CONCILIO NACIONAL MINISTERIAL 2017

CONCILIO MINISTERIAL 2017 «APACIENTA MIS OVEJAS»

Damos Gracias a nuestro Dios por la realización del CONCILO MINISTERIAL que se llevó a cabo del 16 al 22 de Julio del 2017. La reunión de los Ministros , Diáconos y Pastores de la Iglesia de Dios (7°dia) A.R. se realiza cada dos años, con el objetivo de resolver propuestas Doctrinales y Administrativas.

La Reunión dio inicio con la presencia de 289 Ministros Asociados y se tuvo la presencia de cuatro delegaciones del Extranjero: Argentina , Guatemala, El Salvador y Belice.

El culto de clausura se llevó a cabo el Sábado 22 de Julio, a las 4 de la tarde en el gimnasio auditorio de las instalaciones en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, momento en el cual se Agradeció a todos los Administradores salientes y se consagro a los recién nombrados como Administradores.

Bendecimos a Dios en un Culto inspirador de la fe, en compañía del Ministerio y sus familias , amigos y hermanos en Cristo el Señor de la Iglesia.

Compartimos los enlaces de descarga de las predicaciones de los devocionales del Concilio Ministerial.

Domingo

Min. Ausencio Arroyo

Llamados hacia aguas profundas

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoUWZZUTA2NFZnaXc

 

Lunes

Min. Ezra Viveros

El camino de la cruz

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoQzhhMVFIYlBIM2c

 

Martes

Min. Celso Cázares

Zarandeados

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZodHFmRnQxam1EdlE

 

Miércoles

Min. Hugo Toto Cajal

De la desilusión a la esperanza

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoYW5uZ1lKWktpbUE

 

Jueves

Min. Abel Porfirio

En lo profundo de la oscuridad

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoYWJSYUhINXRGQjg

 

Viernes

Min. Raúl Quintero

Al despuntar el alba

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoRUtLTXlKNVdQNHM

 

Sábado

Min. Israel Delgado

¿Me amas?

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoaDlSUnJyNS1qbjg

 

Sábado

Min. Isaías Molina

Predicación de Clausura

https://drive.google.com/open?id=0ByRQ2SFiYYZoYVJvb0VmNFl1Znc

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Comunicado 9 de julio 2021

[vc_custom_heading text="Comunicado a toda la Iglesia de Dios (7° día) A.R.) 9 de julio 2021" font_container="tag:h2|font_size:25|text_align:left|color:%23012348" google_fonts="font_family:Roboto%3A100%2C100italic%2C300%2C300italic%2Cregular%2Citalic%2C500%2C500italic%2C700%2C700italic%2C900%2C900italic|font_style:400%20regular%3A400%3Anormal"...

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DIPLOMADO PASTORAL DISTRITO 11

DIPLOMADO EN MINISTERIO PASTORAL DISTRITO 11

El 26 de noviembre de 2017 se llevó a cabo, en Acapulco, Gro., la Graduación del Diplomado en Estudios Pastorales. Se entregaron Diplomas a 46 hermanos que concluyeron sus estudios. La clausura se realizó en el marco de un culto de acción de Gracias  al que asistieron 300 personas aproximadamente.Bendecimos a nuestro Dios por la oportunidad de realizar esta celebración y rogamos a Él que siga instruyendo a su pueblo para el engrandecimiento de su obra.

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Comunicado 9 de julio 2021

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El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

El SÁBADO COMO SEÑAL DE LIBERTAD

Clamor en Egipto
La oración de lamento es quizá, uno de los primeros actos, en la relación de Dios y su pueblo, un pueblo que clamó desde su dolor y sufrimiento. Personas que se encontraban en un estado de opresión, encontraron en la oración de lamento a un Dios alternativo de los que hasta ese momento conocían: los dioses egipcios. Un Dios desconocido en el que confiaron sus flaquezas, un Dios distinto, y no éstos, porque los dioses faraónicos avalaban y justificaban el deseo desmedido de los faraones. El pueblo de la opresión trabajaba para construir ladrillos que fortificaban ciudades, templos de diversos dioses que engrandecían la vanidad y deseo desmedido del nombre de los faraones, ocurriendo que cada dinastía quería ser más grande que la anterior. El lamento de este pueblo tenía que ser dirigido a Otro Dios. Un Dios distinto.
Esta relación que inició como forma de queja, de un pueblo a un Dios que no conoce, y de un pueblo que se sintió escuchado por ese otro Dios. Finalmente, ese otro Dios decidió escuchar a ese pueblo gimiente, y le proveyó de libertad, una libertad real, representada en signos.

El sábado
El primer encuentro entre Moisés y el faraón es para pedirle que deje salir a su pueblo a celebrar en el desierto un Holocausto a Dios (Éxodo 5:1-9), sin embargo; la respuesta del faraón fue negativa, y les recuerda a Moisés y al pueblo cuáles eran las expectativas que tenía con ellos: «…ustedes están apartando al pueblo de sus obligaciones. Vayan a sus trabajos. Y añadió: ahora que el pueblo es numeroso ¿quieren que interrumpa los trabajos?…». Que fueran más productivos era lo que deseaba el faraón, quien también les llama ociosos, flojos y mentirosos, ya que están pensando otra forma distinta a la de él, pues se perderán tres días de trabajo, y retrasarán la producción y los avances de las obras emprendidas por su imperio.
«El tiempo es dinero», es una idea que, aunque la conocemos en el mundo moderno, también era una idea faraónica: «el tiempo es producción». La idea de perder el tiempo en un mundo de producción es inconcebible. Se degrada la persona si pierde el tiempo para hacer. Sin embargo, la idea bíblica del tiempo incluye también el descanso como un provecho para el ser humano, y así encontramos en el sábado un primer signo de libertad.
Es el descanso (shabath) la herramienta que Dios pone al pueblo para golpear el sistema de producción faraónico. En el pueblo invalidaría el poder y el látigo de faraón. Un sábado ceremonial es el que llevaría al pueblo su liberación.
Es así como tiene lugar la alianza de Dios en el Sinaí, sellada con los primeros mandamientos. El primero, no tener otros dioses ni una imagen de Dios… que justifiquen la esclavitud, o una imagen que demande santuarios, que justifiquen el deseo desmedido y la opresión al pueblo. Ante esto, se presenta al descanso como bendición para el ser humano y signo de libertad

La comunidad sabática como signo de libertad hoy
¿Cuántas veces hemos escuchado los mismos argumentos de la ideología faraónica como creyentes? La seducción del consumismo, de tener más, comprar más, gastar más; da como resultado ciudadanos que tienen que trabajar más tiempo, doblar turnos, adquirir dobles trabajos o laborar los fines de semana, etcétera. Convirtiendo al trabajo en una adicción o en una constante esclavitud. En ese sentido el sábado es una resistencia a la voraz cultura del consumo o del trabajo excesivo.
Para el Israel, una vez ya liberado, las voces de celebración (Sábado) fiesta, la música, así como las oraciones comunitarias (de lamento) recordando los sucesos del Dios libertador.
Encontramos en los Salmos (homenaje a la torá) una amplia recopilación de oraciones que nos ayudan a seguir orando y celebrando el sábado en comunidad (iglesia). Y que afirman la bendición de Dios para el ser humano desde el dolor a la alegría: has cambiado nuestro lamento en baile… La comprensión del pueblo cambia, de ese Dios desconocido al Dios que conocen por haberlos escuchado y liberado de Egipto. Ahora es el Dios libertador, el que, como dice el Salmo 103: salva, rescata del hoyo…, el que, …junto a aguas de reposo (sabáticas) hace descansar, conforta el alma…
Cuando guardamos el sábado lo hacemos también, como resistencia y alternativa. Una visible insistencia de que nuestras vidas no están definidas por la producción consumista y la búsqueda del confort. Una resistencia a las seducciones faraónicas de la búsqueda de vanidad. La iglesia es una alternativa a la cultura del entretenimiento que hoy determina la agenda familiar de miles de familias.
Trasmitir o proclamar a este Dios que libera, que transforma vidas, que guía y brinda herramientas al ser humano para su crecimiento, es una tarea que tenemos todos los que hemos vivido esa trasformación y libertad. El Dios que nos muestra Jesús de Nazaret, es nuestro Dios: Vengan a mí los que estén cansados y agobiados, que yo los haré descansar. Acepten mi enseñanza y aprendan de mí que soy paciente y humilde. Conmigo encontrarán descanso. Mi enseñanza es agradable y mi carga es fácil de llevar (Mateo 11:28-29, PDT)

Bibliografía:
• Sabbath as Resistance: Say no to the culture of now, W. Brueggemann, Westminster John Press Louisville, Kentucky

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Comunicado 9 de julio 2021

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FAMILIAS QUE FLORECEN

FAMILIAS QUE FLORECEN

La experiencia nos enseña que los lazos familiares son vitales para los seres humanos; nacemos incapaces de valernos por nosotros mismos y también anhelantes de afecto y seguridad. La manera en cómo se resuelvan estas necesidades marcarán el carácter y la forma de relacionarse de cada persona.

El ser humano no puede existir aislado de los otros. Dios nos ha conformado entrelazados, sólo podemos existir física y emocionalmente asociados con otras personas. Aun estando solos en realidad «estamos» con alguien en la memoria o en el corazón.

El medio ideal de hacer posible la subsistencia, así como lograr el ambiente propicio para que toda persona alcance la plenitud, se encuentra en la familia. La familia es la unidad social fundamental que atiende física, emocional y espiritualmente a los miembros de las diferentes generaciones que la conforman. Sin embargo, la familia puede ser, para cada uno de nosotros, la mejor de las experiencias de vida, o la peor. Esto se debe a la condición humana de sus integrantes, la sanidad emocional de los adultos, las actitudes con que enfrentan las situaciones que atraviesan, las expectativas que mantengan y las creencias de todos los que influyen.

En nuestra época existe una diversidad de tipos de familias. Sin duda que el modelo tradicional de padre, madre e hijos es un esquema muy importante, pero, no podemos rechazar otros que son aceptables a la doctrina cristiana. Hoy vemos familias conformadas por: abuelos criando nietos, madres o padres solos que cuidan de sus hijos, matrimonios sin hijos, familias con hijos adultos que no han salido de casa o que regresan después de divorciarse, y otros más.

Una familia que florece refleja la imagen de Dios, no por el número de sus integrantes o por las figuras representadas en ella, sino porque esté basada en un amor verdadero y en una convivencia justa y sabia. La validez depende de lo interior más que de la forma exterior. La familia es, por excelencia, el elemento cohesionador y esperanzador del género humano. En ella, sus miembros se liberan mutuamente de la soledad, se nutren de afecto y seguridad, atienden sus necesidades legítimas, fortalecen el carácter y mantienen compañerismo a través de las fases de su existencia.

Una familia que florece es una comunidad de amor real

En Efesios 5:21-6:4 se describen las virtudes de una familia de creyentes: Maridos amad a vuestras mujeres. Más que los lazos sanguíneos, de atracción física o de intereses económicos o de trabajo, la familia conforma una unidad aglutinada por el don cristiano del amor.

El amor «ágape» al que se refiere es más que sentimientos. No debe confundirse el amor con egoísmos disfrazados, como una pareja que se relacione con el criterio de «te quiero porque te necesito». La persona que ama no pretende ser el centro de atención, ni busca, como fin central, satisfacer su hambre de cariño, porque sería incapaz de la gratuidad y establecería una especie de pacto comercial: «yo te doy esto y tú me das a cambio lo otro». El amor no se compra ni se vende, sólo se da y se recibe.

«El hogar no son piedras, son almas; El mueblaje no es oro, es cariño… Si se quieren, ¡qué ricos son los pobres!; Si no se aman, ¡qué pobres son los ricos! El amor inventó los hogares…» (Ramón de Campoamor. Poeta español).

Si los padres miran la paternidad como el medio de reiniciarse, es decir, pretender hacer de la vida de sus hijos su segunda oportunidad, y se apropian de sus mentes y corazones y les quitan su individualidad, estarán tomando para sí lo que le corresponde a Dios. Él nos confío hijos para cuidar de ellos y facilitar su crecimiento a fin de que sean para Su gloria. Como dice el poeta Rabindranath Tagore:

Tus hijos no son tus hijos, son los hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma. No vienen de ti, sino a través de ti y aunque estén contigo no te pertenecen…

Una familia que florece experimenta compañerismo de vida

Vivir en familia es con-vivir. Es ser y devenir con alguien más. Con alguien que es como nosotros sin ser nosotros. Cuando Dios dijo: no es bueno que el hombre esté solo… (Génesis 2:18) declara la liberación de la soledad. Una familia saludable protege, nutre, desarrolla y fortalece a sus integrantes. El hogar constituye el punto central del espacio vital desde el cual cada uno «contará sus pasos». Es allí donde se adquiere la cualidad de la confianza, la autoestima y las herramientas para las jornadas que cada quien encarará.

Los miembros de una familia comparten lo más profundo de las personas, conocen sus pensamientos, la manera de reaccionar, los sueños y frustraciones; su convivencia presupone aceptación plena. La pareja establece una amistad que los une a lo largo de las etapas, los hermanos suelen ser los mejores amigos, madres e hijas llegan a compartir secretos, padres e hijos logran las mejores aventuras, las diferentes generaciones se divierten en todo tipo de juegos.

Cuando llegan los quebrantos de alguno de los integrantes, los corazones se unen en defensa del afectado; si alguien es herido emocionalmente, hay un lugar donde regresar para sanar. Siempre se vuelve al primer amor. El hogar es la referencia de los buenos tiempos, de cuando nos sabíamos amados, cuando podíamos imaginar un futuro seguro, donde se nos permite desarrollar las potencialidades con que somos dotados al nacer.

Una familia que florece es un taller para un carácter firme

El hogar es el taller donde se forja el carácter de una persona. El carácter son las marcas que definen cómo es alguien, la actitud que tendrá hacia las demás personas y cómo enfrenta las situaciones de la vida, sobre todo las crisis. Es la disposición que se tiene al enfrentar los problemas y la convicción con que se asume una tarea.

El carácter habla de lo que hay en verdad dentro de una persona. El libro de Ruth nos cuenta el drama de dos maravillosas mujeres, las cuales sufren cuando la adversidad pasa por encima de ellas: Nohemí pertenece a una familia de migrantes pobres y queda viuda y sin hijos en una tierra extraña; los sueños de prosperidad y bienestar se esfuman y tiene frente a sí un panorama devastador. Pero ella tiene una fuerza de carácter y la transmite a su joven nuera; en la crisis aparece lo mejor de ellas, se hacen cargo de sí mismas, no se sientan a lamentar su suerte, ni permanecen echando culpas sobre otros, no dejan que la amargura tome el control de sus corazones.

El carácter se manifiesta en el autocontrol de los impulsos. Consiste en sobrellevar las críticas y las frustraciones sin conductas destructivas, mostrar paciencia y tolerancia prudente. El carácter es la integridad con que actúa una persona que no tiene motivos ocultos, es la lealtad a la pareja, la afirmación de valores ante las tentaciones, es la disposición de ponerse en pie cuando ha caído.

Nuestras familias florecerán cuando, con la sabiduría y fortaleza de Dios, trabajemos en las actitudes de todos los miembros. Siendo realistas, reconocemos que la vida son problemas, que cada día se enfrentan responsabilidades. ¿Qué hace que una persona se levante cada día y cumpla su trabajo, que busque resolver las situaciones buscando las soluciones viables, que cumpla su palabra aun cuando sería más fácil hacerse desentendido, que sea autodisciplinada en sus conductas? Por supuesto que el carácter. Éste se desarrolla en la crianza. Una crianza con amor firme será de bendición en las personalidades frescas.

Una fuente de esperanza

Las personas que integramos las familias somos frágiles e imperfectas. Ninguna familia alcanza la plenitud del ideal, ya que estamos condicionados por nuestras propias debilidades y somos víctimas de nuestros propios impulsos naturales. Cuando el rey David llegó a su vejez, evalúa su condición y reconoce que el pacto que Dios hizo con su casa es estable, porque la palabra de Dios es firme, pero él y su familia han fallado; sin embargo, cree que Dios hará florecer a los suyos (2 Samuel 23:5). Nuestra familia necesita de Dios. En Dios, cada familia puede encontrar sanidad para sus heridas, fortaleza para superar los fracasos, gracia para cubrir los errores e imaginación para los sueños.

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Comunicado 9 de julio 2021

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LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

LA FRAGANCIA DE LA VIOLETA

Nos tocó trabajar pastoralmente con un joven hace algunos años. Desde su infancia fue víctima de violencia por parte de su padre, quien tenía problemas de alcoholismo. A los diez años de edad, fue abandonado por su madre, pues al parecer, no soportó el maltrato que sufrían. Entonces su abuela paterna lo crió. Él sentía que a nadie le importaba. Lamentablemente, en su trabajo venía teniendo problemas por agresividad. Sus relaciones de pareja terminaban pronto, por la misma razón. Cada rompimiento, lo interpretaba como abandono. Estuvimos trabajando por varios meses en su restauración.

En una de las varias charlas que sostuvimos con él, reflexionamos a cerca del perdón. Al principio, atendió a nuestra explicación con mucha atención. Le hicimos saber lo tan necesario que era perdonar para seguir avanzando en su proceso de restauración. Una vez que comprendió el sentido de la charla, la detuvo con molestia. Sus palabras fueron: «ya se para dónde van y créanme, no lo voy a hacer, ustedes no lo entienden, hay cosas imperdonables, no estoy dispuesto a ser abandonado y pisoteado otra vez. ¡Jamás perdonaré! ¡Pídanme lo que quieran, pero eso no»! Estaba dispuesto a su restauración, pero había heridas que dolían, y mucho.

Las heridas de la vida

Frecuentemente, lastimamos a las personas, incluso a aquellas que amamos. A nosotros nos han lastimado también, incluso quienes nos aman. Las heridas, resultado de experiencias dolorosas, dejan cicatrices cuando cierran. Pero, lamentablemente, a veces no sanan, incluso con el paso de los años. Padres e hijos sin relación por mucho tiempo. Hermanos que se han distanciado y no tienen contacto durante largas temporadas. Familias fracturadas, rotas, desgarradas. Amigos que se convierten en enemigos. Personas que abandonan la iglesia, y a veces, hasta la fe, por roces con otros creyentes. En fin, relaciones amorosas que se ven interrumpidas por traiciones, malos entendidos, ofensas; situaciones que hieren, que fracturan, que rompen.

Yo ya perdoné, pero aún duele

«Yo ya perdoné» – parece ser una expresión bastante común a la hora de hablar de los vínculos rotos. Sin embargo, existe una «señal» que permite identificar si realmente se ha perdonado: recuerdo cuando, una noche cocinando con mi esposa, me rasgué un dedo al cortar una verdura. Salió un poco de sangré. Pensé que la lesión no era tan profunda. Mi esposa la cubrió con una cinta adhesiva para heridas, y parecía que todo terminó. Con el paso del tiempo, el dedo me dejó de doler. Sin embargo, cada vez que rozaba con algo, sentía malestar. Eso hizo que fuera al médico, quien me dijo: la herida no ha sanado, el hecho de que el dolor desaparezca de momento, no es evidencia de sanidad, pues al tocar la herida aún duele. Una vez que sana, ya no duele. Algo similar pasa con las heridas del alma.

Comprobamos que no hemos sanado si al hablar de aquella vivencia dolorosa aún surge dolor. A esa experiencia se le llama resentimiento. Es decir, volver a sentir, o sentir otra vez. Cuando no se ha sanado, y aquel mal recuerdo pasa por la mente, se despiertan los mismos sentimientos desagradables, de rabia, como en el momento en que surgió la herida. Incluso, se vuelen más intensos. A veces, no se perdona para darle al ofensor su merecido, sin embargo, al no hacerlo, el primer afectado es uno mismo. Cuesta trabajo sanar, aún más cuando no se asume que se requiere sanidad.

Lo que no es perdonar

Pero, si la falta de perdón nos hace tanto daño, ¿por qué es tan difícil otorgarlo? Sin duda, esta pregunta tiene varias respuestas. Una de ellas, desde nuestra experiencia pastoral, tiene que ver con la comprensión. Es decir, una inadecuada idea del perdón, produce resistencia ante este. A menudo, se tienen ideas confusas, erradas, que bloquean a la hora de querer otorgarlo. Algunas de esas ideas las hemos concebido sin darnos cuenta. Pero entonces, ¿qué es el perdón? Empecemos por lo que no es:

Perdonar no es olvidar. Ante las heridas del corazón, se suele confundir al perdón con el olvido. Sin embargo, absolver al ofensor no necesariamente implica borrar de la memoria la ofensa. Por ejemplo, una persona que ha sufrido violencia extrema por parte de su madre o de su padre, no la olvida, incluso con el paso de los años. Los recuerdos quedan, no se borran de la mente. Sin embargo, eso no indica falta de perdón y sanidad. Cuando se perdona, se recuerda la ofensa, sí, pero no duele al recordarla. Perdonar no es olvidar, es recordar sin dolor.

Perdonar no es justificar la ofensa que se recibió ni al ofensor. En ocasiones, se busca excusar la afrenta, planteando explicaciones que justifican el daño causado o a la persona que lo ocasionó. Por ejemplo, frases como: «Déjala, es tu madre, y tuvo una infancia muy difícil, no quería lastimarte», «su padre cometió muchas infidelidades, él ahora es así porque lo aprendió desde niño», «es un anciano, cuando habla no se fija». Si bien conocer la historia de vida o condición del ofensor permite comprender su comportamiento – lo cual puede ayudar a que la ofensa no se tome como una agresión deliberada hacia la propia persona – eso no significa que el daño se deja de ver como tal.

Perdonar no implica obligatoriamente la permanencia del vínculo con quien ha ofendido o lastimado. Tal vez la afirmación parece «anti-cristiana», pero permítanos explicarlo, pues no es así. A menudo, nos resistimos a perdonar, porque pensamos que si lo hacemos, debemos permanecer vinculados con aquella persona que nos dañó, exponiéndonos a que el daño se repita. Sin embargo, continuar o no con la relación, es una decisión independiente del perdón. Por ejemplo, el hecho de que una adolescente otorgue el perdón a un familiar cercano que abusó sexualmente de ella, no significa que necesariamente tenga que mantener la convivencia con él. Al contrario, eso la expone. En un caso de abuso, los especialistas recomiendan alejar a la víctima del abusador. Ante ciertos casos, será necesario perdonar y tomar distancia, con el fin de no poner en riesgo la propia integridad.

Perdonar no es síntoma de debilidad. Se suele pensar que si se otorga el perdón, la persona que cometió el daño lo volverá a hacer. Por ese temor, no se perdona. Sin embargo, al no hacerlo, se está sufriendo más. Es como un daño doble: uno, cuando se vive la herida, y el otro, de manera permanente, al guardar el resentimiento que produce la falta de perdón.

En pocas palabras, perdonar no es:

  • Olvidar.
  • Excusar la ofensa.
  • Solapar el daño o al agresor.
  • Minimizar el daño que se ha causado.
  • Restar importancia al suceso que ha lastimado.
  • Dar la razón a quien lastimó.
  • Signo de debilidad.

¿Setenta veces siete?

Para comprender adecuadamente el perdón, es fundamental ir a Biblia. Hablar de perdón, es hablar de amor. Al hablar de amor, nos referimos a Dios, pues Él es amor. Para conocer a Dios, es necesario ver a Jesús. Veamos la respuesta que el Señor da al discípulo Pedro referente al perdón:

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete (Mateo 18:21-22).

De la pregunta y la respuesta, se puede resaltar que:

  • Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que era necesario perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro, al parecer, se considera más generoso, pues añade otras tres en su pregunta.
  • El número siete en la Biblia tiene un significado teológico. Indica totalidad, plenitud.
  • En su respuesta, Jesús da una lección. Aún siete veces no es suficiente; pues implica que se está llevando la cuenta de las ofensas recibidas.
  • La frase «setenta veces siete» de Jesús, no tiene un sentido literal, pues entonces estaría diciendo que hay que perdonar cuatrocientas noventa veces. Siendo así, el perdón tendría un límite, si bien, distante, pero límite al fin.
  • En su respuesta, es probable que Jesús esté haciendo referencia al Cántico de Lamec: si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete (Génesis 4:24); para enseñar que el perdón debe extenderse hasta donde llega la ira y el deseo de venganza1.
  • En otras palabras, el «setenta veces siete» de Jesús expresa que, ante cualquier ofensa e independientemente del número de veces que ésta ocurra, es necesario perdonar siempre, más allá de la rabia o las intenciones de desquite.
  • De la respuesta de Jesús, comprendemos que el perdón tiene que ser, más que un acto, una actitud, una forma de vida, que se mantiene durante todo el transitar de la existencia.

En la respuesta a Pedro, el Maestro narra la parábola de «Los dos deudores» (versos 23 al 35). Más que un concepto, enseña a Pedro una lección a partir de esta historia, de la que aprendemos:

  • El punto de relieve de la parábola está en la desorbitada diferencia entre la deuda de uno y la de otro. Aquel rey es capaz de perdonar una inmensa deuda a su siervo. El siervo perdonado es incapaz de perdonar una deuda extremadamente menor a su consiervo.
  • El rey, representa a Dios. El siervo, lamentablemente, nos representa. Ante el Señor, hemos cometido faltas miserables y terribles, de las cuales nos ha perdonado. Nosotros, aun recibiendo ese perdón, no hemos sido capaces de perdonar a las personas que nos han ofendido.
  • Cualquier ofensa recibida, es mucho menor que las ofensas que hemos causado a Dios. Para perdonar, es necesario tener conciencia de la propia condición. Nosotros también somos deudores, y al mismo tiempo, somos objeto de la gracia y del amor del Señor.
  • Abrirnos al amor y al perdón de Dios, a través de Jesús, nos capacitará para amar y perdonar a quien nos ha herido. El perdón viene de Dios. La capacidad para hacerlo no es de nosotros, es de Él.
  • Conscientes de lo que somos, y de lo que Dios es y hace en nosotros, comprenderemos que perdonar no es hacer un favor al otro, sino un acto de gracia, como el que nosotros recibimos primero de parte del Otro.

¿Qué es perdonar?

En resumen, del texto comprendemos que perdonar es:

  • Una capacidad que viene de Dios y quizá la más valiente de las acciones.
  • Un proceso, que implica la comprensión de la propia condición respecto a Dios y, entonces también, respecto al otro.
  • Una decisión personal, una opción del corazón, que surge cuando decidimos dejar que Jesús abrace nuestras carencias y miserias, al permitir que nos ame y perdone.
  • Una expresión de amor, un regalo, la cancelación de una deuda.
  • Un valor, que permite asemejarnos a Dios, a Jesús. Al perdonar, nos parecemos al Señor, más que nunca.

Perdonar implica:

  • Aceptar nuestra realidad y reconciliarnos con ella.
  • Asumir que el otro nos ofendió, aceptar que el ofensor nos hizo mal, reconociendo el derecho que se tiene de hacer justicia, pero renunciando a él.
  • «Soltar» los pensamientos nocivos, decidiendo no guardar en el corazón todos aquellos sentimientos destructivos como el odio, la amargura y el rencor.
  • Modificar la conducta. Es decir, el perdón es acción. De la restauración interior, surge un cambio en la forma de vida, en la manera de relacionarse.

El canadiense Robert Enright afirma: «el perdonar no borra el mal hecho, no quita la responsabilidad al ofensor por el daño causado, ni niega el derecho a hacer justicia a la persona que ha sido herida. Tampoco le quita la responsabilidad al ofensor por el daño provocado… Perdonar es un proceso complejo. Es algo que sólo nosotros mismos podemos hacer… con la ayuda de Dios. Paradójicamente, al ofrecer nuestra buena voluntad al ofensor, encontramos el poder para sanarnos…Al ofrecer este regalo a la otra persona, nosotros también lo recibimos».

Entonces, ¿cómo perdonar?

Es necesario perdonar si deseamos vivir con salud y de una manera acorde al evangelio. No perdonar, absorbe la propia energía, desgasta, marchita poco a poco el corazón. Pero, ¿cómo hacerlo? Se requiere:

  • Tomarse su tiempo. Parece que, por ser cristianos, somos llamados a perdonar inmediatamente cualquier ofensa, pero no es así. Antes de hacerlo, es necesario hacer contacto con las propias emociones, con los sentimientos, aunque estos sean negativos, con el fin de no reprimirlos, sino darles una salida adecuada. Escribir lo que se piensa o se siente ante el ofensor, dialogar con una persona capacitada sobre la herida, el llanto como desahogo, son maneras sanadoras para iniciar a desalojar del corazón los sentimientos negativos.
  • Recordar que el Señor nos ha perdonado primero. Tenerlo presente, hará que estemos consientes de la propia condición.
  • Reconocer la herida. Para sanar, es necesario admitir que se está lastimado. Asumir lo que se siente, el propio dolor y coraje. Involucra reconocer la afrenta. Entender que el otro nos ha hecho mal.
  • Recordar el bien que traerá. Perdonar da vida. No hacerlo, consume por dentro, carcome. Dice Proverbios 17:22: El corazón alegre constituye buen remedio; mas el espíritu triste seca los huesos. Perdonar libera, da vitalidad, alivio y descanso.
  • Asumir el compromiso. Perdonar no es sencillo. Habrá altas y bajas. Será necesaria la completa disposición. Implica dejar de buscar culpables ante las desgracias vividas, y asumir la responsabilidad de la propia vida, para llegar a la restauración
  • Tomar la decisión. Dar el paso y perdonar. Si la herida es muy profunda, es necesario buscar ayuda de personas maduras. El Señor utiliza a personas para acompañarnos en nuestros caminos, para auxiliarnos en la sanación de las propias heridas.
  • Buscar una nueva forma de pensar sobre esa persona que ha hecho mal. Al hacerlo, por lo general, se descubre que es un ser vulnerable, probablemente con heridas también, necesitado (y a la vez objeto) de la gracia y amor de Dios, como nosotros.

La fragancia que cura

Perdonar posibilita la sanación de las heridas del alma. Es un proceso que requiere tiempo, similar al tiempo de sanación que necesita una herida en el cuerpo. Serán fundamentales la paciencia y la perseverancia, en la confianza de que el Señor es el Médico que está trabajando en nuestra sanidad.

Perdonar nos lleva camino a la restauración. Propicia que, aquello que lastima, deje de doler, y se trasforme en una experiencia de vida, parte de la propia historia, que da aprendizaje, crecimiento y madurez.

Perdonar es hacer bien a quien no lo merece, como Dios lo hace con nosotros. En palabras de Mark Twain: «Perdón es la fragancia que la violeta suelta, cuando se levanta el zapato que la aplastó».

Referencia

1           www.mercaba.com/Aprende a perdonar como Dios te perdona a ti

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