Liderar en tiempos de crisis

Liderar en tiempos de crisis

Min. Moises Román López

Hay condiciones emocionales que estamos viviendo que no habíamos vivido antes; estamos experimentando la fragilidad de la vida como pocas veces nuestra generación la había experimentado; nuestra capacidad de dirigir tampoco se había visto tan violentada para seguir. Constantemente pensamos y creamos nuevas formas para ir saliendo y parece que esta pandemia se burla de nuestras capacidades, nos hace retroceder una vez más.

¿Qué nos aporta la Escritura a cerca de los hombres a los que Dios les dio una misión? En tiempos difíciles…

Un buen líder discierne y percibe los signos del momento. Tiene un sentido de responsabilidad. “…cuando Mardoqueo se enteró de lo ocurrido” (Ester 4:1), que la vida de un pueblo entero estaba en peligro de exterminio, inicia una serie de gestos (lutos, lamentos, sufrimiento) que para el momento representaban desesperación. Lo menos que un líder puede hacer en momentos de crisis es ignorar la realidad o esperar pasivamente a que el curso del momento siga su marcha y ver su desenlace. Ante la inesperada realidad de la pandemia, muchos hemos quedado paralizados, atados, los cambios exigen de nosotros nuevos caminos. Por ello, buscar a Dios y su voluntad es parte del discernimiento. Hacer las preguntas correctas, cuestionamientos que antes no se habían hecho. ¿Qué hacer con el ministerio que teníamos? ¿Qué hacer con la vida del mundo que teníamos? ¿Cómo hacer el ministerio hoy con los jóvenes que me han encargado, hoy con las limitaciones y desafíos que tengo? ¿Qué hacer ante la ausencia de los jóvenes que ya no podemos ver ni en Zoom? ¿Cómo será la nueva normalidad con los jóvenes?

Un buen líder recuerda el sentido de su llamado. Una pregunta imponente en tiempos de crisis, es: ¿Para qué me ha puesto Dios dónde estoy? ¿Qué sentido tiene tu llamado en este justo momento? Aquí se define todo, si estamos conscientes y afinamos nuestra vocación de servicio a favor de la vida y nos cuestionamos por las motivaciones más profundas que nos movilizan. ¿Para qué había llegado Ester al palacio real? Es justamente lo que Mardoqueo cuestiona de la Reina. ¿No será que has llegado a ser reina para mediar en una situación como esta? Una situación parecida es el llamamiento de Moisés quien huye a Madian y organiza su vida hasta que Dios lo vuelve a llamar; quizá le pudo haber dicho: «¿Para eso te saqué del río?». Que si bien en forma más estricta, cada vez que se nombra a Moisés se recuerda esa misión: «Sacado para sacar». Es la misma pregunta que nos confronta hoy. Ningún líder está preparado para lo que actualmente vivimos, es humildad reconocerlo. Pero no exime nuestra responsabilidad, el Señor nos ha puesto al frente para infundir esperanza, dirección y recordar, ante todo, que la providencia de Dios sigue presente. ¿En qué posición estás que pueda aportar a los jóvenes continuar su fe y su vida social?

Un buen líder persiste no claudica. Puede ser justificable el miedo y los deseos de abandonar el cargo, mayormente ante la crisis existencial que estamos viviendo. ¿Cómo seguiremos siendo FJC? ¿Cuándo regresamos a nuestras actividades sociales, educativas y laborales? Cuando Ester fue informada a detalle de la situación de exterminio a la que estaba destinada su descendencia, tuvo miedo de interceder frente al rey: “Todos los servidores del rey y los habitantes de las provincias de su reino saben que existe una ley que condena a muerte a todos los hombres y mujeres que entren en el patio interior sin haber sido llamados por el rey, a no ser que el rey extienda su cetro de oro hacia esa persona y le salve la vida. En cuanto a mí, hace ya treinta días que no he sido reclamada por el rey” (Ester 4:11).

Y justamente ante un desafío así actúan los principios éticos y morales ¿Y si me presento y pierdo la vida? ¿Y si no voy y mi pueblo perece? Recuerda que en todas las épocas el liderazgo debe salir adelante para hacer frente a las necesidades del momento.

No vayas solo, busca y considera las habilidades de los demás. La situación nos obliga a innovar, pero no sólo eso, pensar y actuar en conjunto: “Y Ester respondió a Mardoqueo: — Reúne a todos los judíos de Susa y ayunen por mí, sin comer ni beber durante tres días con sus noches. Mis doncellas y yo ayunaremos igualmente y luego me presentaré ante el rey, aunque sea en contra de la ley; y si por ello tengo que morir, moriré” (vv. 15-16).

Orar y ayunar por supuesto que es sumamente importante, porque la mayoría de las respuestas y las soluciones surgen de la plática e intimidad con Dios. Sin embargo, es importante aportar también de las habilidades con que se cuenta, y es momento de convocar a todos los jóvenes con oficios, profesiones (médicos, psicólogos, pedagogos, diseñadores gráficos, fotógrafos, márquetin digital), dones y ministerios. Reflexiona con ellos con la siguiente pregunta: ¿No será que Dios te ha puesto donde estás para mediar en una situación como ésta? Plantearse la pregunta que se hacían los líderes y el pueblo en el Antiguo Testamento. ¿Qué me está diciendo Dios con esta situación y qué espera de mí?

Recordemos que Dios nos ha llamado para dar sentido de vida y esperanza en tiempos donde la fragilidad de la vida y lo incierto de esta nueva normalidad nos dejan sin fuerzas y sin ideas. ¡Anunciemos que Dios sigue presente! Sea el líder que inspire y motive a los demás a mirar el futuro con optimismo pese a la situación en la que nos encontramos, recordándoles desde la fe que las promesas de bendición del Dios de la vida siguen vigentes para todos los tiempos.

Fuentes de consulta:

https://conferenciaepiscopal.es/accion-de-la-iglesia-frente-al-coronavirus-2/

https://www.diocesisdeavila.com/2020/03/30/la-iglesia-abre-sus-puertas-en-internet/

https://www.elblogdebernabe.com/2020/06/iglesias-evangelicas-y-el-coronavirus.html

La Palabra, (versión hispanoamericana) (BLHP) © 2010 Texto y Edición, Sociedad Bíblica de España

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La amistad que salva

La amistad que salva

Min. Israel Delgado Sánchez

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”

Vivimos en un mundo donde la amistad es definida en función de la cantidad de amigos y seguidores en los sitios de redes sociales. Interactuamos con otras personas publicando fotos de las vacaciones, de los lugares que visitamos y actualizaciones sobre los logros propios, o de nuestros hijos y cónyuges; compartiendo videos graciosos o de otro tipo en concordancia con algunos de nuestros intereses. Pero si bien estas cosas pueden ayudarnos a mantenernos conectados en algún nivel, difícilmente son los componentes básicos de una relación cercana que resulten nutricios.

De muchas formas, nuestro estilo de vida moderno va en sentido contrario de la amistad. Casi todo el mundo está sobrecargado, sobrecargado y sobrecargado. Entre el trabajo, las clases, las tareas del hogar y los compromisos familiares, no queda mucho tiempo para desarrollar o cultivar amistades. Una pequeña charla con compañeros de trabajo o mensajes de texto para decir «hola» puede ser todo lo que logremos realizar en el día.

Sin duda, incluso las interacciones breves pueden ser bendición en nuestro día. Sin embargo, Dios nos creó para propiciar algo más que lazos sociales superficiales. Necesitamos amistades verdaderas. Amistades conforme a los principios y actitudes sugeridos en la palabra de Dios.

Este es el tipo de compañerismo que Salomón describe en Eclesiastés 4:9, 11-12. Donde escribió: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.… De nuevo, También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán…”.

En la Biblia encontramos una muy amplia variedad de referencias a la amistad. Y la riqueza de los textos que nos la presentan reside en que proporcionan una gama de aristas tal, que ponderan muchos de los atributos de la amistad como don, pero también como ámbito de lo humano, acaso a veces problemático, pero al final don de gracia del Creador para ser bendecidos con el que nos otorga su amistad.

Desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, la Biblia está llena de historias y consejos sobre el tema. Se nos dice que los amigos aman en todo momento (Proverbios 17:17), que, a pesar de que nos hieren, es una evidencia del afecto verdadero (Proverbios 27:6), algunos pueden ser perturbadores, pero otros aún más fieles que la misma familia (Proverbios 18:24), proveen un refinamiento y crecimiento mutuos (Proverbios 27:17), pueden compartir su sabiduría (Proverbios 13:20), e incluso pueden sacrificarse por nosotros (Juan 15:13).

En las recomendaciones prácticas sobre la Iglesia, en el Nuevo Testamento, hay también algunos consejos sobre la amistad. Pablo exhortó a los creyentes, y esto puede aplicarse a los amigos en la fe, a ser compasivos, amables, humildes, mansos, pacientes, perdonadores, a tener paz unos con otros, ser amorosos y agradecidos (Colosenses 3: 13-15). Los amigos también se enseñan unos a otros y adoran a Dios juntos (Colosenses 3:16).

Los verdaderos amigos permanecen a nuestro lado no solo para tener diversión, sino también para apoyarnos (Hebreos 10:24-25) y animarnos (1 Tesalonisenses 5:11) mientras corremos la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Puede haber un compromiso compartido con la forma de vida de Dios y el deseo de agradarlo y glorificarlo por la forma en que vivimos nuestras vidas. Esa es la esencia del compañerismo bíblico1.

Muy a menudo, nuestra inclinación natural es mantenernos alejados de las personas que enfrentan circunstancias difíciles. ¿Por qué? «A veces tenemos miedo de entrar en el dolor de los demás porque sabemos que es posible que digamos algo incorrecto o que no tengamos las respuestas correctas. Pero, sobre todo, creo, tenemos miedo de la carga», escribe Christine Hoover en Messy Beautiful Friendship (2017)2. Ella llama a la adversidad la «prueba de fuego de la amistad» porque nos pide que «entremos voluntariamente en el dolor de otra persona».

Es como un hermano en tiempo de angustia (Proverbios 17:17). Los verdaderos amigos están dispuestos a soportar la incomodidad para poder apoyarse mutuamente cuando sea necesario. Esto podría significar ser un buen oyente de alguien que necesita hablar, orar o ayunar sobre la situación de otra persona, enviar notas de aliento, brindar ayuda práctica como proporcionar comida o dinero, o simplemente sentarse en silencio con un amigo herido que quizás no quiera hablar, pero aun así no quiera estar solo. Cuando mostramos este tipo de apoyo, no podemos evitar sentirnos más unidos los unos con los otros.

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). Compartir el dolor de otra persona no es algo que la gente quiera hacer normalmente, pero la primera mitad de este versículo puede ser igualmente antinatural. Muchas veces en nuestro mundo de competencia feroz, las personas se encuentran compitiendo incluso con sus amigos, hundiéndose en la envidia si un compañero los supera. Esto es desafortunado y se da aún entre el ministerio cristiano. En marcado contraste, los amigos amorosos se regocijan en los logros, éxitos y bendiciones de los demás. Cada uno quiere que al otro le vaya bien, incluso si eso significa ser eclipsado por él o ella. Los amigos amorosos encuentran la verdadera felicidad en la felicidad del otro, siempre animando al otro para que lo haga lo mejor que pueda.

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero” (Malaquías 3:16). Los amigos piadosos participan en conversaciones significativas para aclarar y profundizar su comprensión de la Palabra de Dios. No es que todo lo que se diga tenga que ser profundo o complejo. Pero con una verdadera amistad fundada en principios bíblicos, nunca parece incómodo hablar sobre los propósitos de Dios y lo que está haciendo en la vida de cada uno.

“Mejor es reprensión manifiesta, que amor oculto” (Proverbios 27:5). Los amigos de fe nos dirán si estamos cometiendo un error grave en nuestras vidas, incluso si nos duele un poco. Todos tenemos puntos ciegos y, a veces, necesitamos otro par de ojos espirituales para ayudarnos a mantenernos en el camino correcto. ¿Debemos señalar cada pequeño defecto o idiosincrasia de nuestros amigos? No, claro que no. Por lo general, nuestros amigos cercanos están dispuestos a pasar por alto nuestros defectos, y eso es algo por lo que podemos estar agradecidos. Sin embargo, cuando lo que estamos haciendo tiene un impacto negativo en nuestra vida espiritual o en las personas que amamos, el asunto es diferente. Los verdaderos amigos se enfrentarán a nosotros y nos instarán a cambiar de dirección.

El ejemplo supremo de amistad es el de Jesús. Él es el máximo ejemplo de amor incondicional pues, “no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Él voluntariamente entregó su vida en beneficio de la humanidad que no era digna de su amor y conmiseración. Si queremos tener amistades bíblicas, debemos hacer lo mismo. Debemos amar a los demás con abnegación, lo merezcamos o no y sin esperar nada a cambio.

Juan 15:12-15 dice: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. A la luz del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas enseñanzas inmediatas. Los amigos tienen ideas afines (el amor). Se aman con amor sacrificado, como don de sí mismos. Comparten el uno con el otro desde lo profundo del corazón. Los amigos se conocen bien y promueven el bienestar de los demás.

Nosotros tenemos la bendición de haber sido adoptados en la familia de Dios “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17) y de haber sido hechos amigos de Jesús. A cambio, estamos llamados a ser buenos amigos unos de otros conforme a los principios de la amistad que nos legó Jesús, primordialmente en su vida, pero también en el resto de su revelación escrita.

Según la Biblia, la verdadera amistad se caracteriza por el amor. Los Proverbios, el ejemplo de David y Jonatán, las instrucciones a la Iglesia y, en última instancia, el ejemplo de Jesús representa la verdadera amistad. Un verdadero amigo ama, da consejos sabios, permanece leal en toda circunstancia, perdona y promueve el bienestar del otro. Llora y se goza porque todo ello lo considera un don de gracia del creador.

Referencias

1 Becky Sweat, Six Characteristics of Biblical Friendship, September/October 2018, Discern Magazine.

2 Christine Hoover, Messy Beautiful Friendship: Finding and Nurturing Deep and Lasting Relationships. Baker books, Gran Rapids, Michigan, 2017.

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El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

Min. Ausencio Arroyo García.

Los seres humanos buscamos significado personal, queremos tener la sensación de que nuestra vida importa, que, para otros, para la comunidad en general, queremos sentir la experiencia de que somos amados. Pero; muchas veces a los que nos compete encarnar el amor de Dios al mundo no estamos sintonizados en la señal divina, las iglesias no propiciamos las experiencias que proveerán de sentido y sanidad a las personas, no somos comunidades vitales, no abrazamos a los afligidos, no ofrecemos soluciones a las personas sedientas. Como bien se expresara en un artículo de la revista Christianity Today, señalando las cuatro principales quejas de la gente en general hacia los cristianos, y estas fueron:

• Tú no me escuchas

• Tú me juzgas

• Tu fe me confunde

• Tú hablas de lo que está mal, en lugar de hacer que resulte bien1

Con este panorama que enfrentamos los cristianos, nos preguntamos, como pastores del rebaño: ¿Qué procede hacer? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Cuál es el camino que nos muestra Dios? ¿Cuál es la marca de Dios que debiera estar en nosotros, sus hijos? ¿Cuál es la manera de Dios de tratar con nosotros y que deberíamos replicar? La respuesta es sencilla: su esencia y forma de tratarnos es la gracia. La gracia consiste en dar y perdonar, es derramar generosidad, como la misma historia de la salvación que en ciertas perspectivas parece un despilfarro.

I. LA GRACIA ES LA MIRADA TIERNA DE DIOS

La gracia de Dios se interesa por la miseria, la fidelidad de permanecer con los suyos, la solidez inquebrantable en sus compromisos, la adhesión de corazón y de todo el ser a los que ama, su promesa de justicia inagotable que garantiza a todas las criaturas la plenitud de sus derechos y de colmar sus aspiraciones. La gracia de Dios es la paz y el gozo de los suyos (Sal 36:8-10; 63:4), haciendo sus vidas más ricas y más plenas. La gracia de Dios produce un estado de bendición, no sólo mantiene la vida, la llena de gozo y provee la plenitud de la fuerza. La gracia es como la mirada de Dios posándose sobre el bendecido.

La misericordia es uno de los atributos morales de Dios y establecido en varios textos de la Escritura. El diccionario bíblico expresa la siguiente definición de misericordia:

“… la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad. El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1 Re 3:26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos el corazón— de un padre Jer 31:20; Sal 103:13, o de un hermano Gen 43:30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106:45, o en perdón de las ofensas Dan 9:9. El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso es la respuesta a un deber interior, e implica fidelidad con uno mismo.2

Los profetas dan cuenta de un Dios compasivo que se conmueve ante la rebeldía de su pueblo y aunque en ciertos momentos expresa su decisión de olvidarse de él, porque le ha sido un pueblo infiel, que le cambia por los ídolos que no son en realidad dioses, haciéndole extraviar su corazón, Dios renueva su amor. Como lo señala en Jeremías 31:20 “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿No es niño en quien me deleito?…mis entrañas se conmovieron delante por él…” El enojo de Dios ante el despecho queda atrás por la fuerza de su gracia. “…Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira…” Oseas 11:8-9. La santidad de Dios le separa del pueblo pecador, pero su misericordia lo atrae de nuevo. Dios no puede negarse a sí mismo. Y su iniciativa es volver a enamorar a Israel (Oseas 11:1-4), “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia…” Oseas 14:4; “…yo la atraeré al desierto y…hablaré a su corazón” Oseas 2:14. La marca de Dios es la gracia. Una gracia que da vida, restaura y llena de alegrías.

II. DIOS NOS REVISTE DE GRACIA

La misericordia es el amor en acción. Es algo más que una actitud. Más que sentir pena por la gente. Es hacer algo por las personas. La Biblia dice que Dios es un Dios misericordioso. El Salmo 145:8 señala: «El Señor es tierno y compasivo, es paciente y todo amor». (DDH). Dios espera que hagamos como Él, espera que aprendamos a ser misericordiosos.

Dios ha sido misericordioso con nosotros así que tenemos que ser misericordiosos con los demás. Generalmente, nuestra tendencia es juzgar a otros, condenarlos por sus peores faltas y tendemos a juzgarnos a nosotros mismos por nuestras mejores intenciones. Un refrán de sabiduría popular dice: “No condenes por ningún fallo al hombre que cojea o se tropieza en el camino, a menos que te hayas puesto en sus zapatos o colocado debajo de su carga”. No sea usted indiferente ni demasiado duro con la persona que peca, ni con palabras ni con “piedras”. Debemos tener misericordia. ¿Por qué? Debido a que Dios nos ha mostrado la misericordia. Mateo 18:3. Dios nos ha revestido de misericordia y espera que hagamos lo mismo con el prójimo.

Hemos aprendido el amor porque Dios nos amó primero. Su amor se expresó en la cruz del Calvario. “A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros… De esta manera se hace realidad el amor en nosotros, para que en el día del juicio tengamos confianza; porque nosotros somos en este mundo tal como es Jesucristo” 1 Juan 4:12,17.

La gracia implica belleza y respeto, “soy como el que ha hallado gracia en sus ojos” la gracia construye las relaciones más preciosas. Es la benevolencia. Dios mismo es gracioso. Ex 34:6; Joel 2:13, Jon 4:2; Sal 86:15; 103:8; 114:4; 145:8. La gracia propicia amistad, la amistad es el mejor método de evangelismo, del trabajo en equipo, de la administración, del aprovechamiento de los recursos, del liderazgo, de la atención pastoral, la consejería, la educación a diferentes edades, es la respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

La gracia se extiende a los adversarios. En un sermón de Martin Luther King Jr titulado “Amar a nuestros enemigos” dijo: “A nuestros más implacables oponentes les decimos: «Hágannos lo que quieran, que nosotros los seguiremos amando”.

Scott Peck expresa lo siguiente: “La gracia sirve para promover –prestar apoyo, proteger y fomentar la vida humana y el crecimiento espiritual. Es una vigorosa fuerza que, teniendo su origen fuera de la conciencia humana, promueve el crecimiento espiritual de los seres humanos. A pesar de que todo se opone al proceso, muchas personas logran mejorarse y mejorar su cultura. Una fuerza les empuja a elegir su camino más difícil, a fin de que podamos trascender el cieno y la basura en medio de los con frecuencia hemos nacido”.3

Las personas están sedientas de una verdad que transforme sus vidas, Henri Nowen declaró que su manera de orar había cambiado después de visitar a un Centro de atención para enfermos de SIDA, donde escuchó historias de enorme dolor, mientras escuchaba los relatos estremecedores en su interior decía: «Dios mío, ayúdame a ver a los demás no como mis enemigos ni como impíos, sino más bien como seres humanos sedientos. Y dame el valor y la compasión que necesito para ofrecerles tu Agua Viva, que es la única que sacia esa profunda sed».4

III. DOS IMÁGENES DE GRACIA PARA LOS LÍDERES CRISTIANOS

El apóstol emplea dos analogías para describir la función pastoral, recurre a la doble figura de padres amorosos: primero, como una madre tierna (vs.7-8) y luego, como un padre comprometido (vv. 9-12).

“Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes,  los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros,  por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Tesalonicenses 2:7-12).

Las dos imágenes paulinas sobre el ministerio cristiano nos definen dos principios básicos que debemos adoptar.

A. UNA MADRE TIERNA

(1 Tesalonicenses 2:7-8)

La figura del líder, generalmente, se asocia con una personalidad fuerte, con don de mando, con una voz enérgica, con carisma que se impone ante los demás. El modelo que muestra Pablo manifiesta una disposición y actitudes tiernas: “como una madre que amamanta y cuida a sus hijos…”. Estas características se hallan en la promesa que hace Dios al pueblo exiliado en Babilonia: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas” (Isaías 40:11).

En el cumplimiento de esta promesa, Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Las ovejas no son tan bellas y tiernas como solemos pintarlas; más bien tienden a ser sucias y enfermizas, además de tener una reputación de ser tontas; de modo que el trabajo de pastorear que es sucio y gravoso, incluye la tarea de fortalecer a las débiles, curar a las enfermas, entablillar a las fracturadas e ir tras las extraviadas.

El gran amor de Jesús lo reveló en su servicio y sacrificio. Hoy, los cristianos necesitamos este amor sacrificial para cuidar de aquellos que el Señor ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Los pastores de Palestina, desarrollaban una relación muy estrecha con su rebaño, a tal grado de caminar delante de ellas, llamarlas, silbar o golpear con sus palos en el suelo y éstas seguían a su guía.

El pastor tierno acompaña a los solos, abraza a los desconsolados, está junto al enfermo, cuida a los extraviados. Quizá la gente no los recuerde por los grandes sermones, sino porque estuvieron junto a ellos cuando se les necesitaba. Ser instrumento pastoral requiere una capacidad para escuchar con atención y para reconocer en los ojos del otro la pena que embarga un corazón. El modelo sacrificial exige que renunciemos a aquello que puede hacer daño a los que alimentamos. Ayudar a que crezcan los niños en Cristo requiere mucha paciencia.

B. UN PADRE COMPROMETIDO

La función de padre se ha ido devaluando en la actualidad. En el ámbito mexicano el padre está ausente, ya sea porque engendró y dejó a la madre sola o porque no se involucra en el desarrollo de los hijos. El apóstol explica que su presencia en la iglesia de Tesalónica fue de compromiso, procuró hacerse cargo de sí mismo en lo económico y estuvo atento a las necesidades de la comunidad. Confrontó cuando debía hacerlo y animó a los desalentados.

Las palabras finales del segundo discurso de la toma de posesión de Abraham Lincoln son una breve, pero sustanciosamente expresión de la búsqueda de gracia para restaurar las heridas de la nación: “Con malicia para nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, como Dios nos permite ver lo que es correcto, esforcémonos en terminar la obra en que nos encontramos; para sanar las heridas de la nación, para cuidar de aquellos que murieron en la batalla, de sus viudas y sus hijos huérfanos; para todas las tareas que nos llevan a alcanzar y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros, y con todas las naciones”.

El mundo tiene necesidad de gracia, pues todos necesitamos afecto, ser respetados, ser guiados sabiamente, conocer al verdadero Dios, protección y seguridad, socializar, comunicación, buenas relaciones y libertad.

CONCLUSIÓN

Procuren que a nadie le falte la gracia de Dios… Heb. 12:15. El cuidado del alma cristiana busca promover la cristiformidad por el fomento de la interioridad, particularmente la internalización de la Palabra de Dios y de la manifestación de la gloria de Dios en la vida humana. El cuidado pastoral sirve para sanar las heridas. Guía a las personas a crecer en la madurez (ser perfectos) Ef 4:13. Si te importa lo mismo que a Dios le importa, a él le importan los perdidos, los lejanos, los sin poder. La labor del líder consiste en crear el ambiente en el cual sea posible el crecimiento.

Se acompaña desde la propia fragilidad “…Mi poder se perfecciona en la debilidad” 2 Cor 12:9. Un ejemplo de servicio de gracia lo constituye el Doctor Denis Mukwege un médico de la República Democrática del Congo, galardonado con el premio Nobel de la Paz por su dedicación a apoyar a las mujeres víctimas de violación que usaban como estrategia de guerra de los ejércitos rebeldes. Denis, da testimonio que su vocación se despertó mientras acompañaba a su padre, un pastor, mientras visitaba a los enfermos. Su vida destila gracia.

Todo lo que hagamos, con cualquier persona, de cualquier edad, debe tener la marca de Dios: la gracia.

Bibliografía

1 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 28-29

2 Artículo: “Misericordia”. Jules Cambier y Xavier León-Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica. Ed. Herder, 1965, pp. 175-179.

3 M. Scott Peck. “La nueva psicología del amor”, Ed. EMECE, 1994, p. 271.

4 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 34-35

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Identidad y compromiso: un credo que prevalece

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Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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Certificado en Ministerio Pastoral

Certificado en Ministerio Pastoral

El mundo en el que vivimos presenta hoy más que nunca muchos cambios y nuevos desafíos. Es por ello que, el Seminario de Entrenamiento Ministerial abre su “Certificado en Ministerio Pastoral”.

Por medio de este programa, el alumno recibirá capacitación y formación en el que quehacer pastoral, visto éste como el ministerio de todos los creyentes y no solamente con una función, la que desempeña una persona que tiene a su cargo una iglesia.

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Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Min. Ricardo Méndez Carreño

En tiempo de Pandemia los templos están cerrados, pero la iglesia no lo está. Por razón de frenar la propagación del COVID19, se nos ha solicitado «Quedarnos en casa» y la cuarentena quizá se extienda mucho más tiempo de lo previsto, por lo que seguiremos resguardados en casa, pero nuestra fe está viva y activa; como iglesia debemos reinventarnos para poder proclamar desde nuestros hogares el Evangelio del Reino de Dios de forma oportuna y eficaz. El uso de las redes sociales son un medio para establecer y mantener nuestras relaciones de amistad, compañerismo y acompañamiento a distancia con las personas. Dichas relaciones son un vehículo a través del cual el mensaje del Evangelio puede ser difundido.

Piense en esto: Si usted se para en la esquina de la calle y proclama el mensaje, podrían escucharlo algunas personas. Pero la mayoría de la gente lo ignorará porque usted es un desconocido para ellos; sin embargo, esas mismas personas que no le hicieron caso, si reciben el mismo mensaje a través de un amigo o un familiar, alguien en quien confían, el mensaje encontrará una mejor oportunidad de conseguir su atención.

Uno de los beneficios de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram WhatsApp, etc., es que son una gran herramienta para construir relaciones. Probablemente usted ha escuchado esto más de una vez, pero quizá usted tiene confusión acerca de si las redes sociales pueden funcionar para el trabajo de la iglesia. En esta crisis que vivimos no lo podemos hacer físicamente de persona a persona, pero estos recursos nos pueden ser de utilidad para poder llegar a ellas. Recuerde, nuestro propósito es alcanzar a la gente con la Buena Noticia del Evangelio, dar palabras de aliento, de consuelo y de esperanza.

¿Cómo podemos usar las redes sociales para compartir el Evangelio?

Al difundir el mensaje de salvación, la mayoría de nuestros contactos pueden ignorarlo. Sin embargo, nuestras publicaciones por esos medios son compartidas, comentadas e incluso son marcadas con un: «me gusta», y más de una de estas publicaciones llegan a tus amigos y familiares a través de ti y tienes una buena oportunidad de conseguir su atención e incluso su interés, porque el mensaje viene de alguien en quien tienen confianza.

Por consiguiente:

  1. Las relaciones que construimos en línea nos ofrecen la oportunidad de compartir el Evangelio de persona a persona, sin ningún esfuerzo adicional de nuestra parte.
  2. Al igual que construimos vínculos de amistad de forma física, así también por redes sociales construimos relaciones en base a la confianza, y cuando ésta existe, las barreras y el escepticismo disminuyen y nuestros contactos están más abiertos a escuchar y ver los mensajes que les enviamos, seguramente estarán dispuestos a iniciar un diálogo con nosotros, dando lugar a preguntas y a otras oportunidades de compartirles mensajes.

De acuerdo a estas dos razones, las redes sociales pueden ser un medio muy efectivo para compartir la Palabra de Dios.

Tres requisitos básicos para compartir:

  1. Publique una imagen que llame la atención de tus contactos (que despierte en ellos la conciencia).
  2. Comparta la ubicación y los detalles de la imagen para lograr captar su interés (eduque a sus contactos).
  3. Provoque un deseo en sus contactos, comparta un enlace relacionado al sitio web de la iglesia (haga un llamado a la acción).

Ejemplos: La imagen debe llevar un mensaje como estos: «Podrás vivir sin Cristo, pero morir sin Él será terrible», «Con Cristo todo, sin Él nada», «Mi vida comenzó cuando conocí a Cristo», «Amor sin condiciones», entre otras. Recuerde que las imágenes deben tener una liga para consultar el tema.

Es importante poner este proyecto en oración antes de iniciar. Debe tener una meta en mente al momento de publicar, también es conveniente conocer la audiencia prevista, establezca una estrategia demográfica (¿quiénes son sus contactos? ¿a cuántas personas va a llegar?), una estrategia espiritual (¿en qué creen nuestros contactos? ¿cuál es su fe?). Si omitimos estos detalles, es posible que tengamos pérdida de tiempo y frustración por malos resultados.

El Poder de los hashtags: El signo numeral “#” es más conocido como «Hashtag», gracias a los sitios de redes sociales como Twitter e Instagram. Los hashtags permiten diferenciar, destacar y agrupar una palabra o tópico específico en estas redes. Ellas ayudan a organizar el contenido, haciendo búsquedas de palabras clave y el seguimiento de los temas específicos de manera más fácil. Algunos ejemplos de hashtags: #sinDiosysinCristo, #mipasionesCristo, #Salvadosporunamirada, #Iglesia7dunaiglesiaquecomparte, etc.

140 caracteres: Los usuarios de Twitter tienen un máximo de 140 caracteres para «twittear» su mensaje. Esta limitación es con el propósito de que cada envío capte la atención de los contactos, estos mensajes deben ser sencillos, fáciles y poderosos para producir una reacción emocional. Solo se necesitan dos o tres segundos para que un usuario de redes sociales decida si el mensaje es digno de su tiempo.

Blogs: Debemos alentar entre los hermanos de la iglesia a incursionar en el mundo de los bloggers, deben ser hermanos que dominen este recurso, deben ser atrevidos y sin miedo para compartir su testimonio y su fe en Cristo Jesús. El blog es una herramienta que sin temor se puede convertir en un anuncio misionero. Es una manera sencilla de provocar una conversación interesante con los demás.

Trabajar con redes sociales implica invertir tiempo y esfuerzo, así que hay que ser pacientes y persistentes para obtener resultados, también se debe ser consciente y realista con las expectativas, estas pueden ser las que no esperamos, sin embargo, hay que seguir adelante sin desmayar, Dios siempre va a estar con nosotros. Cuando empecemos a tener respuestas de los contactos, hay que comprometernos con ellos y atenderlos a todos sin menospreciar a nadie.

Recuerde: Nuestra experiencia de fe no está limitada al templo.

Por favor, recomiende a sus contactos la página de la iglesia: www.iglesia7d.org.mx en YouTube y Facebook se están llevando a cabo, todos los sábados, cultos de edificación como son la Escuela Sabática y Culto Vespertino.

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La grandeza de la iglesia

La grandeza de la iglesia

Min. Israel Delgado Sánchez

Al vivir en un mundo cuya cultura e influencias son herederas de la modernidad, hemos creído que buscar lo grande y la grandeza, es la manera de mostrar a Dios. Pero vale la pena hacernos la siguiente pregunta: ¿Será que la grandeza de Dios se muestra en cosas consideradas pequeñas y hasta insignificantes?

Jesús refirió en diversas ocasiones la importancia de poner nuestra mirada en lo pequeño. Como ejemplos tenemos entre otros: la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9) en donde la pequeña semilla que cae en buena tierra, da fruto al ciento, sesenta y treinta por uno; mas adelante encontramos la parábola de la semilla de mostaza (13:31-32) en ella Jesús enfatiza que dicha semilla es la mas pequeña de todas las semillas, pero que cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, tan grande que las aves del cielo hacen nido en sus ramas; también encontramos en el verso 33 del mismo capítulo la parábola de la levadura, en donde Jesús refiere que una minúscula cantidad de dicho elemento es capaz de leudar una gran cantidad de harina (tres medidas de harina son aproximadamente 22 litros). Para algo tan grandioso e importante, que significaba la salvación del mundo como lo era el Evangelio del Reino de Dios; Jesús decide usar ejemplos de cosas muy pequeñas, imperceptibles y a las que normalmente no se les da mucha importancia.

La palabra entonces nos indica que debemos ir de lo mega a lo pequeño. Para conocernos más, necesitamos ver lo que normalmente no nos detenemos a observar por considerarlo minúsculo.

Nuestra realidad como iglesia nos dice que hemos sido una iglesia pequeña de pequeñas comunidades, pero por lo visto, el Señor nos ha llevado a vernos aún más pequeños, para mostrarnos definitivamente dónde está nuestra grandeza. Quizá estábamos cómodos y sintiéndonos exitosos en los templos, con la Convocación Nacional en puerta, un evento masivo sin precedentes en la historia de la iglesia.

Sin embargo, el Señor que hizo lo pequeño e imperceptible nos sacó de ahí para llevarnos a casa. Pero ¡cuidado!, no vaya a sucedernos que nos acomodemos en nuestras casas y ahí nos encerremos. El Señor nos está permitiendo estar en casa y ahí hacer vida con nuestras familias con mayor tiempo disponible para poner nuestra mirada en lo pequeño; que no por serlo es denostable, al contrario, para el Señor es y para nosotros debiera ser lo más importante del ser iglesia: nuestra fe personal y familiar.

El capítulo 18 de Mateo aborda grandes temas, que tienen conexión directa con las relaciones más cercanas. Estos temas son enormemente relevantes por que nos dejan en claro que el meollo de la vivencia en el evangelio está en las relaciones cercanas basadas en el amor. Los temas abordados por Jesús según el evangelista son:

1. Humildad y sencillez ante nuestros hermanos: ser como niños (1-5).

2. No escandalizar a los pequeños: no ser tropiezo en ninguna circunstancia (6-9).

3. No demeritar a nadie, incluido el descarriado; antes bien, buscarlo como a oveja perdida (10-14).

4. El proceso de perdón-reconciliación: ponerse de acuerdo como prioridad de la iglesia (15-22).

5. ¡Perdonar, perdonar, perdonar! Nuestra mirada debe estar puesta en Dios, nuestro anhelo debe ser alcanzar la altura de amor que Dios tiene por nosotros, que nos perdona de todo corazón (23-35).

Por lo anterior, quiero compartir, en el amor del Señor, las siguientes pautas que nos indican en dónde está nuestra grandeza:

La grandeza de la iglesia está en la fe de sus integrantes

“Jesús les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20). Para mover montañas se necesita algo tan pequeño como una fe tamaño grano de mostaza. La iglesia de Dios necesita la fe de sus integrantes para subsistir en medio de este tiempo de crisis e incertidumbre, si mantenemos la fe en Dios los montes nos obedecerán. Nada ni nadie puede acaba con una iglesia cuyos miembros tienen una fe pequeña y a la vez grandiosa como un grano de mostaza.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2, RV60). ¿Qué puede vencer a una iglesia cuyos miembros tienen fe en lo que aún no llega y en lo que no pueden ver? Absolutamente nada. Al contrario, podemos afirmar como hace el profeta Habacuc:

«Aunque no den higos las higueras, ni den uvas las viñas ni aceitunas los olivos; aunque no haya en nuestros campos nada que cosechar; aunque no tengamos vacas ni ovejas, siempre te alabaré con alegría porque tú eres mi salvador. Dios mío, tú me das nuevas fuerzas; me das la rapidez de un venado, y me pones en lugares altos» (Habacuc 3:17-19, TLA).

La grandeza de la iglesia está en el qué y para qué de su fe y acción en el mundo, no en el cómo

No solo estamos en el mundo para reunirnos en los templos cada sábado –ese ha sido el cómo de muchos por mucho tiempo–. Estamos en el mundo porque somos la iglesia de Dios que fue creada por Él para ser luz y sal de la tierra: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:13-16). Así que hermanos ¿Qué somos? Luz y sal. ¿Para qué estamos? Para alumbrar, romper tinieblas, para dar sabor y preservar la vida. ¿Cómo lo haremos si no podemos reunirnos en los templos? Viviendo y haciendo crecer la fe en nuestro corazón y el de los nuestros, haciendo el bien, dando ayuda al que lo requiera, estando presencial o virtualmente con el que sufre, orando y ayunando.

Dietrich Bonhoeffer, escribió lo siguiente desde una celda nazi en 1944: «La Iglesia es la Iglesia únicamente cuando existe para los demás…. La Iglesia ha de tomar parte en los problemas seculares de la vida cotidiana, no en forma dominante, sino ayudando y sirviendo». Debemos procurar ser “la iglesia para los demás”, pero aún mejor “la iglesia con los demás”.

La grandeza de la iglesia está donde están dos o tres congregados en el nombre de Jesús

La expresión de Jesús en Mateo 18:20, alude a:

1. La importancia de la búsqueda de la restauración del pecador que permita integrarlo plenamente a la iglesia (18:15-17).

2. El uso responsable de la autoridad que da a los que son miembros de la iglesia para permitir o prohibir (18:18) y

3. En la capacidad que tiene ésta de ponerse de acuerdo en lo que pide a Dios (18:19).

Todo esto se da en la expresión más pequeña posible de la iglesia. Jesús insistió en que la iglesia se da, crece y bendice en lo pequeño: doce discípulos, sus amigos de Betania (Marta, María y Lázaro) o dos o tres reunidos en Su nombre. Cuando dos o tres nos juntamos, la iglesia sucede, lo cual nos deja muy en claro algo que escuché hace algún tiempo y es que: a la iglesia no se va, la iglesia es.

La descentralización de la iglesia, la potenciación de las iglesias locales y agrego: de las familias que conforman a la iglesia local, serán determinantes en los años por delante.

La grandeza de la iglesia está en la intimidad de las relaciones más cercanas

Los momentos más difíciles, significativos e íntimos que Jesús vivió, los experimentó con unos cuantos: con sus doce discípulos (Marcos 6:30-32), Él y el Padre (14:23), cuando comparte con sus más cercanos amigos el pan y el vino como símbolo de su entrega total por amor (26:17-29), con tres de sus discípulos en la hora de la angustia en Getsemaní (Mateo 26:37).

El Señor nos ha estado permitiendo en los meses pasados concentrarnos en lo más importante que muchas veces descuidamos porque lo consideramos pequeño: nuestra relación personal con Él y la experiencia de vida en fe con nuestros seres amados más cercanos. En casa, con Dios y con nuestros seres amados: ¡Sigamos haciendo iglesia!

No desaprovechemos esta grandiosa oportunidad de fortalecer nuestra fe: orando, leyendo la Palabra, escuchando la amorosa voz de nuestro Dios. No perdamos este valioso tiempo de compartir la fe y el amor que Dios nos da con nuestra esposa o esposo, con nuestros padres, hijos, hermanos, amigos queridos. ¡Es tiempo de dedicarnos a lo grande de la iglesia! Una iglesia integrada por hermanos llenos de fe, por matrimonios edificados en la Palabra, por familias que viven en el amor de Dios; será grandiosa y fuerte y tendrá todo lo necesario para cumplir con la Misión encomendada por el Señor.

Cuenta una anécdota de un joven que soñó que entraba en un gran negocio. En el mostrador estaba un ángel como dependiente. “¿Qué venden aquí?” le preguntó el joven. “Todo lo que usted desea” contestó el ángel. El joven entonces comenzó a hacer la lista de cosas: “Quiero que terminen las guerras en el mundo, quiero más justicia por los obreros explotados, tolerancia y generosidad hacia los extranjeros, más amor en las familias, trabajo para los desempleados, más unión en la iglesia y que sanen todos los enfermos por el Coronavirus” Pero el ángel lo interrumpió diciendo: “Joven, usted se ha equivocado. Nosotros no vendemos frutos, vendemos solamente semillas”. Dios necesita nuestra colaboración y responsabilidad. No interviene directamente en el mundo sino nos da su ayuda para que nos hagamos siempre más responsables. La manera de que las semillas germinen y den fruto es cultivándolas en el corazón y en nuestras relaciones más cercanas.

La fe nace en el corazón, brota y se desarrolla en la intimidad de la familia, se comparte y da fruto con la iglesia en el mundo.

Conclusión

Lo que ha estado pasando es difícil y triste; pero también puede ser bueno, porque nos hace preguntarnos si a lo que estábamos dando mayor valor, realmente es tan valioso como creíamos, a saber: los templos, los aparatos, la música, los eventos, etc. Un pequeño virus, imperceptible al ojo humano, nos hizo replegarnos y ha impedido realizar grandes reuniones, grandes proyectos. Pero no nos impide ser iglesia, porque si nos congregamos 200, 100, 50 o 2, no hay diferencia: somos iglesia.

Si el Señor nos ha permitido volver a los templos, ¡No volvamos iguales! Volvamos con una fe renovada y fuerte, volvamos con nuestra familia llena de la Palabra y experimentando más plenamente el amor de Dios, volvamos con la visión clara para poner nuestros ojos en la grandeza de la iglesia y no en lo que parece grande, pero que nos ha distraído de lo verdaderamente importante. Volvamos dispuestos a cumplir cabalmente con nuestra razón de ser iglesia, a saber: vivir en la voluntad de Dios, siendo y haciendo lo que Él nos enseñó en Su Evangelio: “No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.” Pero entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!” (Mateo 7:21-23, DHH).

Que esta situación apremiante que estamos viviendo nos haga recordar la promesa de Jesús, ¡Él está con nosotros! Pero que también nos recuerde la Misión que Él puso en nuestras manos de hacer discípulos, bautizarles y enseñarles con palabra y acción lo que nos ha mandado: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20, RV60).

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¿Y si mi familia no cree?

¿Y si mi familia no cree?

Por: Akari Velasco Zúñiga

Ciertamente, todos venimos de una familia con origen que Dios mismo concedió. Aunque somos parecidos en algunos rasgos físicos, emocionales y de comportamiento, somos sin duda únicos. Tenemos personalidades e intereses diferentes, así como necesidades afectivas, de formación y preparación para la vida, completamente personalizadas, ¡y eso es muy bueno! Y en el ámbito de lo espiritual, también somos diferentes. Seguramente en nuestras familias  habrá quienes vivan de acuerdo a la voluntad de nuestro Dios, pero también habrá quienes vivan su vida sin considerar lo que Dios nos recomienda. Esta situación se torna un poco complicada cuando en el mismo núcleo familiar se presenta esta diferencia. La convivencia puede volverse un poco tensa, generándonos, incluso, sentimientos de angustia, ansiedad, tristeza, desesperación, enojo, frustración e incertidumbre.

Probablemente al estar leyendo esto, estás volteando a ver a tu propia familia y ves que su realidad es muy parecida al panorama que te acabo de mostrar. Y puede ser que te preguntes: ¿Y si mi familia no creé, qué hago?  Muchachos, quiero decirles que muchos de los que hoy formamos parte del pueblo de Dios vivimos una situación parecida, pero quiero darte una buena noticia: Eres bendecido porque aparte de tener una familia biológica, te ha dado una gran familia espiritual ¡Nuestro Señor Jesucristo mismo reconocía que somos su familia! “Porque todo aquel que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Marcos 3:35). Así que siéntete bendecido doblemente.

Vive conforme a la voluntad de Dios: Honra a tu padre y a tu madre, entendiendo por honrar: respetar, estimar y considerar a una persona. Que tu conducta sea de orgullo para tu familia “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” (1ª. Timoteo 4:12). Pero  no te apartes del camino, pues debes amar a Dios antes que a los hombres.

Sé luz en la oscuridad de tu familia “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16).

Y si aun así sintieras que “no encajas en tu familia”, sigue haciendo lo bueno delante de Dios, haz oración por ellos y recuerda siempre las siguientes palabras: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmos 27:10). Hermosas y verdaderas palabras. ¡Créelas y hazlas tuyas en todo momento! Y recuerda: ¡formas parte de una gran familia y nuestro Padre es Dios!

Cuando pase la noche

Cuando pase la noche

Min. Avelardo Alarcón Pineda

Todo hace parecer que nuestro barco está llegando a tierra firme. Aún no ha pasado la noche pero ya se asoma en el horizonte la luz tenue de un nuevo día. Parece que con el paso de los segundos el frío cala más como si supiera que está llegando su fin y se aferrara con mayor insistencia al cuerpo. Hemos sobrevivido, era impensable que en un lago como este pudiera experimentarse tal embate por la sobrevivencia; sin embargo, apareció Él y aunque no se calmó el viento lo que ocurrió fue todavía más sorpresivo y sorprendente.

Cuando salimos aquella tarde de la otra orilla, cansados de haber corrido, gritado y cargado las cestas de pan y de peces, –después de todo, quién iba a imaginarse que inmediatamente del largo viaje de regreso al que todos fuimos a predicar, tendríamos que dar de comer a cinco mil varones, a las mujeres, los niños y los esclavos que se acercaron–, no sabíamos lo que nos esperaría. Toda la noche estuvimos luchando contra el fuerte viento, ninguno de nosotros había conseguido descansar ni dormir; al contrario, la lucha constante por tratar de robarle unos centímetros al lago contra la fuerza de aquel viento inusitado nos desmoralizaba al tiempo que provocaba la desesperación y la frustración. Fue entonces cuando ocurrió, y fue como si el salmo 139 se escribiera sobre aquel firmamento estrellado:   Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Cuando escuchamos su voz segura en medio de la noche: tengan ánimo, soy yo, no teman1. Entonces ocurrió lo que menos nos imaginamos, cada uno se prendió del bote hasta con los dientes pues sabíamos que en medio de aquella confusión el lugar más seguro era mantenernos dentro de la barca sujetándonos lo mejor que pudiéramos. Pero Pedro, si, Pedro, no sabemos qué le pasó por la cabeza, pero hizo lo que a ninguno de los demás se nos hubiera ocurrido. Pensábamos que era una locura, a nadie se le viene a la mente que puede caminar sobre el agua, mucho menos en medio de aquella inestabilidad, pero algo marcó la diferencia: si eres Tú manda que yo vaya. Nuestra noche se volvió resplandor cuando los once vimos a Pedro descender de la barca y dar pasos sobre el mar inquieto, fue como si la luz de pleno día dirigiera sus rayos hacia aquella figura endeble que caminaba como cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos. Como si el cielo oscuro fuera un gran lienzo de tela y se rasgara justamente allí para que una luz imponente se fijara sobre ese instante. Pero no había luz de la luna y mucho menos del sol, no hubo alguna luz celeste que se abriera paso entre la cortina, lo que realmente ocurrió es que hubo una iluminación potente en medio de nuestra oscuridad interior. Y de pronto, el cansancio, el sueño, el enojo, el temor, la frustración y la impotencia desaparecieron. Y aunque seguíamos en medio de aquella gresca provocada por el viento y las olas, y nuestra barca seguía siendo sacudida y obligada a retroceder, en nuestro interior hubo regocijo, esperanza, iluminación y paz.

Salimos de aquella noche transformados, después de aquello éramos las mismas personas, pero percibíamos la vida y al mundo de una manera diferente. Esa luz que transformó nuestra oscuridad interior aquella noche siguió iluminando nuestros pasos en adelante.

En la escritura existen varios relatos que tienen en común la epopeya de haber atravesado una noche complicada que resultó transformadora: Jacob en Bet-el y en Peniel, la primera pascua cuando los Israelitas fueron liberados de Egipto, los discípulos ante una tempestad que anegaba su barca o aquella noche cuando vieron a Jesús caminar sobre el agua, cuando Pedro fue llamado por Jesús en la primera pesca milagrosa o cuando fue reencontrado en el Evangelio de Juan2. Cada una de estas historias tienen algo en común: quienes atravesaron por esta noche singular tuvieron la oportunidad de ser encontrados por Dios y ser transformados.

En estas narraciones, la noche se asemeja al capullo en el que se introduce una oruga para sufrir su metamorfosis3; entra en ella siendo gusano y sale transformada en mariposa; el mismo ser pero con diferente forma y diferente manera de asumir la vida. Destaco en itálicas la palabra sufrir porque el cambio, el desarrollo y el crecimiento la mayoría de las veces implica sufrimiento. Crecer duele, dejar lo viejo, lo caduco y lo corrupto atrás para dirigirse hacia algo nuevo, es un proceso doloroso que comienza con la decisión de anhelar lo mejor y estar dispuesto a cubrir el costo de ello.

Hablar sobre lo que ocurrirá “después de la pandemia” indudablemente nos mete en el terreno de la especulación, pero las diversas opiniones se sitúan entre dos posiciones. Algunos hablan de que este será un punto de inflexión; es decir, un parteaguas que marcará y cambiará la historia humana y que será como darle la vuelta a una página para comenzar algo nuevo. Una segunda postura sostiene que esta experiencia será un catalizador, un acelerador que nos llevará a realizar con mayor prisa asuntos que ya venían realizándose o que estaban pendientes. ¿Cómo será la vida después de que la fase crítica de la pandemia haya pasado y volvamos a nuestra “normalidad”? ¿Seguiremos siendo los mismos? ¿Seguiremos realizando las cosas como lo veníamos haciendo? ¿Habrá algún cambio? De ser así, ¿será positivo o negativo? ¿Será para bien o para mal? ¿Será para ser mejores o peores? Estas preguntas y planteamientos son válidos tanto para la sociedad a nivel mundial, a nivel nacional y sobre todo para nuestra iglesia como comunidad de discípulos de Cristo. El tema es muy amplio como para tratar de abordar los macropanoramas, ambientes en los que la iglesia debería tener incidencia pero que dejaremos para otro momento. Por ahora enfoquemos la mirada en nuestra comunidad; nuestra pequeña barquita que se embate entre las olas embravecidas de un mundo convulsionado. ¿Cómo terminaremos esta travesía? ¿Que nos dejará la noche como pendiente para realizar al llegar el día? ¿Qué transformaciones habremos experimentado? ¿Qué iglesia vamos a construir después de la pandemia? ¿Daremos la vuelta a la página y comenzaremos algo nuevo o utilizaremos esta experiencia para darle un impulso renovado y acelerado a los asuntos pendiente que tenemos atrás?

Es muy complicado saber lo que ocurrirá porque en gran medida depende de la respuesta que cada uno dé a esta experiencia, de cómo respondamos y de lo que hagamos durante el confinamiento, de cómo reaccionemos a la contingencia y de qué tan profundo reflexionemos acerca de lo que ocurre. Si en este periodo se produce esta lucha interna de la que tanto nos habla la Escritura y que dibuja mediante los relatos de la noche metamórfica.

Jacob en Betel estaba viviendo una crisis en la que se hallaba solo y completamente desamparado. Huyendo de su hermano para salvar su vida se queda dormido en un lugar en el que tiene que usar una piedra como almohada porque en el escape no lleva consigo más que lo elemental. Allí le aparece el Señor en sueños y le hace saber tres cosas:

1. Que es heredero de las promesas por su gracia.

2. Que cuenta con Su presencia para asegurar que se realicen Sus propósitos.

3. Que aunque ha dejado muchas cosas atrás y su presente no es muy alentador, (Dios) tiene un futuro para él.

Jacob termina transformado por la visión y responde a Dios mediante compromisos que surgen de manera espontánea:

1. Serás mi Dios.

2. Dejaré un testimonio permanente de este encuentro.

3. Entregaré mi diezmo para Ti.

De aquel capullo salió un nuevo ser que dejó atrás al niño que dependía de su mamá para resolverle los problemas y dar lugar al hombre nuevo que ahora dependía de Dios plenamente. El niño que huía dio paso al adulto que piensa en volver para encarar y resolver la situación con su hermano. El inmaduro que luchaba por tener el privilegio de primogénito dio lugar al hombre adulto que cambio de tesoro: de ahora en adelante el Señor será lo más preciado y ocupará un lugar cada vez más primordial en su vida.

Pero la noche de la metamorfosis todavía tiene algo más para Jacob. No ha sido suficiente el primer encuentro, porque aún sigue siendo el hombre suplantador. Jacob debe cambiar de nombre, debe dejar atrás su vieja forma del todo para dar lugar algo cada vez mejor, experiencia que nos recuerda que la vida es proceso.

La noche en Peniel fue distinta. Parece que Jacob sigue valiéndose de tretas para conseguir lo que desea y ha dejado de lado al Señor. Se dirige al encuentro con su hermano, una experiencia por demás sublime: la reconciliación entre los hermanos peleados. Pero Jacob lo tiene todo planeado; sabe que su hermano viene a encontrarlo con 400 hombres. Jacob se llena de temor y aunque el Señor le dice que confíe, que estará con él, aún así diseña una estrategia temeraria que pondría a sus hijos en gran peligro. Así es, Jacob manda por delante un cargamento con regalos y detrás de ellos a los niños y las mujeres, pensando que eso podría sensibilizar a su hermano. Y divide el campamento en dos partes por si acaso su hermano y sus cuatrocientos hombres deciden destruir el primer campamento (en el que va su familia) entonces se salvará la mitad de sus bienes. Aquella noche, Jacob se queda detrás, dejando como resguardo un río, entre su familia y él. Estando solo viene un varón (que es una mediación de Dios) y pelea con él toda la noche, como resultado le desencaja un muslo, pero le da su bendición. En esta experiencia, cercana a la muerte, en la que Dios le deja ver con claridad que el quedarse solo no ha sido sino la peor de sus decisiones porque aparentemente donde más seguro estaba más expuesto se quedó. Jacob no murió aquella noche, quedó lastimado y desgastado, pero en su interior se renovó; así que, ahora más vulnerable que nunca, lastimado y con una pierna que antes era su fuerza pero ahora es una carga, se adelanta al campamento y humillado se dispone a esperar a su hermano, con quien tiene uno de los encuentros más emotivos narrados en la Escritura. Nuevamente la noche de la metamorfosis ha dejado su fruto.

Al inicio de este artículo se incluye la lectura narrativa de una de las noches de metamorfosis que tuvieron los discípulos. Aquella noche llegaron a tierra firme sabiendo que todo discípulo de Cristo está llamado a caminar sobre el agua; es decir, a estar por encima de las circunstancias. Que en lugar de esperar que Jesús quite la adversidad, tengan ellos la capacidad de caminar sobre el mar embravecido para ir al encuentro de su Señor.

La noche de la metamorfosis, en particular parece que atañe a Pedro, el discípulo en quien se representa constantemente el proceso de transformación. En los evangelios hay dos relatos similares que conocemos como la pesca milagrosa. Una de ellas esta narrada por Lucas y la otra por Juan. La primera se sitúa al inicio del Evangelio, en el momento en que Pedro es llamado por Jesús a ser pescador de hombres; en el segundo, narrado al final del Evangelio de Juan, Jesús tiene otro encuentro con Pedro en el que lo llama a apacentar a sus ovejas. Ambos episodios también ocurren durante la noche y su resultado es determinante para la vida de Simón, quien después será llamado Pedro. En estos relatos Pedro es introducido a un capullo del que saldrá renovado; entrará un pescador y saldrá un discípulo, entrará un discípulo frustrado, avergonzado y temeroso, y saldrá un pastor valeroso que cuidará de la iglesia y dará su vida por Jesús.

Cada discípulo y cada comunidad –entendiendo que la comunidad es vista como un cuerpo– en nuestro caminar tras las huellas de Jesús tenemos oportunidades únicas. Lo que para muchos es señal de amenaza o tiempo en donde gobiernan los terrores nocturnos, para nosotros es espacio de transformación, es tiempo de encuentro con nuestro Maestro y oportunidad para crecer. La sociedad actual con todo el avance tecnológico sostiene la utopía de crear una sociedad libre de sufrimiento y por otro lado se alimenta la fantasía de la felicidad permanente, la idea absurda de que un ser humano puede vivir siempre feliz, lo que tiene como consecuencia que la humanidad esté perdiendo brillantes oportunidades para crecer y ser mejores. Para la humanidad no habrá noche de metamorfosis, pues el miedo les ha invadido, y por miedo le han entregado al gobierno, a la ciencia, a la educación o a los gurús económicos el destino de sus vidas. La experiencia en la historia y sobre todo la revelación bíblica develan esta verdad: nadie se transforma en algo mejor si su vida está basada en el miedo, ya que es éste lo que lleva a cada persona a buscar su supervivencia, a atrincherarse y defenderse ante cualquier cosa que le represente una amenaza. Lo vemos claramente en los personajes mencionados en los textos bíblicos, su primera reacción fue buscar la supervivencia, es resultado del espanto y de sentirse impotentes ante la adversidad. Esto en gran medida es cierto en un mundo que siente que está cayendo en el vacío sin fe ni esperanza.

Pero para la iglesia la experiencia puede resultar diferente, somos el pueblo redimido al cual el Señor dirige hacia la realización de una nueva humanidad en cielo nuevo y tierra nueva. No conocemos el vacío sino la expectativa de plenitud; y, por tanto, “la noche” se convierte en la experiencia de metamorfosis. Por lo que en muchos casos ésta puede representar un punto de inflexión para dejar atrás lo que se requiera para dar paso a algo nuevo, pero también puede representar un catalizador de las cosas buenas que el Señor ha depositado en nosotros, el acelerador que puede impulsarnos para darle prisa a los asuntos pendientes, el poder transformador que puede darnos un empuje nuevo para realizar la voluntad de Dios.

La contingencia vino a obligarnos a levantar la alfombra para darnos cuenta de todo lo que hemos guardado allí; es decir, de abordar los temas pendientes y que hemos postergado porque nada nos hacía ver la prisa de atenderlos: vulnerabilidad, marginación, pobreza, violencia, trabajar en la prevención, inseguridad alimentaria, desarrollo del carácter cristiano. Cualquiera de estas visiones (como punto de inflexión o catalizador) es válida porque en realidad nos movemos constantemente hacia la realización plena de todas las cosas al mismo tiempo que vivimos la contemplación de la bondad de Dios y la espera de la venida de nuestro Salvador.

Entre tanto, ¿queremos regresar a la normalidad después de esto? Después de que pase la noche de la metamorfosis será imposible.

Referencias

1 Mateo 14

2 Génesis 28; 32; Éxodo 12; Mateo 8; 14; Lucas 5 y Juan 21.

3 La expresión metamorfosis, que proviene el verbo metamorfou (μεταμορφού) y significa transformar, se utiliza cuatro veces en el Nuevo Testamento, en dos ocasiones para referirse a la «transfiguración» y en el resto a la transformación de que se da en los creyentes, en Romanos 12:2 y 2 Corintios 3:18.

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