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LA VIDA PLENA

Hoy podemos reconocer que la cristiandad de algunos es tan amplia como una milla y profunda como una pulgada. Esto no es lo mejor: Cristo nos ofrece una vida plena. Cuando Jacobo y Juan pidieron un lugar prominente en el Reino venidero de Cristo, “Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se llegaron a él, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos. Y él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Y ellos le dijeron: Dadnos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu diestra y el otro a tu siniestra” (Marcos 10:35-37); el Maestro les respondió introduciéndolos a esta vida plena: “A la verdad, del vaso que yo bebo, beberéis; y del bautismo que yo soy bautizado, seréis bautizados. Mas que os sentéis a mi diestra y a mi siniestra, no es mío darlo, sino a quienes está aparejado” (Marcos 10:39-40).

Basados en la respuesta de Jesús nos damos cuenta que los discípulos no pedían algo malo. Si lo hubieran hecho, el Señor los hubiera reprendido. Más bien, Él les señala que estaban pidiendo algo que ni entendían ni podían manejar. Como seres humanos, tenemos la tendencia a desear buenas cosas pero a veces sin dirección en cuanto a demandar tales cosas nos dejamos llevar por ellas.

Sin embargo, nunca comprenderemos nuestras grandes esperanzas y sueños sin una buena disposición para pedir por “lo más alto y lo que está más adelante”: “Y Aquél que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, por la potencia que obra en nosotros” (Efesios 3:20). La petición de Jabes fue: “¡Oh si me dieras bendición. . .!” (1 Crónicas 4:10), contra todas las desigualdades. Esther, en un esfuerzo desesperado por salvar a su pueblo, hizo lo impensable al entrar en la presencia del rey sin ser invitada y sin el toque se su cetro de oro: “Y fue que, como vio a la reina Esther que estaba en el patio, ella obtuvo gracia en sus ojos; y el rey extendió a Esther el cetro de oro que tenía en la mano” (Esther 5:2). Y cuando en la oscuridad de la noche Pedro reconoció que su Maestro estaba caminando sobre las aguas, fuera de la embarcación, le pidió a Jesús le permitiera ir a Él: “Señor, si tú eres, manda que yo vaya a ti sobre las aguas” (Mateo 14:28). Los demás discípulos en el bote deben haber pensado: “Pedro está nervioso”. Pero este osado discípulo fue el único que pudo testificar de la increíble experiencia de caminar sobre las aguas.

Todas estas experiencias y otras, nos sirven para recordar que cuando atrevidamente pedimos lo imposible, algunas veces miramos alto tratando de obtener más de lo q ue podemos negociar. Esto es lo que les sucedió a Jacobo y Juan. Pidieron bendiciones en el Reino futuro; Jesús les ofreció el gozo del Reino presente. No les negó un lugar en su Reino futuro. Más bien, les ofreció lo que todos debemos hacer si queremos entrar en el Reino: Beber la copa que el bebió y ser bautizados con el bautismo con que Él fue bautizado.

“A la verdad, del vaso que yo bebo. Beberéis”. Cuando Jesús se preparó para ir a la cruz, la copa se vuelve el punto de enfoque de su oración en el Gethsemaní: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). Beber de la copa es sabernos completamente rendidos a la voluntad de Dios.

“Y del bautismo que yo soy bautizado, seréis bautizados”. Es más difícil entender esta parte, porque la Escritura habla de diferentes tipos de bautismo: Bautismo en agua, bautismo en el Cuerpo de Cristo, bautismo del Espíritu, y porque comúnmente pensamos del bautismo en términos de agua. Para entender a qué se refiere Jesús en esta parte, la clave es hacer a un lado el agua de la imagen. Ciertamente el bautismo significa inmersión. Es pensar que significa ser completamente sumergidos en alguna otra cosa que no sea agua, como el Espíritu Santo, el Cuerpo de Cristo, la voluntad de Dios.

El bautismo es el punto de entrada a la vida plena. Es una vida de morir a sí mismo y de servir a Cristo y a los demás. Es vivir cada día y cada momento en la presencia de Cristo. Es liberarnos de un cristianismo superficial y de nuestra propia manera de vivir. Nos guía a un lugar donde los ojos ven lo invisible, donde los oídos oyen lo inaudible. Es donde los cristianos experimentamos un genuino gozo.

Amados hermanos les invitamos a rendirse al llamado del Señor y entrar en esta vida plena en Jesús. Amén.

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