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REFLEXIÓN BÍBLICA

LA MESA DEL NUEVO PACTO

Lucas 22:1-20

Amados en el Señor, seamos bienvenidos a la Mesa del Resucitado. Aquel que venció a la muerte y hoy está a la diestra de Dios en los cielos ¡Paz a vosotros!

Este es el gran día. Podemos felicitarnos unos a otros por coincidir nuevamente ante tan grande celebración. Hemos llegado a la cumbre más alta de todas las celebraciones que una persona puede experimentar. Porque hoy, Jesús está más cerca de nosotros que en cualquier otro momento. Lo que nos reúne este día, no son los milagros de Jesús, ni sus enseñanzas, ni sus prodigios.

Nos reunimos porque el Señor nos invita a participar de la Cena, y esta anuncia su muerte hasta que Él venga. Este día, la invitación que hizo Jesús a sus discípulos hace dos mil años, se nos ha entregado a nosotros hoy nuevamente. Estamos reunidos para celebrar los acontecimientos más grandes y más significativos que ocurrieron aquel 14 de Nisán antes de que el Señor partiese. Este día se cumple un año más en que los doce discípulos, reunidos ante el Cordero de Dios, se dispusieron a celebrar la Pascua Judía aquella noche en que el Señor fue entregado.

Esa era una noche diferente a todas las demás. A pesar de que el escenario era el mismo: la mesa estaba adornada igual, los elementos como el cordero, las copas y la liturgia de la celebración estaban presentes. Y los salmos que se cantaban, que los podemos ubicar según la tradición judía en Salmo 113-117. Especialmente el Salmo 118 conocido como «El gran Hallel», o «El gran Aleluya».

Y seguramente que Jesús como Maestro de la Ceremonia pronunció: Alabad a Jehová, porque él es bueno; y sus discípulos respondían como nosotros: Porque para siempre su misericordia. Y así… Todo fue hecho conforme a la tradición que involucraba ese día. Ahí estaban los adornos, los motivos que les recordaban a todos los congregados que Dios había sido misericordioso con su pueblo. El día de la Pascua Judía.

Sin embargo, había algo diferente en esta Pascua. Esta vez, sin que los discípulos lo supieran, Jesús estaba dando por terminada su vigencia, y ellos eran testigos. Cerrar este ciclo era de vital importancia. Jesús celebró la última Pascua Judía antes de instituir la Cena del Señor. Esta había sido una de las ya pocas celebraciones que conservaban su «valor unitivo», una celebración que provocaba una verdadera comunidad en la tan fraccionada convivencia israelita.

Aquella alianza que había acompañado a los hijos de Abraham durante siglos, había cumplido su propósito. Es así que mientras el pueblo repetía con alegría este acto conmemorativo y milenario en todas las casas de Israel, Jesús, en el silencio de la noche, da por terminado el Antiguo Pacto, iniciando uno Nuevo del cual los discípulos serían los primeros representantes.

Cuando Jesús eligió a doce discípulos de entre sus seguidores, estaba tomando una muestra de lo diversa que es la humanidad a alcanzar. Relaciones irreconciliables, estaban condenadas a desaparecer en esta nueva comunidad. Por ello, tenemos entre el grupo a un publicano, servidor del gobierno romano como Mateo conviviendo con un Zelote quien estaría dispuesto a matar a los traidores.

Esta nueva manera de hacer comunidad, marcaría el inicio del proyecto de Dios por abrazar a la humanidad entera, y convertir lo vil y lo menospreciado en los integrantes de su Reino. Y así sucede este día también, porque hemos sido convocados a esta mesa, los irreconciliables. En todos los rincones del mundo donde se celebra la Cena del Señor, se han sentado como iguales los ricos y los pobres; los humildes y los altivos; los que luchan por el evangelio como lo más preciado y los que le negamos.

Así como estos doce representarían las doce tribus de Israel, y en ese día al nuevo pueblo que ha sido convocado; nosotros también representamos a quienes vendrán después. Sin importarle al Señor cuánto mal hayamos hecho, extenderá su perdón para aquellos que buscan en Él su salvación.

En el marco de esta celebración, Jesús, a la manera de Abraham, Moisés y Josué quienes, en su discurso de despedida, dan instrucciones y bendicen a su pueblo, Jesús incluye esto ante la Cena. Pero este discurso no evoca un «adiós» sino un «hasta luego». Este es uno de los pilares de la Cena del Señor, decirnos mutuamente, Jesús y su Iglesia: «pronto nos volveremos a ver». El Espíritu y la Iglesia decimos al Maestro ante esta mesa: «Ven Señor Jesús».

En la intimidad de esta pequeña comunidad de doce discípulos Jesús revitalizó, con sus palabras, nuevos elementos y un nuevo significado que permitan que el Dios eterno se encuentre con su criatura de arcilla nuevamente. Un proyecto que tiene su desenlace pleno en Jesús quien pronuncia su despedida con un Tomad, comed; esto es mi cuerpoBebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados (Mateo 26:26-28). Estas palabras y los símbolos del pan y del vino, establecen una alianza que será indestructible; por ello, ninguna otra de las palabras de Jesús es más importante que estas.

El Nuevo Pacto se sustenta en el Antiguo, por lo que Jesús toma algunos de los elementos más comunes presentes en la Pascua: Pan y vino. Y la combinación es excelente:

Pan: Es el medio de sustento esencial de su tiempo. No había familia más humilde que no tuviera al menos un poco de pan.

Vino: Una bebida noble y delicada, aunque a la vez costosa, símbolo de cualquier celebración. Los acéticos que se inclinan siempre por lo sencillo, hubieran preferido Pan y Agua. Pero Jesús no fue ningún acético.

Esta combinación tiene el equilibrio entre la sencillez del pan y la elegancia del buen vino, como símbolo del gozo del Reino. El banquete de los últimos tiempos incluye el vino.

La Copa: Otro elemento importante. Jesús pone el vino en la copa. Este acto es una remembranza del cáliz en que se vertía la sangre de los sacrificios. Vino y cáliz muestran la ambivalencia entre nuestro gozo por la liberación del pecado, y el sufrimiento de Jesús quien acepta la voluntad del Padre.

Por todo ello, esta noche, todo hombre y toda mujer presentes, recordamos que hemos sido reconciliados para con Dios en Cristo. La Cena del Señor se convierte en nuestra mayor experiencia de fe, de conversión y del don de Dios. Es el mismo Jesús quién nos dejó su presencia simbólica antes de partir. Así fue la primera Cena del Señor. Y nos ha encomendado que lo sigamos haciendo hasta el día en que volverá a reunirnos a su mesa otra vez, cuando ya no sean solo doce, ni quinientos como los testigos de la resurrección, sino una multitud que no se pueda contar: La iglesia en Plenitud, la iglesia de todos los tiempos.

La más grande recomendación para este día es que no se abstenga, nadie de los que han sido bautizados, a participar de la Cena del Señor. Quien se abstiene de esta Cena, lo hace también de la que se celebrará al final de los tiempos. Quien no llega a la cita de hoy, menosprecia el llamado del Señor y su Segunda Venida: Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre (v. 29). Esto es un anuncio de victoria.

Por eso, con la Cena del Señor, el Espíritu y la Iglesia decimos: «Ven Señor Jesús». Y cada vez que lo hacemos, damos una vuelta a las manecillas del reloj de Dios. Mientras que el tiempo de Dios avanza hacia la consumación de todas las cosas, por medio de esta nos pronunciamos a favor de todos los perdidos, es la buena noticia de que los hijos pródigos podemos volver a casa.

Comamos y bebamos de ella todos, anunciando que Él viene pronto.

Bendiciones para toda nuestra comunidad de fe en este día.

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«Así que, por eso es mediador del nuevo testamento, para que interviniendo muerte para la remisión de las rebeliones que había bajo del primer testamento, los que son llamados reciban la promesa de la herencia eterna».

Hebreos 9:15