largo de la historia. Del ayuno lo importante no es tanto la forma como el motivo. Algunos se preguntan: ¿Cómo ayunar?, lo cual tiene que ver con la forma, pero antes de esa pregunta debe plantearse otra: ¿Por qué ayunar?, esta tiene que ver con el propósito.
Veamos algunos motivos que se han presentado en la historia y en diversas expresiones religiosas acerca de la práctica del ayuno.

Algunas religiones ayunaban por tabú
En esta visión consideraban que comer era algo indebido en alguna fecha particular o porque algunos alimentos son intocables. La palabra tabú es sencillamente que no se debe tocar. El tabú se relaciona con las ideas animistas, o sea, que se creía que ciertos alimentos estaban relacionados con los espíritus o los dioses. Comer de alimentos que son exclusivos de las deidades o que estaban ofrecidos a los espíritus, era prohibido.
Por ejemplo; en el sureste de nuestro país, se tiene la creencia de que existen unos personajes llamados aluxes, algo parecido a un duende entre los mayas. Algunos campesinos yucatecos acostumbran ofrecerles alimentos en una mesa, como un ofrecimiento para que les dejen sembrar en un campo, de otra manera los aluxes les harán toda suerte de travesuras o males que impedirán, desde hacer la siembra hasta tener una buena cosecha. Obviamente, esos alimentos no deberán ser tocados por alguna persona, están reservados a los aluxes.
En Argentina, mucha gente es devota de la Difunta Correa; mujer que murió al tener que atravesar un desierto con su pequeño en brazos para buscar a su marido. Unos arrieros encontraron el cuerpo muerto de la mujer mientras sostenía al niño, el cual aún estaba vivo y amamantándose del pecho de su difunta madre. Este hecho fue considerado milagroso y en honor a la mujer se hizo un altar en el cual muchas personas dejan botellas de agua como ofrenda a la que ahora consideran una «santa milagrosa». El agua dejada en los altares que se han levantado en diversos lugares del país es considerada tabú.
Tabú también es; la abstención de carne roja en la cuaresma, está prohibido comerla los viernes de cada semana durante los cuarenta días que dura esta tradición; o las vacas en la India.
De igual manera en diversas culturas se considera prohibido ingerir todo tipo de alimentos en alguna fecha particular.

Otras expresiones religiosas son las que practican el ayuno como una forma de apoyar las súplicas a sus dioses para conseguir una respuesta favorable.
En este caso el ayuno es medio para ejercer una cierta presión, hacer una manipulación o negociación con el dios hacia quien se dirigen las súplicas. Esta es la posición idolátrica, en ella se hace evidente que la deidad, no es, sino una proyección del propio ser humano, es un dios hecho a la medida del suplicante y está a su merced, dirigido, condicionado y sujeto a las reglas impuestas por la persona que ora. Este es el tipo de ayuno que condena el Señor en Isaías 58:3.
En otras experiencias el ayuno fue visto como un sacrificio, una ofrenda por medio de la cual se esperaba ser agradable a la deidad.
Esta manifestación es similar a la anterior con la diferencia de que, en este caso, el ayuno está motivado sólo como un acto que busca ser agradable, expresar reconocimiento; es como decir: –mira, te apreció tanto que hasta dejo de comer por ti, hago un sacrificio por tu causa, espero que esto te agrade y me veas aceptable; similar al lacayo pusilánime que desea ser en todo agradable a su amo y ser visto con buenos ojos.

Otra forma de experimentar el ayuno tiene que ver con el castigo del cuerpo.
En algunas expresiones religiosas se ha calificado como malo todo lo que tiene relación al cuerpo humano, en consecuencia, una forma de purificar a la persona es provocando sufrimiento al cuerpo para liberar el espíritu o para hacerlo prevalecer y así hacer más pura a la persona. Esta actitud es la que practican los místicos. Muchos ven en las apetencias o placeres corporales un impedimento para experimentar la pureza, la trascendencia o el encuentro con la divinidad. Su comprensión básica es: el cuerpo es malo y opuesto a Dios, por tanto hay que mortificarlo para elevar el espíritu, lo cual es bueno, elevado y puro. La influencia de la filosofía neoplatónica, el maniqueísmo y el gnosticismo en occidente, provocaron que esta visión se incrustara en el cristianismo a partir de la época medieval. Desde allí, el ayuno se volvió una práctica o disciplina espiritual, se conectó con la espiritualidad y definió a las personas piadosas; en otras palabras, quien desea acercarse a Dios y entrar en una intimidad con Él debe hacerlo mediante el espíritu, para ello, es necesario someter al cuerpo, castigarlo y tenerlo bajo estricta disciplina, sólo así será posible entrar en perfecta comunión con el mayor espíritu, que es Dios.
Algunas de las prácticas anteriores fueron observadas por los Israelitas y después por los judíos, formas de practicar la religión que están equivocadas y ante la cual se levantó la voz de los profetas y la de nuestro Señor. Pero no solo eso, en la actualidad muchos cristianos sostienen la práctica del ayuno con formas y motivaciones similares, lo cual nos lleva a preguntarnos: entonces, ¿qué es el ayuno?, ¿para qué sirve?, ¿cómo deberíamos practicarlo?, ¿cuál es la motivación correcta?
De entrada debemos entender que el ayuno no es un medio para obtener algo, tampoco es un fin que se deba perseguir, sino un resultado –colateral– que acompaña la búsqueda de algo genuino.
Veamos lo que la Biblia dice:
En Isaías 58:1-14, encontramos un reclamo de parte de Dios hacia el pueblo de Israel motivado precisamente en la práctica del ayuno, el mensaje tiene como elementos los siguientes:
• Usan el ayuno como medio para conseguir el favor de Dios.
• Su ayuno está ligado al pleito y a la violencia.
• Su ayuno está divorciado de la práctica de la justicia.
• Su ayuno se presenta al lado de una tremenda insensibilidad ante la necesidad del otro.

En cambio, el verdadero ayuno es compartir el pan con el hambriento.
En Mateo 6:16 Jesús descubre que las verdaderas intenciones de los maestros de la ley, está en buscar el reconocimiento de las personas. Esta búsqueda se ve en que los maestros de la ley cambian de rostro cuando ayunan para aparecer entre la gente con cara triste y demacrada, así lograrán que las personas digan que son muy piadosos y les halagarán por la entrega y la fidelidad a Dios que manifiestan. Jesús dice que esto es hipocresía, porque solo es apariencia, en lo secreto tienen una segunda agenda.
Un texto sumamente revelador es el de Marcos 2:18-20, en este texto, Jesús ofrece una enseñanza magistral acerca del ayuno; con la cual, saca a la luz la razón de ser del ayuno. Aquí el ayuno es una expresión de tristeza. El maestro dice que sus discípulos no ayunan porque están de fiesta de bodas y el esposo se encuentra entre ellos. ¿Cómo puede ayunar alguien que asiste a una boda? Es ilógico. Jesús exhibe el sentido de la práctica del ayuno para un discípulo suyo. Tal vez, para otros maestros el ayuno signifique algo distinto, pero para Él, sus discípulos ayunarán cuando la fiesta haya terminado y el esposo no esté.
En diversos textos de la Biblia, el ayuno está unido al saco y la ceniza(1), ¿qué significa esto? Para el pensamiento hebreo, el ser humano es la unidad, es un ser integrado, para él, lo interior con lo exterior se corresponden, en esa manera de ver al ser humano, no se puede vivir algo en lo interior sin que esto se manifieste en el exterior, de la misma forma, no hay algo que se manifieste en lo exterior sin que tenga su relación con la interioridad. Diferentes a nuestra cultura, pues nuestra actitud como occidentales es de tendencia estoica; es decir, que nosotros podemos decirle a alguien que está destrozado por dentro: –mantente firme, no llores, no expreses tu quebranto, permanece impasible ante el dolor y el sufrimiento, si no lo haces eres débil. En la cultura hebrea, si alguien está quebrado por dentro, expresa su quebranto por fuera, por ello se rasga las vestiduras; si percibe penumbras, oscuridad, sequedad en el interior; se sienta sobre ceniza, se viste un saco áspero y ayuna. El ayuno es una expresión de tristeza(2). Si está realizando una búsqueda importante que considera vital, que sabe que de ello depende la vida, el gozo y la fuerza para vivir, ayuna, porque así está por dentro(3).
Esta puede ser la explicación del porqué Jesús ayunó cuarenta días (Mateo 4:1-11). No buscaba una pureza espiritual, no ofrecía un sacrificio al Padre, tampoco utilizó el ayuno para hacer que el Señor le respondiera a una petición; fue impulsado por el Espíritu para ser tentado. Ante esta experiencia, Jesús hizo el papel de Israel en el desierto y enfrentó las mismas pruebas. El ayuno fue el resultado de estar en el desierto, no fue a ayunar, fue a ser probado, el ayuno es un efecto, el resultado de estar expuesto a dicha experiencia de adversidad y por tanto, también se convierte en un punto de apoyo para la tentación porque al final, el tentador le pide, aprovechando su hambre, que convierta las piedras en pan.
No podemos negar que nuestra práctica del ayuno ha sido matizada en buena medida por creencias ajenas a la enseñanza de Jesús y al mensaje global de la Biblia. Por eso se hace necesario dar un repaso al tema y volvernos a encontrar con esta práctica.

El ayuno como expresión de un alma que está hambrienta de algo más que pan.
En medio de la tentación Jesús nos ofrece un dato sobresaliente de su mensaje, allí recordó el valor relativo de la comida. Cuando el Señor trajo a la memoria que el ser humano no sólo vive de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4), puso en evidencia que el alimento es vital, de la misma manera que el contacto con y la aplicación de, la Palabra de Dios. Pues la vida no se reduce a una experiencia biológica (comida), pues esta es sagrada. La vida y el cuerpo son espacios de encuentro con Dios (Palabra). Así que, cuando una persona comprende la trascendencia de la vida y llega a conclusiones como la del salmista reconociendo que es mejor la misericordia de Dios que la vida (Salmo 63:3), o que la razón más valiosa para estar vivo es que sólo así es posible alabar a Dios (Salmo 30:8-9; 88; 115:17;). El alimento queda en un segundo plano, comer es un asunto de segundo orden, cuando se busca a Dios incesantemente, cuando se está en el desierto y es más importante honrar a Dios, cuando se está frente a la tentación y se coloca a Dios como el centro y sentido de la vida; el alimento, como fuente y sustento es relativo. O ¿no es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? (Mateo 6:25b). En esa búsqueda, en el anhelo de hacer la voluntad de Dios, es posible ayunar porque el interés está puesto en el foco correcto, allí donde todo lo demás puede ocupar su verdadero lugar.
En el camino del discípulo, se ayuna como consecuencia de dar prioridad al Reino de Dios, cuando se está buscando hacer la voluntad del Señor, que es lo opuesto a la actitud pagana (Mateo 6:32), en la que se ayuna para que Dios haga nuestra voluntad(4). Por eso, en Hechos 13:2, los discípulos ayunaban, pues tenían en mente la misión, fue en ese contexto en el que el Señor se manifestó dando respuesta a la oración.
Hoy la iglesia necesita reactivar su apetito por hacer la voluntad de Dios y reconocer que su verdadera comida está en cumplirla, siguiendo los pasos del Maestro. Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra (Juan 4.34). Por eso es importante quitarnos el pan de la boca para darlo al hambriento, privarnos del alimento porque tenemos un hambre mayor, porque hacemos nuestra la oración: venga Tu Reino y sea hecha Tu voluntad.

Bibliografía
(1) Jonás 3:5.
(2) Observe como en el texto de Zacarías 8:19, el ayuno es lo opuesto a la fiesta, de la misma forma en que Jesús contrapone boda-ayuno, en Marcos 2:18-20.
(3) Joel 2.12, Daniel 9:3.
(4) 2 Crónicas 20:3; Esdras 8:21; Ester 4:3.

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¿POR QUÉ DIOS PERMITE EL SUFRIMIENTO?

¿POR QUÉ DIOS PERMITE EL SUFRIMIENTO?

Por qué las cosas malas le pasan a la gente buena? Se preguntó Harold Kushner a la muerte de su hijo Aaron, quien nació con progeria (falta de crecimiento y envejecimiento prematuro) y fallece a los 14 años de edad. ¿Puedo de buena fe, continuar predicando que el mundo es bueno y que un Dios misericordioso y lleno de amor es responsable de lo que está pasando aquí? Se cuestionaba este rabino de origen neoyorkino.
Las personas estamos expuestas a innumerables formas de sufrimiento: «Dolor físico, corporal, causado por accidentes, catástrofes naturales, guerras, hambre, enfermedades de todo tipo y el penoso envejecimiento. Dolores insoportables: incontables discapacidades; amarga dependencia de instrumentos y medicinas, de cuidadores y terapias. Y al final el dolor del ir apagándose las fuerzas y del penoso proceso de morir (…) Y aún más: el infinito espacio del dolor del alma (…) por las propias limitaciones…por la culpa y el pecado. El dolor de las expectativas defraudadas y las esperanzas rotas, el dolor causado por el prójimo: por sus críticas y desprecio, por sus burlas y desconsideración, por la envidia y la ambición, por el abuso y la competitividad… el sufrimiento producido por tantos que me amargan y echan a perder la vida (…) Y el sufrimiento por el amor… porque la persona amada no es como pensábamos… por los hijos, que no toman el camino que habíamos previsto; se sufre a causa de Dios. ¡Con cuánta frecuencia la oración no es escuchada, en vez de consuelo, tan sólo impenetrable oscuridad! …tener que vivir como si él no existiera (…) a la larga ninguna vida se libra del dolor. En seguida acecha un sufrimiento nuevo. Nadie escapa de él; resulta inevitable que a todos nos alcance ¿por qué?»
C.S. Lewis plantea de la forma más simple el problema del dolor y la fe en Dios: «Si Dios fuera bueno, hubiera querido hacer a sus criaturas perfectamente felices, y si Dios fuera todopoderoso, hubiera sido capaz de hacer lo que Él quería. Pero las criaturas no son felices. Por tanto, Dios carece o bien de bondad o bien de poder o de ambos» . En esta interesante obra, Lewis responderá que la respuesta está en el criterio del libre albedrío que Dios dispuso en la Creación.

Alternativas de explicación
al problema del sufrimiento
Merecemos lo que recibimos, las desgracias provienen de castigos a nuestros pecados (Isaías 3:10-11; Génesis 38:7; Proverbios 12:21). Dios da a los hombres su justa retribución. Esta explicación tiene varias repercusiones: la gente se autoculpa, odia a Dios, se odia a sí misma y además, esto no se ajusta a los hechos.
Otra idea es que: el plan divino es justo en el plano final (Salmo 92:5-7, 12-15). El sufrimiento ocurre y contraría la existencia humana; sin embargo, Dios tiene sus razones. Por ejemplo: puede ser el mejor momento para que alguien deje este mundo, o bien, es para evitarle algo malo o hay otros fines que de momento no alcanzamos a mirar.
Se dice también, que el sufrimiento tiene un propósito educativo: para reparar lo defectuoso en el ser humano y que algún día comprenderemos que fue para nuestro bien (Proverbios 3:12), se dice que Dios nos lastima con el fin de ayudarnos. Esta es una apología de Dios (teodicea) pero no ayuda a la persona a sobrellevar su pena.
Otro abordaje al problema del sufrimiento consiste en la idea de que Dios nos libra de un mundo de dolor y que al morir nos conduce a uno mejor. Esta explicación puede ayudar a algunas personas a sobrellevar el sufrimiento, pero puede ser utilizada como excusa para no transformar las injusticias con la sabiduría y la fuerza que Dios nos ha dado.
Todas estas explicaciones suponen que Dios es la causa de nuestro sufrimiento y todas tratan de comprender la razón por la cual nos es impuesto. Pero es posible que nuestro sufrimiento no sea causado directamente por la voluntad divina. Es posible que estemos haciendo preguntas erradas.

La historia de Job
En el planteamiento de este enigmático libro observamos tres premisas fundamentales:
1. Dios es todopoderoso y es causante de todo lo que sucede en el mundo. Nada acontece sin que Él lo desee.
2. Dios es justo y es razonable que los justos sean premiados y los perversos castigados.
3. Job es una buena persona.
Pero, no se pueden sostener las tres premisas. Por un lado, los amigos de Job intentan confortarlo diciéndole que el mundo funciona lógicamente, que no es un lugar caótico, que si sufre es por la culpa de Job, que algún pecado debe tener y que si quiere que termine su padecimiento deberá arrepentirse, confesar y volverse a Dios para que cambie su suerte; por su parte Job expresa su desilusión y el sinsentido de su dolor. Si Dios es justo y todopoderoso entonces él que ha sido un hombre íntegro no debería sufrir. En su opinión Dios se ha equivocado con él.
La enseñanza del libro admite la bondad de Dios y la integridad de Job y relativiza que Dios sea todopoderoso. Dios es bueno, pero ha decidido limitar su poder. Dios desea que los justos vivan contentos y en paz, pero no interviene directamente en todo acto o situación y entonces la vida o el mundo parecen ir a la deriva porque ha creado este mundo con el criterio del libre albedrío. El hecho de que Dios sea todopoderoso, no implica que pueda crear algo lógicamente imposible. Para que el ser humano disponga de libre albedrío se hace necesaria la posibilidad de que el hombre elija lo bueno o lo malo, incluso que no acepte a Dios.
¿Por qué Dios no controla el caos y no limita el daño que pueda causar? Muchas cosas suceden «al azar», dentro del ámbito de libertades que Dios nos da. El azar en el mundo da la impresión de caos. ¿Por qué suceden cosas malas a las buenas personas? Una razón es que nuestra condición humana nos otorga libertad de lastimarnos los unos a los otros y Dios «no puede» detenernos sin quitar esa libertad que nos convierte justamente en humanos. Las vidas de las personas están afectadas por las decisiones triviales e impensadas. Hay aspectos que se mantienen independientes de su voluntad, pero entristecen a Dios igual que a nosotros.
Generalmente suponemos que si Dios es amor prefiere un mundo sin sufrimiento. ¿Es necesariamente verdad? Creemos que Dios tiene razones primordiales para permitir el sufrimiento en el mundo. Por ejemplo; conocemos casos de la vida en los que permitimos el dolor para producir un bien mayor. Hay «bien», como las virtudes morales, que sólo pueden lograrse a través de la colaboración libre de las personas, y puede ser que un mundo con sufrimiento tuviera un saldo en la balanza mejor que un mundo sin sufrimiento.
En el paradigma de Job se confrontan dos concepciones opuestas de fe: una fundamentada en derechos y deberes a partir de su comportamiento moral y una basada en la gratuidad del amor. Job nos ayuda a ver el sufrimiento como un misterio más que como un escándalo. El cuestionamiento esencial que Dios le hace es: ¿Quieres ser Dios o quieres ser tú? ¿Quieres ser el Creador o quieres ser criatura? Job 38:1-40:2. El dolor de Job se convierte en revelación para nosotros.

¿Por qué Dios permite el mal?
Mucho sufrimiento parece injustificado y no le vemos sentido ni necesidad. Pero, ¿es realmente injustificado o sólo lo parece? No estamos en una buena posición para dilucidar ese tipo de probabilidad con certeza. Somos seres limitados en inteligencia, en espacio y en tiempo. Pero Dios, en el plano general, ve el final de la historia desde el comienzo y ordena providencialmente los hechos para que se llegue a un final que Él desea, a través de las acciones libres de los hombres. Y para un final de acuerdo a Sus objetivos, Dios puede muy bien tener que admitir una gran cantidad de sufrimiento en el camino.
Todo evento ocurrido, inicia una cadena de efectos a través de la historia, de tal manera, que las razones morales suficientes que Dios pueda tener para permitir que un mal ocurra, podrían no emerger hasta tiempo después. Sólo un Dios omnisciente puede aprehender las complejidades de dirigir un mundo de personas libres hacia sus objetivos previstos. Un bien a corto plazo, puede a largo plazo conducir a un sufrimiento indecible, mientras que ciertas acciones que parecen desastrosas en un principio, pueden resultar ser una bendición para la humanidad.
William Craig explica varias posibilidades sobre por qué Dios permite el sufrimiento , dice: El propósito principal de esta vida no es la felicidad, sino el conocimiento de Dios (Y el conocimiento de la gloria del Señor llenará entonces toda la tierra… Habacuc 2:14). El propósito principal para el hombre es el conocimiento de Dios, que al final dará lugar a la felicidad última y la máxima realización. Mucho del sufrimiento en el mundo puede resultar completamente inútil en relación a producir felicidad humana en esta vida, pero puede no ser inútil en relación a dar lugar a un conocimiento más profundo de Dios.
Otro punto es que «la humanidad vive en estado de rebelión contra Dios y sus propósitos. En lugar de someterse a Él y adorarle, la gente se rebela contra Dios para seguir su propio camino, con lo que se alejan de Él, y se sienten moralmente culpables ante Dios, buscando a tientas en su oscuridad espiritual y persiguiendo falsos dioses de su propia manufactura. Terribles maldades humanas en el mundo dan testimonio de la depravación del hombre por ese estado de alienación espiritual de Dios. Las Escrituras nos indican que Dios deja al hombre que opta por el pecado. Él no interfiere para detenerlo y permite que la depravación humana siga su curso (Romanos 1:24, 26, 28). Esto sólo sirve para aumentar la responsabilidad moral de la humanidad ante Dios, así como nuestra necesidad de perdón y de purificación moral». Mucho del sufrimiento que padecemos nos lo causamos unos a otros, como manifestación de la maldad humana elegida.
Además, el propósito de Dios no se limita a esta vida, sino que se derrama más allá de la tumba hacia una vida eterna. Cuando Dios pide a sus hijos que soporten sufrimientos en esta vida, es solo con la perspectiva de un gozo que viene del cielo y una recompensa que van más allá de toda comprensión. El apóstol Pablo se sometió a una vida de increíble sufrimiento que incluía males morales y naturales. Su vida como apóstol fue una vida marcada por las aflicciones, penas, desgracias, golpes, encarcelamientos, tumultos, trabajos, vigilias, hambre… (2 Corintios 6:4-5). Aun así, escribió: Por tanto no nos desanimamos…pues este ligero y momentáneo tiempo de aflicción nos prepara para un intenso regalo de eterna gloria más allá de toda comparación, porque miramos, no aquello que puede ser visto, sino aquello que no lo es, pues las cosas que vemos son transitorias, pero las que no vemos, son eternas (4:16-18).
El peso de la gloria es tan enorme, que sobrepasa más allá de toda comparación el del sufrimiento. Conocer a Dios, el centro del bien y amor infinitos, es un bien incomparable, la realización de la existencia humana, para esto fuimos creados. La persona que conoce a Dios, no importa lo que sufra, no importa cuán terrible pueda ser su dolor, puede aún decir honestamente «Dios es bueno conmigo», simplemente en virtud del hecho de que él conoce a Dios, un Bien inconmensurable. Así puede Job afirmar: Aunque él me matare, en él esperaré (Job 13:15).

Referencias
1 Greshake, G. ¿Por qué el Dios de amor permite que suframos? Salamanca, Sígueme, (2008)
2 C.S. Lewis. El problema del dolor. Ed. Caribe, 1977, Miami
3 http://lastresllavesdepablo.blogspot.mx/2011/07/un-analisis-del-problema-del-mal-por-w.html

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CELEBRANDO EL PERDÓN Y LA VIDA

CELEBRANDO EL PERDÓN Y LA VIDA

Para muchos, Jesucristo es tan solo un punto cronológico que divide a los años en a.C. y d.C.; para ellos no trajo otro cambio; el hombre sigue sin más horizonte que su propia persona. Todo lo hace por y para su persona y convierte lo que le rodea en una extensión de sí mismo. Es decir, sus relaciones con lo demás y con los demás; con la naturaleza y con los hombres; las determina en función de sus intereses. Esto ha hecho de los años antes de Cristo (a.C.) y los años después de Cristo (d.C.) un repetido escenario de crueles luchas por la supremacía, por el poder.

Antes de Cristo los perdedores, los desposeídos, los débiles en medio de su dolor, suspiran esperanzas, que esfuman los poderosos; después de Cristo, la historia sigue contando el mismo drama: antes y después de Cristo los poderosos y los débiles sólo tienen algo en común, la muerte.

Para unos el cerrojo a sus delirios de grandeza, para otros la cúspide de su dolor. La muerte es la frontera infranqueable que hace de los sueños manjar para gusanos; la muerte no tiene sentido y además se lo quita a todo.

Nada tiene sentido, para el incrédulo nada ha cambiado, sólo la fecha. Para el creyente ¡todo ha cambiado!, y lo cambió una tumba vacía. La muerte ahora tiene sentido, es el resultado del pecado del hombre, es el resultado de su decisión de «vivir» (muerte) apartado de Dios, bajo el auspicio de sus propios recursos, y del deseo de ser su propio dios.

La muerte ahora ya no tiene más el poder; la tumba vacía se lo quitó

El hombre unido a Dios murió y resucitó, la muerte, vencida, no lo pudo retener en sus dominios; por primera vez la vida y la obra de su hombre fueron más fuertes ¡todo cambio! Desde entonces reina la vida y no la muerte.

Jesús depositó esta verdad en una celebración que instituyó: La Cena del Señor Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: !!Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama (Lucas 22:14-20). Anunció su muerte, pero también anunció su participación futura en celebraciones que continuarían; la que tenía con ellos esa noche, no la entendieron en ese momento, y no la aceptaron después (Lucas 24:5-11).

Fue necesario que personalmente Jesús comiera nuevamente con ellos para que empezaran a entender el gran cambio ¡muera la muerte! ¡viva la vida!  Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos (Lucas 24:41-43).

Toda la Escritura apuntaba hacia esa gran verdad. La resurrección, que implica aquí y ahora el perdón de Dios y el regreso (conversión) del hombre a su hogar: El Padre, ¡esa es la vida! y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén (Lucas 24:46-47).

Los discípulos antes de ver nuevamente a Jesús estaban tristes porque pensaban que nada había cambiado, su tristeza la originaba la muerte. Y les dijo: ¿Qué pláticas son estas que tenéis entre vosotros mientras camináis, y por qué estáis tristes? Respondiendo uno de ellos, que se llamaba Cleofas, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no has sabido las cosas que en ella han acontecido en estos días? Entonces él les dijo: ¿Qué cosas? Y ellos le dijeron: De Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido (Lucas 24:17-21).

Pero la presencia del resucitado cambió su tristeza en alegría. Jerusalén, que la habían visto como el final de Jesús, ahora sería el escenario del comienzo de la alegría. Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo (Lucas 24:52), la alegría y el perdón los trajo el Resucitado.

En la última cena los discípulos no comprendían lo que Jesús estaba poniendo en la mesa.

Cuando el resucitado los volvió a reunir alrededor de su mesa lo comprendieron y se gozaron.

Hoy la Cena del Señor es sentarse a la mesa del Resucitado. ¡Él vive!, tenemos perdón y vida. ¡Vamos a celebrar!

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