Pastores comprometidos con la verdad

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En la emotiva despedida del Apóstol Pablo de los ancianos de la iglesia de Efeso, encontramos cosas muy importantes para nuestro ministerio. (Hechos 20:17-38). Comienza en el verso 18, confrontando su comportamiento con los representantes de la iglesia, al decirles «Vosotros sabéis bien cómo me he comportado entre vosotros todo el tiempo, desde el primer día». Hermanos pastores, ¿podremos decir lo mismo nosotros?

¿Puede resistir nuestra conducta, la opinión y el escrutinio de la iglesia que pastoreamos? ¿podremos decirle a la iglesia «hermanos, ustedes saben que en 3 años, (los que duró Pablo en Efeso, aunque podría ser «x» tiempo) no les he fallado, los he asistido siempre que me han llamado, mis sermones los he preparado esforzándome por alimentar sus almas, he procurado llevarme bien con todos, y no sólo con una familia o dos; en fin, he hecho hasta lo imposible por el bien de toda la iglesia»? Si podemos decirle esto a la iglesia, ¡la gloria sea para Dios!

Continúa el Apóstol diciendo: «Sirviendo a Dios con toda humildad y muchas lágrimas» (verso 19).

Aquí cabe reflexionar: ¿Somos humildes en nuestra labor pastoral, o nos gana la arrogancia? ¿Nos empeñamos en hacer nuestra voluntad por el hecho de ser pastores, aunque a la vista de la iglesia estemos equivocados? ¿Resolvemos asuntos en forma unilateral, en detrimento de una mejor opción? ¿Tenemos a la iglesia adormecida, sin opinión, silenciada por nuestro falso concepto de autoridad? Pablo renunciaba a la autosuficiencia derramando lágrimas en oración a Dios, pues su vida peligraba. Nosotros, ¿con qué armas enfrentamos los problemas? ¿También con lágrimas y en oración a Dios, o acaso confiamos en nosotros mismos?

Continúa Pablo: «No he rehusado de enseñarles públicamente y por las casas» (verso 20).

Esta frase del Apóstol debe recordarnos que, dentro y fuera del templo, en grupo o en forma particular, el pastor es llamado a enseñar y anunciar el mensaje. La labor pastoral no reconoce límites ni de lugar ni de horario. Pablo no perdió ninguna oportunidad para anunciar a Jesús.

Ahora bien, Pablo nunca perdió de vista el mensaje central: «El arrepentimiento para con Dios y la fe en Jesucristo» (verso 21).
Ciertamente enseñó otras cosas también, pero siempre volvía al tema principal. A veces pensamos que este tema ya está agotado, y buscamos y rebuscamos cosas novedosas, y a veces raras. Sin embargo, en Pablo este tema no se agotó durante 3 años. Ambos asuntos son la piedra angular de nuestra doctrina, arrepentimiento de pecados antes y después de nuestra conversión, y una fe firme en Jesús, la cual nos da acceso a la gracia redentora. Romanos 5:2: «Por Jesús tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes» Sobre este fundamento veamos que estamos sobreedificando, no sobre plata, piedras preciosas, cosas difíciles de encontrar, verdaderas joyas de la palabra, que solo encontraremos afanándonos y desvelándonos; o heno y hojarasca, cosas fáciles de encontrar, pero que vendrían siendo pensamientos nuestros y no de Dios (1 Corintios 3:10-13).

Aunque no nos encontremos en riesgos como los que corría Pablo, en lo que a veces peligraba su vida, verso 22, debemos siempre dejarnos guiar por el Espíritu de Dios. En nuestro trabajo pastoral, así como en cultos y predicaciones, debe hablar el Espíritu y no solo nosotros. No confundamos predicaciones y cultos preparados, con predicaciones y cultos prefabricados. En ocasiones se planea tanto, que no cabe el Espíritu de Dios. Sí, porque ponemos mucho de lo nuestro y poco de Dios. Hay cultos y predicaciones tan «sospechosamente impecables» que uno no tarda en descubrir ¡cuán poco tiene esto de Dios! Preguntémonos: ¿Podrá, si alguien ajeno entra dispuesto a adorar a Dios, decir que realmente está Dios entre nosotros? (1 Corintios 14:25).

Ahora bien, nosotros como pastores a veces buscamos reconocimiento, elogios, recompensas, como si se tratara de agradar a los hombres. Dice Pablo: «No para agradar a los hombres, sino a Dios» (1 Tesalonisenses 2:4). Para Pablo siempre fue más importante «dar testimonio del Evangelio de la gracia de Dios» (verso 24). No encontró el Apóstol otro calificativo para el Evangelio, lo llama «Evangelio de Gracia», resaltando el carácter eminentemente misericordioso del amor de Dios, mostrado en Cristo.

Hay quien piensa que al predicar la gracia de Dios, la iglesia se iría tras una vida licenciosa, como si la gracia fuera un permiso para la desobediencia y el pecado. ¡Nada más falso! La gracia es el mejor camino para la obediencia. Cuando hay corazones transformados y agradecidos por su dádiva (gracia) que es «vida eterna en Cristo Jesús», la obediencia será espontánea, de corazón, «habéis obedecido de corazón» (Romanos 6:17).

Pablo pudo decir «estoy limpio de la sangre de todos, porqué no he de anunciarles todo el consejo de Dios», (versos 26, 27). Hermanos pastores; no tengamos miedo hablar con la verdad y el consejo de Dios. No condescendamos con la ignorancia y las malas actitudes de algunos hermanos, ni nos pleguemos a su voluntad. No nos dejemos manipular por las familias «importantes» de la iglesia, sino procuremos el bien de la mayoría. Olvidemos el «se pueden ir», «diezman muy bien» o «son muchos de familia», de lo contrario nuestro pastorado se verá menoscabado, disminuido, desacreditado. Recordemos que la verdad a veces incomoda, y no faltará quien se vuelva nuestro enemigo por decir la verdad (Gálatas 4:15).

«Mirado por vosotros» significa «atender con cuidado» (verso 28). Debemos guardarnos primero nosotros, como individuos, para velar adecuadamente por la iglesia, recordando siempre que nuestro pastorado se lo demos al Espíritu. Cuando no es así, cuando nos sentimos comprometidos con alguien y no con Dios, El nos colocará en nuestro lugar, tarde o temprano. Obispo deriva de la palabra griega que en español es «cubrir», «proteger». Un obispo es aquel que cubre y protege al rebaño. La iglesia es de Dios, y como tal debemos tratarla. No hagamos de nuestra congregación propiedad particular. A la menor señal de descontento, hacerle frente, pues de esto suelen aprovecharse los falsos líderes para dividir. Ya ha pasado muchas veces en nuestra iglesia. No olvidemos que «un pequeño fuego, cuan grande bosque enciende» (Santiago 3:5).

Amonestar, redargüir, reconvenir, reprender, son acciones necesarias en nuestro pastorado. Pablo lo hacía con lágrimas de pesar, por las conductas inapropiadas (verso 31). Lejos sea de nosotros hacerlo con autosuficiencia, dureza o abuso de autoridad. Quien debe derramar lágrimas es el pastor, no la oveja.

Vuelve a llamar Pablo a la Palabra como «Palabra de Gracia» (verso 32). La palabra de Gracia apela al corazón, no a la mente, «el conocimiento envanece, el amor edifica» (1 Corintios 8:1). La palabra Gracia es poderosa para sobreedificar porque viene de Dios, es de Dios. El le dijo a Pablo «bástate mi gracia». Las leyes limitan, la gracia no reconoce límites.

¡Cómo ha hecho daño a muchos pastores el manejo de dinero! «Ni plata, ni oro, ni vestido de nadie he codiciado» (verso 33). Nuestros Estatutos no autorizan a los pastores a manejar dinero. Ya está estipulado lo que nos corresponde, no pretendamos más. Si son muchas nuestras necesidades, no nos aprovechemos de la bondad de la iglesia. Examinemos nuestras finanzas personales. Tal vez no somos buenos mayordomos de lo que Dios pone en nuestras manos. Además, la iglesia nota cuando el pastor anda buscando dinero aquí y allá, y tarde o temprano acaba por conocer esta y otras debilidades nuestras. Recordemos la enseñanza de Juan el Bautista: «conformaos con vuestra paga» (Lucas 3:14).

Sin pretender que nuestra despedida de la iglesia que hemos pastoreado por años, sea igual de emotiva y llena de lágrimas como la despedida de Pablo de la iglesia de Efeso. Nuestro deber es cumplir con fidelidad para que seamos bien recordados y al despedirnos dejemos que el pastor que llega reciba su honor y compañerismo.

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