Iglesia de Dios (7o. día) A.R.
| 30 Agosto 2010
CUANDO LAS PALABRAS CONTRADICEN LO QUE SOMOS
Lo que digamos en un momento de descuido puede dañar nuestra imagen cristiana

“La intersección estaba llena, todos se apresuraban por llegar a casa, los estómagos gruñían, la tolerancia se debilitaba – incluyendo la mía.
Normalmente soy una persona muy calmada. No el tipo de calma como la de Job, sino una mujer calmada, maestra de Escuela Sabática, solista del coro, el tipo de persona de la que todos dicen ella nunca se enoja. Pero al estar atrapada en una intersección, viendo la luz que cambiaba de amarillo a roja, los automóviles que se me echaban encima como una manada de langostas sobre un Faraón de corazón duro, perdí la calma. Toque el claxon del carro. Le daba golpes al volante. El color de m i cara cambió como el de un jitomate. Grité fuera de mi ventanilla hacia el último automóvil que corría para pasar antes que la luz cambiara, ¡idiota! ¡Tienes luz roja!
Mientras el tráfico se detenía, el conductor del otro automóvil volteo, su cara claramente reconocible. La sorpresa y la tristeza cambiaron su aspecto mientras ella se alejaba. Era una compañera de trabajo. Una persona a quien yo había testificado siempre sobre el gozo de ser cristiana. Era una persona por quien yo había orado, y ahora me encontraba gritándole. Todo lo bueno que yo había hecho se había arruinado en ese momento de indignación personal. Mi testimonio se había derrumbado. Ella había visto lo peor de mí”.
LA PROMESA DEL APÓSTOL PABLO
No debe sorprendernos el por qué el Apóstol Pablo escribió en Efesios 4:31: “Toda amargura, y enojo, e ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia”. EL Apóstol lo hizo suyo mientras escribía esta carta a los cristianos jóvenes en Éfeso: Nuestro testimonio es importante. Debemos practicar lo que afirmamos ser. El Apóstol Pablo probablemente entendió esto mejor que todos porque su conversión pasó de ser un asesino devoto, a ser un seguidor de Cristo. Un día estaba persiguiendo a los creyentes, y al siguiente día decía ser uno de ellos. El Apóstol Pablo sabía que cada uno de sus actos, cada palabra, y cada acción estaba siendo vista, escudriñada y juzgada para ver si probaba ser lo que afirmaba ser: Una persona cambiada por Cristo. Podemos estar seguros que muchas mañanas El Apóstol Pablo se levantó malhumorado, se levantó tarde (pues el único despertador era un gallo), se movió en la oscuridad buscando su mejor capa, para luego dirigirse hacia su tienda de campaña, agotado después de una larga noche de predicar. Es inevitable que algún despistado con un turbante envuelto demasiado ajustado debe hurgara en su cabeza a la entrada de la tienda haciendo preguntas como: ¿Tienes tiendas de diferentes colores? O, he escuchado decir que si está lloviendo, no se debe tocar la tienda porque goteará, ¿es cierto?
La carnalidad del Apóstol Pablo gritaría en su cabeza pidiéndole que saliera y destrozara verbalmente al individuo que estaba frente a él. Pero si el Apóstol practicaba lo que predicaba, entonces guardaría silencio. Él sabía que caer una vez, haciendo un berrinche, arruinaría su testimonio. Si permitiera que su propia voluntad gritara de frustración, daría muchos motivos a la gente para que lo criticaran. Se juntarían alrededor del pozo local de agua o en el pórtico del templo después de la oración para murmurar, diciendo: ¿Oíste lo que dijo Pablo al hombre que sólo quería comprar una tienda? ¡Yo sabía que él era un farsante!
EL PERDÓN DE DIOS
El Apóstol Pablo sigue diciendo en Efesios 4:32: “Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo”.
Ser bondadoso con otra persona es bastante duro, pero el Apóstol agrega además el perdón. Luego presiona a sus lectores con lo que dice en la última frase: “como también Dios os perdonó en Cristo”. ¿Cómo podemos ignorar esto?
Es fácil tratar a la gente de la misma manera que ellos nos traten. Si son bondadosos, uno no pierde la oportunidad de regresarles las gracias: Abriéndoles la puerta, sonriendo, diciéndoles “por favor” y “gracias”. Pero si son personas rudas, uno con gusto les regresa ese trato de la misma manera: Sien do descortés mientras maneja, tirándole el cambio a un cajero odioso o humillando a alguien en público. Pero el Apóstol Pablo agrega: “perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”. No deja espacio para una mala actitud – no ponerse las manos en las caderas, menar la cabeza o levantar la voz.
PERDONANDO A OTROS
Dios me perdonó, aun con todo lo feo de mis pecados. Y para perdonarme tuvo que hacer lo máximo. Su perdón no fue simplemente algo pequeño, un comentario benévolo. Cristo llevó mis pecados al Calvario, los agarró mientras clavaban sus manos, su espalda se doblaba con mis iniquidades – y las de usted – mientras erigían el burdo instrumento hacia un oscurecido cielo, dejándole colgado con nada más que nuestras transgresiones. Y en el último momento, un poco antes que el velo se rompiera y los muertos salieran de sus tumbas, y la tierra se sacudiera, limpió mis pecados hacia los cielos para que fuesen borrados y nunca más recordados.





