DICHOSOS LOS QUE HACEN LA PAZ

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Las escenas fueron cayendo como bombas de «racimo», los televidentes fuimos capturados sin saber el futuro, las imágenes del horror comenzaron a llegar: edificios derrumbados, autos volcados, casas incendiadas y lo peor: hombres y mujeres buscando a sus familias entre los escombros, niños desolados que han perdido a sus padres por los ataques, pequeños y grandes aparecen en camas de hospital, algunas de ellas improvisadas, habiendo sufriendo la amputación de sus miembros. Esto no es una película con efectos especiales y maquillajes extraordinarios, todos lo supimos desde el primer instante; esto, es real. Es imposible ser totalmente racionales y concentrarnos en los argumentos a favor y en contra sobre la guerra en general o sobre la guerra contra Irak en particular, la mayoría de nosotros, aun los niños, sentimos indignación. Nos resultó imposible conformarnos por el hecho de que los acontecimientos estaban muy lejos de nuestra geografía o por saber que el ataque estaba dirigido contra Saddam Hussein y su gobierno y no contra el pueblo iraquí.

El evento de la reciente guerra levanta la polémica por las diferentes posturas que llegamos a tomar sobre el tema. Una parte de la población se manifestó en apoyo a la intervención; pero la mayoría en contra. Aun en los Estados Unidos, el repudio a la guerra ha sido notorio y algunos intelectuales han cuestionado los argumentos de la ofensiva militar. Quizá nunca lleguemos a conocer las verdaderas razones de esta guerra, aunque muchas sospechas dan vueltas en nuestras cabezas. En cuanto a nuestra posición como cristianos, lo que nos debe preocupar es la enseñanza bíblica al respecto.

I. EL ARGUMENTO DE LA GUERRA SANTA.

En el Antiguo Testamento existen múltiples referencias a la «La guerra Santa», la historia bíblica dice que el pueblo de Israel se asentó en Canaán por medio de una conquista. La tierra de la promesa estaba ocupada por una multitud de pueblos poderosos y se vio obligado una campaña militar dirigida por Dios para expulsarlos del territorio y posteriormente distribuirlo entre las tribus. Esta conquista fue dura y sangrienta, los enemigos fueron humillados, destruidos y sus casas y ciudades incendiadas. Prevaleció un clima de violencia. Los israelitas no tenían nada que temer, mientras que los enemigos eran presas del pánico aun antes de luchar. Todos fueron exterminados, mientras que de los israelitas no se dice que cayera un solo hombre, la razón es que el Señor combatía a su favor. La única caída fue la derrota en la ciudad de Ay, pero ésta se debió a que un israelita no respetó la ley del anatema, que consistía en dedicar a Dios a las personas o a los bienes que obtenían como botín de guerra. El Señor los desprotegió ante sus adversarios.

La ley del anatema nos indica la disposición de Dios de prohibir la rapiña en las guerras y la de evitar la conquista con fines expansionistas. Los soldados sedientos de botín debían renunciar para consagrarlo al Señor (Jueces 5:30). Esto se constituía en un acto supremo de fe. A los ocupantes de las ciudades se le ve como adversarios, no hay propuesta de integración. La cosmovisión de los textos en este aspecto es dualista: ve el mundo en dos esferas, los justos y los injustos. No hay acercamiento entre los que adoran diferentes dioses. Los paganos deben ser aniquilados. No hay duda. El pueblo de Israel se sabe elegido y va a realizar esta vocación con la firme convicción de ser llamado y enviado a poseer la tierra de la promesa. Dios mismo les entregará sus enemigos. La pelea será encabezada por el Dios de los ejércitos.

Este enfoque hace creer a muchos que las guerras son permitidas por Dios. Hay pueblos que se han apropiado del concepto de ser el pueblo elegido y se han lanzado a la batalla por imponer su dominio. Así ha sucedido en la reciente guerra; los Estados Unidos de América, movidos bajo la ideología del «Destino Manifiesto», creen ser los herederos de la fe de Israel y bajo esta convicción han realizado innumerables intervenciones militares. «La guerra santa» debemos contextualizarla: Israel se vio obligado a pelear para sobrevivir, eran tiempos violentos donde constantemente se asediaban a las poblaciones para convertirlas en pueblos vasallos. Era una etapa fundante de la fe de Israel y era muy vulnerable a la influencia de los pueblos cananeos, los cuales tenían sus divinidades y una serie de prácticas cúlticas que resultaban aberrantes para la ética bíblica, como las orgías sexuales con las cuales honraban a Baal por su fertilidad. Este momento no debe ser tomado como el esquema a repetir.

No podemos ser ingenuos y tomar una postura de pacifismo absoluto, entendemos que hay momentos de autodefensa o de que la guerra es el mal menor para solucionar los conflictos entre las naciones; sin embargo, debemos entender que ningún pueblo se puede apropiar del derecho de destruir a los demás. Dios no autoriza la guerra motivada por ambición de poder o por avaricia de los bienes del otro, en todo caso la permitió para lograr la subsistencia de su pueblo, territorial y religiosamente.

II. EL ORIGEN DE LA GUERRA.

¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? ¿Codiciáis y no poseéis? Matáis. ¿Envidiáis y no podéis conseguir? Combatís y hacéis la guerra. No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones. Santiago 4:1-3. BJ. El apóstol Santiago considera que las guerras y los conflictos entre personas se originan en las pasiones internas del ser humano. Hay una ambición de dominio que mueve el corazón y que provoca agresiones contra lo que nos amenaza real o imaginariamente.

Los conflictos bélicos o las persecuciones contra grupos o personas no se pueden explicar limitándose a las razones que generalmente se esgrimen: económicas, geográficas, seguridad, religiosas y otras. Existen motivaciones sicológicas y sociales que llevan a la violencia. En el ser humano existen dos pulsiones básicas que lo empujan hacia distintas actividades: «eros» o el impulso a la vida, cuyas acciones son constructivas de todo aquello que supone la organización de los elementos que hacen posible una existencia placentera, le da orden a los elementos de la conciencia; por otro lado está «tánatos» o la pulsión de muerte que intenta reducir lo vital a lo inanimado y lo más organizado a lo desorganizado, tiende a la línea del equilibrio absoluto. Aunque estos conceptos son más complejos, nos sirven para intentar dar una respuesta sobre los «verdaderos» motivos de las agresiones. El impulso hacia la muerte se halla en lo más íntimo del ser humano.

El ser humano es por naturaleza egocéntrico, sus intereses son profundamente narcisistas (esto es, por un amor que se centra en sí mismo), esto le hace mirar por su propio beneficio y despreciar cuando otro tiene lo que se desea. El ser natural apetece la totalidad del poder, tiene una ambición desmedida, nunca es suficiente. Muchas campañas de destrucción se han emprendido por el miedo inconciente a lo distinto a los dogmas establecidos. O contra las mujeres que tenían el atrevimiento de desafiar el orden establecido. Se emprendió la «cacería de brujas» contra las mujeres que mostraban ciertos poderes extraordinarios, se les atribuyó tener un pacto con el diablo. Esos supuestos poderes no eran algo sobrenatural, en realidad, sino que a veces era únicamente su afinada intuición femenina o la práctica de los cultos germanos que habían guardado por generaciones.

El historiador Norman Cohn, en su libro: «Los demonios familiares de Europa» (Ed. Alianza, Madrid, 1980) sostiene la tesis de que: Nunca hubo una sociedad secreta de brujas, todo ocurre en la imaginación humana, todo pertenece a patologías de las sociedades. Afirma que «Las fantasías que aparecen sobre los demonios y lo demoníaco en la edad media, tienen lugar en la mente del establishment: monjes, obispos, papas, reyes, grandes señores, teólogos ortodoxos, inquisidores y magistrados. La raíz más grave del mal no está en el otro sino en uno mismo. Todo ser humano tiene una parte oscura o tenebrosa que refleja sus ambiciones, celos o envidias. Aquellos que son acusados representan una parte del yo más profundo del acusador: sus miedos obsesivos y también sus deseos no reconocidos y aterradores.

Jesús dijo que: cualquiera que mirare a una mujer para codiciarla ya adulteró con ella en su corazón (Mateo 5:28). Él sabe que el problema de este pecado no está en la mujer, sino en el hombre que la codicia, ya que es de dentro de su corazón de donde surge la concupiscencia. Jesús lo dijo también de esta manera: «Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez; todas estas maldades de dentro salen y contaminan al hombre» (Marcos 7:21-23).

La maldad está en el hombre, es responsable si la deja nacer. Los individuos y las naciones fabrican «chivos expiatorios», que son personas, grupos o naciones diferentes y débiles que reflejan los aspectos que no podemos soportar de nosotros mismos. Algunos cristianos admiten que el pueblo de Irán debe ser aniquilado porque ellos destruyeron Jerusalén en el siglo VI aC y mantuvieron en el exilio a los deportados. Ninguna nación debe apropiarse el derecho de ser juez soberano sobre el destino final de los demás pueblos. Que Dios nos ayude a vencer el pecado que nos asedia y nos dé la fuerza para construir la paz.

III. EL LLAMADO A CONSTRUIR LA PAZ.

El planteamiento de Jesús es activo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9 BJ). El gozo del cristiano no surge del aislamiento de los problemas que enfrenta el mundo, sino de restaurar la armonía donde se ha perdido o de evitar que se rompa. El llamado de Jesús no es a encerrarnos en un búnker y permanecer seguros de todo lo que ocurre afuera. Los cristianos somos desafiados a involucrarnos en la construcción de la paz del mundo, algo que no se dará por sí mismo. ¿Qué podemos hacer los creyentes para que haya paz?

Oración intercesora. Los cristianos practicamos la oración porque vivimos en comunión con Dios, disfrutamos su cercanía y tenemos la confianza que se interesa en nosotros, sabemos que le importa todo lo que nos ocurre o sentimos. Oramos porque encontramos en este diálogo la claridad de pensamientos y la fortaleza para las decisiones que debemos tomar. Oramos porque reconocemos que Dios es el dueño de la historia del mundo y él sabe hacia donde vamos, aunque de pronto nosotros no lo entendamos. Oramos porque tenemos una misión por realizar en el mundo y necesitamos revisar si vamos bien. Uno de los errores de los cristianos es el de orar sólo por sus necesidades personales y olvidarnos de la dimensión intercesora. El consejo paulino es: «…que se hagan oraciones…por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad» 1 Timoteo 2:2. Nuestro ruego insistente, personal y comunitario, debe incluir las peticiones por la paz. Ante la guerra hubo pocas plegarias. Oremos para que las naciones encuentren medios no violentos para superar sus diferencias. Oremos para que no haya tantas víctimas inocentes. Oremos para que los padres no tengan que sepultar a sus hijos. Oremos para que reine la justicia en el mundo.

Construir una comunidad de paz. Somos desafiados a ser la diferencia. Nuestras congregaciones son un mundo en pequeño que representa un modelo de vida para la sociedad. Nuestras palabras no valdrán nada si antes nuestras vidas no reflejan la congruencia de la fe cristiana. Entre nosotros no debe haber barreras de ninguna especie, ni sexuales, ni económicas, ni generacionales, ni por el color de piel, ni culturales. Somos un cuerpo que se alimenta de la misma vida que es Cristo. El propósito de Dios es que su Iglesia sea una señal del reino, donde imperen los valores eternos, donde se integren los diferentes y donde se adopte el modelo de siervo. Se nos demanda que dejemos los valores seculares, entre otros el de la conquista egoísta, y nos dejemos moldear por la gracia. Vivir en comunidad es un esfuerzo constante y agotador, pero produce verdaderas bendiciones. Debemos erradicar todo aquello que destruye la armonía como: el odio, el resentimiento, la ira, los chismes, los celos y otros más, y fomentar la fe, la esperanza y el amor. Nuestra influencia puede ser decisiva para la paz. Promovamos la reconciliación, la armonía, el servicio mutuo y el amor aún a los enemigos.

Promover la verdad. El evangelio nos ha enseñado a buscar y proclamar la verdad. Mientras que en las sociedades predominan las ideologías y las razones ocultas, la fe cristiana busca esclarecer las causas de las acciones y así fomentar un mundo real. Nos movemos en un clima de permanente sospecha sobre las explicaciones que se nos ofrecen. No podemos ser ingenuos y crédulos de las afirmaciones públicas, es importante confirmar los argumentos o razones vertidas. Tenemos una responsabilidad en sostener o criticar el poder existente. Los imperios se sostienen por la legitimación que les da entre otros aspectos la religión. Por eso hemos visto líderes religiosos aprobando la guerra. Nuestro llamado implica también el denunciar las mentiras y censurar los abusos. El modelo profético es muy claro, lo esencial es la justicia divina. Los profetas encaran al poder que se ha corrompido y le exhortan a la conversión. Lo que debe prevalecer es el pacto divino.

Los cristianos somos llamados a ser hacedores de la paz. Es una labor riesgosa y quizá infructuosa, sin embargo, aunque reconocemos que la paz total sólo vendrá con la plenitud del Reino de Dios, no por eso dejaremos de buscar la paz. Queremos la paz para nuestra casa, para nuestro barrio, para nuestra ciudad, nuestro país, nuestro mundo. Nos mueve la confianza de que cuando venga el Señor, las armas se convertirán en instrumentos de labranza, el cordero pacerá junto con el león; todos los hombres y mujeres, de todas las razas, de todas las lenguas, de todos los colores formaremos un coro que entonará alabanzas al que venció a la muerte y ha hecho la paz. Mientras tanto podemos orar con Francisco de Asís:

Oh Señor, haz de mí
 un instrumento de tu paz:
Donde hay odio, que yo lleve el amor.
Donde hay ofensa, que yo lleve el perdón.
Donde hay discordia, que yo lleve la unión.
Donde hay duda, que yo lleve la fe.
Donde hay error, que yo lleve la verdad.
Donde hay desesperación, que yo lleve la esperanza.
Donde hay tristeza, que yo lleve la alegría.
Donde están las tinieblas, que yo lleve la luz.
Maestro, haced que yo no busque tanto:
A ser consolado, sino a consolar.
A ser comprendido, sino a comprender.
A ser amado, sino a amar.
Porque:
Es dando, que se recibe;
Perdonando, que se es perdonado;
Muriendo, que se resucita a la Vida Eterna.

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