El EVANGELIO Y LA JUSTICIA SOCIAL

Papá, tú oras por los enfermos, ¿pero, por qué no das medicamentos?» Mi padre me respondió: «Yo no soy médico». Aquel día nació mi vocación»(1) Así describe Denis Mukwege, el origen de su propia historia en favor de los menos favorecidos, quien como médico ginecólogo ha invertido más de veinte años en ayudar a mujeres que han sido víctimas de violación sexual desde su hospital en la República Democrática del Congo. Hace sólo unos cuantos días fue galardonado junto con la activista Iraquí, Nadia Murad, con el aclamado Premio Nobel de la Paz, por sus esfuerzos en combatir el abuso sexual, principalmente hacia las mujeres, como arma de guerra. Hijo de un pastor cristiano y criado en el seno de una familia cristiana pentecostal, el Dr. Mukwege profesa abiertamente su fe en Jesucristo, quien además de su labor como médico, participa como predicador laico en una iglesia protestante local de su comunidad. En alguna ocasión ha expresado que: «La iglesia de hoy y de mañana tiene ante sí numerosos desafíos, ya sea el climático o los relativos al terrorismo, las personas migrantes, refugiadas, heridas de guerra y víctimas de la violencia sexual y los poderes corruptos que, sobre todo en África, crean y destruyen constituciones a su antojo para preservar sus intereses en detrimento de la población. Si somos de Cristo, no tenemos más alternativa que ponernos del lado de las personas débiles, heridas y refugiadas, así como de las mujeres discriminadas […[ si somos de Cristo, debemos hablar, debemos denunciar el mal. Dios otorgó a la iglesia el don de la palabra para que sea la voz de las personas sin voz a fin de liberar a los cautivos y esperar siempre el advenimiento del Reino de Dios»(1)

Cuando escuchamos o leemos noticias y declaraciones como estas, es casi inevitable cuestionarnos acerca de cuál debería ser el papel de la Iglesia de Dios en la sociedad actual ante los abusos y las injusticias que se cometen diariamente prácticamente en todos los entornos culturales y geográficos. Hay quienes expresan que precisamente ejemplos como el de Denis Mukwege son los que deberíamos tomar en cuenta para desarrollar ministerios dentro de nuestras congregaciones y así realmente tener un impacto en la sociedad llevando de esta forma el amor de Dios hacia los menos favorecidos. He escuchado a otros tantos que afirman que la misión encomendada a la Iglesia por el Señor Jesucristo tiene que ver más bien con la proclamación del evangelio y el dar a conocer Su Palabra y no necesariamente en llevar a cabo una acción de beneficio social. Y aún en medio de ambas posturas pudieran estar aquellos que muestran un gran desinterés en reflexionar acerca del llamado que Jesucristo nos hace y de la misión que tenemos como ciudadanos del Reino de Dios en este tiempo actual. ¿Qué espera Dios de Sus Hijos ante temas como estos? ¿Cómo debemos actuar los cristianos ante la injusticia social? ¿Es acaso que la Iglesia debería ser un participante activo de las iniciativas que buscan un entorno más favorable para la humanidad, un ambiente más pacífico, equitativo y justo para todos? ¿A caso la sola predicación del Evangelio no es suficiente para cambiar la vida de las personas? ¿Debería ser la Iglesia la principal voz de aquellos que sufren en el mundo y nuestra labor la de una dignificación de los menos favorecidos?

Muchos han señalado que la Iglesia actual no está haciendo lo suficiente para mejorar nuestra sociedad y que el Cristianismo que no se traduce en acciones concretas de ayuda social termina siendo inútil. Por ejemplo, en América Latina han surgido movimientos como la denominada Teología de la Liberación, que busca orientar el pensamiento y el actuar cristiano hacia un énfasis primordial en la liberación de la opresión de los más pobres argumentando que éste es el énfasis primordial del ministerio de Jesucristo y, por tanto, de Su Iglesia. Sin embargo, aunque en apariencia este tipo de movimientos pareciera tener un sustento bíblico, quienes se inclinan hacia ellos corren el riesgo de dejar de lado la centralidad en el Evangelio y pretender que la obra salvadora de Jesucristo se trata solamente de aliviar los malestares de la humanidad, brindar igualdad de oportunidades a las personas y mejorar nuestro estado actual (económico, de salud, educativo, laboral, político, etcétera). Pero el problema es que cuando se antepone las necesidades de las otras personas como el objetivo principal de la obra de Jesucristo, se pierde de vista que el problema más grave de la humanidad es la separación de Dios por causa del pecado y no las carencias o problemas que se experimentan en la vida (las cuales terminan siendo consecuencia del pecado en el que estamos sumergidos todos). La Biblia expresa claramente que todos necesitamos ser redimidos del pecado (Eclesiastés 7:20; Isaías 53:6; Romanos 3:23, 5:12) y ser reestablecidos en nuestra relación con nuestro Creador para que entonces podamos tener vida verdadera, ya que fuera de esa relación estamos muertos en nuestra propia condición delictiva (Efesios 2:1). Esto es algo que solamente se puede lograr mediante el arrepentimiento y la fe en el Hijo de Dios como Salvador (Mateo 1:21; Marcos 1:15; Mateo 4:17; Romanos 3:22-26), y es primordialmente lo que las buenas noticias del evangelio vienen a anunciarnos: que en Cristo Jesús tenemos redención (Colosenses 1:13, 14; Tito 3:5, 6; Efesios 1:7). Es precisamente esa nueva vida en Jesucristo, que aún a pesar de que en esta vida alguien atraviese el peor de los valles de oscuridad, el Creador de los cielos y la tierra le asegura la esperanza de una vida futura en la que nunca más habrá dolor, ni llanto, ni lamento alguno y donde Dios mismo more en medio de la gente (Apocalipsis 21:3, 4). Es importante recordar todo esto, porque es atractivo pensar que Dios envío a Su Hijo (y ahora a Su Iglesia) en primer lugar para dar una mejor calidad de vida a las personas, pero el evangelio Bíblico nos habla de algo mucho más trascendente.

Sin embargo, aún reconociendo que El Reino de los Cielos no es lo que normalmente la gente espera y que no se trata exclusivamente de mejorar nuestra realidad presente, no podemos pasar por alto las múltiples ocasiones en que Jesús mismo habló de la importancia de amar al prójimo como a nosotros mismos y el haber demostrando con hechos sus palabras al acercarse a los marginados para escucharlos, consolarlos, sanarlos, dignificarlos y por supuesto, perdonarlos. Tampoco podemos ignorar que la justicia es uno de los atributos de Dios y que como reflejo de ello espera que la humanidad ejerza esa misma justicia entre unos y otros. Si hacemos una lectura honesta del texto bíblico, encontraremos que desde Génesis (4:10) hasta Apocalipsis (18:5, 13, 15, 24), el Señor demanda de su creación actuar con dignidad, respetar la vida, cuidar de los más vulnerables, practicar el derecho y abogar por aquellos que no pueden defenderse por ellos mismos. Así mismo, condena severamente a aquellos que no actúan conforme a esta expectativa. Dios siempre ha condenado la maldad y el daño que ésta genera entre las personas y hacia la creación entera. Por esto es que muchas de las leyes que Dios estableció para su pueblo tenían la intención de proteger a los más vulnerables entre el pueblo (Deuteronomio 24:14-15, 17, 22, 27:19) y los Profetas no sólo condenaron el mal proceder de Israel, sino también de aquellas naciones que atropellaban los derechos humanos y pasaban por alto la dignidad sagrada que Dios dio a la vida humana al haberla creado a Su Imagen y Semejanza (Jeremías 22:3; Ezequiel 16:49, 22:6, 7; Amós 1:3-15). La sabiduría de Proverbios nos hace ver que Dios desea que la misericordia y la ayuda por los más desfavorecidos sean características de la humanidad que reconoce a Su Creador, incluso que seamos capaces de alzar la voz por aquellos que no pueden hacerlo (Proverbios 14:31, 31:8). El inicio del ministerio de Jesús estuvo marcado por ese momento crucial en el que al dar lectura del libro de Isaías, dio a conocer que el Espíritu Santo estaba presente en Él para hacer realidad las maravillas del Reino de Dios en favor de más necesitados (Lucas 4:18, 19) e incluso profirió serias palabras de advertencia acerca de nuestra actitud hacia los sufrientes y los pobres (Mateo 25:31-46). Así mismo los Apóstoles tuvieron como parte fundamental de su predicación el advertir a la Iglesia los peligros de olvidarse de testificar la nueva vida en Cristo a través de sus obras de amor con los que menos tienen (Santiago 2:15-17; 1 Juan 2:29, 3:11-18).

Entonces, a la luz de toda esta exposición que Dios nos hace en Su Palabra, ¿qué podríamos concluir acerca de lo que Él espera de Sus Hijos, Su Iglesia? ¿Cómo podríamos vivir centrados en El Evangelio de Jesucristo y transmitirlo fielmente a los demás, con todas sus implicaciones, sin dejar de lado la responsabilidad que tenemos de velar por nuestros semejantes? ¿Será acaso que una nueva vida en Cristo, transformada por el Espíritu, es capaz de entregarse por amor a los demás de la misma forma que Jesús lo hizo por cada uno de nosotros? Un buen punto de partida sería las mismas palabras de la predicación de nuestro Señor Jesucristo: Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo (Mateo 5:16, NVI).

Referencias Bibliográficas

(1) Hofkamp, Daniel (2018) Mukwege, El Nobel que sirve a Dios ayudando a víctimas de violación. URL:http://protestantedigital.com/sociedad/45664/Mukwege_el_Nobel_que_sirve_a_Dios_ayudando_a_victimas_de_violacion Consultado el 20 de Octubre de 2018.

(2) Aldecoa, Xavier (2018). Denis Mukwege Premio Nobel de la Paz 2018, es hijo de un pastor pentecostal. URL:http://www.gacetacristiana.com.ar/denis-mukwege-premio-nobel-de-la-paz-2018-es-hijo-de-un-pastor-pentecostal/ Consultado el 21 de Octubre de 2018.

(3) Santa Biblia, Nueva Versión Internacional (2015). Biblica, Inc.

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