TREINTA PIEZAS DE PLATA

Se acerca la celebración de la Cena del Señor y reflexionar sobre su significado y su repercusión en nuestro diario vivir es una buena forma de prepararse para participar de esta ceremonia tan importante para nuestra vivencia de la fe.
Realizarla en la fecha correcta, tomar conciencia de su diferencia con la Pascua, participar del emblema del fruto de la vid en una sola copa o en copas individuales, son cuestiones importantes que de pronto han robado toda nuestra atención, dejando fuera de nuestra preocupación la luz que sobre ella aportan los eventos con los cuales la vinculan los evangelios.
Cada Evangelio, con sus respectivos relatos de la pasión, dan fe de los acontecimientos que enmarcaron la institución de la Cena del Señor (como la nombra el apóstol Pablo), llenándola de sentido y mensaje más allá de la fecha y ceremonia.
En lo que toca al Evangelio de Mateo, se escribió fundamentalmente para mostrar que, en el ministerio de Jesús, se da cumplimiento a lo anunciado en el Antiguo Testamento. Es por eso que el relato de la pasión contiene una referencia a lo dicho por el profeta Zacarías que no se encuentra en los otros evangelios.
En este Evangelio, se dice la cantidad específica que los príncipes de los sacerdotes fijaron a Judas por entregarlo; treinta piezas de plata (la indemnización por un esclavo perdido según Éxodo 21:32) misma cantidad que le dieron como salario al pastor de Dios repudiado por los otros pastores y por las ovejas a su cuidado, y que formaliza la ruptura de la alianza quebrando su bastón «unión», lo que rompe la hermandad (Zacarías 11:10-14).
Esta referencia no es menor, pues, la ruptura de la alianza, la enemistad de los pastores del pueblo (los fariseos) con Jesús y el rechazo mismo de las ovejas que él vino a buscar, son el cumplimiento de dicha escritura profética.
Para llegar a este desenlace, el Evangelio de Mateo da cuenta de la triple denuncia contra los fariseos que hace nuestro Señor, y que nos indica cual fue su gran y completa falla: ¡su falta de misericordia!
La primera, al inicio de su ministerio (Mateo 9:11-13), cuando come con Mateo, con muchos publicanos y pecadores. Esto desconcierta e indigna a los fariseos porque según su estudio y práctica de la ley de Dios, un justo no debe convivir con ellos.
La segunda, que sube de intensidad la oposición entre Jesús y los fariseos (Mateo 12:1-8), cuando les muestra cómo en las mismas Escrituras y en las mismas prácticas del templo, se infringen los mandamientos de Dios en razón del beneficio del ser humano.
Y la última, que lleva al clímax, la oposición (Mateo 23:23), cuando expone la real condición de los fariseos y escribas: su santidad y justicia sólo son una cubierta que esconde la descomposición interna que los hace tan despiadados.
Por esa descomposición el Señor es rechazado por los pastores del pueblo que al igual que se cuenta de los pastores en Zacarías 11, no tienen compasión de las ovejas a su cargo y no tendrán compasión de Jesús; peor aún, no le darán la paga ridícula (vv. 12 y 13), le darán muerte usando la ridícula paga (Mateo 27:3-6) para no mancharse su «limpias y santas manos».
¿Cómo es que los fariseos llegaron a eso? Distanciarse de los incrédulos e injustos parece ser la consecuencia lógica de la obediencia a la voluntad de Dios. ¿Acaso no hay una gran cantidad de pasajes que validan esta conducta? Incluso el mismo Señor ¿no da pie a pensar eso cuando dijo a una mujer Sirofenicia: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mateo 15:24)?; puede ser, pero para que esto ocurra, se tendría que caer en el estado de descomposición interna de los fariseos.
Jesús, distinto en su interior a los fariseos, movido por la misericordia, finalmente respondió a la fe de la mujer (que no era oveja de Israel) como señal del nuevo rebaño que formaría y se puede afirmar esto porque el evangelista Mateo añade otros dos puntos que solo están en este Evangelio: Otra mujer pagana, que no se acerca como la Sirofenicia, pero que cree igual que ella, en la calidad de justo de Jesús (Mateo 27:19) y la llamada «gran comisión» que impulsa a los discípulos a todas las naciones (Mateo 28:18-20).
En el Mesías coinciden, la comprensión de la voluntad de Dios casi con las mismas ideas de los fariseos y la más auténtica apertura a personas de todo el pueblo y toda nación. Es una perfecta conexión entre lo prometido a Israel con su observancia de la Ley y la Nueva Alianza con su dimensión impresionantemente universal.
Esta relación se pierde de vista entre los que participamos de la Cena del Señor, cuando se trata de justificar prácticas de exclusión con razonamientos emanados del estudio y obediencia a la Biblia.
Llega a ser bien visto no tener compasión por aquellos que no participan de las creencias y prácticas bíblicas. Se propicia la separación de ellos por sus ideas y conductas, pero se termina separándose también de su humanidad. El dolor que sufren, el miedo que los aprisiona, las tragedias que los ahogan, de tan lejanos, ya no alcanzan a conmover el corazón engrosado de tanto conocimiento doctrinal y tanta espiritualidad inhumana.
Cuidado porque visto desde la denuncia al fariseísmo, Jesús murió entregado por los inmisericordes obedientes de la Ley, porque él se atrevió a tener misericordia de los indignos y ajenos. En cambio, los autollamados separados debido a su preocupación por la santidad y la justicia, no pudieron distinguir entre la conducta y el ser humano que está detrás.
Por ello es necesario poner atención al ejemplo de nuestro Señor, junto a nuestras preocupaciones doctrinales y nuestros deseos de ser santos y justos, porque puede pasar que el cambio que Él trajo a nuestras vidas lo estemos sepultando en cada Cena del Señor sin que nos demos cuenta.
Nos corresponde elegir, leyendo el relato de la pasión, si caminamos detrás de aquel que valoraron en treinta piezas de plata, haciendo nuestros, su conocimiento de la ley de Dios que descubre y condena las malas conductas, y su gran misericordia que toma el dolor y la alegría de la gente como suyas, importando solo la humanidad que compartimos.
O… escogemos hacer la cooperación para «completar» las treinta piezas de plata con las que se menosprecia el ministerio de Jesús, al menospreciar a aquellos por los cuales aceptó morir y que no están con nosotros en la gran ceremonia de nuestra Iglesia.

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