Situación actualizada sobre los hermanos en Pantheló, Chiapas.

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COMUNICADO SOBRE LA SITUACIÓN DE LOS HERMANOS EN PANTELHÓ, CHIAPAS

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Comunicado 9 de julio 2021

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VIOLENCIA FAMILIAR: QUÉ HACER SI SE ESTÁ VIVIENDO

VIOLENCIA FAMILIAR: QUÉ HACER SI SE ESTÁ VIVIENDO

Dra. Rosa María Salazar Rivera

Cuando la violencia atrapa

La violencia en el hogar atrapa a los y las integrantes de la familia debido a que se naturaliza, es decir, se cree que lo adecuado es resolver los conflictos o desacuerdos con violencia. Un porcentaje alto de mujeres que padecen violencia tienen dificultad para identificarla, señalan que su esposo nunca la ha golpeado, que “solo” la insulta, pero porque ella le provoca; que no le da suficiente dinero para la manutención, pero porque ella tiene la culpa pues es mala administradora; que accede a tener relaciones sexuales porque ella entiende que es su obligación.

La Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém Do Pará) define a la violencia como: «cualquier acción o conducta, basada en su género, que cause muerte, daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico a la mujer, tanto en el ámbito público como en el privado».

Para comprender mejor esta definición con el fin de identificar si hay violencia en la familia, empecemos por entender qué quiere decir “acción o conducta basada en su género”. Se refiere a los actos que se hacen contra una mujer porque su comportamiento no cumple con lo que nos han dicho de las mujeres, por ejemplo: porque no tiene la comida a tiempo para cuando llega el esposo, hijos o hijas, porque la comida no la hizo como la suegra o como dice el marido, porque está en la calle platicando con la vecina (“anda de chismosa”), porque sale a la calle con ropa muy ajustada al cuerpo, porque no hace las labores de la casa y solo está para eso, porque desobedece al marido, porque platica en la calle con hombres desconocidos, porque sale de la casa sin avisar al esposo, porque no sabe cuidar a los hijos o hijas, y muchas otras cosas más. Esto se toma como pretexto o razones por las cuales el hombre ejerce violencia hacia las mujeres, porque él se ve a sí mismo como la autoridad o el que manda en la familia y ha aprendido que, para que la mujer le obedezca o haga caso, es necesario usar el maltrato o los golpes.

Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2016), 7 de cada 10 mujeres de nuestro país reconocen haber padecido algún tipo de violencia, por lo que inferimos que la estadística abarca a las mujeres de la Iglesia. Al parecer, la violencia avergüenza a las mujeres porque damos por entendido que en la Iglesia esto no sucede. Por ello, es necesario que este mito sea derribado reconociendo que tenemos este problema y debemos atenderlo.

Para salir de la violencia

Lo primero es buscar resolver los conflictos de pareja o familiares mediante el diálogo. No se doblegue. Escuche, y luego pida a su esposo que no le grite, que sí le escucha, y pídale llegar a un acuerdo. Si esto no es posible, será necesario que usted busque ayuda psicológica, para aprender a poner límites, para evitar estar bajo la violencia.

Identifique si está viviendo violencia. En el siguiente cuadro hay algunas preguntas que le ayudarán a saberlo.

Preguntas 

Si

No

¿Sientes que tu pareja te está controlando?

¿Has perdido amigas, familiares, compañeras(os) de trabajo para evitar que tu pareja se moleste?

¿Te critica y/o humilla en público o en privado sobre tu apariencia, tu forma de ser, el modo en el que haces tus tareas hogareñas, etc.?

¿Controla estrictamente tus ingresos y el dinero que te entrega, originando discusiones?

¿Sientes que estás en permanente tensión, y, hagas lo que hagas, él se irrita o te culpa?

¿Te ha amenazado alguna vez con algún objeto o arma, o con matarse él, a ti o a algún miembro de la familia?

¿Sientes que cedes a sus requerimientos sexuales por temor o te ha forzado a tener relaciones sexuales? 

¿Después de un episodio violento, él se muestra cariñoso, atento, te regala cosas y te promete que nunca más volverá a golpearte o a insultarte y que “todo cambiará”?

Cuando usted escucha los insultos de su esposo no permita que le lastimen. Al escucharlos, inmediatamente haga un ejercicio de respiración para evitar caer en provocaciones (tome aire profundamente, reténgalo unos segundos y luego sáquelo lentamente); enseguida haga lo posible por alejarse de él sin contestar y vaya a algún espacio donde pueda estar sola (el baño, una recámara, el patio, la cocina) y repita para usted misma: “yo no soy lo que él dice que soy, yo soy hija de Dios hecha a su imagen”. Esta es una forma de evitar que los insultos le hagan daño, no los acepte, están solo en la boca de él. Reconózcase como una hija de Dios que la tiene en alta estima, es decir en alto valor. Si puede, empiece a hacer el ejercicio de perdonar a quien la agrede, pero tome en cuenta que el perdón no es un permiso para que la siga maltratando. Por el contrario, el perdón significa que usted decide dejar atrás la experiencia sufrida y resolver, con mayor convicción y claridad interior, no volver a tolerar ningún tipo de violencia.

Rechace la culpa que en ocasiones siente, el responsable de la violencia es quien la ejerce. El hecho de que usted no haga todo lo que él le dice no es una razón para que la maltraten. Ore continuamente a Dios y acepte su gracia; haga lo que usted haga Él le escucha en todo momento y le perdona, solo acepte su perdón y su amor. 

Si usted se siente muy lastimada por la violencia que vive, le sugiero fortalecer su relación con Dios con el siguiente ejercicio. Ore a Dios y, al hablar con Él, trate de escucharse a sí misma; es una manera de concentrarse y encontrar ese momento donde solo están usted y Dios. Cuéntele como se siente. Pídale que le dé fortaleza en su alma, que le ayude a detener dicha violencia. Recuerde lo que dice la Palabra: Pero yo clamaré a Dios, y el Señor me salvará. Mañana, tarde y noche clamo angustiado, y él me escucha (Salmo 55:16,17, NVI).

Tal vez usted está muy lastimada por la violencia de la que ha sido víctima durante mucho tiempo y esto la lleva a padecer varios síndromes psicológicos, por lo que puede estar viviendo momentos de mucha hostilidad; es decir, estar continuamente enojada por todo, con amargura en su ser. Para contrarrestar esto, le sugiero que ponga atención cuando usted se dirige a su esposo y a sus hijos o hijas. Si sus palabras salen con enojo, nuevamente haga el ejercicio de la respiración profunda para que detenga sus palabras, y vuelva a repetirles la frase buscando hacerlo amablemente. Practíquelo cada día hasta que logre hacerlo de forma automática.

Al mismo tiempo que hace los ejercicios anteriores, atrévase a romper el silencio, platíquelo con las personas más allegadas, como su madre, hermanas o familiares cercanos. Comprenda que la violencia recorre un ciclo en el que el hombre, en ocasiones, pide perdón, promete cambiar y no volver a golpearla; pero esto se repite una y otra vez, por lo que es necesario romper el ciclo pidiendo ayuda.

Busque ayuda profesional, entre más temprano se atienda tendrá mayor oportunidad de salir de la violencia. Identifique que la violencia no desaparece con las promesas de cambiar que le hace su esposo. Es necesario que acuda a algún lugar especializado para la atención de mujeres víctimas de violencia, como es en los Institutos de las Mujeres, en el Sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), Centros de Justicia para las Mujeres, Organizaciones de Sociedad Civil que atienden esta problemática (es difícil que encuentre psicólogas cristianas evangélicas, especializadas en violencia, que le puedan ayudar).

Recuerde algo importante, una vez que acuda a la atención profesional es necesario que no falte a sus citas, esto le ayudará a mejorar su autoestima, a poner límites para dejar la violencia completamente. Usted no es culpable de la violencia que padece, la responsabilidad está en el hombre que la ejerce, por lo que él también necesita acudir a algún lugar para su tratamiento, pero él lo deberá buscar, no usted.

Hable con su Pastor de la violencia que padece para que sea apoyada espiritualmente al igual que su esposo, pero esta atención debe ser por separado, al hacerlo juntos él se la pasará culpándola de todo y usted puede tener un retroceso en su tratamiento.

Si la violencia que padece es grave y su vida corre peligro, es necesario que salga de su casa y se resguarde con algún familiar o pida ayuda para ir a un refugio donde le brindarán seguridad y un tratamiento especializado, generalmente son gratuitos. Si es necesario, acuda a una Agencia del Ministerio Público a denunciar la violencia porque es un delito.

Referencia

1 Extracto del Cuestionario Autodiagnóstico de Violencia Intrafamiliar. Cáceres, Ana y otras colaboradoras del servicio Nacional de la Mujer de Chile.

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La iglesia contextualizada

La iglesia contextualizada

Min. José Raúl Quintero Ancona

Introducción

La condición actual que vive nuestro país, el estado de las cosas en las que se desenvuelve nuestra vida, los retos sanitarios, económicos, sociales y ecológicos, nos urgen como Iglesia a renovar nuestras fuerzas, a remodelar nuestras prácticas, usos y costumbres, y actualizar y mejorar nuestras prácticas espirituales. Además, a profundizar en nuestra teología y doctrina, a renovar nuestra hermenéutica, homilética, oratoria, nuestras maneras de administrar, de ejercer los liderazgos y, en especial nuestras estrategias de trabajo hacia la sociedad.

Por lo que consideramos que para este siglo segundo nos debemos evaluar autocríticamente a todos los niveles, comenzando por nuestro desempeño personal, el de la iglesia local, en todos sus aspectos, y hasta las instancias nacionales, en función del alcance de la misión de nuestro Señor Jesucristo.

Y es que tenemos delante de nosotros un campo misionero enorme con más de ciento veinticinco millones de personas; un México que sufre por la falta del Evangelio de Jesucristo, pero no cualquier evangelio, no puede ser un evangelio abstracto, fosilizado o ausente el que va a cambiar el rumbo de las cosas; sino un evangelio encarnado en cada uno de nosotros sus hijos, un evangelio visible, oportuno, salvador, sanador y liberador. Un evangelio contextualizado, comprometido con las personas que va a alcanzar, empático a la manera de Jesús quien, siendo Hijo de Dios (Filipenses 2:5-8), vino a sudar la camiseta, a empolvarse sus divinos pies y sufrir la muerte por cada uno de nosotros. Para enseñarnos cómo calzarnos sus sandalias, cómo ceñirnos su toalla y cómo se camina el camino (Juan 14:6; Hechos 19:23).

I. Nuestra realidad como sociedad

Se le atribuye al teólogo suizo Karl Barth la siguiente frase: «Un sermón hay que prepararlo con la Biblia en una mano y el periódico en la otra ». Y es muy cierto: no podemos pretender hablarle al mundo desde la substracción de nuestras templo-céntricas vidas, o aislados de la sociedad a la que pretendemos servir. El cristiano de hoy debe saber lo que está sucediendo en el país, en su estado, su ciudad, municipio, pueblo, villa, aldea, etc. Debemos saber las condiciones sociales imperantes en el contexto al cual somos enviados a servir, con el Evangelio, desde nuestras vidas.

En la Biblia encontramos que saber la cantidad de pueblo era fundamental en las migraciones (Éxodo 12:37), para salir a la guerra (Josué 4:13; Lucas 14:31), cuando regresan del destierro (Esdras 2:64), e inclusive conocer lo que estaba sucediendo en la composición étnica de los matrimonios, del lenguaje que se habla dentro de las casas y sus consecuencias (Nehemías 13:23-24), en el número y ventajas de sus oponentes (Jueces 20:16), así como de sus adelantos tecnológicos para la guerra (Jueces 4:13, 1 Samuel 13:20-21).

Tener datos de primera mano de lo que ocurre a nuestro alrededor no es pecado, más bien es nuestra responsabilidad enterarnos de lo que está sucediendo en nuestro entorno, para saber cómo abordarlo. Mientras más datos tengamos de nuestro alrededor mejores decisiones podremos tomar, para enfocar nuestros trabajos, para afinar nuestra precisión y para dirigir nuestros esfuerzos y recursos en un sentido objetivo y fiable. Para ello debemos de ser diligentes en revisar lo que sucede en cuanto a las problemáticas sociales: población, migración, familias, divorcios, personas en situación de calle, las caravanas migrantes, los enfermos, encarcelados, la actual contingencia sanitaria, la violencia de género, la delincuencia organizada, la drogadicción, la trata de personas, la destrucción de la naturaleza, la contaminación, etc.

Son situaciones de las que no debemos de sustraernos, tampoco podemos asumirlas todas, pero sí aquellas urgentes en el medio que nos encontramos, a partir de los dones y profesiones de la Iglesia, para saber que hacer al respecto. En ocasiones los cristianos se resignan y piensan que las cosas son como son y así tienen que seguir siendo, olvidando el poder de Dios, nuestro papel profético y nuestra responsabilidad cristiana (Lucas 12:43).

II. La contextualidad de la Palabra

¿Qué papel tiene la Palabra de Dios en nuestra vida y la vida de la Iglesia? ¿Cómo hace usted sentido a la Palabra de Dios? De la respuesta a estas preguntas depende su práctica cristiana. Reconozcamos que nadie llega en blanco o con una mente vacía a Cristo; llegamos llenos de pensamientos, prejuicios y suposiciones acerca de Dios. A partir de allí hacemos teología, pero hay que estar conscientes de nuestros propios sesgos históricos; porque como mexicanos tenemos una herencia cultural católica, españolizada y arábiga, un machismo exacerbado de afirmamiento y una comprensión dañada de la autoridad. Por lo anterior, el latinoamericano tiene una comprensión inadecuada de Dios, como un dios de juicio, de castigo, lejano, ausente y autoritario.

Pero veamos cómo es la divinidad. Dios se da a conocer en Jesús (Hebreos 1:2), Dios se contextualizó en Jesús (Hebreos 10:5-9) y Jesús se contextualizó (Juan 1:14) en un ser humano para servir y enseñar, para amar, pero también para aprender (Hebreos 5:8-9). Fue una contextualización mutua y radical, la encarnación del Hijo de Dios, quien habitó entre nosotros, porque se quiso hacer uno de nosotros; caminar nuestras calles, padecer nuestras enfermedades (Isaías 53:4), comer nuestras comidas, llevar el polvo de nuestra naturaleza humana en sus sandalias, practicar nuestros oficios, pero sobre todo encarnar y apropiarse de una humanidad íntegra, genuina y humilde, para que nadie le cuente lo que es llorar por un amigo muerto (Lucas 11:35), sentir indignación por el maltrato a los niños (Marcos 10:13-14), disgustarse por un comercio inmoral en los lugares sagrados (Juan 2:14-17) pero también para ser abrazado por esos ancianos a la entrada del templo cuando, siendo niño, sus padres lo llevaron a presentar (Mateo 2:25-38).

Si Jesús nos mostró a Dios (Juan 1:18; 14:9), entonces ¿cómo es Dios? Dios ama y le gusta la gente, y es capaz de viajar mucho para encontrarse con ella, no se escandaliza ni se asusta por el pecado de las personas, no etiqueta a nadie, tiene fe en la gente y cree que pueden cambiar, sabe relacionarse con cualquiera, le gusta servir a los demás, se interesa realmente por el ser humano, sabe ser buen amigo, conoce lo que significa amar a las muchedumbres y sacrificarse por ellas, es íntegro y no le gusta la hipocresía, no le gustan las injusticias de ningún tipo, es paciente, comprensivo, tiene valentía y confronta los valores equivocados del mundo, le encanta enseñar, predicar y sanar. Y sobre todo ama a: ancianos, mujeres, hombres, matrimonios, publicanos, pecadores; le gusta compartir la mesa con cualquier tipo de personas (Lucas 7:34). Y así debemos de ser nosotros. Hay personas que tienen en mal concepto a los cristianos como, amargados, aguafiestas, cortados, poco amigables y desinteresados de los problemas sociales de los demás, pero debemos de ser todo lo contrario para servir a nuestro prójimo en su contexto.

Pero también la Iglesia muestra a Dios: para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste (Juan 17:21, 1 Juan 4:14; Mateo 5:16). ¿Cómo es vista la Iglesia cristiana? Como una comunidad encerrada en el templo, no se relacionan con la sociedad, señalan todo lo malo de la cultura, pero no contribuyen a mejorarla, se escandalizan de todo, se relacionan sólo con los hermanos de su iglesia, no toman, no fuman, pero pueden ser chismosos, juzgones, presumidos e indiferentes.

Es fácil asumir que Dios es un Dios de ira, enojado, lejano, listo para acusar y castigar sin embargo Dios tiene emociones y nos las transmite, emociones de amor, de compasión, de un amor inconmensurable que nos tiene. Por ejemplo: le dolió su corazón (Génesis 6:6; Éxodo 32:14; 1 Samuel 15:35); He visto tu oración y visto tus lágrimas (Isaías 38:1-7); Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión (Oseas 11:8-9); … porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo (Joel 2:12-14; Amós 7:3; Jonás 3:9-10).

Nuestro Señor Jesús decidió venir a nosotros encarnado, vestido de carne, hueso, sangre, pelo, saliva, sudor y lágrimas, pero no de cualquier carne, sino la de un carpintero, que no era una imagen de autoridad, poder o gloria. En ello podemos discernir que Dios nos muestra en Jesús el concepto que quiere que tengamos de Él, pero también el papel que debemos desempeñar. Además, Jesús siendo un hombre íntegro y sin pecado, y estando en posición de hacerlo, cuando tuvo oportunidad, no juzgó a los demás (2 Pedro 2:22; Hebreos 4:15; Lucas 7:36-50; Lucas 15; Lucas 19:1-10; Marcos 5:21-34; Juan 8:1-11).

Abraham J. Heschel, en su libro Los Profetas, nos dice que históricamente ha habido problemas con esta comprensión de Dios: «Clemente de Alejandría pensaba que Dios no tiene emociones de ningún tipo, y que, si uno era completamente liberado de emociones, entonces era como Dios. A Agustín de Hipona, la pasión de Dios en el Antiguo Testamento le molestaba, por lo que decía que seguramente eran problemas de traducción. Tomás de Aquino decía que era imposible que Dios cambiara de alguna manera. Por lo que la pasión era incompatible con su ser».

Heschel considera que la raíz de esas ideas es griega, y no sería la primera vez que los pensadores griegos se infiltraron en la teología cristiana, ya que Platón dividió el alma entre lo racional y lo emocional y que lo racional partía de lo divino y lo emocional de lo animal. En su comprensión Dios era racional y todo lo que era emocional no era compatible con Dios.

No obstante, Dios tiene emociones, y emociones fuertes. Pero su principal deseo es de vida y bendición para el ser humano y no de ira ni de destruir a nadie. Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis (Ezequiel 18:32). Las emociones de Dios son un acto premeditado no para desatar su ira, sino para que ella se desvanezca por el arrepentimiento del ser humano:

En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hiciera lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle (Jeremías 18:7-10; Habacuc 3:2; Salmo 145:8-9). Por lo que podemos decir que la ira de Dios es instrumental, condicionada y sujeta a su voluntad: Por amor de mi nombre diferiré mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte (Isaías 48:9; Oseas 11:9).

Dios es un Dios de amor, y la gracia de Dios por el ser humano siempre ha estado ahí y también la hemos visto presente en el Antiguo Testamento.

Podemos ver que la Palabra nos insta a ser portadores de gracia y de buenas nuevas a nuestros conciudadanos (Lucas 4:18-19; Santiago 1:27), por lo que cada iglesia local, cada uno de los pastores y los miembros deben estar conscientes de que están ahí para servir a su contexto, y encarnar la realidad de la gente a quienes son enviados a servir, a ponerse en los zapatos de los que sufren para sufrir junto con ellos, para enjugar sus lágrimas, para ayudarlos a levantarse, para que salgan de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9). Pero no debemos hacerlo en nuestras fuerzas, sino en su Santo Espíritu, pero no podemos hacerlo a nuestro estilo, sino al estilo de Jesús quien dijo: Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis (Juan 13:15).

III. La Iglesia contextual

Existen dos posiciones al momento de evaluar una iglesia: Tenemos en nuestro medio, por una parte, las iglesias cristianas que se determinan como exitosas por sus resultados numéricos, y por otra, iglesias pequeñas que basan su éxito en la fidelidad del carácter piadoso.

Tener una Iglesia grande y un ministerio exitoso no significa necesariamente que le estemos dando la gloria a Dios en todo, pero ser una Iglesia fiel sin desarrollo no implica que Dios se complazca en ella. Debemos preguntarnos ¿no sería mejor forjar a partir de la Palabra y en función del grupo social al que vamos a servir, un modelo de Iglesia y de ministerio fiel a la Escritura y a nuestro ministerio? Dónde Dios nos lleve, a ser competentes y productivos (2 Corintios 3:5-6).

Jesús les dijo a sus discípulos que debían dar fruto, en esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos (Juan 15:8). La parábola del sembrador nos habla de que hay varios tipos de terrenos, pero también de la generosidad del sembrador que utiliza la «técnica del voleo» para sembrar. Ante lo cual algunos le dirían: ¡qué desperdicio de semillas! Pero también hay que comprender la prodigalidad de Dios, deseando que su alcance sea mayor, muy superior y que ninguna persona, sector, grupo social, etnia, etc., se queden sin la posibilidad de recibirla (Lucas 14:21-23).

Los que piensan que lo que Dios quiere de la iglesia es solo que sean piadosos, aunque sean poquitos, aunque no tengan alcance misionero, se podrán justificar auto-convenciéndose de que eso es la voluntad de Dios y evitarán hacerse preguntas difíciles y confrontantes mientras las personas de su entorno mueren de inanición espiritual. Pero por la otra parte, el éxito “por el éxito” tampoco es el criterio ni fundacional, ni funcional y último, porque no podemos ni debemos tener éxito a costa del Evangelio de Jesucristo y de reducir sus demandas lógicas y haciendo insípida su Palabra (Marcos 9:50), pero debemos ser competentes, debemos ser productivos, debemos de dar fruto.

Acerca de esta comprensión teológica cada iglesia, cada equipo local de líderes y cada Pastor, deben hablar con Dios y después esperar, y saber escuchar (1 Samuel 3:10-11; Hechos 9:6). No pretendamos que «nos las sabemos todas». En ocasiones caemos en este error y ponemos diques y fronteras en cuanto a la comprensión del evangelio e interpretamos algo que Jesús nunca puso ahí, queriendo transmitir el evangelio en un kit, en un paquete que lo hace cuadrado, lo entalla, lo limita, lo lastima o lo desdibuja. Es decir, un paquete cultural que desvirtúa sus intenciones reales, desde una práctica religiosa que, desgastada por el uso de los años, ha caído en la monotonía y ha dejado de transmitir la vida, la viveza, la alegría y la energía de la obra redentora de la cruz de Cristo.

Pregúntese, ¿cómo sus creencias bíblicas y doctrinales pueden relacionarse con el mundo de hoy? De ahí surge la visión teológica, de una profunda reflexión de la Palabra de Dios y de cómo se va a verter en el mundo moderno, en el contexto específico que le ha tocado vivir. Debemos hacer accesibles, entendibles y oportunas las verdades de la Palabra de Dios para las personas, a quienes Él nos ha enviado a servir.

Jesús rompió los esquemas teológicos de su tiempo y sus consecuencias lógicas de la vida práctica (Mateo 7:29); en cambio los fariseos, escribas y sacerdotes eran sumamente rígidos, pero a la vez cultos, inteligentes, racionales; pero históricamente inapropiados e irrelevantes. Sirvieron en su tiempo, pero quisieron encasillar a todos en su propio molde, en su propia comprensión, en su propio estilo de ser, de pensar, de vivir, de entender a Dios, y entonces se volvieron incomprensibles e intrascendentes para sus propios conciudadanos. Nosotros no podemos caer en ese error y debemos ser conscientes de nuestros filtros sociales, históricos, mentales y culturales para cuestionarlos, superarlos y no dejar que nos gobiernen en detrimento de la misión que Jesús nos ha dado de servir a las personas de nuestro contexto en su propio contexto.

No hay que aislarnos del mundo al que somos llamados a ganar. Hay cristianos que piensan que no es tan malo vivir aislados de los demás, ya que vivir en un mundo caído y seguir a Cristo es agotador y quizá lo mejor sería vivir como Antonio Abad quien se decidió por una vida ascética, alejada de la sociedad. Porque cada día leemos titulares que muestran lo conflictivo que puede ser el mundo y pareciera ser que pelear la buena batalla de la fe cada vez se vuelve más difícil con el tiempo. ¿No sería más fácil mudarme al desierto, y dedicarme a una vida de oración y no tener que lidiar con el mundo? Muchas veces este pensamiento nos tienta al momento de interactuar con la cultura general y nuestro entorno. en vez de hacernos presentes en las circunstancias del mundo con la palabra de Dios, a través de nuestras palabras y nuestras obras, y preferimos aislarnos en nuestra burbuja cristiana.

La relación del cristiano con la cultura

El Señor no nos llamó para vivir afuera de este mundo, sino en él (Juan 17:11-17); Cristo no nos quiere sacar del mundo y su contexto, de hecho, hay una cláusula de permanencia en esta declaración “No te ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal”. Tradicionalmente el cristiano se sustrae de la sociedad y la cultura diciendo: «Estoy en el mundo, pero no soy del mundo», que muchas veces suena a algo así: «estoy aquí, no me queda otra y me urge que venga Cristo, porque esta sociedad no me merece». Sin embargo, debemos de cambiar ese modelo de pensamiento con todas sus consecuencias por el siguiente: «No soy del mundo, pero estoy en el mundo».

Seamos sabios en el trato con nuestros semejantes (Lucas 16:8), seamos sabios al momento de abordar nuestros ministerios, para poder conectar con la gente, seamos sabios al discernir cómo hablar, qué ministerios emprender, qué folletos usar, qué ilustraciones usar, cómo relacionarnos con nuestro entorno, qué banderas enarbolar, qué luchas sociales adoptar, cómo acompañar en sus batallas a los enfermos, a los desposeídos, a las adolescentes embarazadas, a la madre que tiene un hijo con vicios o en la cárcel, al anciano abandonado, a los padres que les han violado a una hija, o desaparecido un hijo.

Mandatos: Cultural, espiritual y misionológico

¿Y cómo le hacemos para que la sal no se vuelva insípida? Hay que comprender que el primer gran mandato de todo cristiano es: amar a Dios y amar al prójimo (Mateo 22:37-39). El segundo mandato es el evangélico: Id y haced discípulos (Mateo 28:19-19), pero también hay otro mandato que no siempre observamos, es el mandato cultural: todo cristiano ha sido llamado a cuidar el jardín que el Padre ha creado, a través de sus habilidades, dones, vocación, y trabajo con excelencia para Su Gloria (Génesis 2:15; 1 Corintios 10:31; Colosenses 3:22-23; Génesis 1:28; 2:15).

El mandato cultural es cultivar, cuidar, sojuzgar, dominar, es tomar lo hecho por nuestro creador y hacer cosas con ello, es lo creativo de nuestra vida, no solamente lo artístico, sino el potencial de la imagen y semejanza que tenemos de parte de Dios para transformar el mundo de las cosas: como cuando encontramos curas a las enfermedades, leyes para proteger a los indefensos, cuando construimos nuestras casas y hasta cuando buscamos el lado amable de las cosas. Cada uno de nosotros aporta algo a la cultura de su entorno, seamos comerciantes, taxistas, empleados, empresarios, o cualquier profesión u oficio, y en todo ello adoramos a Dios, sirviendo con buena voluntad, como al Señor, y no a los hombres (Efesios 6:7). Porque el trabajo secular no es producto de la invención humana el trabajo secular realmente es un trabajo teológico que corresponde a la voluntad de Dios, de transformar el mundo (Éxodo 20:9).

¿Qué es la cultura? Dany Crouch dice al respecto: «La cultura es lo que los seres humanos hacen del mundo. En ambos sentidos. La cultura son las cosas que hacemos. Dios da un mundo lleno de fibras y hacemos ropa. Dios nos da un mundo lleno de madera y hacemos muebles e instrumentos. Dios nos habla y nosotros rehacemos idiomas. La cultura es el significado que hacemos. Este mundo no viene con una explicación, sin embargo, todos sentimos que debe significar algo. “Hacemos sentido del mundo haciendo cosas en el mundo”.»

¿Y cómo participamos de ella? Al entender que hemos sido llamados a cultivar este mundo, comprendemos que no es algo de lo que tengamos que huir. Ese es nuestro llamado como humanos de este planeta según Génesis 1 y 2, aunque obviamente se hizo más difícil a partir del capítulo 3; donde el ser humano en lugar de cultivar su jardín abusa de él, lo explota, lo acaba, lo contamina por su gula, su codicia y los apetitos de su carne, porque quiere ser poderoso, rico y famoso. Inclusive hay quienes no quieren trabajar pues piensan que el trabajo es una maldición, no un don de Dios para bendecir a otros (Génesis 2:15; Deuteronomio 5:13; 2 Tesalonicenses 3:10).

El cristiano puede y debe participar activamente generando cultura a su alrededor, y cultivar su jardín mientras mantiene su santidad. No trabaja solo para su bien, ha superado su posición egoísta e individualista y ha pasado a tener una comprensión más corporativa, porque hace florecer y fructificar a la sociedad de su alrededor. Y aunque finalmente no todos se conviertan al evangelio, la Palabra que habrá compartido libre y generosamente, dará su fruto en su tiempo, y hasta la que no dé fruto, habrá significado un cambio de modelo para aquellos que lo hayan escuchado. Como cristianos debemos de comprender que nuestro impacto será mucho mayor si asumimos nuestro papel en el mundo como sujetos históricos, contribuyendo al cambio y mejoramiento el mundo en todos los sentidos, que escondiéndonos de él.

Conclusión

Dios nos ha llamado del contexto a servir en el mismo contexto. Replanteemos nuestros ministerios, repensémoslos, reflexionémoslos. La iglesia, como la Cruz Roja, son instituciones cuyo propósito fundacional es servir a los que no son parte de ellos, a los enfermos, a los heridos.

Al acercarse a nuestros conciudadanos siéntase parte de ellos, no vaya a la defensiva, no se asuste de nada, sea de corazón abierto y de sonrisa generosa. Genere bendición en cualquier relación humana que tenga. Acérquese a la gente de la colonia, de la calle, visítelos en sus casas. Preocúpese realmente por ellos y que lo sientan, que no interpreten que usted va, solo porque quiere llevarlos a la iglesia. Sea generoso y misericordioso. Piense y estructure las estrategias de cómo se va a relacionar con ellos. En oración, considere qué pasaje bíblico expresa mejor el amor de Dios para esa persona que usted esté visitando, en particular. Genere iniciativas de justicia social en su entorno.

Seamos activistas del Espíritu Santo a favor del mejoramiento de las condiciones, espirituales, familiares, económicas, alimenticias de nuestra sociedad y ofrezcamos una visión fresca de la vida en Cristo Jesús. Hagamos que la gente aprecie que estemos en su colonia, que nos ame porque les somos útiles, porque somos de bendición en sus condiciones sociales. Hagamos actividades de esparcimiento espiritual para la colonia, para los niños, para los jóvenes, para los matrimonios, para los adultos mayores para que se cumpla aquel pasaje: …Y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la Iglesia los que habían de ser salvos (Hechos 2:47).

Referencia

1 https://www.hispanidad.com/sin-categoria/con-la-biblia-en-una-mano-y-el-periodico-en-la-otra_8054251_102.html

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Min. Avelardo Alarcón Pineda

Cuando el sol se oculta

Un gobernador, quien debía poner toda su atención en procurar el bienestar de la población que lo eligió, hacía fraude con empresas farmacéuticas, compraba agua en lugar de medicamentos para atender a niños pobres con cáncer; en consecuencia, muchos pequeños no recibieron el tratamiento médico que requerían. Un “pastor evangélico”, quien presumiblemente estaba allí para cuidar, guiar y acompañar a las personas, utilizaba su autoridad como “apóstol” para realizar toda una serie de actos de abuso sexual con personas de su denominación incluyendo menores de edad. Un gobernante decide que, ante las crecientes lluvias, se desvíe el cause de un río; provocando que una región en donde viven personas, que en su mayoría son pobres, se inunde para “salvar” una ciudad. Una empresa decide que, para no pagar impuestos excesivos, evitar el pago de prestaciones y la creación de antigüedad para los trabajadores, utilizará el mecanismo de outsourcing. En lugar de proteger a la población, un grupo de militares deciden realizar una matanza, y para no enfrentar consecuencias por su delito hace parecer que se enfrentó a un grupo de delincuentes en el que tuvo que responder para defenderse.

En medio de la pandemia actual. El jefe de recursos humanos llamó a Fernando a la oficina de la empresa para plantearle una propuesta debido a la contingencia: –Puedes elegir, le dijo,– la primera opción es que te enviemos a tu casa a descansar por un mes con el 20% de tu sueldo o que vengas a trabajar de manera normal pero solo te podemos pagar el 50%. Fernando, por supuesto, eligió la segunda opción. Muchas personas se han quedado sin trabajo y él prefiere conservar el suyo, aunque deba trabajar al 100% y solo recibir el 50% de su sueldo.

Patricia está en cuarto año de primaria y tiene dos hermanos en secundaria, su madre trabaja como empleada doméstica y representa su único ingreso económico porque su padre falleció cuando Patricia era pequeña. Las clases de la escuela son en línea y para poder tomarlas necesita su propia computadora y conexión a internet; la familia no cuenta con recursos para tener ambas cosas, así que Patricia lleva todo el tiempo de la pandemia sin poder continuar con sus estudios, lo mismo que sus hermanos.

Una persona se infecta con covid-19 y necesita suministro de oxígeno, para lo que requiere un tanque que le dura dos horas, cada recarga del valioso gas le cuesta doscientos pesos, por lo que el tratamiento de su enfermedad tiene un costo de dos mil cuatrocientos pesos diarios, lleva veinte días enfermo, su familia es muy pobre y cada día sufren angustia y dolor, ¿cómo van a mantener el tratamiento?

Felicia se dedica a vender tortas en un puesto callejero, es el único sostén de su familia y desde hace ocho meses no ha podido realizar sus ventas. Cuando llevaba dos meses de confinamiento se decidió a salir a la calle a vender su producto, pero la policía le recogió el puesto, por poco y la llevan a prisión.

Mariana y Rodrigo tenían una pequeña empresa en la que daban trabajo a cinco personas. Su emprendimiento iba muy bien y se sentían complacidos, pero desde que inició el confinamiento no pudieron continuar con el trabajo y sus ventas se redujeron dramáticamente. Su empresa se fue a la quiebra y encima se quedaron con muchas deudas con el banco, las cuales no tienen cómo pagar. El banco está por embargarles las únicas propiedades que les quedan.

Podríamos continuar con historias similares, las cuales se enumerarían por miles y no terminaríamos, cada una tiene muchos puntos en común con las otras, pero el que más destaca es el de la experiencia de injusticia. En un mundo en el que la supervivencia es el valor predominante, el más fuerte prevalece sobre el débil. Y en medio de nuestra realidad, el más fuerte se hace cada vez más fuerte y el débil se debilita más.

La pandemia actual ha agudizado una realidad que ya veníamos viviendo: la desigualdad y, en consecuencia, la injusticia se ha vuelto más clara, cruda y cruel. Millones de personas en el mundo experimentan injusticias cotidianamente y día a día se van acumulando nuevas manifestaciones en las que el trato injusto o la condición de desigualdad deja ver su flagelo, sobre todo hacia los menos favorecidos: los pobres, los débiles, los marginados, los menospreciados de la sociedad, los inocentes, los ancianos, los pueblos indígenas, los migrantes, entre otros.

La injusticia no es una práctica nueva, lamentablemente ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia y su presencia divide al mundo en dos: entre víctimas y victimarios. Esta división no es tan estricta ya que en general, debido al pecado, toda persona practica la injusticia de alguna manera. Así, todos somos en algún sentido victimarios y en otro somos víctimas. Esta realidad puede provocar un desánimo en las personas al ver que es imposible erradicarla de la vida, lo que nos llevaría a darnos por vencidos en la lucha por mantenernos libres de injusticia. Por un lado, el desánimo nos puede llevar a la desesperanza, a creer que en el mundo no habrá justicia y por otro lado a la frustración, al creer que de manera personal no podremos practicarla. Parece que en nuestro día, el sol se ha ocultado.

Un texto para desesperados

La escritura no ignora esta condición humana; al contrario, la justicia es uno de los temas más referidos en sus páginas, lo que nos permite ver una revelación muy grata acerca de Dios. Nuestro Señor no es indiferente a la injusticia, no es indiferente ante las víctimas ni ante los victimarios, no es indiferente ante la práctica de la injusticia ni ante sus causas y consecuencias. Para el Dios de la Biblia, la injusticia no es un tema superficial ni vago o sin valor; por el contrario: es un tema central.

El tema de la justicia es tratado principalmente en los escritos de los profetas. Para ellos, este es un tema primordial en la vida del pueblo de Israel, pues es en la justicia en donde se encarna la ley. Para los profetas, toda persona que desea mantenerse fiel a Dios debe colocarse del lado de la justicia, aunque su naturaleza caída le incline a la práctica de la injusticia; la fidelidad consiste en mantenerse en pie de lucha contra dicha inclinación y sobre todo inclinar el corazón hacia el Señor y su voluntad. También, la fidelidad consiste en mantener la esperanza a pesar de que las cosas se vean completamente adversas.

Los profetas plantean constantemente una visión extrema de las condiciones de injusticia y plantean algo así como: y si en este mundo todo fuera injusticia y no es posible cambiar algo al respecto, ¿vale la pena mantenerse fiel a Dios? ¿Vale el esfuerzo seguir promoviendo la práctica de la justicia? ¿Tiene sentido esforzarse en la esperanza de que esta realidad puede cambiar? Las respuestas de los profetas son extremas: aunque el creyente esté desesperado porque ve a los injustos multiplicarse y prosperar, aunque llegáramos al extremo de ver que la humanidad completa se pierde en la práctica de la injusticia, aunque todo esfuerzo por promover la justicia parezca infructuoso; todo trabajo y toda esperanza por causa de la justicia tienen sentido y serán satisfechos. Aunque aquí y ahora no pudiéramos ver algo provechoso, vendrá el día en que todo cambiará por la intervención definitiva de Dios.

Viene el día, un incendio se anuncia

El capítulo 4 de Malaquías, nos anima en sus primeros tres versículos a apropiarnos de una visión: viene el día. La visión es el incendio de un bosque en el que el fuego no deja ni raíz ni rama. Un incendio que devora todo a su paso y convierte a la tierra en un horno que todo lo consume. Ese día invertirá las condiciones: todos los que han gozado y disfrutado el fruto de la injusticia, de la maldad y de la soberbia se hallarán ante una experiencia opuesta: su disfrute se tornará en terror por situarse frente a la realidad del juicio de Dios. ¿Entonces cuál es la realidad?

La descripción que ofrecimos al principio de este artículo presenta lo que podríamos llamar: la realidad actual, la realidad que todos vemos y percibimos con los sentidos, esta realidad en la que la injusticia prevalece, se acrecienta y es celebrada por quienes ostentan mejores condiciones: los fuertes, los poderosos y los privilegiados. Esta realidad en la que crece el número de víctimas, quienes sufren, se desgastan y lamentan por la condiciones precarias, abusivas y opresoras en las que viven. Desigualdad, discriminación, falta de oportunidades, carencias producidas por el abuso y la imposición de unos pocos que afectan la salud, la alimentación, la seguridad, la ecología, el ingreso, el bienestar o el descanso, entre otras condiciones, de un enorme número de personas en el mundo.

¿Qué hacer ante la injusticia? ¿Enojarnos, amargarnos, indignarnos o buscar venganza? ¿Perder la esperanza, sentirnos frustrados o desesperarnos? ¿Debemos actuar o mantenernos impasibles ante ella?

El profeta Malaquías nos da su respuesta: debemos mantener nuestra mirada en esta visión: los injustos están destinados a la destrucción y este sistema injusto está destinado a ser aniquilado. Por tanto, no debemos comprometer nuestras emociones con esta realidad sino con la realidad que viene: ni enojo ni amargura o venganza sino resistencia. Mantenernos en el gozo de un futuro que viene y transformará todo. Asumir la firme decisión de ponernos del lado de quien manifestará la realidad victoriosa, no la que se hace visible a nuestros sentidos sino la que es revelada mediante la fe.

Es importante recordar que la visión de Dios es resultado de su amor. Malaquías 1:2 describe cómo el Señor ha elegido al más pequeño por amor. El Señor está del lado de los desheredados, los menores, los últimos. Esta verdad está vista en el hecho de que Dios eligió por amor a Jacob sobre Esaú: al pequeño lo hizo mayor, al desheredado le dio sus promesas, al último lo constituyó como primero. El Señor trastorna las estructuras del mundo por amor1, por tanto, quienes lo seguimos creyendo en Él seguiremos sus pasos y por amor seguiremos estando del lado de la justicia en la esperanza de que cuando venga aquel día muchos sean librados del fuego.

Ceniza que se pierde bajo las pisadas de los inocentes en una celebración

El profeta nos anima a tener una visión subversiva del mundo, un día amanecerá y habrá un incendio terrible que quemará toda maldad y hará desaparecer la injusticia dejando solo cenizas tras de sí. Ese día el justo se levantará para una nueva mañana en la que las diferencias en el mundo se invertirán, mientras que la injusticia es arrasada por ese fuego, para los justos el día brindará un brillo especial que les hará salir de sus casas como cuando ha pasado la lluvia y el sol brilla nuevamente. Y así como los becerritos brincan alegremente sobre una pradera tras salir el sol, los piadosos brincarán de alegría sobre la ceniza que se pierde bajo sus pisadas inocentes, ceniza que es lo único que quedará como recuerdo de la injusticia. Así lo ha dicho el Señor.

Brilla el sol de justicia

En medio del panorama actual es natural desesperanzarse. Multitudes claman hoy por justicia, multitudes se quejan hoy a causa de la gran cantidad de abusos que sufren por parte de quienes tienen mayor poder. El abuso no solo viene de las altas esferas de poder, está presente en el rincón de la cocina, en el seno de los hogares. La injusticia se gesta en la recámara, en la sala o el patio de la casa; se manifiesta de un cónyuge a otro, de un padre a un hijo o de un hermano mayor hacia el menor. Por lo que, aunque la injusticia se manifiesta así en lo más recóndito como en la vida pública, somos llamados a no perder la esperanza sino a mantener nuestra fidelidad intacta, a practicar, promover y esperar en la justicia como personas piadosas.

Si usted está desesperado o de-sesperada por causa de la injusticia, para usted es este mensaje; anhele la justicia, desee con todo su corazón que la justicia reine, promueva con todas sus fuerzas la práctica de la justicia hasta donde le sea posible, no acepte las injusticias que se han encrudecido en medio de esta pandemia como una nueva normalidad; desespere con hambre y sed de justicia2 pero no pierda la esperanza, porque a los que temen al Señor les espera un mañana diferente, para nosotros saldrá el sol de justicia y en sus alas traerá nuestra salvación (Malaquías 4:2).

Referencias

1 1 Juan 3:10

2 Mateo 5:6, 20.

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