Cambio de planes

Cambio de planes

Ilse Annet Castillo Castillo

El 2020 ha concluido y, sin lugar a duda, fue un año atípico para todos nosotros, nadie iba a creer que pasaríamos todo un año en confinamiento, con medidas extremas de distanciamiento físico y aislamiento social, un año en el que la economía se vería afectada con el cierre de comercios, la educación paso de ser presencial a ser totalmente en línea, los templos cerraron y las reuniones fueron canceladas. Palabras como “Zoom”, “Meets”, “Teams”, “Classroom” y otras, ahora forman parte de nuestro vocabulario y de nuestra vida, definitivamente todo cambio.

El cambio es una constante, algo inherente a nuestras vidas y todos los días está sucediendo, los cambios pueden ser elegidos o no, sin embargo, el adaptarnos a ellos siempre requerirá de un esfuerzo de nuestra parte; esto dependerá de las circunstancias externas, los recursos de los que disponemos para enfrentarlos y los apoyos con los que contamos para el proceso de adaptación.

En los últimos meses hemos escuchado mucho la palabra de cambio, todos hablan de ello: cambio en nuestros hábitos, cambio en la forma de hacer las cosas, cambio aquí y cambio allá. Pero ¿qué es en sí el cambio?

Para algunos es una transición de una situación diferente o pasar de un estado a otro, algunos más consideran el cambio como la oportunidad de actuar de manera diferente para tener resultados distintos entendiendo que no se puede ser mejor si se continúa haciendo siempre lo mismo. De una o de otra forma el cambio nos permite abrir oportunidades.

Nos guste o no, nuestra vida está en un constante cambio, siempre está presente, y adaptarse a él conlleva un proceso de transformación personal y sobre todo abandonar nuestra zona de confort, esa zona en la cuál hemos alcanzado una comodidad y una estabilidad que nos impide seguir creciendo, esa zona que nos impide aprender y hacer cosas nuevas.

El peligro de la comodidad

Es común que en algún punto de nuestra vida encontremos una estabilidad y consideremos que tenemos el control de las situaciones que se nos presentan, empezamos a vivir en una rutina dónde nuestras actividades dejan de tener significado y solo las realizamos por inercia, nos olvidamos del verdadero motivo por el cuál las llevamos a cabo y pierden sentido ¡caemos en la comodidad!:

“Sin embargo, ¡ese es el momento cuando debes tener mucho cuidado! En tu abundancia, ten cuidado de no olvidar al Señor tu Dios al desobedecer los mandatos, las ordenanzas y los decretos que te entrego hoy. Pues cuando te sientas satisfecho y hayas prosperado y edificado casas hermosas donde vivir, cuando haya aumentado mucho el número de tus rebaños y tu ganado, y se haya multiplicado tu plata y tu oro junto con todo lo demás, ¡ten mucho cuidado! No te vuelvas orgulloso en esos días y entonces te olvides del Señor tu Dios, quien te rescató de la esclavitud en la tierra de Egipto” (Deuteronomio 8:11-14, NTV).

En estas líneas nos advierten del cuidado que debemos tener al estar en abundancia, cuando hablamos de la comodidad sucede exactamente lo mismo, nos volvemos orgullosos y a veces ciegos ante la situación, hasta hace unos meses nos encontrábamos en un momento de prosperidad; teníamos planes, actividades, nos reuníamos para cumplir con un programa, la idea de utilizar los medios digitales para llevar nuestras actividades parecía algo lejano. Sin embargo, una pandemia nos llevó a la necesidad de cambiar y dejar nuestras comodidades, nos llevó a buscar nuevas alternativas y adoptar nuevos métodos, finalmente ¡nos adaptamos al cambio!

Sé protagonista,

sé agente de cambio

La pandemia provocada por el COVID-19 ha sido la protagonista, hizo que cada uno de nosotros adoptáramos nuevas prácticas en la familia, la escuela, el trabajo, la iglesia, la sociedad; tuvimos que salir de nuestra comodidad. Pero ¿te has puesto a pensar la razón por la cual hemos sido movidos?, Dios tiene algo preparado para nosotros y en la Biblia encontramos que siempre que Dios llama a una persona para ser usada, es invitada a salir de su comodidad:

• Noé fue llamado a construir un arca y dejar todo lo que estaba haciendo, invertir recursos para el proyecto que Dios le había asignado.

• Abraham fue llamado a salir de su tierra, dejar todas sus comodidades y encaminarse a una tierra desconocida.

• Los apóstoles debieron dejar sus oficios, comercios y demás por seguir a Jesús.

• El mismo Jesús, al venir a la tierra, dejó su lugar al lado del Padre por cumplir la misión.

Estos son ejemplos de cómo Dios nos mueve de nuestra comodidad para hacer cosas diferentes, el cambio no necesariamente se trata de hacer cosas nuevas, se trata de hacer aquello que no realizábamos por temor a salir de nuestra comodidad: “La historia no hace más que repetirse; ya todo se hizo antes. No hay nada realmente nuevo bajo el sol. A veces la gente dice: «¡Esto es algo nuevo!»; pero la verdad es que no lo es, nada es completamente nuevo” (Eclesiastés 1:9-10, NTV).

Es en este momento que estamos llamados a ser protagonistas de nuestra historia, a dejar la comodidad para enfocarnos en la oportunidad y no en la crisis.

El desafío

Debemos aceptar que el cambio ya sucedió y no estábamos preparados para ello, ese es uno de los primeros aprendizajes que podemos obtener de este año tan irregular que hemos vivido, fuimos capacitados y aprendimos con herramientas que en este momento ya son ineficientes, ahora es el momento en que debemos incorporar elementos nuevos que nos ayuden a cumplir con los objetivos de los diferentes aspectos de nuestra vida, necesitamos actualizar y vislumbrar nuevas oportunidades. La vida es una escuela y cada año que transcurre aprendemos algo, quizás este ha sido el año más difícil de cursar y la pregunta sería ¿Qué hemos aprendido de todo esto?

Nos encontramos en un periodo de transición hacia la llamada “nueva normalidad”, sin embargo, ya nada será igual, creer que las cosas y la vida que teníamos será la misma hasta antes de marzo del 2020 es aferrarnos a algo que ya no existe, algo que ya no regresará y es aquí donde debemos tomar la oportunidad de hacer las cosas diferentes.

Probablemente has escuchado esa frase que dice «las crisis sacan lo mejor y peor de uno», bien pues este es el momento para sacar lo mejor de nosotros, Dios nos está invitando a salir de nuestra zona de confort para innovar, crear y reinventarnos, nos llama a ser un agente de cambio y anunciar que en medio de esta crisis ¡Dios sigue estando presente!

En este punto ya te habrás preguntado ¿Qué puedo hacer yo para aportar a todo lo que está sucediendo?, tal vez no tengas una idea de cómo empezar, sin embargo, déjame decirte que cada uno de nosotros estamos capacitados para hacer grandes cosas, la palabra de Dios es clara cuando menciona: “No es que pensemos que estamos capacitados para hacer algo por nuestra propia cuenta. Nuestra aptitud proviene de Dios” (2 Corintios 3:5, NTV).

A lo largo de este año te habrás dado cuenta de ello y aunque no estábamos capacitados para afrontar esta situación, Dios nos dotó de la aptitud para hacer frente a la crisis, empezamos a ver hermanos que con esfuerzo y dedicación realizaban los cultos virtuales, promovían actividades que permitieron mantener el contacto con los hermanos y otros tantos realizando actividades que llevarán un mensaje de esperanza ante la situación, todo esto ha traído una nueva forma de hacer las cosas, sin embargo, esto no es suficiente. Todo sigue cambiando, y lo que hoy nos funciona mañana ya no tendrá efecto.

Hoy quiero invitarte a que tomes esta experiencia como una oportunidad para poner en práctica tus dones y habilidades, sea cual sea tu profesión u oficio, siempre habrá una forma de ser parte de ese cambio, los límites ya no existen.

Comparto contigo algunas ideas que puedes poner en práctica para ser parte del cambio, hoy la tecnología es un gran aliado para poder llevarlas a cabo y otras requerirán de un esfuerzo personal:

• Comparte tus conocimientos. Si eres bueno en algún tema puedes ayudar a otros en su aprendizaje.

• Aprende algo que ayude a los demás (primeros auxilios, lenguaje de señas, un nuevo idioma, entre otros).

• Crea retos que te inviten a compartir de Dios (menciona tres momentos del día en los que sentiste a Dios, siete alabanzas que te identifican, etc).

• Comparte experiencias de vida, tu testimonio puede ser de ayuda a otros.

• Crea contenido positivo y compártelo en tus redes sociales, deja volar tu imaginación.

• Sé compartido, dona un abrigo, una cobija, ropa en buen estado que ya no uses, alguien más puede necesitarlo.

• Si está en tus posibilidades puedes hacer donaciones a fundaciones y organismos que ayuden a poblaciones vulnerables.

• 2×1, compra algo para ti y el segundo compártelo.

Reflexión final

¿Cómo ha sido tu experiencia durante la pandemia?¿Qué has aprendido o qué nuevas habilidades has desarrollado?¿Cómo te gustaría que fuera el regreso? ¿Qué otras actividades puedes realizar para ser parte del cambio? …

Te invito a qué puedas compartir tu experiencia usando el hashtag #CambioDePlanes

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Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Min. Moisés López Román

«Son los edificios que permanecen cerrados, la iglesia no ha cerrado su fe en Jesús que es el centro y la razón de ser.
Mayormente hoy, continúa ofreciendo amor y servicio a los demás».

 

«Para todo lo que suponga bienestar de la gente, la institución no debería esperar a ser invitada, debería adelantarse»
(José Manuel Vidal)

Es verdad que muchas iglesias no estaban preparadas para funcionar sin el culto celebrado en el templo. La actual crisis sanitaria, vino a cambiar gran parte de las diferentes formas en que expresábamos y practicamos nuestra fe. También es verdad que ha cuestionado muchas áreas de ser iglesia, tales como la centralidad en los cultos, el enfoque en lo estético del edificio y las prácticas de amor y servicio aterrizadas únicamente en el interior de la iglesia. Tal y como se expresa en algunos grupos religiosos «Nadie hubiera imaginado, ni en el peor de sus sueños, que nuestras vidas, repletas de acontecimientos sociales, vividas con y para los otros se precipitaban al mayor de los distanciamientos». Ante dicha realidad, la mayoría de la iglesia, por gracia de Dios, ha sabido responder muy bien desde la «esfera digital» para la celebración de los cultos y podría continuar e ir mejorando en lo virtual.

Puesto que, esta pandemia vino para quedarse o al menos en tanto que se tenga la esperada vacuna que combata el virus, necesitamos plantearnos ¿Cómo poder ser la iglesia que practica la caridad y el servicio a los necesitados en medio de tantas restricciones sanitarias? o ¿Será que la iglesia salió del templo para quedarse ahora en Zoom? ¿Cómo ser una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad? Esta última pregunta, ante la situación actual no es fácil de responder, pues esta depende en su mayoría de las condiciones económicas, la idea sobre la pandemia y la visión evangélica que la iglesia tenga de sí misma, sin embargo, en la carta a los Gálatas encontramos algunas exhortaciones emitidas por el Apóstol Pablo que movió a la iglesia a no detenerse en su responsabilidad cristiana y el ejercicio del amor movido por el Espíritu en momentos de necesidad. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9-10).

Resulta importante señalar el ambiente social y político en el que se encontraban las poblaciones de Galacia; mucho antes de que fueran evangelizadas por el Apóstol en su primer viaje misionero. Sus inicios se remontan, aproximadamente al siglo III a.C. Se cree que esa gente era procedente de Galia (hoy Francia) y se establecieron en Asia Menor. Para los griegos y romanos era un sociedad salvaje y simpatizantes de la guerra, pues se cree que la mayoría de ellos ejercían servicios mercenarios, una vez establecidos en dichos territorios se dedicaron a la agricultura y la ganadería adoptando un nuevo modelo de vida, aunque la agricultura no era tan redituable. Al tiempo que Pablo escribe la Carta, los Gálatas eran gobernados por el imperio romano dirigido por el emperador Claudio (42-54 d.C), dado que el imperio era reconocido por su respeto del derecho y las leyes, pero también por su sistema esclavista, por la recaudación de impuestos y por la fuerza de sus legiones, en la sociedad romana la estratificación social era sumamente marcada, y solo gente de alto rango era digna de poseer riquezas y altos cargos, esta imposición del imperio afectó a los campesinos y ganaderos de la región de Galacia. La exhortación a ejercer la hermandad, va, ante todo en este sentido, pese a lo poco común de esta práctica en una sociedad como lo era la del imperio romano.

La iglesia bajo la nueva normalidad

El Apóstol, establece un principio “no nos cansemos, pues, de hacer el bien” puesto que no sabemos cuánto tiempo más continuará el confinamiento. La iglesia, frente a los nuevos cambios, tiene que reconfigurar su modelo de ser iglesia, tal como lo señala el filósofo francés Stéphane Vinolo: «La pandemia nos lanza a la cara nuestra ética y habrá que tomar decisiones éticas brutales». Necesita administrar sus fuerzas y recursos, impulsados por la ley de Cristo que no es otra cosa que el amor mostrado en los demás por la dirección del Espíritu, para que no se detengan en estos tiempos de necesidad.

La iglesia activa bajo la nueva normalidad

Es verdad que antes de la pandemia se tenía toda la libertad para ejercer un ministerio sin restricción alguna, pero las formas de servir anteriormente necesitan reconfigurarse ante esta nueva normalidad. Pablo sugiere “no desmayarnos”. La situación a la que nos enfrentamos no solo ha causado angustia y pánico, también ha violentado nuestra capacidad de pensar. Por ello, es importante discernir y buscar la dirección del Señor, leer los signos de los tiempos, incomodarnos en estado de confort y como comunidad espiritual soportar la carga los unos de los otros.

La iglesia ofrece caridad a miembros y no miembros de la comunidad de fe.

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:2, 10). Las estratificaciones romanas establecían que los privilegios y el bienestar lo merecían solo la nobleza. Para el Apóstol, la comunidad espiritual movida por la ley del amor y la presencia del espíritu, procura el bien de todos aun a los de afuera, pese al dicho «la caridad bien entendida comienza por la casa». La iglesia está en su momento para proponer la fuerza del evangelio ante la crisis.

Insinuaciones de una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad.

Los creyentes debemos ser sabios, precavidos, el COVID-19 presenta un reto a nuestra generación, pero no somos la única generación que ha enfrentado algo similar, necesitamos pensar bien y no apresurarnos, Pablo nos exhorta a sembrar y a su tiempo cosecharemos, pero es importante que esto que sembramos sea caridad y servicio que haga bien a los otros. Los pastores jugamos un papel importante podemos hacer pasiva o activa a la iglesia según sea nuestra postura teológica de la realidad, tenemos que tratar de educar a nuestras congregaciones y utilizar esta situación para crecer juntos como iglesia. Aun con las restricciones sanitarias, podemos reconfigurar una nueva manera de integrar ministerios.

1. Organice su comunidad, de manera que todos los miembros puedan compartir y ofrecer a los más cercanos de su entorno lo que dispongan. Identifique a los vecinos, familiares o hermanos que estén pasando precariedad en sus finanzas y comparta una despensa básica o bien una ofrenda de amor. La Iglesia, si de algo sirve, es para dar sentido a la vida y crear espacios de convergencia y de esperanza.

2. Identifique un hogar donde haya personas de la tercera edad (vecino, miembro de la iglesia o un familiar) y ofrezca su servicio para traer sus compras del súper, medicamentos o necesidades que les obliguen a salir de casa. ¡No nos cansemos de hacer el bien!

3. Abra sus puertas desde internet. Forme redes de apoyo virtual constante para que los fieles sigan teniendo guía espiritual desde sus casas. Oren por todos incluyendo los de afuera, que en estos tiempos al igual que nosotros necesiten escuchar que en Dios hay esperanza, que nuestras cargas son más ligeras cuando confiamos y nos abandonamos en Él.

4. De ser posible, establezca un centro de acopio que recolecte artículos de primera necesidad (alimentos, cubre bocas, caretas y gel antibacterial) eligiendo un grupo de personas potencialmente fuertes bajo las normas más estrictas de protección y compartan en lugares vulnerables o de escasos recursos un paquete que incluya alimentos y el kit sanitario.

5. Forme un módulo de información que contenga, teléfonos y dirección donde ofrecen servicio de pruebas de COVID-19 y atención a personas lo más cercano al lugar donde se encuentre.

Son solo algunas alternativas, sin duda que ustedes pueden repensar y proponer las que sean necesarias. Mientras tanto, no nos cansemos de hacer el bien. «Llevamos a la iglesia y la misión a contextos de la vida diaria. Debemos pensar en la iglesia como una comunidad de gente que comparte la vida, la vida cotidiana. Y los cimientos de la misión se establecen en la vida cotidiana. Una iglesia de todos los días con una misión todos los días» (Tim Chester y Steve Timmis, 2018). La iglesia necesita recordar que, ha sido llamada para labrar la dicha ajena, sean creyentes o no.

Bibliografía

Rene Padilla, Milton Acosta & Rosalee Velloso (2019) Comentario Bíblico Contemporáneo Estudio de toda la Biblia desde América Latina Pag. 1531.

Armando J. Levoratti & Elsa Tamez (2007) Comentario Bíblico Latinoamericano Nuevo Testamento, ed. Verbo Divino. Pág. 901-902.

Tim Chester & Steve Timmis (2018) Iglesias 24/7 comunidades misionales en la vida cotidiana, ed. Andamio, pag. 31.

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El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

Min. Joel J. Pachuca Rosales

En México hay 1.2 millones de personas que poseen la gran mayoría de los bienes, riquezas, propiedades, un total acceso a los servicios básicos, movilidad y un sin fin de privilegios en este país, pero, la contracara es difícil de asimilar en cuanto a la pobreza.

El Consejo Nacional de Evaluación de Política de Desarrollo Social (CONEVAL), presentó el informe Política Social en el Contexto de la Pandemia por el Virus SARS-COV-2 (COVID-19) en México. El informe es desalentador, hasta 2018 el CONEVAL, tenía un estimado de 52.4 millones de mexicanos en pobreza (9.3 millones de ellos, en extrema pobreza). A partir de 2020, habrán ahora, 62.25 millones de mexicanos en pobreza, es decir, 10 millones de personas más.

Con base a los datos de densidad poblacional del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2019, en el país hay 125 millones de personas, esto quiere decir que, a partir de este año, la mitad del país está en pobreza»1.

Esta realidad nos desafía a recuperar como iglesia el lugar de los pobres como objeto central de la Misión.

La premisa referente a que los pobres son destinatarios primarios de la Misión no siempre es bien aceptada. A menudo, se escuchan posiciones de creyentes respecto a que los pobres lo son porque ellos mismos lo provocaron. Una supuesta pereza, el aparente disgusto por el trabajo, empleos mal remunerados por falta de preparación académica –la cual se dice que no se cuenta con ella debido a que cuando pudieron tenerla no se esforzaron–, son algunas de las razones que se dan para explicar el por qué de la pobreza (si bien, es posible que en algunos casos estas situaciones sean reales, no se pueden considerar como la generalidad). Por razones como tales, algunos creyentes opinan que la iglesia no debe ocuparse en responder a las necesidades de los pobres. Piensan que solos deben resolver su condición. Califican a los programas de apoyo que se les ofrecen, tanto eclesiales, gubernamentales o particulares, como asistencialistas o paternalistas. Ideas como las referidas, requieren ser orientadas.

¿Pobres?

Es necesario reflexionar respecto a lo que es y lo que produce la pobreza. De tal manera que, hablando de la Misión de la Iglesia, se comprenda porque el Señor llama a que los pobres sean sus receptores primarios.

En el lenguaje cristiano y teológico, el término «pobre» puede describir realidades muy diversas. En palabras de Jon Sobrino2, se trata de:

• Pobres, tal como de ellos se habla en los profetas y en los evangelios. Son aquellos para quienes el hecho básico de sobrevivir es una dura carga, para quienes dominar la vida a sus más elementales niveles de alimentación, salud, vivienda, es una ardua tarea y la tarea cotidiana que emprenden en medio de una radical incertidumbre, impotencia e inseguridad. Pobres son aquellos encorvados, doblegados, humillados por la vida misma, ignorados y despreciados por la sociedad. Son, en primer lugar, los socio-económicamente pobres, es decir, carecen de las necesidades fundamentales para todo ser humano: la vida, la fraternidad y el sustento.

• En segundo lugar, encontramos también la pobreza socio-cultural, que hace que la vida sea un verdadero suplicio. Existen la opresión y discriminación racial, étnica y sexual. Muy frecuentemente, por el mero hecho de tener la piel oscura, ser indígena, anciano o mujer, la dificultad de la vida se agrava. Hay algunos que viven pobreza socio-económica y socio-cultural, por lo que, son doblemente pobres.

• En tercer lugar, pobres son los empobrecidos por otros. No es mera carencia, no es mera dificultad de alcanzar lo necesario para la vida, es la dificultad de vivir causada por otros, la ignominia ocasionada por el egoísmo y ambición. Explotación, sueldos precarios no acordes al trabajo que se realiza, abusos, fraudes, despojos, son afrentas a la dignidad humana. Estructuras, mentalidades y sistemas que propician que los pobres sean mayorías.

Pobreza, en términos concretos entonces, se evidencia en: niños golpeados con la dura realidad de ser pobres antes de nacer, jóvenes frustrados en zonas rurales y suburbanas faltos de oportunidades, indígenas que viven en situaciones inhumanas, ancianos abandonados, campesinos sin tierra y sometidos a la explotación, obreros mal retribuidos, privados de sus derechos, marginados y hacinados urbanos frente a la ostentación de la riqueza, personas que han crecido en entornos de violencia y adicciones, o en ámbitos cuya idiosincrasia está permeada de abusos, desesperanza, desaliento, muerte.

Los pobres como destinatarios de la misión, entonces no son aquellos seres humanos: limitados, carentes y necesitados sin más. La pobreza respecto a la cual aquí hablamos es aquella que va en contra del proyecto de Dios cuya prioridad es la vida abundante para la humanidad en todos los ámbitos.

Dios, está con los pobres

En el Pentateuco encontramos muchas referencias a este interés de Dios por los pobres. El libro de Éxodo lo resume así: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa» (Éxodo 3:7).

En los profetas, Dios llama «mi» pueblo a los oprimidos dentro de Israel. En los Salmos se dice: «Padre de huérfanos y viudas es Dios» (Salmo 68:5). Oseas dice: «En ti el huérfano encuentra compasión» (14:3). Dios es el redentor, el «Go’el» de Israel porque defiende al pobre.

Leonardo Boff afirma que: «Dios no sólo tiene interés en los pobres, sino que a través de ellos se muestra como Dios. El interés de Dios por los pobres se concretiza en el amor hacia ellos, en la justicia a favor del oprimido y en la ternura que se afecta por el sufrimiento causado a lo débil, pequeño e indefenso»3.

Cristo, está con los pobres.

En los Evangelios, Jesús anuncia la buena noticia del Reino de Dios a los pobres. Así lo afirma en las bienaventuranzas (Lucas 6), en el discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret; y así lo defiende en las parábolas contra sus detractores.

Los pobres, no sólo entendidos como aquellos que tenían privación económica exclusivamente, sino todos aquellos privados de la dignidad humana: enfermos, pecadores, personas marginadas, relegadas, excluidas; las consideradas no-personas por su sociedad.

El interés por los pobres por parte de Jesús está en el comienzo de su ministerio: su misión consiste en anunciar la buena noticia del Reino de Dios a los pobres (Lucas 4:18-19). En Mateo, casi al final de su vida, pronuncia un discurso sobre la prioridad de los pobres en la Misión. Veamos la siguiente parábola contenida en dicho discurso:

Amar a los pobres: la parábola del Juicio a las Naciones

Esta parábola es una de las más relevantes del evangelio de Mateo (25:31-46). Lo es, pues resume de forma práctica e ilustrativa las enseñanzas de Jesús, el deseo de Dios. Trata del día final de la historia, de la palabra definitiva de Dios en ese final, que considerará lo más sencillo, lo más elemental, lo más pequeño, como primordial. El juicio será la confirmación de la vivencia del evangelio desde la fe, la esperanza y el amor.

La parábola presenta una síntesis de la auto-revelación de Dios en Jesucristo, en la historia: Dios en los pobres, Jesús identificado para siempre con ellos, presente en sus sufrimientos; pero, a veces, imperceptible para quien se ha distraído, escondido. En ese sentido, la iglesia es llamada a ir a donde Dios se esconde, al pobre.

El texto, aborda cuatro ideas teológicas esenciales que resumen lo que implica el Evangelio y el Reino de Dios:

1. La fraternidad como el sentido de la vida humana. La revelación de Dios nos muestra que fuimos creados por Él, entre otros propósitos, para ser hermanos. Por eso, la parábola manifiesta que sobre esa verdad se emitirá el juicio: la vivencia del amor hacia el otro, reconocido como hermano. No se puede ser ajeno a lo que sufre el otro, diciendo, es su problema. Eso no es evangelio. Por eso, en la parábola se presenta la siguiente idea: el dolor del otro, es dolor de su hermano. La carencia del otro, es carencia del hermano.

2. El amor, como acciones concretas y cotidianas, como forma de vida; sobre todo, hacia personas que enfrentan sufrimiento, carencia y privación de vida. El texto plantea que se juzgará si se amó o no al prójimo. Este amor, no es presentado en la parábola como una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Se presenta la vivencia del amor en actos concretos: «dar de comer», «vestir», «visitar en la cárcel», «cubrir al desnudo». Amor o desamor hacia el otro necesitado, pobre, desprotegido, vulnerable, será la valoración en el juicio.

3. El otro, el hermano, presentado como quien que no cuenta con lo elemental para vivir, el pobre. Lo elemental para vivir, no se reduce a casa, alimento, vestido y comida; si bien lo implica, pero no lo es todo. Se puede tener incluso, pero de forma precaria, por debajo de lo humano, digno y elemental. Por eso la necesidad del otro no se reduce a la carencia de lo material. Involucra todas aquellas condiciones concretas, emocionales, biológicas, sociales, espirituales, intelectuales, materiales, que el otro requiere para una vida humana digna. El hermano, desde su integralidad, será ayudado. Esa es la demanda.

4. El amor a Dios evidenciado en amor al otro. La parábola no hace referencia respecto a que el juicio constatará la manera o compromiso con que se haya amado a Dios, lo que se haya realizado por Él. Es muy fuerte el texto. Comunica que lo relevante de la vivencia del Evangelio, desde el deseo de Dios, es lo que se haya realizado a favor del otro, del hermano. Juan, el apóstol, lo diría así: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4:19-21, RV60).

¿Cuál es nuestra Misión como Iglesia si tenemos a los pobres como destinatarios?

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí» (Mateo 25:35-36, RV60).

Este llamado al amor, si bien implica la dimensión individual, también abarca la colectiva. Nuestro prójimo no es sólo el hombre o la mujer individuales. Por su puesto que lo son, y requieren ayuda. El texto nos mueve a eso. Sin embargo, también es importante ver al ser humano en la colectividad. Las mayorías, los explotados, marginados, desprotegidos, oprimidos, son ese otro donde Jesús se esconde, Él está con ellos, por lo que, su Cuerpo, la Iglesia, es llamada a permanecer con ellos. Tenemos el desafío de enfocar nuestra reflexión, predicación y acción en, además de ayudar a los pobres, transformar las mentalidades y estructuras que hacen posible la desigualdad, el abuso y la pobreza.

Hambre y comida, sed y bebida

Dar de comer, por ejemplo, en palabras de Jon Sobrino: «es posibilitar que los pueblos coman y para esto es necesaria no sólo la beneficencia, sino, además de ella, la transformación de las estructuras económicas que impiden que hoy todos puedan comer. Y así podíamos decir de todos los actos de servicio por los que Dios juzgará a seres humanos según la parábola. Si a Dios le encontramos en nuestro hermano, el lugar privilegiado para ese encuentro es el hermano empobrecido y despojado de su misma condición humana por la ambición de otras personas. Al final de la historia, Jesús, el pobre, nos juzgará en nombre de todos los pobres. El sentido último de la historia pasa por ellos»4.

“Fui forastero, y me recogisteis”

Dada la crisis migratoria que ha golpeado a nuestro país en tiempos recientes, es ineludible rescatar este aspecto tan importante de la Misión. Hoy, los migrantes, que viajan al país del norte en busca de una mejor vida, son esos forasteros sin hogar. En otras palabras, pobres. Muchos de ellos sufren maltrato y discriminación. Son objeto de enojo, hostilidad y vejaciones en razón de que supuestamente están invadiendo otro país al que no pertenecen.

La migración no se debe criminalizar. Pues no es un delito buscar una mejor calidad de vida, en razón de que los países de origen no la ofrecen. Existen innumerables testimonios de migrantes con un gran amor a sus familias que, sin embargo, tiene que separarse de ellas para buscar mejores condiciones de vida, en razón de la delincuencia o falta de oportunidades por largo tiempo en sus lugares de origen. Hoy, la iglesia está llamada a ayudar a los migrantes como parte de su Misión.

Desnudez

La desnudez representa el grado de carencia que vive la persona. Evidencia que quien se encuentra así no tiene lo básico, lo esencial para vivir. Refiere a una desprotección, fragilidad y exposición de quien la sufre, de manera extrema. A menudo, es provocada por egoísmos, condiciones laborales injustas, contextos de violencia y adicciones. La iglesia es llamada a cubrir la desnudez de quien no tiene nada. A luchar para transformar las estructuras y mentalidades que la provocan.

Enfermedad

Las estructuras insanas de la sociedad propician personas enfermas. No solo es la falta de cuidado propio del enfermo, es la sociedad consumista, hedonista, que trae enfermedad, además de la falta de oportunidades para la oportuna y adecuada atención. No siempre se tienen las condiciones para la atención médica necesaria o urgente, lo que ocasiona que las enfermedades se vayan agudizando.

No todos tienen el acceso a la salud. Un buen sector de la población en nuestro país, no cuenta con un servicio médico formal. Por otro lado, la misma pobreza, ocasiona que la persona no cuente con los elementos para nutrir su cuerpo, propiciando con esto enfermedades. Como iglesia, tenemos la responsabilidad de hacer misión hacia todos los que enfrentan la pérdida de la salud o que no tienen los recursos para propiciarla.

Cárcel

Los reclusorios están repletos de personas con trágicas historias de vida. Si bien, a veces hay inocentes, también están los que tienen experiencias de haber causado mucho daño a otros. Ellos, en su mayoría, también enfrentaron sufrimiento en los entornos donde crecieron. Violencia, abusos, adicciones, delincuencia, son ámbitos en los que se desarrollaron. Lamentablemente, esta pobreza, causa mucho sufrimiento. Dios ha dado el compromiso a la iglesia de ayudar integralmente a quienes se encontrasen recluidos.

Finalmente, pedir hoy al Señor como Iglesia el pan nuestro de cada día, sabiendo que los pobres no lo tienen, toma un sentido distinto. El siguiente poema así lo describe:

«Si llegaras a vernos pordioseros y arrastrando nuestra alma por la vía, entre espinos y cardos traicioneros: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si la ausencia de amor nos ha segado, dejando de ver al prójimo necesitado, lo hemos abandonado sin ayuda, aun estando nuestro lado: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si escondido frente a nosotros has estado, en un mendigo, en un anciano, en un hombre frágil y necesitado, para compartirle te pedimos: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si vivimos ajenos a tus dones e ignoramos tu gracia todavía, nunca, nunca Señor, nos abandones, para que el agradecimiento y la alegría inunden nuestros corazones: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si las penas llegaran a inquietarnos hasta el punto del llanto y con la impía desazón de la angustia y a postrarnos: danos hoy nuestro pan de cada día».

Heriberto Bravo

Referencias

1 “10 millones más de pobres en México: La mitad del país está marginado” | Daniel Jauregui | terceravía.mx | 16 de junio de 2020

2 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta; Madrid:2007.

3 Leonardo Boff, “Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres”, Editorial Trotta: Madrid: 2013.

4 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta, Madrid: 2007.

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Liderar en tiempos de crisis

Liderar en tiempos de crisis

Min. Moises Román López

Hay condiciones emocionales que estamos viviendo que no habíamos vivido antes; estamos experimentando la fragilidad de la vida como pocas veces nuestra generación la había experimentado; nuestra capacidad de dirigir tampoco se había visto tan violentada para seguir. Constantemente pensamos y creamos nuevas formas para ir saliendo y parece que esta pandemia se burla de nuestras capacidades, nos hace retroceder una vez más.

¿Qué nos aporta la Escritura a cerca de los hombres a los que Dios les dio una misión? En tiempos difíciles…

Un buen líder discierne y percibe los signos del momento. Tiene un sentido de responsabilidad. “…cuando Mardoqueo se enteró de lo ocurrido” (Ester 4:1), que la vida de un pueblo entero estaba en peligro de exterminio, inicia una serie de gestos (lutos, lamentos, sufrimiento) que para el momento representaban desesperación. Lo menos que un líder puede hacer en momentos de crisis es ignorar la realidad o esperar pasivamente a que el curso del momento siga su marcha y ver su desenlace. Ante la inesperada realidad de la pandemia, muchos hemos quedado paralizados, atados, los cambios exigen de nosotros nuevos caminos. Por ello, buscar a Dios y su voluntad es parte del discernimiento. Hacer las preguntas correctas, cuestionamientos que antes no se habían hecho. ¿Qué hacer con el ministerio que teníamos? ¿Qué hacer con la vida del mundo que teníamos? ¿Cómo hacer el ministerio hoy con los jóvenes que me han encargado, hoy con las limitaciones y desafíos que tengo? ¿Qué hacer ante la ausencia de los jóvenes que ya no podemos ver ni en Zoom? ¿Cómo será la nueva normalidad con los jóvenes?

Un buen líder recuerda el sentido de su llamado. Una pregunta imponente en tiempos de crisis, es: ¿Para qué me ha puesto Dios dónde estoy? ¿Qué sentido tiene tu llamado en este justo momento? Aquí se define todo, si estamos conscientes y afinamos nuestra vocación de servicio a favor de la vida y nos cuestionamos por las motivaciones más profundas que nos movilizan. ¿Para qué había llegado Ester al palacio real? Es justamente lo que Mardoqueo cuestiona de la Reina. ¿No será que has llegado a ser reina para mediar en una situación como esta? Una situación parecida es el llamamiento de Moisés quien huye a Madian y organiza su vida hasta que Dios lo vuelve a llamar; quizá le pudo haber dicho: «¿Para eso te saqué del río?». Que si bien en forma más estricta, cada vez que se nombra a Moisés se recuerda esa misión: «Sacado para sacar». Es la misma pregunta que nos confronta hoy. Ningún líder está preparado para lo que actualmente vivimos, es humildad reconocerlo. Pero no exime nuestra responsabilidad, el Señor nos ha puesto al frente para infundir esperanza, dirección y recordar, ante todo, que la providencia de Dios sigue presente. ¿En qué posición estás que pueda aportar a los jóvenes continuar su fe y su vida social?

Un buen líder persiste no claudica. Puede ser justificable el miedo y los deseos de abandonar el cargo, mayormente ante la crisis existencial que estamos viviendo. ¿Cómo seguiremos siendo FJC? ¿Cuándo regresamos a nuestras actividades sociales, educativas y laborales? Cuando Ester fue informada a detalle de la situación de exterminio a la que estaba destinada su descendencia, tuvo miedo de interceder frente al rey: “Todos los servidores del rey y los habitantes de las provincias de su reino saben que existe una ley que condena a muerte a todos los hombres y mujeres que entren en el patio interior sin haber sido llamados por el rey, a no ser que el rey extienda su cetro de oro hacia esa persona y le salve la vida. En cuanto a mí, hace ya treinta días que no he sido reclamada por el rey” (Ester 4:11).

Y justamente ante un desafío así actúan los principios éticos y morales ¿Y si me presento y pierdo la vida? ¿Y si no voy y mi pueblo perece? Recuerda que en todas las épocas el liderazgo debe salir adelante para hacer frente a las necesidades del momento.

No vayas solo, busca y considera las habilidades de los demás. La situación nos obliga a innovar, pero no sólo eso, pensar y actuar en conjunto: “Y Ester respondió a Mardoqueo: — Reúne a todos los judíos de Susa y ayunen por mí, sin comer ni beber durante tres días con sus noches. Mis doncellas y yo ayunaremos igualmente y luego me presentaré ante el rey, aunque sea en contra de la ley; y si por ello tengo que morir, moriré” (vv. 15-16).

Orar y ayunar por supuesto que es sumamente importante, porque la mayoría de las respuestas y las soluciones surgen de la plática e intimidad con Dios. Sin embargo, es importante aportar también de las habilidades con que se cuenta, y es momento de convocar a todos los jóvenes con oficios, profesiones (médicos, psicólogos, pedagogos, diseñadores gráficos, fotógrafos, márquetin digital), dones y ministerios. Reflexiona con ellos con la siguiente pregunta: ¿No será que Dios te ha puesto donde estás para mediar en una situación como ésta? Plantearse la pregunta que se hacían los líderes y el pueblo en el Antiguo Testamento. ¿Qué me está diciendo Dios con esta situación y qué espera de mí?

Recordemos que Dios nos ha llamado para dar sentido de vida y esperanza en tiempos donde la fragilidad de la vida y lo incierto de esta nueva normalidad nos dejan sin fuerzas y sin ideas. ¡Anunciemos que Dios sigue presente! Sea el líder que inspire y motive a los demás a mirar el futuro con optimismo pese a la situación en la que nos encontramos, recordándoles desde la fe que las promesas de bendición del Dios de la vida siguen vigentes para todos los tiempos.

Fuentes de consulta:

https://conferenciaepiscopal.es/accion-de-la-iglesia-frente-al-coronavirus-2/

https://www.diocesisdeavila.com/2020/03/30/la-iglesia-abre-sus-puertas-en-internet/

https://www.elblogdebernabe.com/2020/06/iglesias-evangelicas-y-el-coronavirus.html

La Palabra, (versión hispanoamericana) (BLHP) © 2010 Texto y Edición, Sociedad Bíblica de España

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La amistad que salva

La amistad que salva

Min. Israel Delgado Sánchez

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”

Vivimos en un mundo donde la amistad es definida en función de la cantidad de amigos y seguidores en los sitios de redes sociales. Interactuamos con otras personas publicando fotos de las vacaciones, de los lugares que visitamos y actualizaciones sobre los logros propios, o de nuestros hijos y cónyuges; compartiendo videos graciosos o de otro tipo en concordancia con algunos de nuestros intereses. Pero si bien estas cosas pueden ayudarnos a mantenernos conectados en algún nivel, difícilmente son los componentes básicos de una relación cercana que resulten nutricios.

De muchas formas, nuestro estilo de vida moderno va en sentido contrario de la amistad. Casi todo el mundo está sobrecargado, sobrecargado y sobrecargado. Entre el trabajo, las clases, las tareas del hogar y los compromisos familiares, no queda mucho tiempo para desarrollar o cultivar amistades. Una pequeña charla con compañeros de trabajo o mensajes de texto para decir «hola» puede ser todo lo que logremos realizar en el día.

Sin duda, incluso las interacciones breves pueden ser bendición en nuestro día. Sin embargo, Dios nos creó para propiciar algo más que lazos sociales superficiales. Necesitamos amistades verdaderas. Amistades conforme a los principios y actitudes sugeridos en la palabra de Dios.

Este es el tipo de compañerismo que Salomón describe en Eclesiastés 4:9, 11-12. Donde escribió: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.… De nuevo, También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán…”.

En la Biblia encontramos una muy amplia variedad de referencias a la amistad. Y la riqueza de los textos que nos la presentan reside en que proporcionan una gama de aristas tal, que ponderan muchos de los atributos de la amistad como don, pero también como ámbito de lo humano, acaso a veces problemático, pero al final don de gracia del Creador para ser bendecidos con el que nos otorga su amistad.

Desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, la Biblia está llena de historias y consejos sobre el tema. Se nos dice que los amigos aman en todo momento (Proverbios 17:17), que, a pesar de que nos hieren, es una evidencia del afecto verdadero (Proverbios 27:6), algunos pueden ser perturbadores, pero otros aún más fieles que la misma familia (Proverbios 18:24), proveen un refinamiento y crecimiento mutuos (Proverbios 27:17), pueden compartir su sabiduría (Proverbios 13:20), e incluso pueden sacrificarse por nosotros (Juan 15:13).

En las recomendaciones prácticas sobre la Iglesia, en el Nuevo Testamento, hay también algunos consejos sobre la amistad. Pablo exhortó a los creyentes, y esto puede aplicarse a los amigos en la fe, a ser compasivos, amables, humildes, mansos, pacientes, perdonadores, a tener paz unos con otros, ser amorosos y agradecidos (Colosenses 3: 13-15). Los amigos también se enseñan unos a otros y adoran a Dios juntos (Colosenses 3:16).

Los verdaderos amigos permanecen a nuestro lado no solo para tener diversión, sino también para apoyarnos (Hebreos 10:24-25) y animarnos (1 Tesalonisenses 5:11) mientras corremos la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Puede haber un compromiso compartido con la forma de vida de Dios y el deseo de agradarlo y glorificarlo por la forma en que vivimos nuestras vidas. Esa es la esencia del compañerismo bíblico1.

Muy a menudo, nuestra inclinación natural es mantenernos alejados de las personas que enfrentan circunstancias difíciles. ¿Por qué? «A veces tenemos miedo de entrar en el dolor de los demás porque sabemos que es posible que digamos algo incorrecto o que no tengamos las respuestas correctas. Pero, sobre todo, creo, tenemos miedo de la carga», escribe Christine Hoover en Messy Beautiful Friendship (2017)2. Ella llama a la adversidad la «prueba de fuego de la amistad» porque nos pide que «entremos voluntariamente en el dolor de otra persona».

Es como un hermano en tiempo de angustia (Proverbios 17:17). Los verdaderos amigos están dispuestos a soportar la incomodidad para poder apoyarse mutuamente cuando sea necesario. Esto podría significar ser un buen oyente de alguien que necesita hablar, orar o ayunar sobre la situación de otra persona, enviar notas de aliento, brindar ayuda práctica como proporcionar comida o dinero, o simplemente sentarse en silencio con un amigo herido que quizás no quiera hablar, pero aun así no quiera estar solo. Cuando mostramos este tipo de apoyo, no podemos evitar sentirnos más unidos los unos con los otros.

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). Compartir el dolor de otra persona no es algo que la gente quiera hacer normalmente, pero la primera mitad de este versículo puede ser igualmente antinatural. Muchas veces en nuestro mundo de competencia feroz, las personas se encuentran compitiendo incluso con sus amigos, hundiéndose en la envidia si un compañero los supera. Esto es desafortunado y se da aún entre el ministerio cristiano. En marcado contraste, los amigos amorosos se regocijan en los logros, éxitos y bendiciones de los demás. Cada uno quiere que al otro le vaya bien, incluso si eso significa ser eclipsado por él o ella. Los amigos amorosos encuentran la verdadera felicidad en la felicidad del otro, siempre animando al otro para que lo haga lo mejor que pueda.

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero” (Malaquías 3:16). Los amigos piadosos participan en conversaciones significativas para aclarar y profundizar su comprensión de la Palabra de Dios. No es que todo lo que se diga tenga que ser profundo o complejo. Pero con una verdadera amistad fundada en principios bíblicos, nunca parece incómodo hablar sobre los propósitos de Dios y lo que está haciendo en la vida de cada uno.

“Mejor es reprensión manifiesta, que amor oculto” (Proverbios 27:5). Los amigos de fe nos dirán si estamos cometiendo un error grave en nuestras vidas, incluso si nos duele un poco. Todos tenemos puntos ciegos y, a veces, necesitamos otro par de ojos espirituales para ayudarnos a mantenernos en el camino correcto. ¿Debemos señalar cada pequeño defecto o idiosincrasia de nuestros amigos? No, claro que no. Por lo general, nuestros amigos cercanos están dispuestos a pasar por alto nuestros defectos, y eso es algo por lo que podemos estar agradecidos. Sin embargo, cuando lo que estamos haciendo tiene un impacto negativo en nuestra vida espiritual o en las personas que amamos, el asunto es diferente. Los verdaderos amigos se enfrentarán a nosotros y nos instarán a cambiar de dirección.

El ejemplo supremo de amistad es el de Jesús. Él es el máximo ejemplo de amor incondicional pues, “no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Él voluntariamente entregó su vida en beneficio de la humanidad que no era digna de su amor y conmiseración. Si queremos tener amistades bíblicas, debemos hacer lo mismo. Debemos amar a los demás con abnegación, lo merezcamos o no y sin esperar nada a cambio.

Juan 15:12-15 dice: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. A la luz del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas enseñanzas inmediatas. Los amigos tienen ideas afines (el amor). Se aman con amor sacrificado, como don de sí mismos. Comparten el uno con el otro desde lo profundo del corazón. Los amigos se conocen bien y promueven el bienestar de los demás.

Nosotros tenemos la bendición de haber sido adoptados en la familia de Dios “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17) y de haber sido hechos amigos de Jesús. A cambio, estamos llamados a ser buenos amigos unos de otros conforme a los principios de la amistad que nos legó Jesús, primordialmente en su vida, pero también en el resto de su revelación escrita.

Según la Biblia, la verdadera amistad se caracteriza por el amor. Los Proverbios, el ejemplo de David y Jonatán, las instrucciones a la Iglesia y, en última instancia, el ejemplo de Jesús representa la verdadera amistad. Un verdadero amigo ama, da consejos sabios, permanece leal en toda circunstancia, perdona y promueve el bienestar del otro. Llora y se goza porque todo ello lo considera un don de gracia del creador.

Referencias

1 Becky Sweat, Six Characteristics of Biblical Friendship, September/October 2018, Discern Magazine.

2 Christine Hoover, Messy Beautiful Friendship: Finding and Nurturing Deep and Lasting Relationships. Baker books, Gran Rapids, Michigan, 2017.

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El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

Min. Ausencio Arroyo García.

Los seres humanos buscamos significado personal, queremos tener la sensación de que nuestra vida importa, que, para otros, para la comunidad en general, queremos sentir la experiencia de que somos amados. Pero; muchas veces a los que nos compete encarnar el amor de Dios al mundo no estamos sintonizados en la señal divina, las iglesias no propiciamos las experiencias que proveerán de sentido y sanidad a las personas, no somos comunidades vitales, no abrazamos a los afligidos, no ofrecemos soluciones a las personas sedientas. Como bien se expresara en un artículo de la revista Christianity Today, señalando las cuatro principales quejas de la gente en general hacia los cristianos, y estas fueron:

• Tú no me escuchas

• Tú me juzgas

• Tu fe me confunde

• Tú hablas de lo que está mal, en lugar de hacer que resulte bien1

Con este panorama que enfrentamos los cristianos, nos preguntamos, como pastores del rebaño: ¿Qué procede hacer? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Cuál es el camino que nos muestra Dios? ¿Cuál es la marca de Dios que debiera estar en nosotros, sus hijos? ¿Cuál es la manera de Dios de tratar con nosotros y que deberíamos replicar? La respuesta es sencilla: su esencia y forma de tratarnos es la gracia. La gracia consiste en dar y perdonar, es derramar generosidad, como la misma historia de la salvación que en ciertas perspectivas parece un despilfarro.

I. LA GRACIA ES LA MIRADA TIERNA DE DIOS

La gracia de Dios se interesa por la miseria, la fidelidad de permanecer con los suyos, la solidez inquebrantable en sus compromisos, la adhesión de corazón y de todo el ser a los que ama, su promesa de justicia inagotable que garantiza a todas las criaturas la plenitud de sus derechos y de colmar sus aspiraciones. La gracia de Dios es la paz y el gozo de los suyos (Sal 36:8-10; 63:4), haciendo sus vidas más ricas y más plenas. La gracia de Dios produce un estado de bendición, no sólo mantiene la vida, la llena de gozo y provee la plenitud de la fuerza. La gracia es como la mirada de Dios posándose sobre el bendecido.

La misericordia es uno de los atributos morales de Dios y establecido en varios textos de la Escritura. El diccionario bíblico expresa la siguiente definición de misericordia:

“… la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad. El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1 Re 3:26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos el corazón— de un padre Jer 31:20; Sal 103:13, o de un hermano Gen 43:30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106:45, o en perdón de las ofensas Dan 9:9. El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso es la respuesta a un deber interior, e implica fidelidad con uno mismo.2

Los profetas dan cuenta de un Dios compasivo que se conmueve ante la rebeldía de su pueblo y aunque en ciertos momentos expresa su decisión de olvidarse de él, porque le ha sido un pueblo infiel, que le cambia por los ídolos que no son en realidad dioses, haciéndole extraviar su corazón, Dios renueva su amor. Como lo señala en Jeremías 31:20 “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿No es niño en quien me deleito?…mis entrañas se conmovieron delante por él…” El enojo de Dios ante el despecho queda atrás por la fuerza de su gracia. “…Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira…” Oseas 11:8-9. La santidad de Dios le separa del pueblo pecador, pero su misericordia lo atrae de nuevo. Dios no puede negarse a sí mismo. Y su iniciativa es volver a enamorar a Israel (Oseas 11:1-4), “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia…” Oseas 14:4; “…yo la atraeré al desierto y…hablaré a su corazón” Oseas 2:14. La marca de Dios es la gracia. Una gracia que da vida, restaura y llena de alegrías.

II. DIOS NOS REVISTE DE GRACIA

La misericordia es el amor en acción. Es algo más que una actitud. Más que sentir pena por la gente. Es hacer algo por las personas. La Biblia dice que Dios es un Dios misericordioso. El Salmo 145:8 señala: «El Señor es tierno y compasivo, es paciente y todo amor». (DDH). Dios espera que hagamos como Él, espera que aprendamos a ser misericordiosos.

Dios ha sido misericordioso con nosotros así que tenemos que ser misericordiosos con los demás. Generalmente, nuestra tendencia es juzgar a otros, condenarlos por sus peores faltas y tendemos a juzgarnos a nosotros mismos por nuestras mejores intenciones. Un refrán de sabiduría popular dice: “No condenes por ningún fallo al hombre que cojea o se tropieza en el camino, a menos que te hayas puesto en sus zapatos o colocado debajo de su carga”. No sea usted indiferente ni demasiado duro con la persona que peca, ni con palabras ni con “piedras”. Debemos tener misericordia. ¿Por qué? Debido a que Dios nos ha mostrado la misericordia. Mateo 18:3. Dios nos ha revestido de misericordia y espera que hagamos lo mismo con el prójimo.

Hemos aprendido el amor porque Dios nos amó primero. Su amor se expresó en la cruz del Calvario. “A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros… De esta manera se hace realidad el amor en nosotros, para que en el día del juicio tengamos confianza; porque nosotros somos en este mundo tal como es Jesucristo” 1 Juan 4:12,17.

La gracia implica belleza y respeto, “soy como el que ha hallado gracia en sus ojos” la gracia construye las relaciones más preciosas. Es la benevolencia. Dios mismo es gracioso. Ex 34:6; Joel 2:13, Jon 4:2; Sal 86:15; 103:8; 114:4; 145:8. La gracia propicia amistad, la amistad es el mejor método de evangelismo, del trabajo en equipo, de la administración, del aprovechamiento de los recursos, del liderazgo, de la atención pastoral, la consejería, la educación a diferentes edades, es la respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

La gracia se extiende a los adversarios. En un sermón de Martin Luther King Jr titulado “Amar a nuestros enemigos” dijo: “A nuestros más implacables oponentes les decimos: «Hágannos lo que quieran, que nosotros los seguiremos amando”.

Scott Peck expresa lo siguiente: “La gracia sirve para promover –prestar apoyo, proteger y fomentar la vida humana y el crecimiento espiritual. Es una vigorosa fuerza que, teniendo su origen fuera de la conciencia humana, promueve el crecimiento espiritual de los seres humanos. A pesar de que todo se opone al proceso, muchas personas logran mejorarse y mejorar su cultura. Una fuerza les empuja a elegir su camino más difícil, a fin de que podamos trascender el cieno y la basura en medio de los con frecuencia hemos nacido”.3

Las personas están sedientas de una verdad que transforme sus vidas, Henri Nowen declaró que su manera de orar había cambiado después de visitar a un Centro de atención para enfermos de SIDA, donde escuchó historias de enorme dolor, mientras escuchaba los relatos estremecedores en su interior decía: «Dios mío, ayúdame a ver a los demás no como mis enemigos ni como impíos, sino más bien como seres humanos sedientos. Y dame el valor y la compasión que necesito para ofrecerles tu Agua Viva, que es la única que sacia esa profunda sed».4

III. DOS IMÁGENES DE GRACIA PARA LOS LÍDERES CRISTIANOS

El apóstol emplea dos analogías para describir la función pastoral, recurre a la doble figura de padres amorosos: primero, como una madre tierna (vs.7-8) y luego, como un padre comprometido (vv. 9-12).

“Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes,  los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros,  por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Tesalonicenses 2:7-12).

Las dos imágenes paulinas sobre el ministerio cristiano nos definen dos principios básicos que debemos adoptar.

A. UNA MADRE TIERNA

(1 Tesalonicenses 2:7-8)

La figura del líder, generalmente, se asocia con una personalidad fuerte, con don de mando, con una voz enérgica, con carisma que se impone ante los demás. El modelo que muestra Pablo manifiesta una disposición y actitudes tiernas: “como una madre que amamanta y cuida a sus hijos…”. Estas características se hallan en la promesa que hace Dios al pueblo exiliado en Babilonia: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas” (Isaías 40:11).

En el cumplimiento de esta promesa, Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Las ovejas no son tan bellas y tiernas como solemos pintarlas; más bien tienden a ser sucias y enfermizas, además de tener una reputación de ser tontas; de modo que el trabajo de pastorear que es sucio y gravoso, incluye la tarea de fortalecer a las débiles, curar a las enfermas, entablillar a las fracturadas e ir tras las extraviadas.

El gran amor de Jesús lo reveló en su servicio y sacrificio. Hoy, los cristianos necesitamos este amor sacrificial para cuidar de aquellos que el Señor ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Los pastores de Palestina, desarrollaban una relación muy estrecha con su rebaño, a tal grado de caminar delante de ellas, llamarlas, silbar o golpear con sus palos en el suelo y éstas seguían a su guía.

El pastor tierno acompaña a los solos, abraza a los desconsolados, está junto al enfermo, cuida a los extraviados. Quizá la gente no los recuerde por los grandes sermones, sino porque estuvieron junto a ellos cuando se les necesitaba. Ser instrumento pastoral requiere una capacidad para escuchar con atención y para reconocer en los ojos del otro la pena que embarga un corazón. El modelo sacrificial exige que renunciemos a aquello que puede hacer daño a los que alimentamos. Ayudar a que crezcan los niños en Cristo requiere mucha paciencia.

B. UN PADRE COMPROMETIDO

La función de padre se ha ido devaluando en la actualidad. En el ámbito mexicano el padre está ausente, ya sea porque engendró y dejó a la madre sola o porque no se involucra en el desarrollo de los hijos. El apóstol explica que su presencia en la iglesia de Tesalónica fue de compromiso, procuró hacerse cargo de sí mismo en lo económico y estuvo atento a las necesidades de la comunidad. Confrontó cuando debía hacerlo y animó a los desalentados.

Las palabras finales del segundo discurso de la toma de posesión de Abraham Lincoln son una breve, pero sustanciosamente expresión de la búsqueda de gracia para restaurar las heridas de la nación: “Con malicia para nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, como Dios nos permite ver lo que es correcto, esforcémonos en terminar la obra en que nos encontramos; para sanar las heridas de la nación, para cuidar de aquellos que murieron en la batalla, de sus viudas y sus hijos huérfanos; para todas las tareas que nos llevan a alcanzar y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros, y con todas las naciones”.

El mundo tiene necesidad de gracia, pues todos necesitamos afecto, ser respetados, ser guiados sabiamente, conocer al verdadero Dios, protección y seguridad, socializar, comunicación, buenas relaciones y libertad.

CONCLUSIÓN

Procuren que a nadie le falte la gracia de Dios… Heb. 12:15. El cuidado del alma cristiana busca promover la cristiformidad por el fomento de la interioridad, particularmente la internalización de la Palabra de Dios y de la manifestación de la gloria de Dios en la vida humana. El cuidado pastoral sirve para sanar las heridas. Guía a las personas a crecer en la madurez (ser perfectos) Ef 4:13. Si te importa lo mismo que a Dios le importa, a él le importan los perdidos, los lejanos, los sin poder. La labor del líder consiste en crear el ambiente en el cual sea posible el crecimiento.

Se acompaña desde la propia fragilidad “…Mi poder se perfecciona en la debilidad” 2 Cor 12:9. Un ejemplo de servicio de gracia lo constituye el Doctor Denis Mukwege un médico de la República Democrática del Congo, galardonado con el premio Nobel de la Paz por su dedicación a apoyar a las mujeres víctimas de violación que usaban como estrategia de guerra de los ejércitos rebeldes. Denis, da testimonio que su vocación se despertó mientras acompañaba a su padre, un pastor, mientras visitaba a los enfermos. Su vida destila gracia.

Todo lo que hagamos, con cualquier persona, de cualquier edad, debe tener la marca de Dios: la gracia.

Bibliografía

1 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 28-29

2 Artículo: “Misericordia”. Jules Cambier y Xavier León-Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica. Ed. Herder, 1965, pp. 175-179.

3 M. Scott Peck. “La nueva psicología del amor”, Ed. EMECE, 1994, p. 271.

4 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 34-35

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Identidad y compromiso: un credo que prevalece

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Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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Certificado en Ministerio Pastoral

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El mundo en el que vivimos presenta hoy más que nunca muchos cambios y nuevos desafíos. Es por ello que, el Seminario de Entrenamiento Ministerial abre su “Certificado en Ministerio Pastoral”.

Por medio de este programa, el alumno recibirá capacitación y formación en el que quehacer pastoral, visto éste como el ministerio de todos los creyentes y no solamente con una función, la que desempeña una persona que tiene a su cargo una iglesia.

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Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Min. Ricardo Méndez Carreño

En tiempo de Pandemia los templos están cerrados, pero la iglesia no lo está. Por razón de frenar la propagación del COVID19, se nos ha solicitado «Quedarnos en casa» y la cuarentena quizá se extienda mucho más tiempo de lo previsto, por lo que seguiremos resguardados en casa, pero nuestra fe está viva y activa; como iglesia debemos reinventarnos para poder proclamar desde nuestros hogares el Evangelio del Reino de Dios de forma oportuna y eficaz. El uso de las redes sociales son un medio para establecer y mantener nuestras relaciones de amistad, compañerismo y acompañamiento a distancia con las personas. Dichas relaciones son un vehículo a través del cual el mensaje del Evangelio puede ser difundido.

Piense en esto: Si usted se para en la esquina de la calle y proclama el mensaje, podrían escucharlo algunas personas. Pero la mayoría de la gente lo ignorará porque usted es un desconocido para ellos; sin embargo, esas mismas personas que no le hicieron caso, si reciben el mismo mensaje a través de un amigo o un familiar, alguien en quien confían, el mensaje encontrará una mejor oportunidad de conseguir su atención.

Uno de los beneficios de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram WhatsApp, etc., es que son una gran herramienta para construir relaciones. Probablemente usted ha escuchado esto más de una vez, pero quizá usted tiene confusión acerca de si las redes sociales pueden funcionar para el trabajo de la iglesia. En esta crisis que vivimos no lo podemos hacer físicamente de persona a persona, pero estos recursos nos pueden ser de utilidad para poder llegar a ellas. Recuerde, nuestro propósito es alcanzar a la gente con la Buena Noticia del Evangelio, dar palabras de aliento, de consuelo y de esperanza.

¿Cómo podemos usar las redes sociales para compartir el Evangelio?

Al difundir el mensaje de salvación, la mayoría de nuestros contactos pueden ignorarlo. Sin embargo, nuestras publicaciones por esos medios son compartidas, comentadas e incluso son marcadas con un: «me gusta», y más de una de estas publicaciones llegan a tus amigos y familiares a través de ti y tienes una buena oportunidad de conseguir su atención e incluso su interés, porque el mensaje viene de alguien en quien tienen confianza.

Por consiguiente:

  1. Las relaciones que construimos en línea nos ofrecen la oportunidad de compartir el Evangelio de persona a persona, sin ningún esfuerzo adicional de nuestra parte.
  2. Al igual que construimos vínculos de amistad de forma física, así también por redes sociales construimos relaciones en base a la confianza, y cuando ésta existe, las barreras y el escepticismo disminuyen y nuestros contactos están más abiertos a escuchar y ver los mensajes que les enviamos, seguramente estarán dispuestos a iniciar un diálogo con nosotros, dando lugar a preguntas y a otras oportunidades de compartirles mensajes.

De acuerdo a estas dos razones, las redes sociales pueden ser un medio muy efectivo para compartir la Palabra de Dios.

Tres requisitos básicos para compartir:

  1. Publique una imagen que llame la atención de tus contactos (que despierte en ellos la conciencia).
  2. Comparta la ubicación y los detalles de la imagen para lograr captar su interés (eduque a sus contactos).
  3. Provoque un deseo en sus contactos, comparta un enlace relacionado al sitio web de la iglesia (haga un llamado a la acción).

Ejemplos: La imagen debe llevar un mensaje como estos: «Podrás vivir sin Cristo, pero morir sin Él será terrible», «Con Cristo todo, sin Él nada», «Mi vida comenzó cuando conocí a Cristo», «Amor sin condiciones», entre otras. Recuerde que las imágenes deben tener una liga para consultar el tema.

Es importante poner este proyecto en oración antes de iniciar. Debe tener una meta en mente al momento de publicar, también es conveniente conocer la audiencia prevista, establezca una estrategia demográfica (¿quiénes son sus contactos? ¿a cuántas personas va a llegar?), una estrategia espiritual (¿en qué creen nuestros contactos? ¿cuál es su fe?). Si omitimos estos detalles, es posible que tengamos pérdida de tiempo y frustración por malos resultados.

El Poder de los hashtags: El signo numeral “#” es más conocido como «Hashtag», gracias a los sitios de redes sociales como Twitter e Instagram. Los hashtags permiten diferenciar, destacar y agrupar una palabra o tópico específico en estas redes. Ellas ayudan a organizar el contenido, haciendo búsquedas de palabras clave y el seguimiento de los temas específicos de manera más fácil. Algunos ejemplos de hashtags: #sinDiosysinCristo, #mipasionesCristo, #Salvadosporunamirada, #Iglesia7dunaiglesiaquecomparte, etc.

140 caracteres: Los usuarios de Twitter tienen un máximo de 140 caracteres para «twittear» su mensaje. Esta limitación es con el propósito de que cada envío capte la atención de los contactos, estos mensajes deben ser sencillos, fáciles y poderosos para producir una reacción emocional. Solo se necesitan dos o tres segundos para que un usuario de redes sociales decida si el mensaje es digno de su tiempo.

Blogs: Debemos alentar entre los hermanos de la iglesia a incursionar en el mundo de los bloggers, deben ser hermanos que dominen este recurso, deben ser atrevidos y sin miedo para compartir su testimonio y su fe en Cristo Jesús. El blog es una herramienta que sin temor se puede convertir en un anuncio misionero. Es una manera sencilla de provocar una conversación interesante con los demás.

Trabajar con redes sociales implica invertir tiempo y esfuerzo, así que hay que ser pacientes y persistentes para obtener resultados, también se debe ser consciente y realista con las expectativas, estas pueden ser las que no esperamos, sin embargo, hay que seguir adelante sin desmayar, Dios siempre va a estar con nosotros. Cuando empecemos a tener respuestas de los contactos, hay que comprometernos con ellos y atenderlos a todos sin menospreciar a nadie.

Recuerde: Nuestra experiencia de fe no está limitada al templo.

Por favor, recomiende a sus contactos la página de la iglesia: www.iglesia7d.org.mx en YouTube y Facebook se están llevando a cabo, todos los sábados, cultos de edificación como son la Escuela Sabática y Culto Vespertino.

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La grandeza de la iglesia

La grandeza de la iglesia

Min. Israel Delgado Sánchez

Al vivir en un mundo cuya cultura e influencias son herederas de la modernidad, hemos creído que buscar lo grande y la grandeza, es la manera de mostrar a Dios. Pero vale la pena hacernos la siguiente pregunta: ¿Será que la grandeza de Dios se muestra en cosas consideradas pequeñas y hasta insignificantes?

Jesús refirió en diversas ocasiones la importancia de poner nuestra mirada en lo pequeño. Como ejemplos tenemos entre otros: la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9) en donde la pequeña semilla que cae en buena tierra, da fruto al ciento, sesenta y treinta por uno; mas adelante encontramos la parábola de la semilla de mostaza (13:31-32) en ella Jesús enfatiza que dicha semilla es la mas pequeña de todas las semillas, pero que cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, tan grande que las aves del cielo hacen nido en sus ramas; también encontramos en el verso 33 del mismo capítulo la parábola de la levadura, en donde Jesús refiere que una minúscula cantidad de dicho elemento es capaz de leudar una gran cantidad de harina (tres medidas de harina son aproximadamente 22 litros). Para algo tan grandioso e importante, que significaba la salvación del mundo como lo era el Evangelio del Reino de Dios; Jesús decide usar ejemplos de cosas muy pequeñas, imperceptibles y a las que normalmente no se les da mucha importancia.

La palabra entonces nos indica que debemos ir de lo mega a lo pequeño. Para conocernos más, necesitamos ver lo que normalmente no nos detenemos a observar por considerarlo minúsculo.

Nuestra realidad como iglesia nos dice que hemos sido una iglesia pequeña de pequeñas comunidades, pero por lo visto, el Señor nos ha llevado a vernos aún más pequeños, para mostrarnos definitivamente dónde está nuestra grandeza. Quizá estábamos cómodos y sintiéndonos exitosos en los templos, con la Convocación Nacional en puerta, un evento masivo sin precedentes en la historia de la iglesia.

Sin embargo, el Señor que hizo lo pequeño e imperceptible nos sacó de ahí para llevarnos a casa. Pero ¡cuidado!, no vaya a sucedernos que nos acomodemos en nuestras casas y ahí nos encerremos. El Señor nos está permitiendo estar en casa y ahí hacer vida con nuestras familias con mayor tiempo disponible para poner nuestra mirada en lo pequeño; que no por serlo es denostable, al contrario, para el Señor es y para nosotros debiera ser lo más importante del ser iglesia: nuestra fe personal y familiar.

El capítulo 18 de Mateo aborda grandes temas, que tienen conexión directa con las relaciones más cercanas. Estos temas son enormemente relevantes por que nos dejan en claro que el meollo de la vivencia en el evangelio está en las relaciones cercanas basadas en el amor. Los temas abordados por Jesús según el evangelista son:

1. Humildad y sencillez ante nuestros hermanos: ser como niños (1-5).

2. No escandalizar a los pequeños: no ser tropiezo en ninguna circunstancia (6-9).

3. No demeritar a nadie, incluido el descarriado; antes bien, buscarlo como a oveja perdida (10-14).

4. El proceso de perdón-reconciliación: ponerse de acuerdo como prioridad de la iglesia (15-22).

5. ¡Perdonar, perdonar, perdonar! Nuestra mirada debe estar puesta en Dios, nuestro anhelo debe ser alcanzar la altura de amor que Dios tiene por nosotros, que nos perdona de todo corazón (23-35).

Por lo anterior, quiero compartir, en el amor del Señor, las siguientes pautas que nos indican en dónde está nuestra grandeza:

La grandeza de la iglesia está en la fe de sus integrantes

“Jesús les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20). Para mover montañas se necesita algo tan pequeño como una fe tamaño grano de mostaza. La iglesia de Dios necesita la fe de sus integrantes para subsistir en medio de este tiempo de crisis e incertidumbre, si mantenemos la fe en Dios los montes nos obedecerán. Nada ni nadie puede acaba con una iglesia cuyos miembros tienen una fe pequeña y a la vez grandiosa como un grano de mostaza.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2, RV60). ¿Qué puede vencer a una iglesia cuyos miembros tienen fe en lo que aún no llega y en lo que no pueden ver? Absolutamente nada. Al contrario, podemos afirmar como hace el profeta Habacuc:

«Aunque no den higos las higueras, ni den uvas las viñas ni aceitunas los olivos; aunque no haya en nuestros campos nada que cosechar; aunque no tengamos vacas ni ovejas, siempre te alabaré con alegría porque tú eres mi salvador. Dios mío, tú me das nuevas fuerzas; me das la rapidez de un venado, y me pones en lugares altos» (Habacuc 3:17-19, TLA).

La grandeza de la iglesia está en el qué y para qué de su fe y acción en el mundo, no en el cómo

No solo estamos en el mundo para reunirnos en los templos cada sábado –ese ha sido el cómo de muchos por mucho tiempo–. Estamos en el mundo porque somos la iglesia de Dios que fue creada por Él para ser luz y sal de la tierra: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:13-16). Así que hermanos ¿Qué somos? Luz y sal. ¿Para qué estamos? Para alumbrar, romper tinieblas, para dar sabor y preservar la vida. ¿Cómo lo haremos si no podemos reunirnos en los templos? Viviendo y haciendo crecer la fe en nuestro corazón y el de los nuestros, haciendo el bien, dando ayuda al que lo requiera, estando presencial o virtualmente con el que sufre, orando y ayunando.

Dietrich Bonhoeffer, escribió lo siguiente desde una celda nazi en 1944: «La Iglesia es la Iglesia únicamente cuando existe para los demás…. La Iglesia ha de tomar parte en los problemas seculares de la vida cotidiana, no en forma dominante, sino ayudando y sirviendo». Debemos procurar ser “la iglesia para los demás”, pero aún mejor “la iglesia con los demás”.

La grandeza de la iglesia está donde están dos o tres congregados en el nombre de Jesús

La expresión de Jesús en Mateo 18:20, alude a:

1. La importancia de la búsqueda de la restauración del pecador que permita integrarlo plenamente a la iglesia (18:15-17).

2. El uso responsable de la autoridad que da a los que son miembros de la iglesia para permitir o prohibir (18:18) y

3. En la capacidad que tiene ésta de ponerse de acuerdo en lo que pide a Dios (18:19).

Todo esto se da en la expresión más pequeña posible de la iglesia. Jesús insistió en que la iglesia se da, crece y bendice en lo pequeño: doce discípulos, sus amigos de Betania (Marta, María y Lázaro) o dos o tres reunidos en Su nombre. Cuando dos o tres nos juntamos, la iglesia sucede, lo cual nos deja muy en claro algo que escuché hace algún tiempo y es que: a la iglesia no se va, la iglesia es.

La descentralización de la iglesia, la potenciación de las iglesias locales y agrego: de las familias que conforman a la iglesia local, serán determinantes en los años por delante.

La grandeza de la iglesia está en la intimidad de las relaciones más cercanas

Los momentos más difíciles, significativos e íntimos que Jesús vivió, los experimentó con unos cuantos: con sus doce discípulos (Marcos 6:30-32), Él y el Padre (14:23), cuando comparte con sus más cercanos amigos el pan y el vino como símbolo de su entrega total por amor (26:17-29), con tres de sus discípulos en la hora de la angustia en Getsemaní (Mateo 26:37).

El Señor nos ha estado permitiendo en los meses pasados concentrarnos en lo más importante que muchas veces descuidamos porque lo consideramos pequeño: nuestra relación personal con Él y la experiencia de vida en fe con nuestros seres amados más cercanos. En casa, con Dios y con nuestros seres amados: ¡Sigamos haciendo iglesia!

No desaprovechemos esta grandiosa oportunidad de fortalecer nuestra fe: orando, leyendo la Palabra, escuchando la amorosa voz de nuestro Dios. No perdamos este valioso tiempo de compartir la fe y el amor que Dios nos da con nuestra esposa o esposo, con nuestros padres, hijos, hermanos, amigos queridos. ¡Es tiempo de dedicarnos a lo grande de la iglesia! Una iglesia integrada por hermanos llenos de fe, por matrimonios edificados en la Palabra, por familias que viven en el amor de Dios; será grandiosa y fuerte y tendrá todo lo necesario para cumplir con la Misión encomendada por el Señor.

Cuenta una anécdota de un joven que soñó que entraba en un gran negocio. En el mostrador estaba un ángel como dependiente. “¿Qué venden aquí?” le preguntó el joven. “Todo lo que usted desea” contestó el ángel. El joven entonces comenzó a hacer la lista de cosas: “Quiero que terminen las guerras en el mundo, quiero más justicia por los obreros explotados, tolerancia y generosidad hacia los extranjeros, más amor en las familias, trabajo para los desempleados, más unión en la iglesia y que sanen todos los enfermos por el Coronavirus” Pero el ángel lo interrumpió diciendo: “Joven, usted se ha equivocado. Nosotros no vendemos frutos, vendemos solamente semillas”. Dios necesita nuestra colaboración y responsabilidad. No interviene directamente en el mundo sino nos da su ayuda para que nos hagamos siempre más responsables. La manera de que las semillas germinen y den fruto es cultivándolas en el corazón y en nuestras relaciones más cercanas.

La fe nace en el corazón, brota y se desarrolla en la intimidad de la familia, se comparte y da fruto con la iglesia en el mundo.

Conclusión

Lo que ha estado pasando es difícil y triste; pero también puede ser bueno, porque nos hace preguntarnos si a lo que estábamos dando mayor valor, realmente es tan valioso como creíamos, a saber: los templos, los aparatos, la música, los eventos, etc. Un pequeño virus, imperceptible al ojo humano, nos hizo replegarnos y ha impedido realizar grandes reuniones, grandes proyectos. Pero no nos impide ser iglesia, porque si nos congregamos 200, 100, 50 o 2, no hay diferencia: somos iglesia.

Si el Señor nos ha permitido volver a los templos, ¡No volvamos iguales! Volvamos con una fe renovada y fuerte, volvamos con nuestra familia llena de la Palabra y experimentando más plenamente el amor de Dios, volvamos con la visión clara para poner nuestros ojos en la grandeza de la iglesia y no en lo que parece grande, pero que nos ha distraído de lo verdaderamente importante. Volvamos dispuestos a cumplir cabalmente con nuestra razón de ser iglesia, a saber: vivir en la voluntad de Dios, siendo y haciendo lo que Él nos enseñó en Su Evangelio: “No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.” Pero entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!” (Mateo 7:21-23, DHH).

Que esta situación apremiante que estamos viviendo nos haga recordar la promesa de Jesús, ¡Él está con nosotros! Pero que también nos recuerde la Misión que Él puso en nuestras manos de hacer discípulos, bautizarles y enseñarles con palabra y acción lo que nos ha mandado: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20, RV60).

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