| 07 Enero 2009

Cuenta una historia en el estado de Morelos, que en el tiempo de la colonia, los ricos españoles daban a sus trabajadores una vez por año un día de asueto; en ese día, los peones tenían permiso para hacer lo que le viniera en gana. Ese día, el cual era esperado por todas las familias oprimidas, la gente organizaba un festival en el que, además de todos los festejos con comida y bebidas, se organizaba un desfile bastante peculiar. Este desfile consistía en vestir a algunos de ellos con trajes que imitaban de forma exagerada a los terratenientes, las personas disfrazadas se colocaban en el centro de la marcha y de esa forma el resto de las personas podía ir bailando al son de la música, al mismo tiempo que le gritaban, empujaban o hacían algún tipo de broma al personaje representado. Este personaje en particular fue conocido con el nombre de “Chinelo”.
Los chinelos, originarios del estado de Morelos, fueron un medio para desahogar muchas de las frustraciones de las personas oprimidas en esta región. Ese día durante el festival, los peones, podían decirle al amo, al menos de forma encubierta, todo lo que pensaban y sentían hacia él mediante la burla.
En su libro “El laberinto de la soledad”, el escritor Octavio Paz, define al mexicano como una persona solitaria, que gusta de usar mascaras para protegerse, gusta de usar indirectas y “albures” para expresarse, pues vive encerrado en si mismo, el mexicano es un personaje que ha aprendido a vivir protegiéndose. La celebración de los chinelos en Morelos es un ejemplo de cómo las personas oprimidas buscan liberarse de la carga tan pesada que traen, y al no tener un medio que les de auténtica libertad, buscan uno que les ayude, por lo menos, a tener un desahogo, esa búsqueda de libertad, por supuesto no es efectiva, alivia por un momento pero no soluciona el dolor.
Es posible que los mexicanos hayamos heredado de la época colonial una particular forma de ser que nos distingue de otras culturas, está marcada por la opresión que sufrieron nuestros antepasados y que los llevó a buscar formas ocultas que les ayudaran a expresarse y a respirar un poco de libertad.
En la Biblia encontramos el relato de un pueblo que vivía oprimido y luego fue liberado, un pueblo que sufría el látigo y el trabajo duro e injusto de forma cotidiana; Dios puso su mirada sobre ese pueblo y lo hizo libre de sus opresores y le mostró su amor llevándolo a vivir a solas con El en el desierto, lo alimentó y pastoreó, le mostró que estaba interesado genuinamente en el. Ese pueblo se llama Israel.
No obstante haber sido liberado, el pueblo de Israel seguía teniendo un corazón de esclavo, anhelaba volver a Egipto, deseaba vivir con la seguridad de la provisión que le daba su despiadado amo a precio de esclavitud y no vivir inseguro (a sus ojos) en el desierto esperando por fe en Dios a precio de libertad. Necesitaban otro tipo de libertad.
Es increíble que un pueblo libre siga teniendo corazón de esclavo, y ese pude ser el caso de nuestro México, a casi doscientos años de independencia mantenemos en nuestro ser las características de un pueblo dominado que vive aún usando mascaras para protegerse. Nuestras máscaras pueden ser variadas, puede ser un lenguaje rebuscado, una postura de mucha formalidad, puede ser la idea de demostrar fortaleza o a la inversa, hacernos los héroes, aparentar que somos muy liberales, que parecemos norteamericanos o europeos, o aparentar una falsa libertad (aunque sea cuando “estamos en montón”) como la ocasión en que miles de mexicanos posaron desnudos en el zócalo capitalino, etc. También el uso del doble sentido es una forma de usar máscaras, nos podemos esconder detrás del albur, la indirecta o el chiste, o detrás de la letra de una canción o un poema escrito en doble sentido, total…, las manifestaciones pueden ser variadas pero en todas ellas se evidencia la constante de expresar algo de forma encubierta, de tal manera que nos protegemos de cualquier represalia o peligro. La mascara es como el caparazón de la tortuga nos sirve de defensa.
El problema de usar máscaras y mantener una actitud defensiva siempre, es que resulta un impedimento para amar. Para que una persona pueda amar y recibir amor, necesita dejar a un lado las apariencias y el temor de ser lastimado, necesita tomar el riesgo, porque el amor es como una apuesta en la que arriesgamos todo. Solo puede amar quien renuncia a las máscaras. La descripción de amor que nos regala el Apóstol Pablo en 1 Corintios 13:4-7 es la expresión de alguien que no tiene máscaras, que lo da y lo recibe todo asumiendo riesgos.
La celebración de los “chinelos” nos ayuda a ver que los mexicanos necesitamos libertad, la libertad auténtica. Necesitamos liberarnos de nuestro pasado vergonzoso y mirar al futuro con un rostro firme y con la frente en alto. Tenemos necesidad de superar el pasado y ver de forma diferente el futuro y ante esto, los cristianos sabemos que solo es posible cuando el reino de Dios ha llegado a nosotros.
Dios es “El Dios de los oprimidos” (Sal 69:5-6), su presencia trae verdadera libertad, nos libera para amar en verdad, nos anima a dejar toda máscara y a vivir plenamente en justicia. Dios esta presente en la vida de nuestro país, pues este es un país de gente que ha sido oprimida, su espíritu está entre nosotros para sacarnos de esa condición y llenarnos de abundante bendición, pues es Él quien levanta del polvo al pobre (Salmos 113:7), la presencia de Dios llena el horizonte de México de una esperanza real.
Nuestro Señor está estableciendo su reino entre nosotros sacando a la gente de su soledad y temor, su reino es un reino de amor, en él no caben las máscaras, la mentalidad del oprimido es superada y transformada en la mentalidad de hombres libres por el Espíritu de Dios (Romanos 12:2). Es necesario que este reino absorba nuestra cultura y la transforme. Nosotros, su iglesia, somos llamados a trabajar para que quienes hoy tienen que usar su traje de “chinelo”, dejen esa vieja vestimenta y se revistan de Jesucristo, el Señor de la libertad (Cololsenses 3:9-11) y para que quienes viven en soledad encuentren una familia en donde experimentar el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia que resulta de una fe no fingida (1 Timoteo 1:5).



