
¿Qué diremos entonces? ¿Vamos a seguir pecando para que
Dios se muestre aún más bondadoso? ¡Claro que no! Nosotros
ya hemos muerto respecto al pecado; ¿cómo, pues, podremos seguir
viviendo en pecado? ¿No saben ustedes que, al quedar unidos a Cristo
Jesús en el bautismo, quedamos unidos a su muerte? Pues por el bautismo
fuimos sepultados con Cristo, y morimos para ser resucitados y vivir una vida
nueva, así como Cristo fue resucitado por el glorioso poder del Padre.
Si nos hemos unido a Cristo en una muerte como la suya, también nos uniremos a él en su resurrección. Sabemos que lo que antes éramos fue crucificado con Cristo, para que el poder de nuestra naturaleza pecadora quedara destruido y ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado. Porque, cuando uno muere, queda libre del pecado. Si nosotros hemos muerto con Cristo, confiamos en que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, habiendo resucitado, no volverá a morir. La muerte ya no tiene poder sobre él. Pues Cristo, al morir, murió de una vez para siempre respecto al pecado; pero al vivir, vive para Dios. Así también, ustedes considérense muertos respecto al pecado, pero vivos para Dios en unión con Cristo Jesús.
Por lo tanto, no dejen ustedes que el pecado siga dominando en su cuerpo mortal y que los siga obligando a obedecer los deseos del cuerpo. No entreguen su cuerpo al pecado, como instrumento para hacer lo malo. Al contrario, entréguense a Dios, como personas que han muerto y han vuelto a vivir, y entréguenle su cuerpo como instrumento para hacer lo que es justo ante él. Así el pecado ya no tendrá poder sobre ustedes, pues no están sujetos a la ley sino a la bondad de Dios.
Romanos 12.1-21
En las siguientes líneas, el apóstol Pablo,
en su carta a los cristianos en Roma, describe la vida cristiana y los deberes
que mostrará aquel que ha recibido a Cristo como Salvador.
Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se
presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es
el verdadero culto que deben ofrecer. No vivan ya según los criterios
del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así
cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir,
lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto.
Por el encargo que Dios en su bondad me ha dado, digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Antes bien, cada uno piense de sí con moderación, según los dones que Dios le haya dado junto con la fe. Porque así como en un solo cuerpo tenemos muchos miembros, y no todos los miembros sirven para lo mismo, así también nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo y estamos unidos unos a otros como miembros de un mismo cuerpo.
Dios nos ha dado diferentes dones, según lo que él quiso dar a cada uno. Por lo tanto, si Dios nos ha dado el don de profecía, hablemos según la fe que tenemos; si nos ha dado el don de servir a otros, sirvámoslos bien. El que haya recibido el don de enseñar, que se dedique a la enseñanza; el que haya recibido el don de animar a otros, que se dedique a animarlos. El que da, hágalo con sencillez; el que ocupa un puesto de responsabilidad, desempeñe su cargo con todo cuidado; el que ayuda a los necesitados, hágalo con alegría.
Ámense sinceramente unos a otros. Aborrezcan lo malo y apéguense a lo bueno. Ámense como hermanos los unos a los otros, dándose preferencia y respetándose mutuamente.
Esfuércense, no sean perezosos y sirvan al Señor con corazón ferviente.
Vivan alegres por la esperanza que tienen; soporten con valor los sufrimientos; no dejen nunca de orar.
Hagan suyas las necesidades del pueblo santo; reciban bien a quienes los visitan.
Bendigan a quienes los persiguen. Bendíganlos y no los maldigan.
Alégrense con los que están alegres y lloren con los que lloran.
Vivan en armonía unos con otros. No sean orgullosos, sino pónganse al nivel de los humildes. No presuman de sabios.
No paguen a nadie mal por mal. Procuren hacer lo bueno delante de todos. Hasta donde dependa de ustedes, hagan cuanto puedan por vivir en paz con todos. Queridos hermanos, no tomen venganza ustedes mismos, sino dejen que Dios sea quien castigue; porque la Escritura dice: “A mí me corresponde hacer justicia; yo pagaré, dice el Señor.” Y también: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber; así harás que le arda la cara de vergüenza.” No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal.
Mateo 20.20-28
En este relato del evangelio de Mateo se describe la actitud
de dos de sus discípulos para tener un lugar especial, pero la respuesta
de Jesús es tener una actitud de servicio.
La madre de los hijos de Zebedeo, junto con sus hijos, se acercó a Jesús
y se arrodilló delante de él para pedirle un favor. Jesús
le preguntó:
—¿Qué quieres?
Ella le dijo:
—Manda que en tu reino uno de mis hijos se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Jesús contestó:
—Ustedes no saben lo que piden. ¿Pueden beber el trago amargo que voy a beber yo?
Ellos dijeron:
—Podemos.
Jesús les respondió:
—Ustedes beberán este trago amargo, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde a mí darlo, sino que se les dará a aquellos para quienes mi Padre lo ha preparado.
Cuando los otros diez discípulos oyeron esto, se enojaron con los dos hermanos. Pero Jesús los llamó, y les dijo:
—Como ustedes saben, entre los paganos los jefes gobiernan con tiranía a sus súbditos, y los grandes hacen sentir su autoridad sobre ellos. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que entre ustedes quiera ser grande, deberá servir a los demás; y el que entre ustedes quiera ser el primero, deberá ser su esclavo. Porque, del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por una multitud.
Efesios 4.17-32
El apóstol Pablo escribe a los efesios que ya tienen
la naturaleza de Dios en ellos y deben de despojarse de la antigua naturaleza
de pecado. Esto es posible por ya tienen a Cristo en su vida.
Esto, pues, es lo que les digo y les encargo en el nombre del Señor:
que ya no vivan más como los paganos, los cuales viven de acuerdo con
sus equivocados criterios y tienen oscurecido el entendimiento. Ellos no gozan
de la vida que viene de Dios, porque son ignorantes a causa de lo insensible
de su corazón. Se han endurecido y se han entregado al vicio, cometiendo
sin freno toda clase de cosas impuras. Pero ustedes no conocieron a Cristo para
vivir así, pues ciertamente oyeron el mensaje acerca de él y aprendieron
a vivir como él lo quiere, según la verdad que está en
Jesús. Por eso, deben ustedes renunciar a su antigua manera de vivir
y despojarse de lo que antes eran, ya que todo eso se ha corrompido, a causa
de los deseos engañosos. Deben renovarse espiritualmente en su manera
de juzgar, y revestirse de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios y que
se distingue por una vida recta y pura, basada en la verdad.
Por lo tanto, ya no mientan más, sino diga cada uno la verdad a su prójimo, porque todos somos miembros de un mismo cuerpo.
Si se enojan, no pequen; que el enojo no les dure todo el día. No le den oportunidad al diablo.
El que robaba, deje de robar y póngase a trabajar, realizando un buen trabajo con sus manos para que tenga algo que dar a los necesitados.
No digan malas palabras, sino solo palabras buenas que edifiquen la comunidad y traigan beneficios a quienes las escuchen. No hagan que se entristezca el Espíritu Santo de Dios, con el que ustedes han sido sellados para distinguirlos como propiedad de Dios el día en que él les dé la liberación definitiva.
Alejen de ustedes la amargura, las pasiones, los enojos, los gritos, los insultos y toda clase de maldad. Sean buenos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, como Dios los perdonó a ustedes en Cristo.
Gálatas 5.16-26
El llamado es a no satisfacer nuestros malos deseos, sino
dejar que el Espíritu de Cristo, que vive en nosotros ahora, nos guíe
y eso se notará.
Por lo tanto, digo: Vivan según el Espíritu, y no busquen satisfacer
sus propios malos deseos. Porque los malos deseos están en contra del
Espíritu, y el Espíritu está en contra de los malos deseos.
El uno está en contra de los otros, y por eso ustedes no pueden hacer
lo que quisieran. Pero si el Espíritu los guía, entonces ya no
estarán sometidos a la ley.
Es fácil ver lo que hacen quienes siguen los malos deseos: cometen inmoralidades sexuales, hacen cosas impuras y viciosas, adoran ídolos y practican la brujería. Mantienen odios, discordias y celos. Se enojan fácilmente, causan rivalidades, divisiones y partidismos. Son envidiosos, borrachos, glotones y otras cosas parecidas. Les advierto a ustedes, como ya antes lo he hecho, que los que así se portan no tendrán parte en el reino de Dios.
En cambio, lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. Contra tales cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús, ya han crucificado la naturaleza del hombre pecador junto con sus pasiones y malos deseos. Si ahora vivimos por el Espíritu, dejemos también que el Espíritu nos guíe.
No seamos orgullosos, ni sembremos rivalidades y envidias entre nosotros.
1 Juan 4.7-21
El apóstol Juan nos describe porqué debemos
amar a otros creyentes, y cómo esto será una muestra de que Cristo
vive en nosotros.
Queridos hermanos, debemos amarnos unos a otros, porque el amor viene de Dios.
Todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha conocido
a Dios, porque Dios es amor. Dios mostró su amor hacia nosotros al enviar
a su Hijo único al mundo para que tengamos vida por él. El amor
consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él
nos amó a nosotros y envió a su Hijo, para que, ofreciéndose
en sacrificio, nuestros pecados quedaran perdonados.
Queridos hermanos, si Dios nos ha amado así, nosotros también debemos amarnos unos a otros. A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros. La prueba de que nosotros vivimos en Dios y de que él vive en nosotros, es que nos ha dado su Espíritu. Y nosotros mismos hemos visto y declaramos que el Padre envió a su Hijo para salvar al mundo. Cualquiera que reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, vive en Dios y Dios en él.
Así hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor, y el que vive en el amor, vive en Dios y Dios en él. De esta manera se hace realidad el amor en nosotros, para que en el día del juicio tengamos confianza; porque nosotros somos en este mundo tal como es Jesucristo. Donde hay amor no hay miedo. Al contrario, el amor perfecto echa fuera el miedo, pues el miedo supone el castigo. Por eso, si alguien tiene miedo, es que no ha llegado a amar perfectamente.
Nosotros amamos porque él nos amó primero.
Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y al mismo tiempo odia a su hermano,
es un mentiroso. Pues si uno no ama a su hermano, a quien ve, tampoco puede
amar a Dios, a quien no ve. Jesucristo nos ha dado este mandamiento: que el
que ama a Dios, ame también a su hermano.