La iglesia contextualizada

La iglesia contextualizada

Min. José Raúl Quintero Ancona

Introducción

La condición actual que vive nuestro país, el estado de las cosas en las que se desenvuelve nuestra vida, los retos sanitarios, económicos, sociales y ecológicos, nos urgen como Iglesia a renovar nuestras fuerzas, a remodelar nuestras prácticas, usos y costumbres, y actualizar y mejorar nuestras prácticas espirituales. Además, a profundizar en nuestra teología y doctrina, a renovar nuestra hermenéutica, homilética, oratoria, nuestras maneras de administrar, de ejercer los liderazgos y, en especial nuestras estrategias de trabajo hacia la sociedad.

Por lo que consideramos que para este siglo segundo nos debemos evaluar autocríticamente a todos los niveles, comenzando por nuestro desempeño personal, el de la iglesia local, en todos sus aspectos, y hasta las instancias nacionales, en función del alcance de la misión de nuestro Señor Jesucristo.

Y es que tenemos delante de nosotros un campo misionero enorme con más de ciento veinticinco millones de personas; un México que sufre por la falta del Evangelio de Jesucristo, pero no cualquier evangelio, no puede ser un evangelio abstracto, fosilizado o ausente el que va a cambiar el rumbo de las cosas; sino un evangelio encarnado en cada uno de nosotros sus hijos, un evangelio visible, oportuno, salvador, sanador y liberador. Un evangelio contextualizado, comprometido con las personas que va a alcanzar, empático a la manera de Jesús quien, siendo Hijo de Dios (Filipenses 2:5-8), vino a sudar la camiseta, a empolvarse sus divinos pies y sufrir la muerte por cada uno de nosotros. Para enseñarnos cómo calzarnos sus sandalias, cómo ceñirnos su toalla y cómo se camina el camino (Juan 14:6; Hechos 19:23).

I. Nuestra realidad como sociedad

Se le atribuye al teólogo suizo Karl Barth la siguiente frase: «Un sermón hay que prepararlo con la Biblia en una mano y el periódico en la otra ». Y es muy cierto: no podemos pretender hablarle al mundo desde la substracción de nuestras templo-céntricas vidas, o aislados de la sociedad a la que pretendemos servir. El cristiano de hoy debe saber lo que está sucediendo en el país, en su estado, su ciudad, municipio, pueblo, villa, aldea, etc. Debemos saber las condiciones sociales imperantes en el contexto al cual somos enviados a servir, con el Evangelio, desde nuestras vidas.

En la Biblia encontramos que saber la cantidad de pueblo era fundamental en las migraciones (Éxodo 12:37), para salir a la guerra (Josué 4:13; Lucas 14:31), cuando regresan del destierro (Esdras 2:64), e inclusive conocer lo que estaba sucediendo en la composición étnica de los matrimonios, del lenguaje que se habla dentro de las casas y sus consecuencias (Nehemías 13:23-24), en el número y ventajas de sus oponentes (Jueces 20:16), así como de sus adelantos tecnológicos para la guerra (Jueces 4:13, 1 Samuel 13:20-21).

Tener datos de primera mano de lo que ocurre a nuestro alrededor no es pecado, más bien es nuestra responsabilidad enterarnos de lo que está sucediendo en nuestro entorno, para saber cómo abordarlo. Mientras más datos tengamos de nuestro alrededor mejores decisiones podremos tomar, para enfocar nuestros trabajos, para afinar nuestra precisión y para dirigir nuestros esfuerzos y recursos en un sentido objetivo y fiable. Para ello debemos de ser diligentes en revisar lo que sucede en cuanto a las problemáticas sociales: población, migración, familias, divorcios, personas en situación de calle, las caravanas migrantes, los enfermos, encarcelados, la actual contingencia sanitaria, la violencia de género, la delincuencia organizada, la drogadicción, la trata de personas, la destrucción de la naturaleza, la contaminación, etc.

Son situaciones de las que no debemos de sustraernos, tampoco podemos asumirlas todas, pero sí aquellas urgentes en el medio que nos encontramos, a partir de los dones y profesiones de la Iglesia, para saber que hacer al respecto. En ocasiones los cristianos se resignan y piensan que las cosas son como son y así tienen que seguir siendo, olvidando el poder de Dios, nuestro papel profético y nuestra responsabilidad cristiana (Lucas 12:43).

II. La contextualidad de la Palabra

¿Qué papel tiene la Palabra de Dios en nuestra vida y la vida de la Iglesia? ¿Cómo hace usted sentido a la Palabra de Dios? De la respuesta a estas preguntas depende su práctica cristiana. Reconozcamos que nadie llega en blanco o con una mente vacía a Cristo; llegamos llenos de pensamientos, prejuicios y suposiciones acerca de Dios. A partir de allí hacemos teología, pero hay que estar conscientes de nuestros propios sesgos históricos; porque como mexicanos tenemos una herencia cultural católica, españolizada y arábiga, un machismo exacerbado de afirmamiento y una comprensión dañada de la autoridad. Por lo anterior, el latinoamericano tiene una comprensión inadecuada de Dios, como un dios de juicio, de castigo, lejano, ausente y autoritario.

Pero veamos cómo es la divinidad. Dios se da a conocer en Jesús (Hebreos 1:2), Dios se contextualizó en Jesús (Hebreos 10:5-9) y Jesús se contextualizó (Juan 1:14) en un ser humano para servir y enseñar, para amar, pero también para aprender (Hebreos 5:8-9). Fue una contextualización mutua y radical, la encarnación del Hijo de Dios, quien habitó entre nosotros, porque se quiso hacer uno de nosotros; caminar nuestras calles, padecer nuestras enfermedades (Isaías 53:4), comer nuestras comidas, llevar el polvo de nuestra naturaleza humana en sus sandalias, practicar nuestros oficios, pero sobre todo encarnar y apropiarse de una humanidad íntegra, genuina y humilde, para que nadie le cuente lo que es llorar por un amigo muerto (Lucas 11:35), sentir indignación por el maltrato a los niños (Marcos 10:13-14), disgustarse por un comercio inmoral en los lugares sagrados (Juan 2:14-17) pero también para ser abrazado por esos ancianos a la entrada del templo cuando, siendo niño, sus padres lo llevaron a presentar (Mateo 2:25-38).

Si Jesús nos mostró a Dios (Juan 1:18; 14:9), entonces ¿cómo es Dios? Dios ama y le gusta la gente, y es capaz de viajar mucho para encontrarse con ella, no se escandaliza ni se asusta por el pecado de las personas, no etiqueta a nadie, tiene fe en la gente y cree que pueden cambiar, sabe relacionarse con cualquiera, le gusta servir a los demás, se interesa realmente por el ser humano, sabe ser buen amigo, conoce lo que significa amar a las muchedumbres y sacrificarse por ellas, es íntegro y no le gusta la hipocresía, no le gustan las injusticias de ningún tipo, es paciente, comprensivo, tiene valentía y confronta los valores equivocados del mundo, le encanta enseñar, predicar y sanar. Y sobre todo ama a: ancianos, mujeres, hombres, matrimonios, publicanos, pecadores; le gusta compartir la mesa con cualquier tipo de personas (Lucas 7:34). Y así debemos de ser nosotros. Hay personas que tienen en mal concepto a los cristianos como, amargados, aguafiestas, cortados, poco amigables y desinteresados de los problemas sociales de los demás, pero debemos de ser todo lo contrario para servir a nuestro prójimo en su contexto.

Pero también la Iglesia muestra a Dios: para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste (Juan 17:21, 1 Juan 4:14; Mateo 5:16). ¿Cómo es vista la Iglesia cristiana? Como una comunidad encerrada en el templo, no se relacionan con la sociedad, señalan todo lo malo de la cultura, pero no contribuyen a mejorarla, se escandalizan de todo, se relacionan sólo con los hermanos de su iglesia, no toman, no fuman, pero pueden ser chismosos, juzgones, presumidos e indiferentes.

Es fácil asumir que Dios es un Dios de ira, enojado, lejano, listo para acusar y castigar sin embargo Dios tiene emociones y nos las transmite, emociones de amor, de compasión, de un amor inconmensurable que nos tiene. Por ejemplo: le dolió su corazón (Génesis 6:6; Éxodo 32:14; 1 Samuel 15:35); He visto tu oración y visto tus lágrimas (Isaías 38:1-7); Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión (Oseas 11:8-9); … porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo (Joel 2:12-14; Amós 7:3; Jonás 3:9-10).

Nuestro Señor Jesús decidió venir a nosotros encarnado, vestido de carne, hueso, sangre, pelo, saliva, sudor y lágrimas, pero no de cualquier carne, sino la de un carpintero, que no era una imagen de autoridad, poder o gloria. En ello podemos discernir que Dios nos muestra en Jesús el concepto que quiere que tengamos de Él, pero también el papel que debemos desempeñar. Además, Jesús siendo un hombre íntegro y sin pecado, y estando en posición de hacerlo, cuando tuvo oportunidad, no juzgó a los demás (2 Pedro 2:22; Hebreos 4:15; Lucas 7:36-50; Lucas 15; Lucas 19:1-10; Marcos 5:21-34; Juan 8:1-11).

Abraham J. Heschel, en su libro Los Profetas, nos dice que históricamente ha habido problemas con esta comprensión de Dios: «Clemente de Alejandría pensaba que Dios no tiene emociones de ningún tipo, y que, si uno era completamente liberado de emociones, entonces era como Dios. A Agustín de Hipona, la pasión de Dios en el Antiguo Testamento le molestaba, por lo que decía que seguramente eran problemas de traducción. Tomás de Aquino decía que era imposible que Dios cambiara de alguna manera. Por lo que la pasión era incompatible con su ser».

Heschel considera que la raíz de esas ideas es griega, y no sería la primera vez que los pensadores griegos se infiltraron en la teología cristiana, ya que Platón dividió el alma entre lo racional y lo emocional y que lo racional partía de lo divino y lo emocional de lo animal. En su comprensión Dios era racional y todo lo que era emocional no era compatible con Dios.

No obstante, Dios tiene emociones, y emociones fuertes. Pero su principal deseo es de vida y bendición para el ser humano y no de ira ni de destruir a nadie. Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis (Ezequiel 18:32). Las emociones de Dios son un acto premeditado no para desatar su ira, sino para que ella se desvanezca por el arrepentimiento del ser humano:

En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hiciera lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle (Jeremías 18:7-10; Habacuc 3:2; Salmo 145:8-9). Por lo que podemos decir que la ira de Dios es instrumental, condicionada y sujeta a su voluntad: Por amor de mi nombre diferiré mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte (Isaías 48:9; Oseas 11:9).

Dios es un Dios de amor, y la gracia de Dios por el ser humano siempre ha estado ahí y también la hemos visto presente en el Antiguo Testamento.

Podemos ver que la Palabra nos insta a ser portadores de gracia y de buenas nuevas a nuestros conciudadanos (Lucas 4:18-19; Santiago 1:27), por lo que cada iglesia local, cada uno de los pastores y los miembros deben estar conscientes de que están ahí para servir a su contexto, y encarnar la realidad de la gente a quienes son enviados a servir, a ponerse en los zapatos de los que sufren para sufrir junto con ellos, para enjugar sus lágrimas, para ayudarlos a levantarse, para que salgan de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). Pero no debemos hacerlo en nuestras fuerzas, sino en su Santo Espíritu, pero no podemos hacerlo a nuestro estilo, sino al estilo de Jesús quien dijo: Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis (Juan 13:15).

III. La Iglesia contextual

Existen dos posiciones al momento de evaluar una iglesia: Tenemos en nuestro medio, por una parte, las iglesias cristianas que se determinan como exitosas por sus resultados numéricos, y por otra, iglesias pequeñas que basan su éxito en la fidelidad del carácter piadoso.

Tener una Iglesia grande y un ministerio exitoso no significa necesariamente que le estemos dando la gloria a Dios en todo, pero ser una Iglesia fiel sin desarrollo no implica que Dios se complazca en ella. Debemos preguntarnos ¿no sería mejor forjar a partir de la Palabra y en función del grupo social al que vamos a servir, un modelo de Iglesia y de ministerio fiel a la Escritura y a nuestro ministerio? Dónde Dios nos lleve, a ser competentes y productivos (2 Corintios 3:5-6).

Jesús les dijo a sus discípulos que debían dar fruto, en esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos (Juan 15:8). La parábola del sembrador nos habla de que hay varios tipos de terrenos, pero también de la generosidad del sembrador que utiliza la «técnica del voleo» para sembrar. Ante lo cual algunos le dirían: ¡qué desperdicio de semillas! Pero también hay que comprender la prodigalidad de Dios, deseando que su alcance sea mayor, muy superior y que ninguna persona, sector, grupo social, etnia, etc., se queden sin la posibilidad de recibirla (Lucas 14:21-23).

Los que piensan que lo que Dios quiere de la iglesia es solo que sean piadosos, aunque sean poquitos, aunque no tengan alcance misionero, se podrán justificar auto-convenciéndose de que eso es la voluntad de Dios y evitarán hacerse preguntas difíciles y confrontantes mientras las personas de su entorno mueren de inanición espiritual. Pero por la otra parte, el éxito “por el éxito” tampoco es el criterio ni fundacional, ni funcional y último, porque no podemos ni debemos tener éxito a costa del Evangelio de Jesucristo y de reducir sus demandas lógicas y haciendo insípida su Palabra (Marcos 9:50), pero debemos ser competentes, debemos ser productivos, debemos de dar fruto.

Acerca de esta comprensión teológica cada iglesia, cada equipo local de líderes y cada Pastor, deben hablar con Dios y después esperar, y saber escuchar (1 Samuel 3:10-11; Hechos 9:6). No pretendamos que «nos las sabemos todas». En ocasiones caemos en este error y ponemos diques y fronteras en cuanto a la comprensión del evangelio e interpretamos algo que Jesús nunca puso ahí, queriendo transmitir el evangelio en un kit, en un paquete que lo hace cuadrado, lo entalla, lo limita, lo lastima o lo desdibuja. Es decir, un paquete cultural que desvirtúa sus intenciones reales, desde una práctica religiosa que, desgastada por el uso de los años, ha caído en la monotonía y ha dejado de transmitir la vida, la viveza, la alegría y la energía de la obra redentora de la cruz de Cristo.

Pregúntese, ¿cómo sus creencias bíblicas y doctrinales pueden relacionarse con el mundo de hoy? De ahí surge la visión teológica, de una profunda reflexión de la Palabra de Dios y de cómo se va a verter en el mundo moderno, en el contexto específico que le ha tocado vivir. Debemos hacer accesibles, entendibles y oportunas las verdades de la Palabra de Dios para las personas, a quienes Él nos ha enviado a servir.

Jesús rompió los esquemas teológicos de su tiempo y sus consecuencias lógicas de la vida práctica (Mateo 7:29); en cambio los fariseos, escribas y sacerdotes eran sumamente rígidos, pero a la vez cultos, inteligentes, racionales; pero históricamente inapropiados e irrelevantes. Sirvieron en su tiempo, pero quisieron encasillar a todos en su propio molde, en su propia comprensión, en su propio estilo de ser, de pensar, de vivir, de entender a Dios, y entonces se volvieron incomprensibles e intrascendentes para sus propios conciudadanos. Nosotros no podemos caer en ese error y debemos ser conscientes de nuestros filtros sociales, históricos, mentales y culturales para cuestionarlos, superarlos y no dejar que nos gobiernen en detrimento de la misión que Jesús nos ha dado de servir a las personas de nuestro contexto en su propio contexto.

No hay que aislarnos del mundo al que somos llamados a ganar. Hay cristianos que piensan que no es tan malo vivir aislados de los demás, ya que vivir en un mundo caído y seguir a Cristo es agotador y quizá lo mejor sería vivir como Antonio Abad quien se decidió por una vida ascética, alejada de la sociedad. Porque cada día leemos titulares que muestran lo conflictivo que puede ser el mundo y pareciera ser que pelear la buena batalla de la fe cada vez se vuelve más difícil con el tiempo. ¿No sería más fácil mudarme al desierto, y dedicarme a una vida de oración y no tener que lidiar con el mundo? Muchas veces este pensamiento nos tienta al momento de interactuar con la cultura general y nuestro entorno. en vez de hacernos presentes en las circunstancias del mundo con la palabra de Dios, a través de nuestras palabras y nuestras obras, y preferimos aislarnos en nuestra burbuja cristiana.

La relación del cristiano con la cultura

El Señor no nos llamó para vivir afuera de este mundo, sino en él (Juan 17:11-17); Cristo no nos quiere sacar del mundo y su contexto, de hecho, hay una cláusula de permanencia en esta declaración “No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”. Tradicionalmente el cristiano se sustrae de la sociedad y la cultura diciendo: «Estoy en el mundo, pero no soy del mundo», que muchas veces suena a algo así: «estoy aquí, no me queda otra y me urge que venga Cristo, porque esta sociedad no me merece». Sin embargo, debemos de cambiar ese modelo de pensamiento con todas sus consecuencias por el siguiente: «No soy del mundo, pero estoy en el mundo».

Seamos sabios en el trato con nuestros semejantes (Lucas 16:8), seamos sabios al momento de abordar nuestros ministerios, para poder conectar con la gente, seamos sabios al discernir cómo hablar, qué ministerios emprender, qué folletos usar, qué ilustraciones usar, cómo relacionarnos con nuestro entorno, qué banderas enarbolar, qué luchas sociales adoptar, cómo acompañar en sus batallas a los enfermos, a los desposeídos, a las adolescentes embarazadas, a la madre que tiene un hijo con vicios o en la cárcel, al anciano abandonado, a los padres que les han violado a una hija, o desaparecido un hijo.

Mandatos: Cultural, espiritual y misionológico

¿Y cómo le hacemos para que la sal no se vuelva insípida? Hay que comprender que el primer gran mandato de todo cristiano es: amar a Dios y amar al prójimo (Mateo 22:37-39). El segundo mandato es el evangélico: Id y haced discípulos (Mateo 28:19-19), pero también hay otro mandato que no siempre observamos, es el mandato cultural: todo cristiano ha sido llamado a cuidar el jardín que el Padre ha creado, a través de sus habilidades, dones, vocación, y trabajo con excelencia para Su Gloria (Génesis 2:15; 1 Corintios 10:31; Colosenses 3:22-23; Génesis 1:28; 2:15).

El mandato cultural es cultivar, cuidar, sojuzgar, dominar, es tomar lo hecho por nuestro creador y hacer cosas con ello, es lo creativo de nuestra vida, no solamente lo artístico, sino el potencial de la imagen y semejanza que tenemos de parte de Dios para transformar el mundo de las cosas: como cuando encontramos curas a las enfermedades, leyes para proteger a los indefensos, cuando construimos nuestras casas y hasta cuando buscamos el lado amable de las cosas. Cada uno de nosotros aporta algo a la cultura de su entorno, seamos comerciantes, taxistas, empleados, empresarios, o cualquier profesión u oficio, y en todo ello adoramos a Dios, sirviendo con buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres (Efesios 6:7). Porque el trabajo secular no es producto de la invención humana el trabajo secular realmente es un trabajo teológico que corresponde a la voluntad de Dios, de transformar el mundo (Éxodo 20:9).

¿Qué es la cultura? Dany Crouch dice al respecto: «La cultura es lo que los seres humanos hacen del mundo. En ambos sentidos. La cultura son las cosas que hacemos. Dios da un mundo lleno de fibras y hacemos ropa. Dios nos da un mundo lleno de madera y hacemos muebles e instrumentos. Dios nos habla y nosotros rehacemos idiomas. La cultura es el significado que hacemos. Este mundo no viene con una explicación, sin embargo, todos sentimos que debe significar algo. “Hacemos sentido del mundo haciendo cosas en el mundo”.»

¿Y cómo participamos de ella? Al entender que hemos sido llamados a cultivar este mundo, comprendemos que no es algo de lo que tengamos que huir. Ese es nuestro llamado como humanos de este planeta según Génesis 1 y 2, aunque obviamente se hizo más difícil a partir del capítulo 3; donde el ser humano en lugar de cultivar su jardín abusa de él, lo explota, lo acaba, lo contamina por su gula, su codicia y los apetitos de su carne, porque quiere ser poderoso, rico y famoso. Inclusive hay quienes no quieren trabajar pues piensan que el trabajo es una maldición, no un don de Dios para bendecir a otros (Génesis 2:15; Deuteronomio 5:13; 2 Tesalonicenses 3:10).

El cristiano puede y debe participar activamente generando cultura a su alrededor, y cultivar su jardín mientras mantiene su santidad. No trabaja solo para su bien, ha superado su posición egoísta e individualista y ha pasado a tener una comprensión más corporativa, porque hace florecer y fructificar a la sociedad de su alrededor. Y aunque finalmente no todos se conviertan al evangelio, la Palabra que habrá compartido libre y generosamente, dará su fruto en su tiempo, y hasta la que no dé fruto, habrá significado un cambio de modelo para aquellos que lo hayan escuchado. Como cristianos debemos de comprender que nuestro impacto será mucho mayor si asumimos nuestro papel en el mundo como sujetos históricos, contribuyendo al cambio y mejoramiento el mundo en todos los sentidos, que escondiéndonos de él.

Conclusión

Dios nos ha llamado del contexto a servir en el mismo contexto. Replanteemos nuestros ministerios, repensémoslos, reflexionémoslos. La iglesia, como la Cruz Roja, son instituciones cuyo propósito fundacional es servir a los que no son parte de ellos, a los enfermos, a los heridos.

Al acercarse a nuestros conciudadanos siéntase parte de ellos, no vaya a la defensiva, no se asuste de nada, sea de corazón abierto y de sonrisa generosa. Genere bendición en cualquier relación humana que tenga. Acérquese a la gente de la colonia, de la calle, visítelos en sus casas. Preocúpese realmente por ellos y que lo sientan, que no interpreten que usted va, solo porque quiere llevarlos a la iglesia. Sea generoso y misericordioso. Piense y estructure las estrategias de cómo se va a relacionar con ellos. En oración, considere qué pasaje bíblico expresa mejor el amor de Dios para esa persona que usted esté visitando, en particular. Genere iniciativas de justicia social en su entorno.

Seamos activistas del Espíritu Santo a favor del mejoramiento de las condiciones, espirituales, familiares, económicas, alimenticias de nuestra sociedad y ofrezcamos una visión fresca de la vida en Cristo Jesús. Hagamos que la gente aprecie que estemos en su colonia, que nos ame porque les somos útiles, porque somos de bendición en sus condiciones sociales. Hagamos actividades de esparcimiento espiritual para la colonia, para los niños, para los jóvenes, para los matrimonios, para los adultos mayores para que se cumpla aquel pasaje: …Y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la Iglesia los que habían de ser salvos (Hechos 2:47).

Referencia

1 https://www.hispanidad.com/sin-categoria/con-la-biblia-en-una-mano-y-el-periodico-en-la-otra_8054251_102.html

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En medio de la pandemia actual. El jefe de recursos humanos llamó a Fernando a la oficina de la empresa para plantearle una propuesta debido a la contingencia: –Puedes elegir, le dijo,– la primera opción es que te enviemos a tu casa a descansar por un mes con el 20% de tu sueldo o que vengas a trabajar de manera normal pero solo te podemos pagar el 50%. Fernando, por supuesto, eligió la segunda opción. Muchas personas se han quedado sin trabajo y él prefiere conservar el suyo, aunque deba trabajar al 100% y solo recibir el 50% de su sueldo.

Patricia está en cuarto año de primaria y tiene dos hermanos en secundaria, su madre trabaja como empleada doméstica y representa su único ingreso económico porque su padre falleció cuando Patricia era pequeña. Las clases de la escuela son en línea y para poder tomarlas necesita su propia computadora y conexión a internet; la familia no cuenta con recursos para tener ambas cosas, así que Patricia lleva todo el tiempo de la pandemia sin poder continuar con sus estudios, lo mismo que sus hermanos.

Una persona se infecta con covid-19 y necesita suministro de oxígeno, para lo que requiere un tanque que le dura dos horas, cada recarga del valioso gas le cuesta doscientos pesos, por lo que el tratamiento de su enfermedad tiene un costo de dos mil cuatrocientos pesos diarios, lleva veinte días enfermo, su familia es muy pobre y cada día sufren angustia y dolor, ¿cómo van a mantener el tratamiento?

Felicia se dedica a vender tortas en un puesto callejero, es el único sostén de su familia y desde hace ocho meses no ha podido realizar sus ventas. Cuando llevaba dos meses de confinamiento se decidió a salir a la calle a vender su producto, pero la policía le recogió el puesto, por poco y la llevan a prisión.

Mariana y Rodrigo tenían una pequeña empresa en la que daban trabajo a cinco personas. Su emprendimiento iba muy bien y se sentían complacidos, pero desde que inició el confinamiento no pudieron continuar con el trabajo y sus ventas se redujeron dramáticamente. Su empresa se fue a la quiebra y encima se quedaron con muchas deudas con el banco, las cuales no tienen cómo pagar. El banco está por embargarles las únicas propiedades que les quedan.

Podríamos continuar con historias similares, las cuales se enumerarían por miles y no terminaríamos, cada una tiene muchos puntos en común con las otras, pero el que más destaca es el de la experiencia de injusticia. En un mundo en el que la supervivencia es el valor predominante, el más fuerte prevalece sobre el débil. Y en medio de nuestra realidad, el más fuerte se hace cada vez más fuerte y el débil se debilita más.

La pandemia actual ha agudizado una realidad que ya veníamos viviendo: la desigualdad y, en consecuencia, la injusticia se ha vuelto más clara, cruda y cruel. Millones de personas en el mundo experimentan injusticias cotidianamente y día a día se van acumulando nuevas manifestaciones en las que el trato injusto o la condición de desigualdad deja ver su flagelo, sobre todo hacia los menos favorecidos: los pobres, los débiles, los marginados, los menospreciados de la sociedad, los inocentes, los ancianos, los pueblos indígenas, los migrantes, entre otros.

La injusticia no es una práctica nueva, lamentablemente ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia y su presencia divide al mundo en dos: entre víctimas y victimarios. Esta división no es tan estricta ya que en general, debido al pecado, toda persona practica la injusticia de alguna manera. Así, todos somos en algún sentido victimarios y en otro somos víctimas. Esta realidad puede provocar un desánimo en las personas al ver que es imposible erradicarla de la vida, lo que nos llevaría a darnos por vencidos en la lucha por mantenernos libres de injusticia. Por un lado, el desánimo nos puede llevar a la desesperanza, a creer que en el mundo no habrá justicia y por otro lado a la frustración, al creer que de manera personal no podremos practicarla. Parece que en nuestro día, el sol se ha ocultado.

Un texto para desesperados

La escritura no ignora esta condición humana; al contrario, la justicia es uno de los temas más referidos en sus páginas, lo que nos permite ver una revelación muy grata acerca de Dios. Nuestro Señor no es indiferente a la injusticia, no es indiferente ante las víctimas ni ante los victimarios, no es indiferente ante la práctica de la injusticia ni ante sus causas y consecuencias. Para el Dios de la Biblia, la injusticia no es un tema superficial ni vago o sin valor; por el contrario: es un tema central.

El tema de la justicia es tratado principalmente en los escritos de los profetas. Para ellos, este es un tema primordial en la vida del pueblo de Israel, pues es en la justicia en donde se encarna la ley. Para los profetas, toda persona que desea mantenerse fiel a Dios debe colocarse del lado de la justicia, aunque su naturaleza caída le incline a la práctica de la injusticia; la fidelidad consiste en mantenerse en pie de lucha contra dicha inclinación y sobre todo inclinar el corazón hacia el Señor y su voluntad. También, la fidelidad consiste en mantener la esperanza a pesar de que las cosas se vean completamente adversas.

Los profetas plantean constantemente una visión extrema de las condiciones de injusticia y plantean algo así como: y si en este mundo todo fuera injusticia y no es posible cambiar algo al respecto, ¿vale la pena mantenerse fiel a Dios? ¿Vale el esfuerzo seguir promoviendo la práctica de la justicia? ¿Tiene sentido esforzarse en la esperanza de que esta realidad puede cambiar? Las respuestas de los profetas son extremas: aunque el creyente esté desesperado porque ve a los injustos multiplicarse y prosperar, aunque llegáramos al extremo de ver que la humanidad completa se pierde en la práctica de la injusticia, aunque todo esfuerzo por promover la justicia parezca infructuoso; todo trabajo y toda esperanza por causa de la justicia tienen sentido y serán satisfechos. Aunque aquí y ahora no pudiéramos ver algo provechoso, vendrá el día en que todo cambiará por la intervención definitiva de Dios.

Viene el día, un incendio se anuncia

El capítulo 4 de Malaquías, nos anima en sus primeros tres versículos a apropiarnos de una visión: viene el día. La visión es el incendio de un bosque en el que el fuego no deja ni raíz ni rama. Un incendio que devora todo a su paso y convierte a la tierra en un horno que todo lo consume. Ese día invertirá las condiciones: todos los que han gozado y disfrutado el fruto de la injusticia, de la maldad y de la soberbia se hallarán ante una experiencia opuesta: su disfrute se tornará en terror por situarse frente a la realidad del juicio de Dios. ¿Entonces cuál es la realidad?

La descripción que ofrecimos al principio de este artículo presenta lo que podríamos llamar: la realidad actual, la realidad que todos vemos y percibimos con los sentidos, esta realidad en la que la injusticia prevalece, se acrecienta y es celebrada por quienes ostentan mejores condiciones: los fuertes, los poderosos y los privilegiados. Esta realidad en la que crece el número de víctimas, quienes sufren, se desgastan y lamentan por la condiciones precarias, abusivas y opresoras en las que viven. Desigualdad, discriminación, falta de oportunidades, carencias producidas por el abuso y la imposición de unos pocos que afectan la salud, la alimentación, la seguridad, la ecología, el ingreso, el bienestar o el descanso, entre otras condiciones, de un enorme número de personas en el mundo.

¿Qué hacer ante la injusticia? ¿Enojarnos, amargarnos, indignarnos o buscar venganza? ¿Perder la esperanza, sentirnos frustrados o desesperarnos? ¿Debemos actuar o mantenernos impasibles ante ella?

El profeta Malaquías nos da su respuesta: debemos mantener nuestra mirada en esta visión: los injustos están destinados a la destrucción y este sistema injusto está destinado a ser aniquilado. Por tanto, no debemos comprometer nuestras emociones con esta realidad sino con la realidad que viene: ni enojo ni amargura o venganza sino resistencia. Mantenernos en el gozo de un futuro que viene y transformará todo. Asumir la firme decisión de ponernos del lado de quien manifestará la realidad victoriosa, no la que se hace visible a nuestros sentidos sino la que es revelada mediante la fe.

Es importante recordar que la visión de Dios es resultado de su amor. Malaquías 1:2 describe cómo el Señor ha elegido al más pequeño por amor. El Señor está del lado de los desheredados, los menores, los últimos. Esta verdad está vista en el hecho de que Dios eligió por amor a Jacob sobre Esaú: al pequeño lo hizo mayor, al desheredado le dio sus promesas, al último lo constituyó como primero. El Señor trastorna las estructuras del mundo por amor1, por tanto, quienes lo seguimos creyendo en Él seguiremos sus pasos y por amor seguiremos estando del lado de la justicia en la esperanza de que cuando venga aquel día muchos sean librados del fuego.

Ceniza que se pierde bajo las pisadas de los inocentes en una celebración

El profeta nos anima a tener una visión subversiva del mundo, un día amanecerá y habrá un incendio terrible que quemará toda maldad y hará desaparecer la injusticia dejando solo cenizas tras de sí. Ese día el justo se levantará para una nueva mañana en la que las diferencias en el mundo se invertirán, mientras que la injusticia es arrasada por ese fuego, para los justos el día brindará un brillo especial que les hará salir de sus casas como cuando ha pasado la lluvia y el sol brilla nuevamente. Y así como los becerritos brincan alegremente sobre una pradera tras salir el sol, los piadosos brincarán de alegría sobre la ceniza que se pierde bajo sus pisadas inocentes, ceniza que es lo único que quedará como recuerdo de la injusticia. Así lo ha dicho el Señor.

Brilla el sol de justicia

En medio del panorama actual es natural desesperanzarse. Multitudes claman hoy por justicia, multitudes se quejan hoy a causa de la gran cantidad de abusos que sufren por parte de quienes tienen mayor poder. El abuso no solo viene de las altas esferas de poder, está presente en el rincón de la cocina, en el seno de los hogares. La injusticia se gesta en la recámara, en la sala o el patio de la casa; se manifiesta de un cónyuge a otro, de un padre a un hijo o de un hermano mayor hacia el menor. Por lo que, aunque la injusticia se manifiesta así en lo más recóndito como en la vida pública, somos llamados a no perder la esperanza sino a mantener nuestra fidelidad intacta, a practicar, promover y esperar en la justicia como personas piadosas.

Si usted está desesperado o de-sesperada por causa de la injusticia, para usted es este mensaje; anhele la justicia, desee con todo su corazón que la justicia reine, promueva con todas sus fuerzas la práctica de la justicia hasta donde le sea posible, no acepte las injusticias que se han encrudecido en medio de esta pandemia como una nueva normalidad; desespere con hambre y sed de justicia2 pero no pierda la esperanza, porque a los que temen al Señor les espera un mañana diferente, para nosotros saldrá el sol de justicia y en sus alas traerá nuestra salvación (Malaquías 4:2).

Referencias

1 1 Juan 3:10

2 Mateo 5:6, 20.

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Cambio de planes

Cambio de planes

Ilse Annet Castillo Castillo

El 2020 ha concluido y, sin lugar a duda, fue un año atípico para todos nosotros, nadie iba a creer que pasaríamos todo un año en confinamiento, con medidas extremas de distanciamiento físico y aislamiento social, un año en el que la economía se vería afectada con el cierre de comercios, la educación paso de ser presencial a ser totalmente en línea, los templos cerraron y las reuniones fueron canceladas. Palabras como “Zoom”, “Meets”, “Teams”, “Classroom” y otras, ahora forman parte de nuestro vocabulario y de nuestra vida, definitivamente todo cambio.

El cambio es una constante, algo inherente a nuestras vidas y todos los días está sucediendo, los cambios pueden ser elegidos o no, sin embargo, el adaptarnos a ellos siempre requerirá de un esfuerzo de nuestra parte; esto dependerá de las circunstancias externas, los recursos de los que disponemos para enfrentarlos y los apoyos con los que contamos para el proceso de adaptación.

En los últimos meses hemos escuchado mucho la palabra de cambio, todos hablan de ello: cambio en nuestros hábitos, cambio en la forma de hacer las cosas, cambio aquí y cambio allá. Pero ¿qué es en sí el cambio?

Para algunos es una transición de una situación diferente o pasar de un estado a otro, algunos más consideran el cambio como la oportunidad de actuar de manera diferente para tener resultados distintos entendiendo que no se puede ser mejor si se continúa haciendo siempre lo mismo. De una o de otra forma el cambio nos permite abrir oportunidades.

Nos guste o no, nuestra vida está en un constante cambio, siempre está presente, y adaptarse a él conlleva un proceso de transformación personal y sobre todo abandonar nuestra zona de confort, esa zona en la cuál hemos alcanzado una comodidad y una estabilidad que nos impide seguir creciendo, esa zona que nos impide aprender y hacer cosas nuevas.

El peligro de la comodidad

Es común que en algún punto de nuestra vida encontremos una estabilidad y consideremos que tenemos el control de las situaciones que se nos presentan, empezamos a vivir en una rutina dónde nuestras actividades dejan de tener significado y solo las realizamos por inercia, nos olvidamos del verdadero motivo por el cuál las llevamos a cabo y pierden sentido ¡caemos en la comodidad!:

“Sin embargo, ¡ese es el momento cuando debes tener mucho cuidado! En tu abundancia, ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios al desobedecer los mandatos, las ordenanzas y los decretos que te entrego hoy. Pues cuando te sientas satisfecho y hayas prosperado y edificado casas hermosas donde vivir, cuando haya aumentado mucho el número de tus rebaños y tu ganado, y se haya multiplicado tu plata y tu oro junto con todo lo demás, ¡ten mucho cuidado! No te vuelvas orgulloso en esos días y entonces te olvides del Señor tu Dios, quien te rescató de la esclavitud en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 8:11-14, NTV).

En estas líneas nos advierten del cuidado que debemos tener al estar en abundancia, cuando hablamos de la comodidad sucede exactamente lo mismo, nos volvemos orgullosos y a veces ciegos ante la situación, hasta hace unos meses nos encontrábamos en un momento de prosperidad; teníamos planes, actividades, nos reuníamos para cumplir con un programa, la idea de utilizar los medios digitales para llevar nuestras actividades parecía algo lejano. Sin embargo, una pandemia nos llevó a la necesidad de cambiar y dejar nuestras comodidades, nos llevó a buscar nuevas alternativas y adoptar nuevos métodos, finalmente ¡nos adaptamos al cambio!

Sé protagonista,

sé agente de cambio

La pandemia provocada por el COVID-19 ha sido la protagonista, hizo que cada uno de nosotros adoptáramos nuevas prácticas en la familia, la escuela, el trabajo, la iglesia, la sociedad; tuvimos que salir de nuestra comodidad. Pero ¿te has puesto a pensar la razón por la cual hemos sido movidos?, Dios tiene algo preparado para nosotros y en la Biblia encontramos que siempre que Dios llama a una persona para ser usada, es invitada a salir de su comodidad:

• Noé fue llamado a construir un arca y dejar todo lo que estaba haciendo, invertir recursos para el proyecto que Dios le había asignado.

• Abraham fue llamado a salir de su tierra, dejar todas sus comodidades y encaminarse a una tierra desconocida.

• Los apóstoles debieron dejar sus oficios, comercios y demás por seguir a Jesús.

• El mismo Jesús, al venir a la tierra, dejó su lugar al lado del Padre por cumplir la misión.

Estos son ejemplos de cómo Dios nos mueve de nuestra comodidad para hacer cosas diferentes, el cambio no necesariamente se trata de hacer cosas nuevas, se trata de hacer aquello que no realizábamos por temor a salir de nuestra comodidad: “La historia no hace más que repetirse; ya todo se hizo antes. No hay nada realmente nuevo bajo el sol. A veces la gente dice: «¡Esto es algo nuevo!»; pero la verdad es que no lo es, nada es completamente nuevo” (Eclesiastés 1:9-10, NTV).

Es en este momento que estamos llamados a ser protagonistas de nuestra historia, a dejar la comodidad para enfocarnos en la oportunidad y no en la crisis.

El desafío

Debemos aceptar que el cambio ya sucedió y no estábamos preparados para ello, ese es uno de los primeros aprendizajes que podemos obtener de este año tan irregular que hemos vivido, fuimos capacitados y aprendimos con herramientas que en este momento ya son ineficientes, ahora es el momento en que debemos incorporar elementos nuevos que nos ayuden a cumplir con los objetivos de los diferentes aspectos de nuestra vida, necesitamos actualizar y vislumbrar nuevas oportunidades. La vida es una escuela y cada año que transcurre aprendemos algo, quizás este ha sido el año más difícil de cursar y la pregunta sería ¿Qué hemos aprendido de todo esto?

Nos encontramos en un periodo de transición hacia la llamada “nueva normalidad”, sin embargo, ya nada será igual, creer que las cosas y la vida que teníamos será la misma hasta antes de marzo del 2020 es aferrarnos a algo que ya no existe, algo que ya no regresará y es aquí donde debemos tomar la oportunidad de hacer las cosas diferentes.

Probablemente has escuchado esa frase que dice «las crisis sacan lo mejor y peor de uno», bien pues este es el momento para sacar lo mejor de nosotros, Dios nos está invitando a salir de nuestra zona de confort para innovar, crear y reinventarnos, nos llama a ser un agente de cambio y anunciar que en medio de esta crisis ¡Dios sigue estando presente!

En este punto ya te habrás preguntado ¿Qué puedo hacer yo para aportar a todo lo que está sucediendo?, tal vez no tengas una idea de cómo empezar, sin embargo, déjame decirte que cada uno de nosotros estamos capacitados para hacer grandes cosas, la palabra de Dios es clara cuando menciona: “No es que pensemos que estamos capacitados para hacer algo por nuestra propia cuenta. Nuestra aptitud proviene de Dios” (2 Corintios 3:5, NTV).

A lo largo de este año te habrás dado cuenta de ello y aunque no estábamos capacitados para afrontar esta situación, Dios nos dotó de la aptitud para hacer frente a la crisis, empezamos a ver hermanos que con esfuerzo y dedicación realizaban los cultos virtuales, promovían actividades que permitieron mantener el contacto con los hermanos y otros tantos realizando actividades que llevarán un mensaje de esperanza ante la situación, todo esto ha traído una nueva forma de hacer las cosas, sin embargo, esto no es suficiente. Todo sigue cambiando, y lo que hoy nos funciona mañana ya no tendrá efecto.

Hoy quiero invitarte a que tomes esta experiencia como una oportunidad para poner en práctica tus dones y habilidades, sea cual sea tu profesión u oficio, siempre habrá una forma de ser parte de ese cambio, los límites ya no existen.

Comparto contigo algunas ideas que puedes poner en práctica para ser parte del cambio, hoy la tecnología es un gran aliado para poder llevarlas a cabo y otras requerirán de un esfuerzo personal:

• Comparte tus conocimientos. Si eres bueno en algún tema puedes ayudar a otros en su aprendizaje.

• Aprende algo que ayude a los demás (primeros auxilios, lenguaje de señas, un nuevo idioma, entre otros).

• Crea retos que te inviten a compartir de Dios (menciona tres momentos del día en los que sentiste a Dios, siete alabanzas que te identifican, etc).

• Comparte experiencias de vida, tu testimonio puede ser de ayuda a otros.

• Crea contenido positivo y compártelo en tus redes sociales, deja volar tu imaginación.

• Sé compartido, dona un abrigo, una cobija, ropa en buen estado que ya no uses, alguien más puede necesitarlo.

• Si está en tus posibilidades puedes hacer donaciones a fundaciones y organismos que ayuden a poblaciones vulnerables.

• 2×1, compra algo para ti y el segundo compártelo.

Reflexión final

¿Cómo ha sido tu experiencia durante la pandemia?¿Qué has aprendido o qué nuevas habilidades has desarrollado?¿Cómo te gustaría que fuera el regreso? ¿Qué otras actividades puedes realizar para ser parte del cambio? …

Te invito a qué puedas compartir tu experiencia usando el hashtag #CambioDePlanes

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Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Min. Moisés López Román

«Son los edificios que permanecen cerrados, la iglesia no ha cerrado su fe en Jesús que es el centro y la razón de ser.
Mayormente hoy, continúa ofreciendo amor y servicio a los demás».

 

«Para todo lo que suponga bienestar de la gente, la institución no debería esperar a ser invitada, debería adelantarse»
(José Manuel Vidal)

Es verdad que muchas iglesias no estaban preparadas para funcionar sin el culto celebrado en el templo. La actual crisis sanitaria, vino a cambiar gran parte de las diferentes formas en que expresábamos y practicamos nuestra fe. También es verdad que ha cuestionado muchas áreas de ser iglesia, tales como la centralidad en los cultos, el enfoque en lo estético del edificio y las prácticas de amor y servicio aterrizadas únicamente en el interior de la iglesia. Tal y como se expresa en algunos grupos religiosos «Nadie hubiera imaginado, ni en el peor de sus sueños, que nuestras vidas, repletas de acontecimientos sociales, vividas con y para los otros se precipitaban al mayor de los distanciamientos». Ante dicha realidad, la mayoría de la iglesia, por gracia de Dios, ha sabido responder muy bien desde la «esfera digital» para la celebración de los cultos y podría continuar e ir mejorando en lo virtual.

Puesto que, esta pandemia vino para quedarse o al menos en tanto que se tenga la esperada vacuna que combata el virus, necesitamos plantearnos ¿Cómo poder ser la iglesia que practica la caridad y el servicio a los necesitados en medio de tantas restricciones sanitarias? o ¿Será que la iglesia salió del templo para quedarse ahora en Zoom? ¿Cómo ser una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad? Esta última pregunta, ante la situación actual no es fácil de responder, pues esta depende en su mayoría de las condiciones económicas, la idea sobre la pandemia y la visión evangélica que la iglesia tenga de sí misma, sin embargo, en la carta a los Gálatas encontramos algunas exhortaciones emitidas por el Apóstol Pablo que movió a la iglesia a no detenerse en su responsabilidad cristiana y el ejercicio del amor movido por el Espíritu en momentos de necesidad. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9-10).

Resulta importante señalar el ambiente social y político en el que se encontraban las poblaciones de Galacia; mucho antes de que fueran evangelizadas por el Apóstol en su primer viaje misionero. Sus inicios se remontan, aproximadamente al siglo III a.C. Se cree que esa gente era procedente de Galia (hoy Francia) y se establecieron en Asia Menor. Para los griegos y romanos era un sociedad salvaje y simpatizantes de la guerra, pues se cree que la mayoría de ellos ejercían servicios mercenarios, una vez establecidos en dichos territorios se dedicaron a la agricultura y la ganadería adoptando un nuevo modelo de vida, aunque la agricultura no era tan redituable. Al tiempo que Pablo escribe la Carta, los Gálatas eran gobernados por el imperio romano dirigido por el emperador Claudio (42-54 d.C), dado que el imperio era reconocido por su respeto del derecho y las leyes, pero también por su sistema esclavista, por la recaudación de impuestos y por la fuerza de sus legiones, en la sociedad romana la estratificación social era sumamente marcada, y solo gente de alto rango era digna de poseer riquezas y altos cargos, esta imposición del imperio afectó a los campesinos y ganaderos de la región de Galacia. La exhortación a ejercer la hermandad, va, ante todo en este sentido, pese a lo poco común de esta práctica en una sociedad como lo era la del imperio romano.

La iglesia bajo la nueva normalidad

El Apóstol, establece un principio “no nos cansemos, pues, de hacer el bien” puesto que no sabemos cuánto tiempo más continuará el confinamiento. La iglesia, frente a los nuevos cambios, tiene que reconfigurar su modelo de ser iglesia, tal como lo señala el filósofo francés Stéphane Vinolo: «La pandemia nos lanza a la cara nuestra ética y habrá que tomar decisiones éticas brutales». Necesita administrar sus fuerzas y recursos, impulsados por la ley de Cristo que no es otra cosa que el amor mostrado en los demás por la dirección del Espíritu, para que no se detengan en estos tiempos de necesidad.

La iglesia activa bajo la nueva normalidad

Es verdad que antes de la pandemia se tenía toda la libertad para ejercer un ministerio sin restricción alguna, pero las formas de servir anteriormente necesitan reconfigurarse ante esta nueva normalidad. Pablo sugiere “no desmayarnos”. La situación a la que nos enfrentamos no solo ha causado angustia y pánico, también ha violentado nuestra capacidad de pensar. Por ello, es importante discernir y buscar la dirección del Señor, leer los signos de los tiempos, incomodarnos en estado de confort y como comunidad espiritual soportar la carga los unos de los otros.

La iglesia ofrece caridad a miembros y no miembros de la comunidad de fe.

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:2, 10). Las estratificaciones romanas establecían que los privilegios y el bienestar lo merecían solo la nobleza. Para el Apóstol, la comunidad espiritual movida por la ley del amor y la presencia del espíritu, procura el bien de todos aun a los de afuera, pese al dicho «la caridad bien entendida comienza por la casa». La iglesia está en su momento para proponer la fuerza del evangelio ante la crisis.

Insinuaciones de una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad.

Los creyentes debemos ser sabios, precavidos, el COVID-19 presenta un reto a nuestra generación, pero no somos la única generación que ha enfrentado algo similar, necesitamos pensar bien y no apresurarnos, Pablo nos exhorta a sembrar y a su tiempo cosecharemos, pero es importante que esto que sembramos sea caridad y servicio que haga bien a los otros. Los pastores jugamos un papel importante podemos hacer pasiva o activa a la iglesia según sea nuestra postura teológica de la realidad, tenemos que tratar de educar a nuestras congregaciones y utilizar esta situación para crecer juntos como iglesia. Aun con las restricciones sanitarias, podemos reconfigurar una nueva manera de integrar ministerios.

1. Organice su comunidad, de manera que todos los miembros puedan compartir y ofrecer a los más cercanos de su entorno lo que dispongan. Identifique a los vecinos, familiares o hermanos que estén pasando precariedad en sus finanzas y comparta una despensa básica o bien una ofrenda de amor. La Iglesia, si de algo sirve, es para dar sentido a la vida y crear espacios de convergencia y de esperanza.

2. Identifique un hogar donde haya personas de la tercera edad (vecino, miembro de la iglesia o un familiar) y ofrezca su servicio para traer sus compras del súper, medicamentos o necesidades que les obliguen a salir de casa. ¡No nos cansemos de hacer el bien!

3. Abra sus puertas desde internet. Forme redes de apoyo virtual constante para que los fieles sigan teniendo guía espiritual desde sus casas. Oren por todos incluyendo los de afuera, que en estos tiempos al igual que nosotros necesiten escuchar que en Dios hay esperanza, que nuestras cargas son más ligeras cuando confiamos y nos abandonamos en Él.

4. De ser posible, establezca un centro de acopio que recolecte artículos de primera necesidad (alimentos, cubre bocas, caretas y gel antibacterial) eligiendo un grupo de personas potencialmente fuertes bajo las normas más estrictas de protección y compartan en lugares vulnerables o de escasos recursos un paquete que incluya alimentos y el kit sanitario.

5. Forme un módulo de información que contenga, teléfonos y dirección donde ofrecen servicio de pruebas de COVID-19 y atención a personas lo más cercano al lugar donde se encuentre.

Son solo algunas alternativas, sin duda que ustedes pueden repensar y proponer las que sean necesarias. Mientras tanto, no nos cansemos de hacer el bien. «Llevamos a la iglesia y la misión a contextos de la vida diaria. Debemos pensar en la iglesia como una comunidad de gente que comparte la vida, la vida cotidiana. Y los cimientos de la misión se establecen en la vida cotidiana. Una iglesia de todos los días con una misión todos los días» (Tim Chester y Steve Timmis, 2018). La iglesia necesita recordar que, ha sido llamada para labrar la dicha ajena, sean creyentes o no.

Bibliografía

Rene Padilla, Milton Acosta & Rosalee Velloso (2019) Comentario Bíblico Contemporáneo Estudio de toda la Biblia desde América Latina Pag. 1531.

Armando J. Levoratti & Elsa Tamez (2007) Comentario Bíblico Latinoamericano Nuevo Testamento, ed. Verbo Divino. Pág. 901-902.

Tim Chester & Steve Timmis (2018) Iglesias 24/7 comunidades misionales en la vida cotidiana, ed. Andamio, pag. 31.

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El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

Min. Joel J. Pachuca Rosales

En México hay 1.2 millones de personas que poseen la gran mayoría de los bienes, riquezas, propiedades, un total acceso a los servicios básicos, movilidad y un sin fin de privilegios en este país, pero, la contracara es difícil de asimilar en cuanto a la pobreza.

El Consejo Nacional de Evaluación de Política de Desarrollo Social (CONEVAL), presentó el informe Política Social en el Contexto de la Pandemia por el Virus SARS-COV-2 (COVID-19) en México. El informe es desalentador, hasta 2018 el CONEVAL, tenía un estimado de 52.4 millones de mexicanos en pobreza (9.3 millones de ellos, en extrema pobreza). A partir de 2020, habrán ahora, 62.25 millones de mexicanos en pobreza, es decir, 10 millones de personas más.

Con base a los datos de densidad poblacional del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2019, en el país hay 125 millones de personas, esto quiere decir que, a partir de este año, la mitad del país está en pobreza»1.

Esta realidad nos desafía a recuperar como iglesia el lugar de los pobres como objeto central de la Misión.

La premisa referente a que los pobres son destinatarios primarios de la Misión no siempre es bien aceptada. A menudo, se escuchan posiciones de creyentes respecto a que los pobres lo son porque ellos mismos lo provocaron. Una supuesta pereza, el aparente disgusto por el trabajo, empleos mal remunerados por falta de preparación académica –la cual se dice que no se cuenta con ella debido a que cuando pudieron tenerla no se esforzaron–, son algunas de las razones que se dan para explicar el por qué de la pobreza (si bien, es posible que en algunos casos estas situaciones sean reales, no se pueden considerar como la generalidad). Por razones como tales, algunos creyentes opinan que la iglesia no debe ocuparse en responder a las necesidades de los pobres. Piensan que solos deben resolver su condición. Califican a los programas de apoyo que se les ofrecen, tanto eclesiales, gubernamentales o particulares, como asistencialistas o paternalistas. Ideas como las referidas, requieren ser orientadas.

¿Pobres?

Es necesario reflexionar respecto a lo que es y lo que produce la pobreza. De tal manera que, hablando de la Misión de la Iglesia, se comprenda porque el Señor llama a que los pobres sean sus receptores primarios.

En el lenguaje cristiano y teológico, el término «pobre» puede describir realidades muy diversas. En palabras de Jon Sobrino2, se trata de:

• Pobres, tal como de ellos se habla en los profetas y en los evangelios. Son aquellos para quienes el hecho básico de sobrevivir es una dura carga, para quienes dominar la vida a sus más elementales niveles de alimentación, salud, vivienda, es una ardua tarea y la tarea cotidiana que emprenden en medio de una radical incertidumbre, impotencia e inseguridad. Pobres son aquellos encorvados, doblegados, humillados por la vida misma, ignorados y despreciados por la sociedad. Son, en primer lugar, los socio-económicamente pobres, es decir, carecen de las necesidades fundamentales para todo ser humano: la vida, la fraternidad y el sustento.

• En segundo lugar, encontramos también la pobreza socio-cultural, que hace que la vida sea un verdadero suplicio. Existen la opresión y discriminación racial, étnica y sexual. Muy frecuentemente, por el mero hecho de tener la piel oscura, ser indígena, anciano o mujer, la dificultad de la vida se agrava. Hay algunos que viven pobreza socio-económica y socio-cultural, por lo que, son doblemente pobres.

• En tercer lugar, pobres son los empobrecidos por otros. No es mera carencia, no es mera dificultad de alcanzar lo necesario para la vida, es la dificultad de vivir causada por otros, la ignominia ocasionada por el egoísmo y ambición. Explotación, sueldos precarios no acordes al trabajo que se realiza, abusos, fraudes, despojos, son afrentas a la dignidad humana. Estructuras, mentalidades y sistemas que propician que los pobres sean mayorías.

Pobreza, en términos concretos entonces, se evidencia en: niños golpeados con la dura realidad de ser pobres antes de nacer, jóvenes frustrados en zonas rurales y suburbanas faltos de oportunidades, indígenas que viven en situaciones inhumanas, ancianos abandonados, campesinos sin tierra y sometidos a la explotación, obreros mal retribuidos, privados de sus derechos, marginados y hacinados urbanos frente a la ostentación de la riqueza, personas que han crecido en entornos de violencia y adicciones, o en ámbitos cuya idiosincrasia está permeada de abusos, desesperanza, desaliento, muerte.

Los pobres como destinatarios de la misión, entonces no son aquellos seres humanos: limitados, carentes y necesitados sin más. La pobreza respecto a la cual aquí hablamos es aquella que va en contra del proyecto de Dios cuya prioridad es la vida abundante para la humanidad en todos los ámbitos.

Dios, está con los pobres

En el Pentateuco encontramos muchas referencias a este interés de Dios por los pobres. El libro de Éxodo lo resume así: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa” (Éxodo 3:7).

En los profetas, Dios llama «mi» pueblo a los oprimidos dentro de Israel. En los Salmos se dice: “Padre de huérfanos y viudas es Dios” (Salmo 68:5). Oseas dice: “En ti el huérfano encuentra compasión” (14:3). Dios es el redentor, el «Go’el» de Israel porque defiende al pobre.

Leonardo Boff afirma que: «Dios no sólo tiene interés en los pobres, sino que a través de ellos se muestra como Dios. El interés de Dios por los pobres se concretiza en el amor hacia ellos, en la justicia a favor del oprimido y en la ternura que se afecta por el sufrimiento causado a lo débil, pequeño e indefenso»3.

Cristo, está con los pobres.

En los Evangelios, Jesús anuncia la buena noticia del Reino de Dios a los pobres. Así lo afirma en las bienaventuranzas (Lucas 6), en el discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret; y así lo defiende en las parábolas contra sus detractores.

Los pobres, no sólo entendidos como aquellos que tenían privación económica exclusivamente, sino todos aquellos privados de la dignidad humana: enfermos, pecadores, personas marginadas, relegadas, excluidas; las consideradas no-personas por su sociedad.

El interés por los pobres por parte de Jesús está en el comienzo de su ministerio: su misión consiste en anunciar la buena noticia del Reino de Dios a los pobres (Lucas 4:18-19). En Mateo, casi al final de su vida, pronuncia un discurso sobre la prioridad de los pobres en la Misión. Veamos la siguiente parábola contenida en dicho discurso:

Amar a los pobres: la parábola del Juicio a las Naciones

Esta parábola es una de las más relevantes del evangelio de Mateo (25:31-46). Lo es, pues resume de forma práctica e ilustrativa las enseñanzas de Jesús, el deseo de Dios. Trata del día final de la historia, de la palabra definitiva de Dios en ese final, que considerará lo más sencillo, lo más elemental, lo más pequeño, como primordial. El juicio será la confirmación de la vivencia del evangelio desde la fe, la esperanza y el amor.

La parábola presenta una síntesis de la auto-revelación de Dios en Jesucristo, en la historia: Dios en los pobres, Jesús identificado para siempre con ellos, presente en sus sufrimientos; pero, a veces, imperceptible para quien se ha distraído, escondido. En ese sentido, la iglesia es llamada a ir a donde Dios se esconde, al pobre.

El texto, aborda cuatro ideas teológicas esenciales que resumen lo que implica el Evangelio y el Reino de Dios:

1. La fraternidad como el sentido de la vida humana. La revelación de Dios nos muestra que fuimos creados por Él, entre otros propósitos, para ser hermanos. Por eso, la parábola manifiesta que sobre esa verdad se emitirá el juicio: la vivencia del amor hacia el otro, reconocido como hermano. No se puede ser ajeno a lo que sufre el otro, diciendo, es su problema. Eso no es evangelio. Por eso, en la parábola se presenta la siguiente idea: el dolor del otro, es dolor de su hermano. La carencia del otro, es carencia del hermano.

2. El amor, como acciones concretas y cotidianas, como forma de vida; sobre todo, hacia personas que enfrentan sufrimiento, carencia y privación de vida. El texto plantea que se juzgará si se amó o no al prójimo. Este amor, no es presentado en la parábola como una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Se presenta la vivencia del amor en actos concretos: «dar de comer», «vestir», «visitar en la cárcel», «cubrir al desnudo». Amor o desamor hacia el otro necesitado, pobre, desprotegido, vulnerable, será la valoración en el juicio.

3. El otro, el hermano, presentado como quien que no cuenta con lo elemental para vivir, el pobre. Lo elemental para vivir, no se reduce a casa, alimento, vestido y comida; si bien lo implica, pero no lo es todo. Se puede tener incluso, pero de forma precaria, por debajo de lo humano, digno y elemental. Por eso la necesidad del otro no se reduce a la carencia de lo material. Involucra todas aquellas condiciones concretas, emocionales, biológicas, sociales, espirituales, intelectuales, materiales, que el otro requiere para una vida humana digna. El hermano, desde su integralidad, será ayudado. Esa es la demanda.

4. El amor a Dios evidenciado en amor al otro. La parábola no hace referencia respecto a que el juicio constatará la manera o compromiso con que se haya amado a Dios, lo que se haya realizado por Él. Es muy fuerte el texto. Comunica que lo relevante de la vivencia del Evangelio, desde el deseo de Dios, es lo que se haya realizado a favor del otro, del hermano. Juan, el apóstol, lo diría así: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1 Juan 4:19-21, RV60).

¿Cuál es nuestra Misión como Iglesia si tenemos a los pobres como destinatarios?

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí” (Mateo 25:35-36, RV60).

Este llamado al amor, si bien implica la dimensión individual, también abarca la colectiva. Nuestro prójimo no es sólo el hombre o la mujer individuales. Por su puesto que lo son, y requieren ayuda. El texto nos mueve a eso. Sin embargo, también es importante ver al ser humano en la colectividad. Las mayorías, los explotados, marginados, desprotegidos, oprimidos, son ese otro donde Jesús se esconde, Él está con ellos, por lo que, su Cuerpo, la Iglesia, es llamada a permanecer con ellos. Tenemos el desafío de enfocar nuestra reflexión, predicación y acción en, además de ayudar a los pobres, transformar las mentalidades y estructuras que hacen posible la desigualdad, el abuso y la pobreza.

Hambre y comida, sed y bebida

Dar de comer, por ejemplo, en palabras de Jon Sobrino: «es posibilitar que los pueblos coman y para esto es necesaria no sólo la beneficencia, sino, además de ella, la transformación de las estructuras económicas que impiden que hoy todos puedan comer. Y así podíamos decir de todos los actos de servicio por los que Dios juzgará a seres humanos según la parábola. Si a Dios le encontramos en nuestro hermano, el lugar privilegiado para ese encuentro es el hermano empobrecido y despojado de su misma condición humana por la ambición de otras personas. Al final de la historia, Jesús, el pobre, nos juzgará en nombre de todos los pobres. El sentido último de la historia pasa por ellos»4.

“Fui forastero, y me recogisteis”

Dada la crisis migratoria que ha golpeado a nuestro país en tiempos recientes, es ineludible rescatar este aspecto tan importante de la Misión. Hoy, los migrantes, que viajan al país del norte en busca de una mejor vida, son esos forasteros sin hogar. En otras palabras, pobres. Muchos de ellos sufren maltrato y discriminación. Son objeto de enojo, hostilidad y vejaciones en razón de que supuestamente están invadiendo otro país al que no pertenecen.

La migración no se debe criminalizar. Pues no es un delito buscar una mejor calidad de vida, en razón de que los países de origen no la ofrecen. Existen innumerables testimonios de migrantes con un gran amor a sus familias que, sin embargo, tiene que separarse de ellas para buscar mejores condiciones de vida, en razón de la delincuencia o falta de oportunidades por largo tiempo en sus lugares de origen. Hoy, la iglesia está llamada a ayudar a los migrantes como parte de su Misión.

Desnudez

La desnudez representa el grado de carencia que vive la persona. Evidencia que quien se encuentra así no tiene lo básico, lo esencial para vivir. Refiere a una desprotección, fragilidad y exposición de quien la sufre, de manera extrema. A menudo, es provocada por egoísmos, condiciones laborales injustas, contextos de violencia y adicciones. La iglesia es llamada a cubrir la desnudez de quien no tiene nada. A luchar para transformar las estructuras y mentalidades que la provocan.

Enfermedad

Las estructuras insanas de la sociedad propician personas enfermas. No solo es la falta de cuidado propio del enfermo, es la sociedad consumista, hedonista, que trae enfermedad, además de la falta de oportunidades para la oportuna y adecuada atención. No siempre se tienen las condiciones para la atención médica necesaria o urgente, lo que ocasiona que las enfermedades se vayan agudizando.

No todos tienen el acceso a la salud. Un buen sector de la población en nuestro país, no cuenta con un servicio médico formal. Por otro lado, la misma pobreza, ocasiona que la persona no cuente con los elementos para nutrir su cuerpo, propiciando con esto enfermedades. Como iglesia, tenemos la responsabilidad de hacer misión hacia todos los que enfrentan la pérdida de la salud o que no tienen los recursos para propiciarla.

Cárcel

Los reclusorios están repletos de personas con trágicas historias de vida. Si bien, a veces hay inocentes, también están los que tienen experiencias de haber causado mucho daño a otros. Ellos, en su mayoría, también enfrentaron sufrimiento en los entornos donde crecieron. Violencia, abusos, adicciones, delincuencia, son ámbitos en los que se desarrollaron. Lamentablemente, esta pobreza, causa mucho sufrimiento. Dios ha dado el compromiso a la iglesia de ayudar integralmente a quienes se encontrasen recluidos.

Finalmente, pedir hoy al Señor como Iglesia el pan nuestro de cada día, sabiendo que los pobres no lo tienen, toma un sentido distinto. El siguiente poema así lo describe:

«Si llegaras a vernos pordioseros y arrastrando nuestra alma por la vía, entre espinos y cardos traicioneros: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si la ausencia de amor nos ha segado, dejando de ver al prójimo necesitado, lo hemos abandonado sin ayuda, aun estando nuestro lado: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si escondido frente a nosotros has estado, en un mendigo, en un anciano, en un hombre frágil y necesitado, para compartirle te pedimos: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si vivimos ajenos a tus dones e ignoramos tu gracia todavía, nunca, nunca Señor, nos abandones, para que el agradecimiento y la alegría inunden nuestros corazones: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si las penas llegaran a inquietarnos hasta el punto del llanto y con la impía desazón de la angustia y a postrarnos: danos hoy nuestro pan de cada día».

Heriberto Bravo

Referencias

1 “10 millones más de pobres en México: La mitad del país está marginado” | Daniel Jauregui | terceravía.mx | 16 de junio de 2020

2 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta; Madrid:2007.

3 Leonardo Boff, “Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres”, Editorial Trotta: Madrid: 2013.

4 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta, Madrid: 2007.

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Liderar en tiempos de crisis

Liderar en tiempos de crisis

Min. Moises Román López

Hay condiciones emocionales que estamos viviendo que no habíamos vivido antes; estamos experimentando la fragilidad de la vida como pocas veces nuestra generación la había experimentado; nuestra capacidad de dirigir tampoco se había visto tan violentada para seguir. Constantemente pensamos y creamos nuevas formas para ir saliendo y parece que esta pandemia se burla de nuestras capacidades, nos hace retroceder una vez más.

¿Qué nos aporta la Escritura a cerca de los hombres a los que Dios les dio una misión? En tiempos difíciles…

Un buen líder discierne y percibe los signos del momento. Tiene un sentido de responsabilidad. “…cuando Mardoqueo se enteró de lo ocurrido” (Ester 4:1), que la vida de un pueblo entero estaba en peligro de exterminio, inicia una serie de gestos (lutos, lamentos, sufrimiento) que para el momento representaban desesperación. Lo menos que un líder puede hacer en momentos de crisis es ignorar la realidad o esperar pasivamente a que el curso del momento siga su marcha y ver su desenlace. Ante la inesperada realidad de la pandemia, muchos hemos quedado paralizados, atados, los cambios exigen de nosotros nuevos caminos. Por ello, buscar a Dios y su voluntad es parte del discernimiento. Hacer las preguntas correctas, cuestionamientos que antes no se habían hecho. ¿Qué hacer con el ministerio que teníamos? ¿Qué hacer con la vida del mundo que teníamos? ¿Cómo hacer el ministerio hoy con los jóvenes que me han encargado, hoy con las limitaciones y desafíos que tengo? ¿Qué hacer ante la ausencia de los jóvenes que ya no podemos ver ni en Zoom? ¿Cómo será la nueva normalidad con los jóvenes?

Un buen líder recuerda el sentido de su llamado. Una pregunta imponente en tiempos de crisis, es: ¿Para qué me ha puesto Dios dónde estoy? ¿Qué sentido tiene tu llamado en este justo momento? Aquí se define todo, si estamos conscientes y afinamos nuestra vocación de servicio a favor de la vida y nos cuestionamos por las motivaciones más profundas que nos movilizan. ¿Para qué había llegado Ester al palacio real? Es justamente lo que Mardoqueo cuestiona de la Reina. ¿No será que has llegado a ser reina para mediar en una situación como esta? Una situación parecida es el llamamiento de Moisés quien huye a Madian y organiza su vida hasta que Dios lo vuelve a llamar; quizá le pudo haber dicho: «¿Para eso te saqué del río?». Que si bien en forma más estricta, cada vez que se nombra a Moisés se recuerda esa misión: «Sacado para sacar». Es la misma pregunta que nos confronta hoy. Ningún líder está preparado para lo que actualmente vivimos, es humildad reconocerlo. Pero no exime nuestra responsabilidad, el Señor nos ha puesto al frente para infundir esperanza, dirección y recordar, ante todo, que la providencia de Dios sigue presente. ¿En qué posición estás que pueda aportar a los jóvenes continuar su fe y su vida social?

Un buen líder persiste no claudica. Puede ser justificable el miedo y los deseos de abandonar el cargo, mayormente ante la crisis existencial que estamos viviendo. ¿Cómo seguiremos siendo FJC? ¿Cuándo regresamos a nuestras actividades sociales, educativas y laborales? Cuando Ester fue informada a detalle de la situación de exterminio a la que estaba destinada su descendencia, tuvo miedo de interceder frente al rey: “Todos los servidores del rey y los habitantes de las provincias de su reino saben que existe una ley que condena a muerte a todos los hombres y mujeres que entren en el patio interior sin haber sido llamados por el rey, a no ser que el rey extienda su cetro de oro hacia esa persona y le salve la vida. En cuanto a mí, hace ya treinta días que no he sido reclamada por el rey” (Ester 4:11).

Y justamente ante un desafío así actúan los principios éticos y morales ¿Y si me presento y pierdo la vida? ¿Y si no voy y mi pueblo perece? Recuerda que en todas las épocas el liderazgo debe salir adelante para hacer frente a las necesidades del momento.

No vayas solo, busca y considera las habilidades de los demás. La situación nos obliga a innovar, pero no sólo eso, pensar y actuar en conjunto: “Y Ester respondió a Mardoqueo: — Reúne a todos los judíos de Susa y ayunen por mí, sin comer ni beber durante tres días con sus noches. Mis doncellas y yo ayunaremos igualmente y luego me presentaré ante el rey, aunque sea en contra de la ley; y si por ello tengo que morir, moriré” (vv. 15-16).

Orar y ayunar por supuesto que es sumamente importante, porque la mayoría de las respuestas y las soluciones surgen de la plática e intimidad con Dios. Sin embargo, es importante aportar también de las habilidades con que se cuenta, y es momento de convocar a todos los jóvenes con oficios, profesiones (médicos, psicólogos, pedagogos, diseñadores gráficos, fotógrafos, márquetin digital), dones y ministerios. Reflexiona con ellos con la siguiente pregunta: ¿No será que Dios te ha puesto donde estás para mediar en una situación como ésta? Plantearse la pregunta que se hacían los líderes y el pueblo en el Antiguo Testamento. ¿Qué me está diciendo Dios con esta situación y qué espera de mí?

Recordemos que Dios nos ha llamado para dar sentido de vida y esperanza en tiempos donde la fragilidad de la vida y lo incierto de esta nueva normalidad nos dejan sin fuerzas y sin ideas. ¡Anunciemos que Dios sigue presente! Sea el líder que inspire y motive a los demás a mirar el futuro con optimismo pese a la situación en la que nos encontramos, recordándoles desde la fe que las promesas de bendición del Dios de la vida siguen vigentes para todos los tiempos.

Fuentes de consulta:

https://conferenciaepiscopal.es/accion-de-la-iglesia-frente-al-coronavirus-2/

https://www.diocesisdeavila.com/2020/03/30/la-iglesia-abre-sus-puertas-en-internet/

https://www.elblogdebernabe.com/2020/06/iglesias-evangelicas-y-el-coronavirus.html

La Palabra, (versión hispanoamericana) (BLHP) © 2010 Texto y Edición, Sociedad Bíblica de España

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La amistad que salva

La amistad que salva

Min. Israel Delgado Sánchez

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”

Vivimos en un mundo donde la amistad es definida en función de la cantidad de amigos y seguidores en los sitios de redes sociales. Interactuamos con otras personas publicando fotos de las vacaciones, de los lugares que visitamos y actualizaciones sobre los logros propios, o de nuestros hijos y cónyuges; compartiendo videos graciosos o de otro tipo en concordancia con algunos de nuestros intereses. Pero si bien estas cosas pueden ayudarnos a mantenernos conectados en algún nivel, difícilmente son los componentes básicos de una relación cercana que resulten nutricios.

De muchas formas, nuestro estilo de vida moderno va en sentido contrario de la amistad. Casi todo el mundo está sobrecargado, sobrecargado y sobrecargado. Entre el trabajo, las clases, las tareas del hogar y los compromisos familiares, no queda mucho tiempo para desarrollar o cultivar amistades. Una pequeña charla con compañeros de trabajo o mensajes de texto para decir «hola» puede ser todo lo que logremos realizar en el día.

Sin duda, incluso las interacciones breves pueden ser bendición en nuestro día. Sin embargo, Dios nos creó para propiciar algo más que lazos sociales superficiales. Necesitamos amistades verdaderas. Amistades conforme a los principios y actitudes sugeridos en la palabra de Dios.

Este es el tipo de compañerismo que Salomón describe en Eclesiastés 4:9, 11-12. Donde escribió: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.… De nuevo, También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán…”.

En la Biblia encontramos una muy amplia variedad de referencias a la amistad. Y la riqueza de los textos que nos la presentan reside en que proporcionan una gama de aristas tal, que ponderan muchos de los atributos de la amistad como don, pero también como ámbito de lo humano, acaso a veces problemático, pero al final don de gracia del Creador para ser bendecidos con el que nos otorga su amistad.

Desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, la Biblia está llena de historias y consejos sobre el tema. Se nos dice que los amigos aman en todo momento (Proverbios 17:17), que, a pesar de que nos hieren, es una evidencia del afecto verdadero (Proverbios 27:6), algunos pueden ser perturbadores, pero otros aún más fieles que la misma familia (Proverbios 18:24), proveen un refinamiento y crecimiento mutuos (Proverbios 27:17), pueden compartir su sabiduría (Proverbios 13:20), e incluso pueden sacrificarse por nosotros (Juan 15:13).

En las recomendaciones prácticas sobre la Iglesia, en el Nuevo Testamento, hay también algunos consejos sobre la amistad. Pablo exhortó a los creyentes, y esto puede aplicarse a los amigos en la fe, a ser compasivos, amables, humildes, mansos, pacientes, perdonadores, a tener paz unos con otros, ser amorosos y agradecidos (Colosenses 3: 13-15). Los amigos también se enseñan unos a otros y adoran a Dios juntos (Colosenses 3:16).

Los verdaderos amigos permanecen a nuestro lado no solo para tener diversión, sino también para apoyarnos (Hebreos 10:24-25) y animarnos (1 Tesalonisenses 5:11) mientras corremos la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Puede haber un compromiso compartido con la forma de vida de Dios y el deseo de agradarlo y glorificarlo por la forma en que vivimos nuestras vidas. Esa es la esencia del compañerismo bíblico1.

Muy a menudo, nuestra inclinación natural es mantenernos alejados de las personas que enfrentan circunstancias difíciles. ¿Por qué? «A veces tenemos miedo de entrar en el dolor de los demás porque sabemos que es posible que digamos algo incorrecto o que no tengamos las respuestas correctas. Pero, sobre todo, creo, tenemos miedo de la carga», escribe Christine Hoover en Messy Beautiful Friendship (2017)2. Ella llama a la adversidad la «prueba de fuego de la amistad» porque nos pide que «entremos voluntariamente en el dolor de otra persona».

Es como un hermano en tiempo de angustia (Proverbios 17:17). Los verdaderos amigos están dispuestos a soportar la incomodidad para poder apoyarse mutuamente cuando sea necesario. Esto podría significar ser un buen oyente de alguien que necesita hablar, orar o ayunar sobre la situación de otra persona, enviar notas de aliento, brindar ayuda práctica como proporcionar comida o dinero, o simplemente sentarse en silencio con un amigo herido que quizás no quiera hablar, pero aun así no quiera estar solo. Cuando mostramos este tipo de apoyo, no podemos evitar sentirnos más unidos los unos con los otros.

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). Compartir el dolor de otra persona no es algo que la gente quiera hacer normalmente, pero la primera mitad de este versículo puede ser igualmente antinatural. Muchas veces en nuestro mundo de competencia feroz, las personas se encuentran compitiendo incluso con sus amigos, hundiéndose en la envidia si un compañero los supera. Esto es desafortunado y se da aún entre el ministerio cristiano. En marcado contraste, los amigos amorosos se regocijan en los logros, éxitos y bendiciones de los demás. Cada uno quiere que al otro le vaya bien, incluso si eso significa ser eclipsado por él o ella. Los amigos amorosos encuentran la verdadera felicidad en la felicidad del otro, siempre animando al otro para que lo haga lo mejor que pueda.

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero” (Malaquías 3:16). Los amigos piadosos participan en conversaciones significativas para aclarar y profundizar su comprensión de la Palabra de Dios. No es que todo lo que se diga tenga que ser profundo o complejo. Pero con una verdadera amistad fundada en principios bíblicos, nunca parece incómodo hablar sobre los propósitos de Dios y lo que está haciendo en la vida de cada uno.

“Mejor es reprensión manifiesta, que amor oculto” (Proverbios 27:5). Los amigos de fe nos dirán si estamos cometiendo un error grave en nuestras vidas, incluso si nos duele un poco. Todos tenemos puntos ciegos y, a veces, necesitamos otro par de ojos espirituales para ayudarnos a mantenernos en el camino correcto. ¿Debemos señalar cada pequeño defecto o idiosincrasia de nuestros amigos? No, claro que no. Por lo general, nuestros amigos cercanos están dispuestos a pasar por alto nuestros defectos, y eso es algo por lo que podemos estar agradecidos. Sin embargo, cuando lo que estamos haciendo tiene un impacto negativo en nuestra vida espiritual o en las personas que amamos, el asunto es diferente. Los verdaderos amigos se enfrentarán a nosotros y nos instarán a cambiar de dirección.

El ejemplo supremo de amistad es el de Jesús. Él es el máximo ejemplo de amor incondicional pues, “no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Él voluntariamente entregó su vida en beneficio de la humanidad que no era digna de su amor y conmiseración. Si queremos tener amistades bíblicas, debemos hacer lo mismo. Debemos amar a los demás con abnegación, lo merezcamos o no y sin esperar nada a cambio.

Juan 15:12-15 dice: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. A la luz del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas enseñanzas inmediatas. Los amigos tienen ideas afines (el amor). Se aman con amor sacrificado, como don de sí mismos. Comparten el uno con el otro desde lo profundo del corazón. Los amigos se conocen bien y promueven el bienestar de los demás.

Nosotros tenemos la bendición de haber sido adoptados en la familia de Dios “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17) y de haber sido hechos amigos de Jesús. A cambio, estamos llamados a ser buenos amigos unos de otros conforme a los principios de la amistad que nos legó Jesús, primordialmente en su vida, pero también en el resto de su revelación escrita.

Según la Biblia, la verdadera amistad se caracteriza por el amor. Los Proverbios, el ejemplo de David y Jonatán, las instrucciones a la Iglesia y, en última instancia, el ejemplo de Jesús representa la verdadera amistad. Un verdadero amigo ama, da consejos sabios, permanece leal en toda circunstancia, perdona y promueve el bienestar del otro. Llora y se goza porque todo ello lo considera un don de gracia del creador.

Referencias

1 Becky Sweat, Six Characteristics of Biblical Friendship, September/October 2018, Discern Magazine.

2 Christine Hoover, Messy Beautiful Friendship: Finding and Nurturing Deep and Lasting Relationships. Baker books, Gran Rapids, Michigan, 2017.

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El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

Min. Ausencio Arroyo García.

Los seres humanos buscamos significado personal, queremos tener la sensación de que nuestra vida importa, que, para otros, para la comunidad en general, queremos sentir la experiencia de que somos amados. Pero; muchas veces a los que nos compete encarnar el amor de Dios al mundo no estamos sintonizados en la señal divina, las iglesias no propiciamos las experiencias que proveerán de sentido y sanidad a las personas, no somos comunidades vitales, no abrazamos a los afligidos, no ofrecemos soluciones a las personas sedientas. Como bien se expresara en un artículo de la revista Christianity Today, señalando las cuatro principales quejas de la gente en general hacia los cristianos, y estas fueron:

• Tú no me escuchas

• Tú me juzgas

• Tu fe me confunde

• Tú hablas de lo que está mal, en lugar de hacer que resulte bien1

Con este panorama que enfrentamos los cristianos, nos preguntamos, como pastores del rebaño: ¿Qué procede hacer? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Cuál es el camino que nos muestra Dios? ¿Cuál es la marca de Dios que debiera estar en nosotros, sus hijos? ¿Cuál es la manera de Dios de tratar con nosotros y que deberíamos replicar? La respuesta es sencilla: su esencia y forma de tratarnos es la gracia. La gracia consiste en dar y perdonar, es derramar generosidad, como la misma historia de la salvación que en ciertas perspectivas parece un despilfarro.

I. LA GRACIA ES LA MIRADA TIERNA DE DIOS

La gracia de Dios se interesa por la miseria, la fidelidad de permanecer con los suyos, la solidez inquebrantable en sus compromisos, la adhesión de corazón y de todo el ser a los que ama, su promesa de justicia inagotable que garantiza a todas las criaturas la plenitud de sus derechos y de colmar sus aspiraciones. La gracia de Dios es la paz y el gozo de los suyos (Sal 36:8-10; 63:4), haciendo sus vidas más ricas y más plenas. La gracia de Dios produce un estado de bendición, no sólo mantiene la vida, la llena de gozo y provee la plenitud de la fuerza. La gracia es como la mirada de Dios posándose sobre el bendecido.

La misericordia es uno de los atributos morales de Dios y establecido en varios textos de la Escritura. El diccionario bíblico expresa la siguiente definición de misericordia:

“… la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad. El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1 Re 3:26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos el corazón— de un padre Jer 31:20; Sal 103:13, o de un hermano Gen 43:30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106:45, o en perdón de las ofensas Dan 9:9. El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso es la respuesta a un deber interior, e implica fidelidad con uno mismo.2

Los profetas dan cuenta de un Dios compasivo que se conmueve ante la rebeldía de su pueblo y aunque en ciertos momentos expresa su decisión de olvidarse de él, porque le ha sido un pueblo infiel, que le cambia por los ídolos que no son en realidad dioses, haciéndole extraviar su corazón, Dios renueva su amor. Como lo señala en Jeremías 31:20 “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿No es niño en quien me deleito?…mis entrañas se conmovieron delante por él…” El enojo de Dios ante el despecho queda atrás por la fuerza de su gracia. “…Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira…” Oseas 11:8-9. La santidad de Dios le separa del pueblo pecador, pero su misericordia lo atrae de nuevo. Dios no puede negarse a sí mismo. Y su iniciativa es volver a enamorar a Israel (Oseas 11:1-4), “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia…” Oseas 14:4; “…yo la atraeré al desierto y…hablaré a su corazón” Oseas 2:14. La marca de Dios es la gracia. Una gracia que da vida, restaura y llena de alegrías.

II. DIOS NOS REVISTE DE GRACIA

La misericordia es el amor en acción. Es algo más que una actitud. Más que sentir pena por la gente. Es hacer algo por las personas. La Biblia dice que Dios es un Dios misericordioso. El Salmo 145:8 señala: “El Señor es tierno y compasivo, es paciente y todo amor”. (DDH). Dios espera que hagamos como Él, espera que aprendamos a ser misericordiosos.

Dios ha sido misericordioso con nosotros así que tenemos que ser misericordiosos con los demás. Generalmente, nuestra tendencia es juzgar a otros, condenarlos por sus peores faltas y tendemos a juzgarnos a nosotros mismos por nuestras mejores intenciones. Un refrán de sabiduría popular dice: “No condenes por ningún fallo al hombre que cojea o se tropieza en el camino, a menos que te hayas puesto en sus zapatos o colocado debajo de su carga”. No sea usted indiferente ni demasiado duro con la persona que peca, ni con palabras ni con “piedras”. Debemos tener misericordia. ¿Por qué? Debido a que Dios nos ha mostrado la misericordia. Mateo 18:3. Dios nos ha revestido de misericordia y espera que hagamos lo mismo con el prójimo.

Hemos aprendido el amor porque Dios nos amó primero. Su amor se expresó en la cruz del Calvario. “A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros… De esta manera se hace realidad el amor en nosotros, para que en el día del juicio tengamos confianza; porque nosotros somos en este mundo tal como es Jesucristo” 1 Juan 4:12,17.

La gracia implica belleza y respeto, “soy como el que ha hallado gracia en sus ojos” la gracia construye las relaciones más preciosas. Es la benevolencia. Dios mismo es gracioso. Ex 34:6; Joel 2:13, Jon 4:2; Sal 86:15; 103:8; 114:4; 145:8. La gracia propicia amistad, la amistad es el mejor método de evangelismo, del trabajo en equipo, de la administración, del aprovechamiento de los recursos, del liderazgo, de la atención pastoral, la consejería, la educación a diferentes edades, es la respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

La gracia se extiende a los adversarios. En un sermón de Martin Luther King Jr titulado “Amar a nuestros enemigos” dijo: “A nuestros más implacables oponentes les decimos: «Hágannos lo que quieran, que nosotros los seguiremos amando”.

Scott Peck expresa lo siguiente: “La gracia sirve para promover –prestar apoyo, proteger y fomentar la vida humana y el crecimiento espiritual. Es una vigorosa fuerza que, teniendo su origen fuera de la conciencia humana, promueve el crecimiento espiritual de los seres humanos. A pesar de que todo se opone al proceso, muchas personas logran mejorarse y mejorar su cultura. Una fuerza les empuja a elegir su camino más difícil, a fin de que podamos trascender el cieno y la basura en medio de los con frecuencia hemos nacido”.3

Las personas están sedientas de una verdad que transforme sus vidas, Henri Nowen declaró que su manera de orar había cambiado después de visitar a un Centro de atención para enfermos de SIDA, donde escuchó historias de enorme dolor, mientras escuchaba los relatos estremecedores en su interior decía: «Dios mío, ayúdame a ver a los demás no como mis enemigos ni como impíos, sino más bien como seres humanos sedientos. Y dame el valor y la compasión que necesito para ofrecerles tu Agua Viva, que es la única que sacia esa profunda sed».4

III. DOS IMÁGENES DE GRACIA PARA LOS LÍDERES CRISTIANOS

El apóstol emplea dos analogías para describir la función pastoral, recurre a la doble figura de padres amorosos: primero, como una madre tierna (vs.7-8) y luego, como un padre comprometido (vv. 9-12).

“Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes,  los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros,  por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Tesalonicenses 2:7-12).

Las dos imágenes paulinas sobre el ministerio cristiano nos definen dos principios básicos que debemos adoptar.

A. UNA MADRE TIERNA

(1 Tesalonicenses 2:7-8)

La figura del líder, generalmente, se asocia con una personalidad fuerte, con don de mando, con una voz enérgica, con carisma que se impone ante los demás. El modelo que muestra Pablo manifiesta una disposición y actitudes tiernas: “como una madre que amamanta y cuida a sus hijos…”. Estas características se hallan en la promesa que hace Dios al pueblo exiliado en Babilonia: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas” (Isaías 40:11).

En el cumplimiento de esta promesa, Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Las ovejas no son tan bellas y tiernas como solemos pintarlas; más bien tienden a ser sucias y enfermizas, además de tener una reputación de ser tontas; de modo que el trabajo de pastorear que es sucio y gravoso, incluye la tarea de fortalecer a las débiles, curar a las enfermas, entablillar a las fracturadas e ir tras las extraviadas.

El gran amor de Jesús lo reveló en su servicio y sacrificio. Hoy, los cristianos necesitamos este amor sacrificial para cuidar de aquellos que el Señor ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Los pastores de Palestina, desarrollaban una relación muy estrecha con su rebaño, a tal grado de caminar delante de ellas, llamarlas, silbar o golpear con sus palos en el suelo y éstas seguían a su guía.

El pastor tierno acompaña a los solos, abraza a los desconsolados, está junto al enfermo, cuida a los extraviados. Quizá la gente no los recuerde por los grandes sermones, sino porque estuvieron junto a ellos cuando se les necesitaba. Ser instrumento pastoral requiere una capacidad para escuchar con atención y para reconocer en los ojos del otro la pena que embarga un corazón. El modelo sacrificial exige que renunciemos a aquello que puede hacer daño a los que alimentamos. Ayudar a que crezcan los niños en Cristo requiere mucha paciencia.

B. UN PADRE COMPROMETIDO

La función de padre se ha ido devaluando en la actualidad. En el ámbito mexicano el padre está ausente, ya sea porque engendró y dejó a la madre sola o porque no se involucra en el desarrollo de los hijos. El apóstol explica que su presencia en la iglesia de Tesalónica fue de compromiso, procuró hacerse cargo de sí mismo en lo económico y estuvo atento a las necesidades de la comunidad. Confrontó cuando debía hacerlo y animó a los desalentados.

Las palabras finales del segundo discurso de la toma de posesión de Abraham Lincoln son una breve, pero sustanciosamente expresión de la búsqueda de gracia para restaurar las heridas de la nación: “Con malicia para nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, como Dios nos permite ver lo que es correcto, esforcémonos en terminar la obra en que nos encontramos; para sanar las heridas de la nación, para cuidar de aquellos que murieron en la batalla, de sus viudas y sus hijos huérfanos; para todas las tareas que nos llevan a alcanzar y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros, y con todas las naciones”.

El mundo tiene necesidad de gracia, pues todos necesitamos afecto, ser respetados, ser guiados sabiamente, conocer al verdadero Dios, protección y seguridad, socializar, comunicación, buenas relaciones y libertad.

CONCLUSIÓN

Procuren que a nadie le falte la gracia de Dios… Heb. 12:15. El cuidado del alma cristiana busca promover la cristiformidad por el fomento de la interioridad, particularmente la internalización de la Palabra de Dios y de la manifestación de la gloria de Dios en la vida humana. El cuidado pastoral sirve para sanar las heridas. Guía a las personas a crecer en la madurez (ser perfectos) Ef 4:13. Si te importa lo mismo que a Dios le importa, a él le importan los perdidos, los lejanos, los sin poder. La labor del líder consiste en crear el ambiente en el cual sea posible el crecimiento.

Se acompaña desde la propia fragilidad “…Mi poder se perfecciona en la debilidad” 2 Cor 12:9. Un ejemplo de servicio de gracia lo constituye el Doctor Denis Mukwege un médico de la República Democrática del Congo, galardonado con el premio Nobel de la Paz por su dedicación a apoyar a las mujeres víctimas de violación que usaban como estrategia de guerra de los ejércitos rebeldes. Denis, da testimonio que su vocación se despertó mientras acompañaba a su padre, un pastor, mientras visitaba a los enfermos. Su vida destila gracia.

Todo lo que hagamos, con cualquier persona, de cualquier edad, debe tener la marca de Dios: la gracia.

Bibliografía

1 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 28-29

2 Artículo: “Misericordia”. Jules Cambier y Xavier León-Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica. Ed. Herder, 1965, pp. 175-179.

3 M. Scott Peck. “La nueva psicología del amor”, Ed. EMECE, 1994, p. 271.

4 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 34-35

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Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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