09 Noviembre 2011
Otra forma de traducir estas palabras: “No exasperen a sus hijos, no irriten a sus hijos, no provoquen en sus hijos una actitud de resentimiento”. El ejercicio de la disciplina exige este equilibrio. ¿Cómo se logra esto? El secreto está en Efesios 5:18: la vida que está llena del Espíritu de Dios se caracteriza por: poder y control (2 Timoteo 1:7). No se trata de un poder descontrolado, sino de un poder controlado por el amor y por una mente sana. ¿Cómo debo ejercer esta disciplina?
- “No provoquéis a ira a vuestros hijos”. Ese debe ser el primer principio que gobierne nuestra actitud. En tanto no seamos capaces de ejercer autocontrol y disciplina sobre nuestro propio temperamento, seremos incapaces de ejercer auténtica disciplina sobre nuestros hijos. Cuando uno disciplina a un niño, debe haberse controlado primero a sí mismo. Si trata de disciplinar a su hijo estando lleno de cólera, con toda seguridad será mayor el daño que el bien que hará. Debe mirar objetivamente la situación y reaccionar ante ella en una forma controlada y equilibrada.
- Si un padre va a ejercer disciplina en forma correcta, nunca debe ser caprichoso o inestable. No hay nada que irrite más a un hijo que un padre cuya conducta sea voluble, incierta. Un día muy amable y permitiendo que el niño haga todo lo que desee, y otro día estalla en un ataque si el niño hace algo sin importancia. Debe haber una consistencia no sólo en la reacción, sino también en la conducta y el comportamiento del padre; debe tener una norma de vida, porque el hijo siempre está observando. Para que los padres ejerzan la disciplina, es preciso que no haya nada errático, caprichoso o incierto en ellos.
- Los padres nunca deben ser carentes de razonamiento o indispuestos a escuchar el caso del hijo. Un padre totalmente deficiente es aquel que no considera ninguna circunstancia o que no escucha ninguna posible explicación. Permita que el hijo ofrezca su explicación y si no es una explicación auténtica lo puede disciplinar también por ella como por el hecho particular que constituye la ofensa. Pero rehusarse a escuchar, prohibir cualquier tipo de respuesta es una actitud inexcusable.
- El padre nunca debe ser egoísta. El concepto de paternidad que no reconoce que el hijo tiene su propia vida y su propia personalidad y que piensa que los hijos son totalmente para sus propios deseos y para su propio uso, es equivocado. Los padres no somos sino guardianes y custodios de estas vidas que nos han sido dadas, que en realidad no los poseemos a ellos, que no nos “pertenecen”, que no son “bienes” o efectos personales, y que no tenemos derechos absolutos sobre ellos.
- El castigo y la disciplina nunca deben ser administrados en forma mecánica. Para administrar la disciplina en forma correcta y auténtica, siempre debe existir una razón para hacerlo. En todos los casos debe ser una conducta inteligente; siempre debe tener una razón de ser, y esa razón siempre debe ser totalmente aclarada.
- La disciplina nunca debe ser demasiado severa. El término opuesto a la ausencia total de disciplina no es la crueldad, sino una disciplina equilibrada, una disciplina controlada. Si el castigo ejecutado es desproporcional a la transgresión, pierde toda posibilidad de hacer bien. Nunca debemos humillar a nuestros hijos.
- Nunca debemos dejar de reconocer el crecimiento y desarrollo en el hijo. Es un grave error no reconocer que esta persona, este hijo que Dios les ha dado en su gracia, está creciendo y desarrollándose para alcanzar la madurez ¿Cómo evito este mal? Nunca forzar nuestro punto de vista sobre nuestros hijos, sobre todo en la adolescencia.
“Criadlos”: O sea, “educadlos, conducidlos a la madurez”. Lo primero que deben hacer los padres es comprender su responsabilidad: que sus hijos deben ser criados, educados, sustentados, preparados no sólo para vivir su vida en este mundo, sino esencialmente para establecer una correcta relación entre ellos y Dios.
¿Cómo se hace esto?
- La crianza de los hijos “en disciplina y amonestación del Señor” es algo que debe ser hecho en el hogar y por los padres. No hay influencia más grande en la vida de un niño, que la del hogar. ¿Qué es lo que deben hacer los padres? Promover el conocimiento de Dios y complementar la enseñanza de la iglesia. El sermón debe ser explicado y entendido en casa.
- ¿Cuál es la forma incorrecta de hacerlo? Nunca debe hacerse en forma mecánica y abstracta, casi “por números”, como si se tratara de algún tipo de ejercicio que debe aprenderse de memoria. Tampoco debe hacerse en forma totalmente negativa o represiva.
- Debemos hacerlo de tal manera de no convertirlos en pequeños mojigatos o hipócritas. De igual forma nunca debemos forzar a un hijo a tomar una decisión por Cristo.
¿Cuál es la forma correcta? ¡Primeramente a través de su conducta y ejemplo general! Los padres siempre deben vivir de tal manera que los hijos tengan la sensación de que ellos están bajo Cristo, que Cristo es su cabeza. ¿Qué más? ¡La conversación en general! Siempre conducirla en términos cristianos. Cuidar las respuestas que damos a sus preguntas (Deuteronomio 6:20-21).
Dos cosas más: Cada vez que coman juntos tenga el cuidado de dar gracias a Dios por ello y de pedir su bendición sobre los alimentos. Y una vez al día reúna a la familia alrededor de la Palabra de Dios. El padre lee un pasaje y eleva una sencilla oración.


















