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Formación Ministerial
Es imposible desligar la madurez espiritual de los miembros de la madurez del cuerpo ministerial de la Iglesia, debido a que la Iglesia la comprendemos todos, miembros y lÃderes, y porque nosotros como lÃderes somos ejemplo de la Iglesia.
La Iglesia se guÃa por el ejemplo que le demos con nuestros actos. Sin embargo, pienso que estamos fallando como lÃderes en esto. A menudo, nuestra manera de conducirnos ante la grey, y fuera de ella, deja de ser un ejemplo a seguir. La madurez espiritual no se adquiere con los años ni con las jerarquÃas, sino con el conocimiento y la adecuada aplicación de la Palabra.
Un buen alimento fÃsico nutre el cuerpo y la mente. Asà también, el pleno conocimiento de la Palabra y su cotidiana aplicación hace crecer al hombre interior. Pablo oraba para que fuésemos «llenos del conocimiento de su voluntad, en toda sabidurÃa e inteligencia espiritual» (Colosenses 1:19). Solo asÃ, como nos dice el verso 10, podremos andar «como es digno del Señor, agradándole en todo».
Ahora bien, los siguientes ejemplos que señalo son solo algunos en los cuales considero que los miembros del cuerpo ministerial estamos fallando:
Casi nunca nos pedimos perdón. Hablamos y, a veces, escribimos sin fundamento acerca de un compañero. Nos relacionamos poco o nada unos con otros. Tenemos puntos de vista contrarios a las resoluciones conciliares, y asà predicamos. Intervenimos en las iglesias en las que no debemos. Formamos «grupitos» selectos, afines a nuestro modo de pensar. Solicitamos más dinero del que nos corresponde, etc. Otras fallas que merecen mención aparte, se encuentran en el «estilo» con el que a veces pastoreamos en nuestras respectivas congregaciones.
SÃ, a veces de forma autoritaria, otras de forma paternalista, e incluso se han dado casos de manipulación. Es evidente que estas formas de pastorear una congregación, más que ser el mal en sÃ, evidencia un mal interior caracterizado, entre otras cosas, por una profunda inmadurez.
Con todas estas fallas de los que se supone somos ejemplo, ¿cómo esperamos que no haya miembros inmaduros?
A menudo predicamos: «Hermanos perdónense unos a otros» «No juzguemos a la ligera» «Relaciónense unos con otros» «Cumplamos los acuerdos Conciliares»; y asÃ, una cosa tras otra, y con ellas reconvenimos a la Iglesia. Sin embargo, ésta no progresará en madurez mientras nosotros no lo hagamos. Dentro de todas estas situaciones que acabo de mencionar, hay situaciones que no admiten discusión por ser de una verdad absoluta; y en otras, cuando menos debe quedarnos el beneficio de la duda.
Los pasajes más claros sobre la inmadurez, aunque sin mencionarlo con ese nombre, son aquellos de Hebreos 5:12. AquÃ, la Escritura califica la inmadurez como ser inexperto en la Palabra, y por lo tanto, no se tiene la capacidad de discernimiento, quedándose la persona semejante a un niño. Pero no confundamos esto con la niñez espiritual normal, aquella propia de un simpatizante o cristiano recién convertido.
La inmadurez mencionada en estos pasajes es algo mucho más serio. Son aquellos hermanos -a veces miembros del ministerio- que ya están «demasiados hechos», o sea, ya nada los hará cambiar, nada los hará crecer. En suma, nada los hará madurar.
Son aquellos en los que el paso del tiempo -a menudo mucho tiempo- no fue aprovechado para alcanzar capacidad de juicio, de discernimiento, quedándose, según el transfondo de los pasajes aludidos, en inmadurez permanente.
Ejemplos de esta inmadurez permanente a pesar de «tanto tiempo», como dice Hebreos: Tenemos lÃderes que nunca se sobrepusieron a una situación adversa y viven con amargura en su corazón, lÃderes inconformes con todo, lÃderes conflictivos por apetecer siempre los primeros lugares, y lÃderes que no conocen «su tiempo»- como supo reconocerlo Juan el Bautista, lÃderes que van de congregación en congregación, predicadores que utilizan el púlpito para cosas personales, o incluso para atacar o criticar a otros miembros, y asà como éstos, tenemos en nuestras congregaciones aún más ejemplos.
A estos lÃderes, el tiempo no les ha sido suficiente para aprender lo que es el discernimiento. Quizá se obtuvo mucho conocimiento pero no hubo crecimiento espiritual. Dice un autor: «Nuestra capacidad de deleite en las cosas profundas de Dios, está determinada por nuestro crecimiento espiritual. Con frecuencia deseamos el banquete de Dios, antes de estar en condiciones de digerirlo».
A continuación menciono algunas conductas que evalúan nuestra madurez, según el autor de Hebreos, presentadas en contraste. Es decir, acciones maduras, versus acciones inmaduras.
1) Enseñar a los demás, en lugar de necesitar siempre ser enseñados.
2) desarrollo profundo del entendimiento, en lugar de seguir luchando con lo fundamental.
3) Autoevaluación objetiva, en lugar de subestimación o sobreestimación.
4) Búsqueda de la unidad, en lugar de apoyar o fomentar conductas de división.
5) Anhelo de retos espirituales, en lugar de solo deseos de «entretenimiento» o de conformismo.
6) Estudio cuidadoso y observación, en lugar de opiniones y esfuerzos mediocres.
7) Fe activa, en vez de apatÃa y duda.
8) Experiencias y sentimientos evaluados a la luz de la Palabra de Dios, en lugar de evaluarlos según «los sentimientos»
BIBLIA DEL DIARIO VIVIR Pág. 1743
Pablo llama «niños» a aquellos, porqué no eran espiritualmente maduros. La prueba es que peleaban como niños y se distraÃan en divisiones. Los cristianos inmaduros son carnales controlados por sus deseos. Los creyentes maduros, están a favor de los deseos de Dios.
El más grave resultado de la inmadurez o niñez espiritual permanente, es la creación de bandos y divisiones en la Iglesia. En 1 Corintios 3:15, Pablo atribuye las divisiones al escaso conocimiento de la Palabra, porqué éste se ha suplido por pasiones humanas, anteponiéndose el interés particular al bienestar de la Iglesia. Esto pasa cuando se conoce superficialmente la Palabra.
Y es que ninguna supuesta riqueza o experiencia espiritual refleja un conocimiento genuino, si está separada de nuestro crecimiento básico en el conocimiento de la Palabra. Solo si está arraigada en éste conocimiento, se traduce en una vida espiritual de verdad y amor, y por lo tanto nos lleva a crecer, no tan solo cuando se tiene solamente un conocimiento o experiencia espiritual aislada.
La palabra «perfeccionar», se usaba en el sentido de colocar un hueso durante una cirugÃa. Ahora, el Gran Médico a través de nosotros hace los ajustes necesarios para que su Iglesia no quede «desconyuntada». Solamente asà podremos llevar a la Iglesia «a la unidad de la Fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto» (teleios = maduro, verso 13).
Somos nosotros, los miembros del ministerio en todas sus facetas, apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, los llamados a «perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio y edificación del cuerpo de Cristo» Efesios 4:11-12. Arribando a la madurez, habrá firmeza en los lÃderes no habrá «niños fluctuantes» (verso 14), y los lÃderes se conducirán con verdad y amor, viniendo como consecuencia el crecimiento cuantitativo y también la edificación (fortalecimiento interno) de todo el cuerpo.
Dios nos bendiga a todos, en ésta difÃcil tarea.
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