Pastores conforme a mi Corazón

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La desgracia se extiende como un velo oscuro sobre nuestras ciudades. Vivimos en un estado de permanente amenaza: el narcotráfico se extiende como el más terrible flagelo de principio de siglo. Los constantes robos y asaltos que muchos hemos sufrido o los secuestros que vemos a diario nos hacen vivir enrejados, encarcelados en nuestra propia casa. Nos invade la zozobra y la angustia.

Por otro lado, se aumenta la desconfianza en nuestras instituciones sociales, ya muy pocos creen en los partidos políticos o en los gobernantes, nos sentimos desilusionados. La economía nos oprime, muchos están atrapados en deudas que parecen insalvables, mientras que cada vez más se han visto en la necesidad de emigrar en busca de mejores condiciones de vida para sus familias.

Hasta la misma naturaleza parece volverse contra nosotros. Los cambios climáticos del planeta están produciendo efectos desvastadores en muchos lugares: inundaciones, sequías, incendios forestales y otros. Nadie se siente totalmente seguro, la desgracia se extiende como un velo oscuro sobre nuestras cabezas.

Así era la época del profeta Jeremías. Jeremías predica en una Jerusalén dividida entre diferentes facciones, unos a favor de buscar la ayuda en Egipto; otros, quieren refugiarse en Asiría. Más tarde fue sitiada, entonces vino el hambre la angustia y, finalmente, la destrucción.

Los reyes, los sacerdotes y muchos de los profetas habían contribuido a la desviación del pueblo, lo cual va a provocar que sean llevados al exilio. En esta situación de destrucción y cautiverio se escucha la voz de Dios: «Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y con inteligencia» (Jeremías 3:15). Podemos ver en la persona del profeta Jeremías, el pastor con el corazón de Dios. Señalamos los siguientes aspectos del ministerio de Jeremías:

I. El pastor con el corazón de Dios permanece junto a su pueblo.

El profeta inicia su ministerio en la época de Josías, quien había emprendido una reforma de purificación del culto a Yahvé. Cuando muere Josías la reforma se viene abajo, le suceden varios reyes que no duran en sus funciones, fue un periodo de violencia militar. Babilonia había derrocado a Asiría en el mando del mundo y estaba interesada en mostrar su fuerza, apagando los focos de rebelión en las provincias que gobernaba.

Sedecías, el último rey de Judá (al parecer era un hombre en quien no se podía confiar), fue castigado por Nabucodonosor haciéndole presenciar la ejecución de sus hijos y luego segándolo, llevándolo a Babilonia preso y haciéndolo trabajar en el molino. La molienda de granos era tarea de mujeres, por ende, era una humillación más para quien había sido rey. Las ciudades y los campos fueron arrasados, el templo destruido y los tesoros del templo saqueados.

La vida en la antigüedad no era fácil ni aun en los tiempos de paz. Una cosecha perdida significaba una enorme deuda. En los tiempos de guerra la población rural tenía que esconderse en los cerros o refugiarse en las ciudades fortificadas. Adiós a los cultivos, animales, árboles y agua. Dentro de la ciudad comenzaban el hambre y la sed, y con ellos, muertes, peste, canibalismo. ¡Imaginemos una ciudad sitiada durante años!

En Jerusalén, el pueblo sufrió de hambre y sed por el sitio de la ciudad y Jeremías permaneció junto a ellos; muchos murieron por la espada o en el incendio del templo, y Jeremías permaneció junto a ellos; algunos huyeron de la ciudad, pero el hombre con el corazón de Dios se mantuvo junto al pueblo sufriente.

Ante la amenaza constante que se cierne sobre las ciudades, algunos quisiéramos irnos a un sitio más tranquilo y más seguro; pero mientras el Señor tenga pueblo en esta ciudad, aquí estarán sus pastores. El capitán se hunde con su barco. Los pastores que el Señor envía se quedan junto a su comunidad. Hay gobernantes de nuestro país que tienen su residencia en el extranjero y que sólo vienen en determinados días a su estado. ¿Quién se sentirá guiado por ellos?

Los pastores hemos sido llamados a permanecer junto a los desempleados, los solos, los frustrados, los desamparados; estamos llamados a quedarnos con los que viven amenazados u oprimidos. Las personas no están tan interesadas en cuánto sabemos o cuál es nuestro currículo, lo que quieren saber es si cuentan con nosotros. Jeremías no estaba tan preocupado por la opinión de los demás. Su familia y la gente de su pueblo, Anatot, lo tenía amenazado para que no hablara más de las impertinencias. Aun así, permaneció junto a ellos. Los pastores que Dios provee a su pueblo son aquellos que se marchan al final.

Hay cristianos latinoamericanos que han tenido la oportunidad de estudiar en Europa y en Norteamérica y han recibido ofertas muy atractivas de empleo, pero han preferido caminar junto a su pueblo amenazado. Nuestro trabajo no es un empleo, es una vocación. Vemos en Jeremías una segunda característica de un pastor con el corazón de Dios:

II. El pastor con el corazón de Dios está del lado del ser humano.

Los textos más llamativos de jeremías son los soliloquios del profeta. Estos soliloquios reflejan los sentimientos más profundos de un hombre enviado por Dios a anunciar la destrucción de su ciudad. El profeta no puede permanecer impasible ante su comisión. Hay una gran diferencia con Jonás, quien representa un modelo de antiprofeta; es decir, lo que Dios no quiere de su enviado. Mientras que Jonás, después de haber anunciado la catástrofe sobre Nínive, se sienta como espectador a contemplar el fin de la ciudad, Jeremías sufre por las consecuencias de su mensaje. El Señor le ha dado una comisión dolorosa y el profeta no disfruta ver el mal que se avecina: «No me senté en compañía de burladores, ni me engreí a causa de tu profecía; me senté sólo, porque me llenaste de indignación» (15:17).

El profeta con corazón de pastor, sufre el rechazo y el menosprecio de sus oyentes por el contenido de su mensaje. Su reproche por la injusticia le acarreaba enemigos, la gente lo despreciaba y se burlaban de él. Jeremías es acusado de ser un hombre sádico, que disfruta de anunciar la catástrofe y esperaban que dejara su obstinada actitud: «Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y le venceremos y tomaremos de él nuestra venganza» (20:10). Pero el profeta no se lamenta por él.

Jeremías mira hacia Dios, él sufre la falta de conversión del pueblo, conoce el final, pero no se goza; por el contrario, se angustia por la amenaza inminente. En cierta forma le reprocha a Dios que lo envíe a una misión que resulta estéril, la gente no quiere cambiar, por eso se pregunta: ¿No hay bálsamo en Galaad? ¿No hay allí médico? ¿Por qué pues, no hubo medicina para la hija de mi pueblo? (8:22).

El pastor según el corazón de Dios está enamorado de su comunidad. Es de un corazón tierno y siente profundamente a su gente. Pablo lo expresó así: «Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la madre que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propia vida; porque habéis llegado a sernos muy queridos» (1 Tesalonicenses 2: 7-8). El teólogo brasileño Leonardo Boff cuenta la siguiente historia de solidaridad: «Doña Rita vive en una ciudad perdida. La pobreza es grande. Muchas veces los hijos no tienen qué comer. Todas las mañanas sale de casa para trabajar. Está empleada en una casa rica de la ciudad. Hay días que también pasa hambre. Aun así, trabaja con ahínco.

En cierta ocasión, al mediodía, le trajeron un plato preparado y abundante. Doña Rita no lo come. Apenas llora. Momentos después le traen un vaso de jugo de mango. Le preguntaron:

— ¿Doña Rita, por qué no come?
—¿Por qué ha dejado el plato de lado?
Doña Rita respondió:
— Mis hijos en casa pasan hambre. ¿Cómo puedo comer si ellos no comen?
—¿Qué pasa, acaso no tiene hambre?
— Sí la tengo — respondió ella.
—Entonces coma. ¿Qué tiene que ver esto con sus hijos? Mate el hambre para que pueda ayudarles más.
—No, hoy no como — respondió doña Rita—. Si comiese esta comida, me sentaría mal. Prefiero sentir lo que mis hijos sienten, hambre, en lugar de comer esta comida. Si no, ¿qué clase de madre sería yo?

Los pastores que Dios envía sienten con su pueblo, tienen un profundo amor a su iglesia. No podemos cerrar los ojos ante el dolor de tanta gente. Se espera que seamos solidarios con las familias fracturadas, las víctimas de la violencia, los jóvenes sin futuro, las madres solas, los ancianos olvidados, los millones de pobres. No podemos hacer un pastorado superficial, basado en la teología dogmática o en actitudes egoístas. Los pastores de Dios están enamorados del pueblo de Dios.

Finalmente, Jeremías nos enseña que:

III. El pastor con el corazón de Dios es un sembrador de esperanzas.

Jeremías conoce el desenlace de los acontecimientos, sabe que Jerusalén será destruida; a pesar de eso, compra un lote de tierra. La ciudad ya está sitiada y él está en prisión, allí le llevan la noticia de que tiene derecho sobre una heredad de su tío. El Señor le indica que compre la tierra y que guarde las escrituras, y luego le explica lo que significa este acto: Dios liberó a su pueblo de Egipto, lo trajo a la buena tierra, pero el pueblo le fue infiel, tomó otros dioses, les sacrificó sus hijos e hijas; por esto el Señor los reprende y los envía al cautiverio; pero, a pesar de todo, ese no será el final. Dios dice: «los haré volver a este lugar, y los haré habitar seguramente; y me serán por pueblo, y yo seré a ellos por Dios. Y les daré un corazón nuevo, y un camino, para que me teman perpetuamente, para que tengan bien ellos, y los hijos después de ellos. Y me alegraré con ellos haciéndoles bien, y los plantaré en esta tierra en verdad, de todo mi corazón y de toda mi alma» (32:37-41).

La fe de Jeremías está puesta en Dios, no en Nabucodonosor. Uno de los planteamientos de los profetas es que Dios es el Señor de la historia. Cuando vemos la realidad del mundo nos volvemos pesimistas y nos llenamos de miedo, muchas veces nos preguntamos: ¿cuándo terminará todo el mal? Nos angustiamos y perdemos el sentido de lo que hacemos, mas cuando entendemos que el mundo está en las manos de Dios entonces tenemos esperanza. El mal no reinará para siempre, el mal no triunfará. Aunque no comprendemos plenamente la manera de obrar de Dios, sabemos que él tiene propósitos para su mundo y su pueblo.

La iglesia no es la reunión de los nostálgicos y decepcionados por lo perdido; es la comunidad de los que tienen esperanza, de aquellos que tienen la convicción de que es posible un mundo mejor, un mundo de justicia, misericordia y paz.

Hoy podemos escuchar de nuevo su promesa: «Yo os daré pastores según mi corazón». ¿Creen que Dios cumplirá su promesa? ¿Quieres ser un pastor según el corazón de Dios? Este Concilio marcará un cambio profundo en muchos de nosotros, será un tiempo de reafirmar el llamamiento, de reentregarnos al Señor. Será el tiempo para renovar los sueños, para recuperar la sensibilidad, para aprender a caminar en medio de las sombras. Dios confía en nosotros, confiemos nosotros en El. El ha dicho: «No temas delante de ellos, porque contigo estoy para librarte, dice el Señor» (Jeremías 1:8). Hoy podemos afirmar por la fe en Dios que: ¡Lo mejor está por venir

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