Aceptando nuestros límites

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¿Alguna vez han sentido que hicieron el ridículo? ¿Cómo fue?

Hay algo en el alma que nos lleva a desvalorizarnos cada vez que cometemos errores.

A veces tenemos la noción equivocada de que debemos ser perfectos para que nos quieran. Esto origina que haya mucha gente que se siente desilusionada de lo que es y que no cree que merece ser amada.

La gente se siente abrumada en forma permanente por sentimientos de culpa e incompetencia. En consecuencia, hay quienes tienen miedo de perder el amor de Dios si alguna vez hacen algo en contra de su voluntad.

Sería maravilloso poder sentirnos bien con nosotros mismos, sentirnos por encima de los regaños de nuestros padres, maestros y otros fantasmas de nuestros años de crecimiento y sentir que somos personas que merecen amor y admiración. La religión bien entendida puede hacernos sentir así.

Sentirse perdonado de Dios es sentirse libres de avanzar hacia el futuro incontaminado por los errores del pasado, alentado por la noción de que es posible creer y cambiar y que no hay por qué repetir los mismos errores.

Si pudiéramos aceptar nuestros límites, entonces:
  • Entenderíamos que Dios nos ama a pesar de todo.
  • Superaríamos la desilusión.
  • Nos gustaríamos más.
  • Tendríamos mayor capacidad de aceptar las imperfecciones de nuestros padres y de los demás.
  • podríamos amarlos con sus fallas y todo lo demás, y pedirles que nos amen del mismo modo.
  • Podríamos dejar de sentirnos culpables por el sufrimiento de otros.

I. ¿DE DONDE PREVIENE LA EXIGENCIA DE PERFECCION?

1. De la interpretación del primer pecado.

La historia del jardín del Edén es un relato del nacimiento de la conciencia. Es la expulsión de una vida simple y la entrada en el problemático mundo de los humanos. La constante toma de decisiones, la ansiedad y las elecciones morales. Entramos en una dimensión amplia del dolor (sentimos las pérdidas, el temor, la frustración, los celos, la traición entre otros) es el precio que pagamos por ser humanos, por ser capaces de sentir amor, felicidad, esperanza, logro, fidelidad y creatividad.

Saber de el bien y el mal trae más dolor del que jamás se pueden haber imaginado. Eva nos dio la vida humana, con todo su dolor y toda su riqueza. Los seres humanos se hicieron conscientes de ser frágiles y mortales.

2. Del ambiente en el que crecimos.

a) Por el sistema competitivo de la escuela.
b) Por las competencias deportivas.
c) Por el valor del aspecto corporal.
d) Por la religión que enfatiza la culpa y las vergüenzas como un modo de controlar nuestra conducta.

3. Del pecado de orgullo desmedido (hybris).

El problema es querer ser como Dios, querer curar siempre, querer solucionar todos los problemas de los demás. La imagen que nos hacemos de nosotros mismos, a veces contiene elementos de los ídolos del mercado.

II. ¿QUE GENERA LA EXIGENCIA DE LA PERFECCION?

1. Genera culpa y vergüenza.

La culpa consiste en sentirnos mal por lo que hicimos o dejamos de hacer.

La vergüenza es sentirnos mal por ser quien somos. Generalmente asociamos que si hicimos algo mal, entonces somos malos. La culpa y la vergüenza son necesarias para desarrollar algunas cualidades positivas del potencial humano. Pero, llevados a los extremos, se vuelven dañinos.

«Una conciencia sensible es un buen sirviente pero un terrible amo». La cuestión no es si cometemos errores o no y si nos sentimos mal por ello; sino ¿cómo manejaremos nuestra imperfección, nuestra sensación de incompetencia? ¿Cómo se alivia la culpa? ¿Cómo se cura la vergüenza? La fe debe ayudarnos. La fe nos ubica con el mensaje de que Dios prefiere el corazón quebrantado y contrito que reconoce sus fracasos por encima del complaciente y arrogante que afirma no haber errado nunca.

Dios nos ama aún cuando no merecemos ser amados. «Dios sabe cómo soy y no me odia, así que no tengo por qué odiarme».

La vergüenza y la culpa nos enseñan a sentirnos defraudados de uno mismo, y llevan a odiar al que le vaya mejor y a despreciar al que no le vaya peor. Necesitamos un sentimiento de aceptación y validación, este es el secreto del éxito de grupos de autoayuda (como AA y otros). Después de que el participante reconoce lo que ha hecho, entonces el grupo le dice: «Puedes hacerlo mejor».

Los «héroes» de la Biblia no son perfectos, pero conocen bien sus propias fallas y están abiertos al amor de Dios. ¡Dios no da a nadie por perdido!

2. Construimos seres irreales.

* Los padres vuelcan sobre los hijos sus propias frustraciones y esperan que las superen. Elías dice: «no soy mejor que mis padres» 1 Reyes 19.

Los niños representan un nuevo comienzo, son la oportunidad de empezar de nuevo. Aunque a veces los padres los consideran como la oportunidad personal de vivir una vida nueva, con la esperanza de que esta vez las cosas salgan bien. Así lo expresó Eva: Llamó a su hijo Caín, de Caná, «adquirir», queriendo significar: «He adquirido una persona, ella me pertenece». Generalmente esta actitud es destructiva e infeliz. Los hijos necesitan saber que se les ama, no que se les considera propiedad.

Muchos de nosotros guardamos recuerdos de oportunidades en las que pedimos algo y se nos negó. Es posible que hayan tenido razón, pero eso dejó una cicatriz. Cuando un progenitor muere sentimos pena porque hubo cosas que no se dijeron y ya no se podrán decir.

Por otro lado, difícilmente nos quitamos la armadura de sabiduría y revelamos nuestra vulnerabilidad. Quien busca una pareja perfecta seguirá buscando y encontrando razones para descalificar.

Escoge la felicidad antes que la rectitud. Como los niños que después de disgustarse vuelven a jugar. La felicidad significa reconocerle a la gente el derecho a ser humana, a ser débil y egoísta y, en ocasiones, a que no nos tomen en cuenta; y comprender que no tenemos otra alternativa que vivir con gente imperfecta.

Si no podemos amar a la gente imperfecta, entonces nos condenamos a la soledad. La luz del invierno puede ser débil y poco confiable, pero cuando el mundo se pone frío, tal vez sea la única luz y el único calor que encontremos.

Disputamos el amor entre hermanos.

Las rivalidades entre los hermanos brotan de la idea de querer ser amados en forma exclusiva. A veces son los padres los que dirigen mal su amor, mostrando a uno amor y a otro(s) no.

Como padres, podemos aprender a dar amor a todos los hijos. Como hermanos, podemos entender que está en nuestras manos el construir un ambiente sano y disfrutar el placer del otro. Si Caín lo hubiese entendido, quizá no habría pasado su vida como vagabundo, sin amigos, quizá se habría construido su paraíso. El paraíso es un lugar en el que la gente se ama lo suficiente como para gozar con la felicidad de otra persona. El paraíso es cualquier lugar donde se puede ver el éxito del vecino sin sentir envidia. Es un lugar donde sabemos que hay abundancia y no tenemos que quitarle al vecino.

III. ACEPTANDO LOS LIMITES DE LA VIDA.

* Aspectos que ayudan en la imagen apropiada del Ministro.

  • a) Dejar el pensamiento culpígeno rumiante (Estar dando vueltas a los pensamientos autodestructivos).
  • b) Expresar nuestra necesidad de ser amados y apreciados y que se confíe en nosotros por ser nosotros mismos y no por ser Ministros.
  • c) Reconocer que Dios es el creador.
  • d) Aprender a ser mayordomos de la soledad.
  • e) Ser hombres que tienen dirección interior.
  • f) Aceptar la herencia (educación, experiencia, historia) como un recurso, una fuerza, una fuente de autenticidad.
  • g) Hacer «esfuerzos apropiados». Ser heraldos de esperanza. Invertir la energía en lo que podemos hacer.
  • h) Reconocer la expectación de la comunidad.

Debemos hacernos conscientes de nuestra muerte.

La muerte es una realidad frustrante. Sin embargo, saber que somos mortales puede llevarnos a:

  • a) Liberarnos de la idea de que es un castigo personal. Todos mueren: Los justos y los injustos.
  • b) Tomar la vida con seriedad «... pensar en la muerte, produce amor por la vida» (A Scheweitzer).
  • c) Hace que nuestras opciones importen. Cada elección es un acto valiente de dejar de lado las cosas que nunca haremos porque no habrá tiempo suficiente para todo.
  • d) Nos da la oportunidad de valorar ciertas cosas de manera suprema.
  • e) Debe enseñarnos a ser compasivos con nuestros mayores, con los lisiados, con los enfermos.

«En Norteamérica, la tierra de los «perpetuamente jóvenes», envejecer es algo vergonzoso y morir se considera un fracaso» (George Soros).

«Hay gente que ruega por la vida eterna y no sabe qué hacer consigo un domingo lluvioso» (Chesterton).

 

Hay muertes que son buenas muertes.

¿Cómo es una buena muerte?

  • No es la que llega de sorpresa o la que ocurre después de haber vivido muchos años.
  • Es la que no contradice la propia vida. La que nos permite ser la misma persona al morir que en vida.
  • «La vida de cada ser humano es una historia, una historia única que nadie vivió antes y nadie vivirá. Su tarea es identificar esa historia única y ponerla en palabras». Para componer un elogio fúnebre.
  • En lugar de lamentar de por qué debió terminar, podemos sentirnos felices por el hecho de que tuvimos la suerte de ser parte de ella.
  • Podemos derrotar a la muerte evocando el recuerdo de alguien que amamos y perdimos y que la sentimos cerca al hacerlo.
  • No sólo tenemos el hoy, tenemos todos los ayeres que seamos capaces de recordar y todas las mañanas que seamos capaces de imaginar.

3. Dios quiere nuestra integridad.

Dios quiere que seamos íntegros. Génesis 17:1. Dios quiere que nos esforcemos en ser fieles a nuestra esencia, aunque algunas veces nos desviemos de ella. «No soy mucho, Señor, pero soy todo lo que tengo». O como lo expresó Teresa de Calcuta: «No estamos aquí para tener éxito; estamos aquí para ser fieles».

CONCLUSION

Este mundo es para la gente con fallas e imperfecta como nosotros.

Cuando hacemos algo malo, no perdemos nuestra humanidad pero sí perdemos nuestra integridad, nuestro sentido de plenitud, de ser siempre la misma persona. Perdemos la claridad de nuestros objetivos, entonces necesitamos del perdón.

Ser humano no significa ser perfectos (en el sentido occidental del término), pero significa luchar por ser tan buenos como podemos y nunca permitir que nuestros fracasos sean motivo para abandonar la pelea. Los más fuertes sobreviven. Los fuertes son los más capaces de cooperar con sus vecinos, de dar protección y ayuda.

Hay una plenitud de la persona que puede darse, que puede entregar su tiempo, su dinero, su fuerza a los demás y no sentirse disminuido al hacerlo. Hay una plenitud de la persona que ha asumido sus limitaciones, que sabe quién es y lo que puede y no puede hacer, la persona que ha sido lo suficientemente valiente como para dejar de lado sus sueños ilusorios y no sentirse fracasado por ello. Hay plenitud en el hombre y la mujer que han aprendido que son lo suficientemente fuertes como para sobrevivir a una tragedia; la hay en la persona que pierde a alguien que muere o por un divorcio o por enajenación, y aún así, se siente una persona completa y no simplemente como parte de una pareja rota. Al llegar a este punto, nada puede asustarnos, uno ha pasado lo peor y ha salido entero. Cuando perdemos una parte de nosotros y podemos seguir rodando por la vida y apreciándola, hemos alcanzado una plenitud a la que otros sólo pueden aspirar.

Creo que eso es lo que Dios le pidió a Abraham. No le dijo: «Sé perfecto» o «Nunca cometas un error», sino «Sé íntegro». Ser íntegro ante Dios significa estar ante El con todas nuestras fallas al igual que nuestras virtudes y escuchar el mensaje de nuestra aceptabilidad. Ser íntegros significa elevarnos por encima de la necesidad de pretender que somos perfectos, elevarnos por encima del temor de que seremos rechazados por no ser perfectos. Y significa tener la integridad de no permitir que los momentos inevitables de debilidad y egoísmo se conviertan en un rasgo permanente de nuestro carácter.

Hay que saber qué es lo bueno y qué es lo malo; y cuando uno hace algo malo, comprender que eso no es uno en esencia. Se debe entender que el desafío de ser seres humanos es tan grande, que nadie hace siempre las cosas bien. Dios no nos pide más que eso.

La vida no es una trampa que nos pone Dios para poder condenarnos al fracaso. La vida no es un concurso de ortografía en el que no importa cuántas palabras uno haya deletreado bien y que por un solo error queda uno descalificado. La vida es más como una temporada de béisbol, en la que hasta el mejor equipo pierde un tercio de sus partidos y hasta el peor equipo tiene su día brillante. Nuestra meta no es no perder un partido en todo el año. Nuestra meta es ganar más de lo que perdemos y si podemos hacer eso en forma lo suficientemente coherente, entonces, cuando llegue el final habremos ganado todo.

En el comienzo, en la infancia de la especie humana, como en al infancia del ser humano individual, la vida era simple. Comimos del fruto de ese árbol y supimos que algunas cosas son buenas y otras son malas. Aprendimos lo dolorosamente completa que puede ser la vida.

Pero al final, si tenemos el coraje de amar, si tenemos la fuerza de perdonar, si tenemos la generosidad de alegrarnos por la felicidad de otro, si somos lo bastante sabios como para saber que hay suficiente amor para todos, entonces podemos alcanzar una plenitud que ninguna otra criatura viva conocerá.

Bibliografía:

KUSHNER, Harold. «¿Debemos ser perfectos?» Emece, BS. As 1997 - OATES, Wayne, E. «Asesoramiento pastoral». NOUWEN, Henry. «El Sanador herido», PPC, Madrid, 1971; 1998. Id. «En el nombre de Jesús» PPC, Madrid 1994; 1996.

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