
Cristo es la imagen visible de Dios, que es invisible; es su Hijo primogénito,
anterior a todo lo creado. En él Dios creó todo lo que hay en
el cielo y en la tierra, tanto lo visible como lo invisible, así como
los seres espirituales que tienen dominio, autoridad y poder. Todo fue creado
por medio de él y para él. Cristo existe antes que todas las cosas,
y por él se mantiene todo en orden. Además, Cristo es la cabeza
de la iglesia, que es su cuerpo. Él, que es el principio, fue el primero
en resucitar, para tener así el primer puesto en todo. Pues en Cristo
quiso residir todo el poder divino, y por medio de él Dios reconcilió
a todo el universo ordenándolo hacia él, tanto lo que está
en la tierra como lo que está en el cielo, haciendo la paz mediante la
sangre que Cristo derramó en la cruz.
Ustedes antes eran extranjeros y enemigos de Dios en sus corazones, por las cosas malas que hacían, pero ahora Cristo los ha reconciliado mediante la muerte que sufrió en su existencia terrena. Y lo hizo para tenerlos a ustedes en su presencia, santos, sin mancha y sin culpa. Pero para esto deben permanecer firmemente basados en la fe, sin apartarse de la esperanza que tienen por el mensaje del evangelio que oyeron. Este es el mensaje que se ha anunciado en todas partes del mundo, y que yo, Pablo, ayudo a predicar.
Romanos 5.1-11
Dios nos muestra que nos ama en que entregó a su
Hijo Jesucristo por todos los pecadores, a pesar de que éramos sus enemigos.
Puesto que Dios ya nos ha hecho justos gracias a la fe, tenemos paz con Dios
por medio de nuestro Señor Jesucristo. Pues por Cristo hemos podido acercarnos
a Dios por medio de la fe, para gozar de su favor, y estamos firmes, y nos gloriamos
con la esperanza de tener parte en la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que
también nos gloriamos de los sufrimientos; porque sabemos que el sufrimiento
nos da firmeza para soportar, y esta firmeza nos permite salir aprobados, y
el salir aprobados nos llena de esperanza. Y esta esperanza no nos defrauda,
porque Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu
Santo que nos ha dado.
Pues cuando nosotros éramos incapaces de salvarnos, Cristo, a su debido tiempo, murió por los pecadores. No es fácil que alguien se deje matar en lugar de otra persona. Ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por la persona que le haya hecho un gran bien. Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora, después que Dios nos ha hecho justos mediante la muerte de Cristo, con mayor razón seremos salvados del castigo final por medio de él. Porque si Dios, cuando todavía éramos sus enemigos, nos reconcilió consigo mismo mediante la muerte de su Hijo, con mayor razón seremos salvados por su vida, ahora que ya estamos reconciliados con él. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en Dios mediante nuestro Señor Jesucristo, pues por Cristo hemos recibido ahora la reconciliación.
Juan 3.1-21
En este relato del encuentro de Nicodemo con Jesús,
se nos dice la necesidad de un nuevo nacimiento, un cambio en nuestra vida necesario
para ver el reino de Dios.
Había un fariseo llamado Nicodemo, que era un hombre importante entre
los judíos. Este fue de noche a visitar a Jesús, y le dijo:
—Maestro, sabemos que Dios te ha enviado a enseñarnos, porque nadie podría hacer los milagros que tú haces, si Dios no estuviera con él.
Jesús le dijo:
—Te aseguro que el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
Nicodemo le preguntó:
—¿Y cómo puede uno nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso podrá entrar otra vez dentro de su madre, para volver a nacer?
Jesús le contestó:
—Te aseguro que el que no nace de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de padres humanos, es humano; lo que nace del Espíritu, es espíritu. No te extrañes de que te diga: ‘Todos tienen que nacer de nuevo.’ El viento sopla por donde quiere, y aunque oyes su ruido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son también todos los que nacen del Espíritu.
Nicodemo volvió a preguntarle:
—¿Cómo puede ser esto?
Jesús le contestó:
—¿Tú, que eres el maestro de Israel, no sabes estas cosas?
Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos, y somos testigos de lo que hemos visto; pero ustedes no creen lo que les decimos. Si no me creen cuando les hablo de las cosas de este mundo, ¿cómo me van a creer si les hablo de las cosas del cielo?
“Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo; es decir, el Hijo del hombre. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre tiene que ser levantado, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
“Pues Dios amó tanto al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él.
“El que cree en el Hijo de Dios, no está condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado por no creer en el Hijo único de Dios. Los que no creen, ya han sido condenados, pues, como hacían cosas malas, cuando la luz vino al mundo prefirieron la oscuridad a la luz. Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven de acuerdo con la verdad, se acercan a la luz para que se vea que todo lo hacen de acuerdo con la voluntad de Dios.”
2 Timoteo 1.3-10
Pablo le escribe al joven Timoteo que no se avergüence
del evangelio, sino por el contrario, que siempre recuerdo la razó por
la que Cristo lo llamó.
Al recordarte siempre en mis oraciones de día y de noche, doy gracias
a Dios, a quien sirvo con una conciencia limpia, como sirvieron también
mis antepasados. Me acuerdo siempre de tus lágrimas, y quisiera verte
para llenarme de alegría. Porque me acuerdo de la fe sincera que tienes.
Primero la tuvieron tu abuela Loida y tu madre Eunice, y estoy seguro de que
también tú la tienes.
Por eso te recomiendo que avives el fuego del don que Dios te dio cuando te impuse las manos. Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de poder, de amor y de buen juicio. No te avergüences, pues, de dar testimonio a favor de nuestro Señor; ni tampoco te avergüences de mí, preso por causa suya. Antes bien, con las fuerzas que Dios te da, acepta tu parte en los sufrimientos que vienen por causa del evangelio. Dios nos salvó y nos ha llamado a formar un pueblo santo, no por lo que nosotros hayamos hecho, sino porque ese fue su propósito y por la bondad que ha tenido con nosotros desde la eternidad, por Cristo Jesús. Esa bondad se ha mostrado gloriosamente ahora en Cristo Jesús nuestro Salvador, que destruyó el poder de la muerte y que, por el evangelio, sacó a la luz la vida inmortal.
Efesios 2.1-10
Dios nos libró de la práctica de la maldad
y el pecado y nos da el don de la fe para que recibamos la salvación
creyendo en Jesucristo.
Antes ustedes estaban muertos a causa de las maldades y pecados en que vivían,
pues seguían los criterios de este mundo y hacían la voluntad
de aquel espíritu que domina en el aire y que anima a los que desobedecen
a Dios. De esa manera vivíamos también todos nosotros en otro
tiempo, siguiendo nuestros malos deseos y cumpliendo los caprichos de nuestra
naturaleza pecadora y de nuestros pensamientos. A causa de eso, merecíamos
con toda razón el terrible castigo de Dios, igual que los demás.
Pero Dios es tan misericordioso y nos amó con un amor tan grande, que
nos dio vida juntamente con Cristo cuando todavía estábamos muertos
a causa de nuestros pecados. Por la bondad de Dios han recibido ustedes la salvación.
Y en unión con Cristo Jesús nos resucitó, y nos hizo sentar
con él en el cielo. Hizo esto para demostrar en los tiempos futuros su
generosidad y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues por la
bondad de Dios han recibido ustedes la salvación por medio de la fe.
No es esto algo que ustedes mismos hayan conseguido, sino que es un don de Dios.
No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse
de nada; pues es Dios quien nos ha hecho; él nos ha creado en Cristo
Jesús para que hagamos buenas obras, siguiendo el camino que él
nos había preparado de antemano.