
Feliz el hombre a quien sus culpas y pecados
le han sido perdonados por completo.
Feliz el hombre que no es mal intencionado
y a quien el Señor no acusa de falta alguna.
Mientras no confesé mi pecado,
mi cuerpo iba decayendo
por mi gemir de todo el día,
pues de día y de noche
tu mano pesaba sobre mí.
Como flor marchita por el calor del verano,
así me sentía decaer.
Pero te confesé sin reservas
mi pecado y mi maldad;
decidí confesarte mis pecados,
y tú, Señor, los perdonaste.
Por eso, en momentos de angustia
los fieles te invocarán,
y aunque las aguas caudalosas se desborden,
no llegarán hasta ellos.
Tú eres mi refugio:
me proteges del peligro,
me rodeas de gritos de liberación.
El Señor dice:
“Mis ojos están puestos en ti.
Yo te daré instrucciones,
te daré consejos,
te enseñaré el camino que debes seguir.
No seas como el mulo o el caballo,
que no pueden entender
y hay que detener su brío
con el freno y con la rienda,
pues de otra manera no se acercan a ti.”
Los malvados tendrán muchos dolores,
pero el amor del Señor
envuelve a los que en él confían.
Alégrense en el Señor,
hombres buenos y honrados;
¡alégrense y griten de alegría!
Salmo 51.1-17
Este es un ejemplo de alguien que reconoce su condición
de pecador, y pide a Dios una restauración completa en su vida y poder
sentir el gozo de la salvación.
Por tu amor, oh Dios, ten compasión de mí;
por tu gran ternura, borra mis culpas.
¡Lávame de mi maldad!
¡Límpiame de mi pecado!
Reconozco que he sido rebelde;
mi pecado no se borra de mi mente.
Contra ti he pecado, y solo contra ti,
haciendo lo malo, lo que tú condenas.
Por eso tu sentencia es justa;
irreprochable tu juicio.
En verdad, soy malo desde que nací;
soy pecador desde el seno de mi madre.
En verdad, tú amas al corazón sincero,
y en lo íntimo me has dado sabiduría.
Purifícame con hisopo, y quedaré limpio;
lávame, y quedaré más blanco que la nieve.
Lléname de gozo y alegría;
alégrame de nuevo, aunque me has quebrantado.
Aleja de tu vista mis pecados
y borra todas mis maldades.
Oh Dios, ¡pon en mí un corazón limpio!,
¡dame un espíritu nuevo y fiel!
No me apartes de tu presencia
ni me quites tu santo espíritu.
Hazme sentir de nuevo el gozo de tu salvación;
sosténme con tu espíritu generoso,
para que yo enseñe a los rebeldes tus caminos
y los pecadores se vuelvan a ti.
Líbrame de cometer homicidios,
oh Dios, Dios de mi salvación,
y anunciaré con cantos que tú eres justo.
Señor, abre mis labios,
y con mis labios te cantaré alabanzas.
Pues tú no quieres ofrendas ni holocaustos;
yo te los daría, pero no es lo que te agrada.
Las ofrendas a Dios son un espíritu dolido;
¡tú no desprecias, oh Dios, un corazón hecho pedazos!
1 Juan 1.5-10
La puerta está abierta, Dios nos espera a que confesemos
nuestros pecados. La muerte de Jesús es el hecho por el cual tenemos
abierta esta oportunidad.
Este es el mensaje que Jesucristo nos enseñó y que les anunciamos
a ustedes: que Dios es luz y que en él no hay ninguna oscuridad. Si decimos
que estamos unidos a él, y al mismo tiempo vivimos en la oscuridad, mentimos
y no practicamos la verdad. Pero si vivimos en la luz, así como Dios
está en la luz, entonces hay unión entre nosotros, y la sangre
de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no hay verdad en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, podemos confiar en que Dios, que es justo, nos perdonará nuestros pecados y nos limpiará de toda maldad. Si decimos que no hemos cometido pecado, hacemos que Dios parezca mentiroso y no hemos aceptado verdaderamente su palabra.
Romanos 3.21-26
Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el
instrumento del perdón y todos podemos acudir a este perdón por
medio de la fe. El apóstol Pablo lo describe de esta manera.
Pero ahora, sin la ley, Dios ha mostrado de qué manera nos hace justos,
y esto lo confirman la misma ley y los profetas: por medio de la fe en Jesucristo,
Dios hace justos a todos los que creen. Pues no hay diferencia: todos han pecado
y están lejos de la presencia gloriosa de Dios. Pero Dios, en su bondad
y gratuitamente, los hace justos, mediante la liberación que realizó
Cristo Jesús. Dios hizo que Cristo, al derramar su sangre, fuera el instrumento
del perdón. Este perdón se alcanza por la fe. Así quería
Dios mostrar cómo nos hace justos: perdonando los pecados que habíamos
cometido antes, porque él es paciente. Él quería mostrar
en el tiempo presente cómo nos hace justos; pues así como él
es justo, hace justos a los que creen en Jesús.
Romanos 10.5-13
La salvación está al alcance de todos. Confiando
en Dios no seremos defraudados. Debemos creer en Jesús con todo nuestro
corazón.
De la justicia basada en la ley, Moisés escribió esto: “La
persona que cumpla la ley, vivirá por ella.” Pero de la justicia
basada en la fe, se dice: “No pienses: ‘¿Quién subirá
al cielo?’ —esto es, para hacer que Cristo baje—; o ‘¿Quién
bajará al abismo?’ ” —esto es, para hacer que Cristo
suba de entre los muertos. ¿Qué es, pues, lo que dice?: “La
palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón.” Esta
palabra es el mensaje de fe que predicamos. Si con tu boca reconoces a Jesús
como Señor, y con tu corazón crees que Dios lo resucitó,
alcanzarás la salvación. Pues con el corazón se cree para
alcanzar la justicia, y con la boca se reconoce a Jesucristo para alcanzar la
salvación.
La Escritura dice: “El que confíe en él, no quedará defraudado.” No hay diferencia entre los judíos y los no judíos; pues el mismo Señor es Señor de todos, y da con abundancia a todos los que lo invocan. Porque esto es lo que dice: “Todos los que invoquen el nombre del Señor, alcanzarán la salvación.”