El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

El eje rector de la pastoral: La gracia en el servicio cristiano.

Min. Ausencio Arroyo García.

Los seres humanos buscamos significado personal, queremos tener la sensación de que nuestra vida importa, que, para otros, para la comunidad en general, queremos sentir la experiencia de que somos amados. Pero; muchas veces a los que nos compete encarnar el amor de Dios al mundo no estamos sintonizados en la señal divina, las iglesias no propiciamos las experiencias que proveerán de sentido y sanidad a las personas, no somos comunidades vitales, no abrazamos a los afligidos, no ofrecemos soluciones a las personas sedientas. Como bien se expresara en un artículo de la revista Christianity Today, señalando las cuatro principales quejas de la gente en general hacia los cristianos, y estas fueron:

• Tú no me escuchas

• Tú me juzgas

• Tu fe me confunde

• Tú hablas de lo que está mal, en lugar de hacer que resulte bien1

Con este panorama que enfrentamos los cristianos, nos preguntamos, como pastores del rebaño: ¿Qué procede hacer? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué dejamos de hacer? ¿Cuál es el camino que nos muestra Dios? ¿Cuál es la marca de Dios que debiera estar en nosotros, sus hijos? ¿Cuál es la manera de Dios de tratar con nosotros y que deberíamos replicar? La respuesta es sencilla: su esencia y forma de tratarnos es la gracia. La gracia consiste en dar y perdonar, es derramar generosidad, como la misma historia de la salvación que en ciertas perspectivas parece un despilfarro.

I. LA GRACIA ES LA MIRADA TIERNA DE DIOS

La gracia de Dios se interesa por la miseria, la fidelidad de permanecer con los suyos, la solidez inquebrantable en sus compromisos, la adhesión de corazón y de todo el ser a los que ama, su promesa de justicia inagotable que garantiza a todas las criaturas la plenitud de sus derechos y de colmar sus aspiraciones. La gracia de Dios es la paz y el gozo de los suyos (Sal 36:8-10; 63:4), haciendo sus vidas más ricas y más plenas. La gracia de Dios produce un estado de bendición, no sólo mantiene la vida, la llena de gozo y provee la plenitud de la fuerza. La gracia es como la mirada de Dios posándose sobre el bendecido.

La misericordia es uno de los atributos morales de Dios y establecido en varios textos de la Escritura. El diccionario bíblico expresa la siguiente definición de misericordia:

“… la misericordia se halla en la confluencia de dos corrientes de pensamiento, la compasión y la fidelidad. El primer término hebreo (ra’hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (rehem: 1 Re 3:26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos el corazón— de un padre Jer 31:20; Sal 103:13, o de un hermano Gen 43:30: es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica Sal 106:45, o en perdón de las ofensas Dan 9:9. El segundo término hebreo (hesed), traducido ordinariamente en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso es la respuesta a un deber interior, e implica fidelidad con uno mismo.2

Los profetas dan cuenta de un Dios compasivo que se conmueve ante la rebeldía de su pueblo y aunque en ciertos momentos expresa su decisión de olvidarse de él, porque le ha sido un pueblo infiel, que le cambia por los ídolos que no son en realidad dioses, haciéndole extraviar su corazón, Dios renueva su amor. Como lo señala en Jeremías 31:20 “¿No es Efraín hijo precioso para mí? ¿No es niño en quien me deleito?…mis entrañas se conmovieron delante por él…” El enojo de Dios ante el despecho queda atrás por la fuerza de su gracia. “…Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión. No ejecutaré el ardor de mi ira…” Oseas 11:8-9. La santidad de Dios le separa del pueblo pecador, pero su misericordia lo atrae de nuevo. Dios no puede negarse a sí mismo. Y su iniciativa es volver a enamorar a Israel (Oseas 11:1-4), “Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia…” Oseas 14:4; “…yo la atraeré al desierto y…hablaré a su corazón” Oseas 2:14. La marca de Dios es la gracia. Una gracia que da vida, restaura y llena de alegrías.

II. DIOS NOS REVISTE DE GRACIA

La misericordia es el amor en acción. Es algo más que una actitud. Más que sentir pena por la gente. Es hacer algo por las personas. La Biblia dice que Dios es un Dios misericordioso. El Salmo 145:8 señala: «El Señor es tierno y compasivo, es paciente y todo amor». (DDH). Dios espera que hagamos como Él, espera que aprendamos a ser misericordiosos.

Dios ha sido misericordioso con nosotros así que tenemos que ser misericordiosos con los demás. Generalmente, nuestra tendencia es juzgar a otros, condenarlos por sus peores faltas y tendemos a juzgarnos a nosotros mismos por nuestras mejores intenciones. Un refrán de sabiduría popular dice: “No condenes por ningún fallo al hombre que cojea o se tropieza en el camino, a menos que te hayas puesto en sus zapatos o colocado debajo de su carga”. No sea usted indiferente ni demasiado duro con la persona que peca, ni con palabras ni con “piedras”. Debemos tener misericordia. ¿Por qué? Debido a que Dios nos ha mostrado la misericordia. Mateo 18:3. Dios nos ha revestido de misericordia y espera que hagamos lo mismo con el prójimo.

Hemos aprendido el amor porque Dios nos amó primero. Su amor se expresó en la cruz del Calvario. “A Dios nunca lo ha visto nadie; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor se hace realidad en nosotros… De esta manera se hace realidad el amor en nosotros, para que en el día del juicio tengamos confianza; porque nosotros somos en este mundo tal como es Jesucristo” 1 Juan 4:12,17.

La gracia implica belleza y respeto, “soy como el que ha hallado gracia en sus ojos” la gracia construye las relaciones más preciosas. Es la benevolencia. Dios mismo es gracioso. Ex 34:6; Joel 2:13, Jon 4:2; Sal 86:15; 103:8; 114:4; 145:8. La gracia propicia amistad, la amistad es el mejor método de evangelismo, del trabajo en equipo, de la administración, del aprovechamiento de los recursos, del liderazgo, de la atención pastoral, la consejería, la educación a diferentes edades, es la respuesta a las preguntas más profundas de la vida.

La gracia se extiende a los adversarios. En un sermón de Martin Luther King Jr titulado “Amar a nuestros enemigos” dijo: “A nuestros más implacables oponentes les decimos: «Hágannos lo que quieran, que nosotros los seguiremos amando”.

Scott Peck expresa lo siguiente: “La gracia sirve para promover –prestar apoyo, proteger y fomentar la vida humana y el crecimiento espiritual. Es una vigorosa fuerza que, teniendo su origen fuera de la conciencia humana, promueve el crecimiento espiritual de los seres humanos. A pesar de que todo se opone al proceso, muchas personas logran mejorarse y mejorar su cultura. Una fuerza les empuja a elegir su camino más difícil, a fin de que podamos trascender el cieno y la basura en medio de los con frecuencia hemos nacido”.3

Las personas están sedientas de una verdad que transforme sus vidas, Henri Nowen declaró que su manera de orar había cambiado después de visitar a un Centro de atención para enfermos de SIDA, donde escuchó historias de enorme dolor, mientras escuchaba los relatos estremecedores en su interior decía: «Dios mío, ayúdame a ver a los demás no como mis enemigos ni como impíos, sino más bien como seres humanos sedientos. Y dame el valor y la compasión que necesito para ofrecerles tu Agua Viva, que es la única que sacia esa profunda sed».4

III. DOS IMÁGENES DE GRACIA PARA LOS LÍDERES CRISTIANOS

El apóstol emplea dos analogías para describir la función pastoral, recurre a la doble figura de padres amorosos: primero, como una madre tierna (vs.7-8) y luego, como un padre comprometido (vv. 9-12).

“Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes,  los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, así nosotros,  por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no sólo el evangelio de Dios sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga. Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria” (1 Tesalonicenses 2:7-12).

Las dos imágenes paulinas sobre el ministerio cristiano nos definen dos principios básicos que debemos adoptar.

A. UNA MADRE TIERNA

(1 Tesalonicenses 2:7-8)

La figura del líder, generalmente, se asocia con una personalidad fuerte, con don de mando, con una voz enérgica, con carisma que se impone ante los demás. El modelo que muestra Pablo manifiesta una disposición y actitudes tiernas: “como una madre que amamanta y cuida a sus hijos…”. Estas características se hallan en la promesa que hace Dios al pueblo exiliado en Babilonia: “Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas” (Isaías 40:11).

En el cumplimiento de esta promesa, Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor su vida da por las ovejas” (Juan 10:11). Las ovejas no son tan bellas y tiernas como solemos pintarlas; más bien tienden a ser sucias y enfermizas, además de tener una reputación de ser tontas; de modo que el trabajo de pastorear que es sucio y gravoso, incluye la tarea de fortalecer a las débiles, curar a las enfermas, entablillar a las fracturadas e ir tras las extraviadas.

El gran amor de Jesús lo reveló en su servicio y sacrificio. Hoy, los cristianos necesitamos este amor sacrificial para cuidar de aquellos que el Señor ha puesto bajo nuestra responsabilidad. Los pastores de Palestina, desarrollaban una relación muy estrecha con su rebaño, a tal grado de caminar delante de ellas, llamarlas, silbar o golpear con sus palos en el suelo y éstas seguían a su guía.

El pastor tierno acompaña a los solos, abraza a los desconsolados, está junto al enfermo, cuida a los extraviados. Quizá la gente no los recuerde por los grandes sermones, sino porque estuvieron junto a ellos cuando se les necesitaba. Ser instrumento pastoral requiere una capacidad para escuchar con atención y para reconocer en los ojos del otro la pena que embarga un corazón. El modelo sacrificial exige que renunciemos a aquello que puede hacer daño a los que alimentamos. Ayudar a que crezcan los niños en Cristo requiere mucha paciencia.

B. UN PADRE COMPROMETIDO

La función de padre se ha ido devaluando en la actualidad. En el ámbito mexicano el padre está ausente, ya sea porque engendró y dejó a la madre sola o porque no se involucra en el desarrollo de los hijos. El apóstol explica que su presencia en la iglesia de Tesalónica fue de compromiso, procuró hacerse cargo de sí mismo en lo económico y estuvo atento a las necesidades de la comunidad. Confrontó cuando debía hacerlo y animó a los desalentados.

Las palabras finales del segundo discurso de la toma de posesión de Abraham Lincoln son una breve, pero sustanciosamente expresión de la búsqueda de gracia para restaurar las heridas de la nación: “Con malicia para nadie, con caridad para todos, con firmeza en lo correcto, como Dios nos permite ver lo que es correcto, esforcémonos en terminar la obra en que nos encontramos; para sanar las heridas de la nación, para cuidar de aquellos que murieron en la batalla, de sus viudas y sus hijos huérfanos; para todas las tareas que nos llevan a alcanzar y apreciar una paz justa y duradera entre nosotros, y con todas las naciones”.

El mundo tiene necesidad de gracia, pues todos necesitamos afecto, ser respetados, ser guiados sabiamente, conocer al verdadero Dios, protección y seguridad, socializar, comunicación, buenas relaciones y libertad.

CONCLUSIÓN

Procuren que a nadie le falte la gracia de Dios… Heb. 12:15. El cuidado del alma cristiana busca promover la cristiformidad por el fomento de la interioridad, particularmente la internalización de la Palabra de Dios y de la manifestación de la gloria de Dios en la vida humana. El cuidado pastoral sirve para sanar las heridas. Guía a las personas a crecer en la madurez (ser perfectos) Ef 4:13. Si te importa lo mismo que a Dios le importa, a él le importan los perdidos, los lejanos, los sin poder. La labor del líder consiste en crear el ambiente en el cual sea posible el crecimiento.

Se acompaña desde la propia fragilidad “…Mi poder se perfecciona en la debilidad” 2 Cor 12:9. Un ejemplo de servicio de gracia lo constituye el Doctor Denis Mukwege un médico de la República Democrática del Congo, galardonado con el premio Nobel de la Paz por su dedicación a apoyar a las mujeres víctimas de violación que usaban como estrategia de guerra de los ejércitos rebeldes. Denis, da testimonio que su vocación se despertó mientras acompañaba a su padre, un pastor, mientras visitaba a los enfermos. Su vida destila gracia.

Todo lo que hagamos, con cualquier persona, de cualquier edad, debe tener la marca de Dios: la gracia.

Bibliografía

1 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 28-29

2 Artículo: “Misericordia”. Jules Cambier y Xavier León-Dufour. Vocabulario de Teología Bíblica. Ed. Herder, 1965, pp. 175-179.

3 M. Scott Peck. “La nueva psicología del amor”, Ed. EMECE, 1994, p. 271.

4 Citado por Philip Yancey. “La desaparición de la gracia”. Ed. Vida, 2015, pp. 34-35

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Identidad y compromiso: un credo que prevalece

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Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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Cuando pase la noche

Cuando pase la noche

Min. Avelardo Alarcón Pineda

Todo hace parecer que nuestro barco está llegando a tierra firme. Aún no ha pasado la noche pero ya se asoma en el horizonte la luz tenue de un nuevo día. Parece que con el paso de los segundos el frío cala más como si supiera que está llegando su fin y se aferrara con mayor insistencia al cuerpo. Hemos sobrevivido, era impensable que en un lago como este pudiera experimentarse tal embate por la sobrevivencia; sin embargo, apareció Él y aunque no se calmó el viento lo que ocurrió fue todavía más sorpresivo y sorprendente.

Cuando salimos aquella tarde de la otra orilla, cansados de haber corrido, gritado y cargado las cestas de pan y de peces, –después de todo, quién iba a imaginarse que inmediatamente del largo viaje de regreso al que todos fuimos a predicar, tendríamos que dar de comer a cinco mil varones, a las mujeres, los niños y los esclavos que se acercaron–, no sabíamos lo que nos esperaría. Toda la noche estuvimos luchando contra el fuerte viento, ninguno de nosotros había conseguido descansar ni dormir; al contrario, la lucha constante por tratar de robarle unos centímetros al lago contra la fuerza de aquel viento inusitado nos desmoralizaba al tiempo que provocaba la desesperación y la frustración. Fue entonces cuando ocurrió, y fue como si el salmo 139 se escribiera sobre aquel firmamento estrellado:   Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Cuando escuchamos su voz segura en medio de la noche: tengan ánimo, soy yo, no teman1. Entonces ocurrió lo que menos nos imaginamos, cada uno se prendió del bote hasta con los dientes pues sabíamos que en medio de aquella confusión el lugar más seguro era mantenernos dentro de la barca sujetándonos lo mejor que pudiéramos. Pero Pedro, si, Pedro, no sabemos qué le pasó por la cabeza, pero hizo lo que a ninguno de los demás se nos hubiera ocurrido. Pensábamos que era una locura, a nadie se le viene a la mente que puede caminar sobre el agua, mucho menos en medio de aquella inestabilidad, pero algo marcó la diferencia: si eres Tú manda que yo vaya. Nuestra noche se volvió resplandor cuando los once vimos a Pedro descender de la barca y dar pasos sobre el mar inquieto, fue como si la luz de pleno día dirigiera sus rayos hacia aquella figura endeble que caminaba como cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos. Como si el cielo oscuro fuera un gran lienzo de tela y se rasgara justamente allí para que una luz imponente se fijara sobre ese instante. Pero no había luz de la luna y mucho menos del sol, no hubo alguna luz celeste que se abriera paso entre la cortina, lo que realmente ocurrió es que hubo una iluminación potente en medio de nuestra oscuridad interior. Y de pronto, el cansancio, el sueño, el enojo, el temor, la frustración y la impotencia desaparecieron. Y aunque seguíamos en medio de aquella gresca provocada por el viento y las olas, y nuestra barca seguía siendo sacudida y obligada a retroceder, en nuestro interior hubo regocijo, esperanza, iluminación y paz.

Salimos de aquella noche transformados, después de aquello éramos las mismas personas, pero percibíamos la vida y al mundo de una manera diferente. Esa luz que transformó nuestra oscuridad interior aquella noche siguió iluminando nuestros pasos en adelante.

En la escritura existen varios relatos que tienen en común la epopeya de haber atravesado una noche complicada que resultó transformadora: Jacob en Bet-el y en Peniel, la primera pascua cuando los Israelitas fueron liberados de Egipto, los discípulos ante una tempestad que anegaba su barca o aquella noche cuando vieron a Jesús caminar sobre el agua, cuando Pedro fue llamado por Jesús en la primera pesca milagrosa o cuando fue reencontrado en el Evangelio de Juan2. Cada una de estas historias tienen algo en común: quienes atravesaron por esta noche singular tuvieron la oportunidad de ser encontrados por Dios y ser transformados.

En estas narraciones, la noche se asemeja al capullo en el que se introduce una oruga para sufrir su metamorfosis3; entra en ella siendo gusano y sale transformada en mariposa; el mismo ser pero con diferente forma y diferente manera de asumir la vida. Destaco en itálicas la palabra sufrir porque el cambio, el desarrollo y el crecimiento la mayoría de las veces implica sufrimiento. Crecer duele, dejar lo viejo, lo caduco y lo corrupto atrás para dirigirse hacia algo nuevo, es un proceso doloroso que comienza con la decisión de anhelar lo mejor y estar dispuesto a cubrir el costo de ello.

Hablar sobre lo que ocurrirá “después de la pandemia” indudablemente nos mete en el terreno de la especulación, pero las diversas opiniones se sitúan entre dos posiciones. Algunos hablan de que este será un punto de inflexión; es decir, un parteaguas que marcará y cambiará la historia humana y que será como darle la vuelta a una página para comenzar algo nuevo. Una segunda postura sostiene que esta experiencia será un catalizador, un acelerador que nos llevará a realizar con mayor prisa asuntos que ya venían realizándose o que estaban pendientes. ¿Cómo será la vida después de que la fase crítica de la pandemia haya pasado y volvamos a nuestra “normalidad”? ¿Seguiremos siendo los mismos? ¿Seguiremos realizando las cosas como lo veníamos haciendo? ¿Habrá algún cambio? De ser así, ¿será positivo o negativo? ¿Será para bien o para mal? ¿Será para ser mejores o peores? Estas preguntas y planteamientos son válidos tanto para la sociedad a nivel mundial, a nivel nacional y sobre todo para nuestra iglesia como comunidad de discípulos de Cristo. El tema es muy amplio como para tratar de abordar los macropanoramas, ambientes en los que la iglesia debería tener incidencia pero que dejaremos para otro momento. Por ahora enfoquemos la mirada en nuestra comunidad; nuestra pequeña barquita que se embate entre las olas embravecidas de un mundo convulsionado. ¿Cómo terminaremos esta travesía? ¿Que nos dejará la noche como pendiente para realizar al llegar el día? ¿Qué transformaciones habremos experimentado? ¿Qué iglesia vamos a construir después de la pandemia? ¿Daremos la vuelta a la página y comenzaremos algo nuevo o utilizaremos esta experiencia para darle un impulso renovado y acelerado a los asuntos pendiente que tenemos atrás?

Es muy complicado saber lo que ocurrirá porque en gran medida depende de la respuesta que cada uno dé a esta experiencia, de cómo respondamos y de lo que hagamos durante el confinamiento, de cómo reaccionemos a la contingencia y de qué tan profundo reflexionemos acerca de lo que ocurre. Si en este periodo se produce esta lucha interna de la que tanto nos habla la Escritura y que dibuja mediante los relatos de la noche metamórfica.

Jacob en Betel estaba viviendo una crisis en la que se hallaba solo y completamente desamparado. Huyendo de su hermano para salvar su vida se queda dormido en un lugar en el que tiene que usar una piedra como almohada porque en el escape no lleva consigo más que lo elemental. Allí le aparece el Señor en sueños y le hace saber tres cosas:

1. Que es heredero de las promesas por su gracia.

2. Que cuenta con Su presencia para asegurar que se realicen Sus propósitos.

3. Que aunque ha dejado muchas cosas atrás y su presente no es muy alentador, (Dios) tiene un futuro para él.

Jacob termina transformado por la visión y responde a Dios mediante compromisos que surgen de manera espontánea:

1. Serás mi Dios.

2. Dejaré un testimonio permanente de este encuentro.

3. Entregaré mi diezmo para Ti.

De aquel capullo salió un nuevo ser que dejó atrás al niño que dependía de su mamá para resolverle los problemas y dar lugar al hombre nuevo que ahora dependía de Dios plenamente. El niño que huía dio paso al adulto que piensa en volver para encarar y resolver la situación con su hermano. El inmaduro que luchaba por tener el privilegio de primogénito dio lugar al hombre adulto que cambio de tesoro: de ahora en adelante el Señor será lo más preciado y ocupará un lugar cada vez más primordial en su vida.

Pero la noche de la metamorfosis todavía tiene algo más para Jacob. No ha sido suficiente el primer encuentro, porque aún sigue siendo el hombre suplantador. Jacob debe cambiar de nombre, debe dejar atrás su vieja forma del todo para dar lugar algo cada vez mejor, experiencia que nos recuerda que la vida es proceso.

La noche en Peniel fue distinta. Parece que Jacob sigue valiéndose de tretas para conseguir lo que desea y ha dejado de lado al Señor. Se dirige al encuentro con su hermano, una experiencia por demás sublime: la reconciliación entre los hermanos peleados. Pero Jacob lo tiene todo planeado; sabe que su hermano viene a encontrarlo con 400 hombres. Jacob se llena de temor y aunque el Señor le dice que confíe, que estará con él, aún así diseña una estrategia temeraria que pondría a sus hijos en gran peligro. Así es, Jacob manda por delante un cargamento con regalos y detrás de ellos a los niños y las mujeres, pensando que eso podría sensibilizar a su hermano. Y divide el campamento en dos partes por si acaso su hermano y sus cuatrocientos hombres deciden destruir el primer campamento (en el que va su familia) entonces se salvará la mitad de sus bienes. Aquella noche, Jacob se queda detrás, dejando como resguardo un río, entre su familia y él. Estando solo viene un varón (que es una mediación de Dios) y pelea con él toda la noche, como resultado le desencaja un muslo, pero le da su bendición. En esta experiencia, cercana a la muerte, en la que Dios le deja ver con claridad que el quedarse solo no ha sido sino la peor de sus decisiones porque aparentemente donde más seguro estaba más expuesto se quedó. Jacob no murió aquella noche, quedó lastimado y desgastado, pero en su interior se renovó; así que, ahora más vulnerable que nunca, lastimado y con una pierna que antes era su fuerza pero ahora es una carga, se adelanta al campamento y humillado se dispone a esperar a su hermano, con quien tiene uno de los encuentros más emotivos narrados en la Escritura. Nuevamente la noche de la metamorfosis ha dejado su fruto.

Al inicio de este artículo se incluye la lectura narrativa de una de las noches de metamorfosis que tuvieron los discípulos. Aquella noche llegaron a tierra firme sabiendo que todo discípulo de Cristo está llamado a caminar sobre el agua; es decir, a estar por encima de las circunstancias. Que en lugar de esperar que Jesús quite la adversidad, tengan ellos la capacidad de caminar sobre el mar embravecido para ir al encuentro de su Señor.

La noche de la metamorfosis, en particular parece que atañe a Pedro, el discípulo en quien se representa constantemente el proceso de transformación. En los evangelios hay dos relatos similares que conocemos como la pesca milagrosa. Una de ellas esta narrada por Lucas y la otra por Juan. La primera se sitúa al inicio del Evangelio, en el momento en que Pedro es llamado por Jesús a ser pescador de hombres; en el segundo, narrado al final del Evangelio de Juan, Jesús tiene otro encuentro con Pedro en el que lo llama a apacentar a sus ovejas. Ambos episodios también ocurren durante la noche y su resultado es determinante para la vida de Simón, quien después será llamado Pedro. En estos relatos Pedro es introducido a un capullo del que saldrá renovado; entrará un pescador y saldrá un discípulo, entrará un discípulo frustrado, avergonzado y temeroso, y saldrá un pastor valeroso que cuidará de la iglesia y dará su vida por Jesús.

Cada discípulo y cada comunidad –entendiendo que la comunidad es vista como un cuerpo– en nuestro caminar tras las huellas de Jesús tenemos oportunidades únicas. Lo que para muchos es señal de amenaza o tiempo en donde gobiernan los terrores nocturnos, para nosotros es espacio de transformación, es tiempo de encuentro con nuestro Maestro y oportunidad para crecer. La sociedad actual con todo el avance tecnológico sostiene la utopía de crear una sociedad libre de sufrimiento y por otro lado se alimenta la fantasía de la felicidad permanente, la idea absurda de que un ser humano puede vivir siempre feliz, lo que tiene como consecuencia que la humanidad esté perdiendo brillantes oportunidades para crecer y ser mejores. Para la humanidad no habrá noche de metamorfosis, pues el miedo les ha invadido, y por miedo le han entregado al gobierno, a la ciencia, a la educación o a los gurús económicos el destino de sus vidas. La experiencia en la historia y sobre todo la revelación bíblica develan esta verdad: nadie se transforma en algo mejor si su vida está basada en el miedo, ya que es éste lo que lleva a cada persona a buscar su supervivencia, a atrincherarse y defenderse ante cualquier cosa que le represente una amenaza. Lo vemos claramente en los personajes mencionados en los textos bíblicos, su primera reacción fue buscar la supervivencia, es resultado del espanto y de sentirse impotentes ante la adversidad. Esto en gran medida es cierto en un mundo que siente que está cayendo en el vacío sin fe ni esperanza.

Pero para la iglesia la experiencia puede resultar diferente, somos el pueblo redimido al cual el Señor dirige hacia la realización de una nueva humanidad en cielo nuevo y tierra nueva. No conocemos el vacío sino la expectativa de plenitud; y, por tanto, “la noche” se convierte en la experiencia de metamorfosis. Por lo que en muchos casos ésta puede representar un punto de inflexión para dejar atrás lo que se requiera para dar paso a algo nuevo, pero también puede representar un catalizador de las cosas buenas que el Señor ha depositado en nosotros, el acelerador que puede impulsarnos para darle prisa a los asuntos pendientes, el poder transformador que puede darnos un empuje nuevo para realizar la voluntad de Dios.

La contingencia vino a obligarnos a levantar la alfombra para darnos cuenta de todo lo que hemos guardado allí; es decir, de abordar los temas pendientes y que hemos postergado porque nada nos hacía ver la prisa de atenderlos: vulnerabilidad, marginación, pobreza, violencia, trabajar en la prevención, inseguridad alimentaria, desarrollo del carácter cristiano. Cualquiera de estas visiones (como punto de inflexión o catalizador) es válida porque en realidad nos movemos constantemente hacia la realización plena de todas las cosas al mismo tiempo que vivimos la contemplación de la bondad de Dios y la espera de la venida de nuestro Salvador.

Entre tanto, ¿queremos regresar a la normalidad después de esto? Después de que pase la noche de la metamorfosis será imposible.

Referencias

1 Mateo 14

2 Génesis 28; 32; Éxodo 12; Mateo 8; 14; Lucas 5 y Juan 21.

3 La expresión metamorfosis, que proviene el verbo metamorfou (μεταμορφού) y significa transformar, se utiliza cuatro veces en el Nuevo Testamento, en dos ocasiones para referirse a la «transfiguración» y en el resto a la transformación de que se da en los creyentes, en Romanos 12:2 y 2 Corintios 3:18.

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La prudencia evita la desgracia

La prudencia evita la desgracia

Min. Ausencio Arroyo García

¡Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará! Proverbios 24:3

Las criaturas humanas hemos recibido un don de parte del Creador: la sabiduría. Por sabiduría se entiende la capacidad de discriminar lo correcto, justo o conveniente de las acciones. Tiene que ver con la percepción de la realidad, la inteligencia para comprender la relación de causa y consecuencia en las situaciones de la vida. También se asocia con la memoria, entendimiento de los procesos y la capacidad de lucidez en la toma de decisiones. Esta condición nos diferencia de los animales los cuales se mueven básicamente por instintos y reflejos de memoria primaria. Cuando los seres humanos, nos movemos por impulsos instintivos y dejamos de lado la razón y la voluntad, nos comportamos hasta peor que los animales, con consecuencias lamentables.

El camino de la prudencia

Una de las manifestaciones esperadas al andar con sabiduría es la prudencia. Esta virtud del carácter moral se relaciona con la postura de mantenerse alertas y prevenir problemas. Por regalo de Dios tenemos la posibilidad de observar con atención el entorno, detectar situaciones de riesgo o bien, escuchar las advertencias sobre peligros y hacer lo conducente en cada caso.

A partir de diciembre pasado, se anunció al mundo entero la aparición de un virus que ataca a las personas, afecta los pulmones y puede provocar la muerte por asfixia. Se sabe que muchos que lleguen a contraerlo, no tendrán síntomas, debido a que sus organismos reaccionan con eficiencia para defenderse, pero otros, serán víctimas mortales. Hay registros, que algunos comenzaron a mostrar síntomas por la mañana y al final del día habían fallecido.

El COVID-19 es un virus con enorme capacidad de replicarse y es más letal que otros virus similares; está causando graves trastornos entre la población, a la fecha del 14 de abril estamos bordeando los 2 millones de infectados, 125,476 muertes y cerca de medio millón de personas recuperadas. En México, está por llegar la fase más crítica. El panorama es de tensa calma. Hasta ahora, se carece de tratamientos para curarlo y la lucha médica se centra en impedir que el contagio sea masivo para que no se desborden los hospitales. Aunque, el tratamiento a los enfermos graves es limitado, en las horas críticas será vital el apoyo de respiradores artificiales que lleven oxígeno a los pulmones y eviten el colapso.

La primera fase para enfrentar la enfermedad es evitar. Al no contar con los elementos para combatir este invisible enemigo, se piensa que muchos serán o seremos infectados y nadie puede declararse inmune al peligro; por ello, la estrategia se concentra en impedir el contagio masivo. La medida es aislar a la población, impidiendo que la cercanía física propicie la extensión de la enfermedad. Entiendo que el propósito no consiste sólo en que yo evite ser contagiado sino en lograr que otros más lo sean. No se trata sólo del individuo particular sino de la colectividad. Los especialistas en epidemiología han concluido que la manera de enfrentar el virus es con serias prácticas de higiene y la toma de distancia social.

Los seres humanos y más los cristianos, estamos entrelazados, y por esto nos cuidamos unos a otros; la decisión de mantenernos a distancia brota de un amor sacrificial, de un sentido de responsabilidad con el prójimo, no de falta de fe. El carácter humilde de Cristo se expresó en la obediencia al Padre hasta las últimas consecuencias, esto lo revivimos en el acto del lavamiento de pies. El lavamiento de pies es un amor a imitar. Pero, el servicio al prójimo será el verdadero cumplimiento del ritual. Este amor al prójimo consiste de actos a realizar en su favor o de cosas a dejar de hacer para honrar la persona del prójimo.

Es obvio que amar, a veces consiste en acercarse y otras en alejarse. Lo que es bueno para mí, no siempre es bueno para mi prójimo. Amar es buscar el bien del hermano (Miqueas 6:6-8). Dios nos enseña a amarnos como cuerpo (Efesios 5:29) para hacer de él, un instrumento para la gloria de Dios. La prudencia nos enseña a prevenir el daño.

No tentarás al Señor tu Dios

¡La necedad del hombre le hace perder el camino, y luego el hombre le echa la culpa al Señor! Proverbios 19:3 DHH

Algunos creyentes piensan que no debemos hacer caso de las recomendaciones de las autoridades civiles porque el poder de Dios es más grande que el virus y que es el momento propicio para mostrar la fe que tenemos. Si confiamos en el cuidado de Dios, se dice, no hay por qué quedarse en casa o abstenerse de abrazar o saludar de mano.

El peor virus del que debemos cuidarnos es el de la necedad humana. Hemos sido advertidos, de muchas formas, sobre los riesgos de contraer la enfermedad, sus voces vienen de la ciencia secular confiable. Las evidencias de los efectos son por demás convincentes y abrumadores. No hay excusa para rehusarse a seguir los protocolos. Exponerse; sin necesidad, sería hacer las cosas por impulso insensato de arrogancia o desafío a las advertencias que nos vienen por los medios autorizados por Dios.

No hay razón para escoger exponerse a una enfermedad que puede ser mortal. Cuando Pablo se halló frente a la probabilidad de la muerte, mostró indefinición por no saber qué escoger: si morir en sacrificio de su fe o seguir viviendo para testimonio de Cristo. Él buscó mantenerse en vida para seguir proclamando el evangelio y salvar a más personas. Los creyentes perseguidos no se entregaron a muerte sólo porque sí; prefirieron sobrevivir hasta donde fuese posible para extender la fe en Cristo más allá de su región. No obstante, si alguien siente el llamado a servir al prójimo en medio de la pandemia, le animamos a realizarlo, tomando las precauciones debidas para no poner en riesgos a los demás.

Nuestros actos muchas veces llegan a ser atrevidos y hasta temerarios, tratamos de pasar por encima del principio causa-consecuencia; como si hubiese algo en el interior que nos hace creer que a nosotros no nos pasará lo lógico. Pareciera que creemos poseer un poder mágico de cambiar la realidad. A veces, intentamos desafiar la verdad concreta, no para honrar a Dios sino para sentirnos mejores que otros o para sentir emoción y adrenalina de romper los límites de lo correcto.

Son diferentes ámbitos de comportamiento en los que transgredimos las normas de lo sensato. Y, cuando nos ocurren las consecuencias sabidas nos llegamos a contrariar con el Señor. Un fumador a quien se le detecta enfisema pulmonar, le reclama a Dios por no haberlo librado del mal. Un conductor que tiene un accidente y se enoja porque no fue guardado, después de viajar a 200 kilómetros por hora.

Si sufrimos siendo inocentes, este sufrimiento nos une con el sufrimiento de Cristo, si sufrimos por consecuencia de nuestros errores o necedad no obtenemos ningún crecimiento espiritual sino sólo dolor y culpa (1 Pedro 2:20). No habrá de qué arrepentirnos si seguimos la voluntad divina por el contrario seremos bendecidos por su cuidado. Estamos sabidos, está en nuestras manos seguir la advertencia, confiando en las promesas de Dios. No tenemos porque exigir que Dios haga lo que nos toca hacer a nosotros. Vivamos en la sensatez de la prudencia. La prudencia evitará la desgracia, más si viene, que no sea porque nosotros mismos la buscamos. Recuerde que la sabiduría comienza en el temor del Señor.

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Encontrando la paz en medio de las tormentas

Encontrando la paz en medio de las tormentas

Min. Ausencio Arroyo García

Oye, Oh Dios, mi clamor; a mi oración atiende. Desde el cabo de la tierra clamaré a ti cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio…” Salmo 61:1-2

Se cuenta, que hace mucho tiempo, un destacado Rey, invitó a los artistas de su reino a expresar en una pintura la escena que describiera la paz perfecta. Varios de ellos realizaron sus obras, pero al final, el rey sólo se fijó en dos que llamaron fuertemente su atención. La primera era una imagen de un precioso lago cristalino con montañas nevadas de fondo, un pequeño riachuelo que corría lentamente colina abajo, mientras una variedad de flores crecían a las orillas de la corriente de agua; el cielo azul y el paisaje verde hacían sentir una quietud extraordinaria. Muchos pensaron que esta pintura recibiría el reconocimiento.

Sin embargo; el Rey eligió la otra pintura, en la misma, se apreciaba un entorno gris de una voraz tormenta, el fuerte viento levantaba olas embravecidas que reventaban sobre una gran roca, salpicando con furia latigazos húmedos en todas direcciones mientras en lo alto de la roca, en una pequeña saliente, se hallaba un nido con varios polluelos los cuales eran alimentados por una atribulada madre, el vuelo del ave la mostraba arrojada esquivando una y otra vez las lenguas voraces del agitado mar; en ella el sabio rey alcanzó a percibir la paz real de la existencia humana. La paz no es la ausencia de problemas sino la confianza del corazón en medio de las dificultades, esa paz verdadera sólo puede venir de Dios. La paz de Dios es una paz en medio de las tormentas.

La vida son problemas.

Desde que somos conscientes de la realidad, no damos cuenta del permanente estado de incertidumbre que enfrentamos. Las múltiples responsabilidades, los cambios internos y externos que nos suceden, las contrariedades a nuestros deseos o planes y las limitaciones propias o adquiridas que nos determinan, son constantes problemas, resistencias y contrariedades. Una mañana alguien se levanta con entusiasmo de iniciar su día de actividades y descubre que le han robado su auto o se quedó sin gas en la cocina, se olvidó pagar el recibo de teléfono y está sin servicio, ha habido un accidente automovilístico justo por donde debe pasar hacia su trabajo y llegará tarde y lo peor es que ya tiene varias advertencias de su jefe inmediato, sólo por poner un ejemplo.

En un instante, tu condición emocional puede cambiar, de pronto ocurre algo que rompe tu corazón y te sientes invadido por el desaliento y la incertidumbre: te dan un diagnóstico grave sobre tu salud o la de alguien querido; la persona que amas decidió romper la relación, tu hijo o tu hija tomó decisiones que ponen en peligro su integridad, eres acusado (a) de un delito que no cometiste pero alguien te encontró a modo para liberarse de sus responsabilidades y tu vida comenzará un largo camino cuesta abajo en todos los sentidos. A veces la vida nos golpea con furia.

La vida cambia por una palabra dicha o por un silencio, un gesto mal interpretado, un anhelo que no se cumple, un plan que no prospera, un intento fallido de cambiar los hábitos autodestructivos; tus ahorros se esfuman en un mal negocio o por el establecimiento de políticas económicas del Estado que trastocan tu plan de vida, eres víctima de chantajes o una estafa, se termina un ciclo de trabajo y quedas fuera de un presupuesto estable. Tu existencia da un giro brusco y quedas mal parado y de pronto pierdes la dirección. La vida es como hallarse en medio de una tormenta. Las tormentas a veces llegan de fuera y otras inician dentro de nosotros mismos. Enfrentas fuerzas que no están en tu control y aun aquellas que se supone que están bajo tu dominio en realidad no lo están; porque quieres y al mismo tiempo no quieres, sino que te dejas llevar por el impulso del deseo o de la costumbre.

Los hijos de Dios estamos expuestos a los conflictos y adversidades de la vida. El libro de los Hechos capítulo 27 contiene la narración de una situación crítica que enfrentó Pablo: mientras era llevado hacia Roma junto con un grupo de prisioneros a bordo de una embarcación de carga, se hallaban cruzando el mar Mediterráneo en una época de fuertes vientos. El centurión, encargado de los presos desoye la recomendación del apóstol de esperar a que pase el temporal y decide emprender el recorrido, hallándose en alta mar los vientos huracanados golpearán contra la nave y provocarán el miedo de marineros y pasajeros por igual. Debieron deshacerse de lo innecesario y aun de lo importante para la navegación intentando sobrevivir a la amenazante tormenta. El escritor, compañero de viaje, dice que habían perdido las esperanzas de salvarse: “Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” 27:20.

Qué frágiles nos sentimos frente a los problemas serios, nos exigen muchas respuestas nuevas y que no serán suficientes y tal vez muchas equivocadas, somos como pequeñas barcas a punto de ser engullidas por el embravecido mar de confusión y dolor. No hay palabras que alcancen ni recursos humanos suficientes para aliviar del todo el corazón herido. ¿A dónde irá nuestra vida? Nos preguntamos, ¿Cuándo terminará el caos? ¿Qué es lo mejor o lo correcto que puedo hacer? ¿Mañana será mejor? ¿Cómo puedo seguir después de lo que ha pasado?

Dios es soberano.

Más allá de lo que perciben nuestros sentidos, hay una realidad que está conducida por el Dios majestuoso, Señor del universo. El Dios creador de todo el mundo es también el Dios sustentador del mismo. En los capítulos 38-39 de Job, el Señor expone su poder sobre la creación entera, Él puso límite a los elementos más grandes y los más pequeños; en su sabiduría decidió cómo funcionarían, pero también sigue en control. Su proceder ante Job, quien ha estado manifestando su descontento por el mal que le ha venido y del cual piensa que no tiene sentido. Dios, por medio de preguntas retóricas lleva a Job a reconocer su lugar frente al portento de quien gobierna el mar, el ciclo del día y la noche, así como la luz, la nieve, la lluvia, las estrellas y los animales; en resumen: hay alguien sentado en el trono, como lo señala la visión de Juan en Apocalipsis 4; el cosmos no está abandonado a su suerte, no lo mueve el azar, hay quien dirige a su manera y en sus tiempos todas las cosas.

Es maravilloso saber que el mundo no está a la deriva, que cada cosa tiene su función y su tiempo y que Dios mantiene sus planes o intenciones, que puedo desconocer pero que nada está fuera de su voluntad. Las imágenes apocalípticas de los eventos catastróficos, no son actos aislados o que las criaturas hacen por sí mismas, más bien responden a la intervención divina. El Señor del universo y de la historia manda sobre los elementos y reprende a la humanidad por su insensatez. Al mismo tiempo, durante estos acontecimientos caóticos, Él guarda a los suyos y por ello para los creyentes son signos de redención.

El Señor es soberano sobre todo, cierta ocasión Jesús se hallaba en una barca en medio del mar y fueron azotados por una tormenta, los discípulos lucharon a su manera con el temporal; mientras, Jesús dormía. Al levantarse: “…reprendió al viento, y dijo al mar: calla enmudece…y se hizo grande bonanza…  y se decían al uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen? Marcos 4:37-41. Dios tiene el mundo en sus manos.

Confiar a pesar de todo

Desde hace cuatro meses, casi todos los países estamos sufriendo el embate del COVID-19, y amenaza con hacernos naufragar; día tras día somos informados del incremento de víctimas por la epidemia. Los gobiernos y las instituciones de salud exhiben su insuficiencia ante los casos que se incrementan minuto a minuto. Pero, el problema se ha agravado con los miedos que despierta este enemigo invisible. Los especialistas en conducta humana hablan de las problemáticas que acarrea el estar expuestos a la enfermedad mortal en caso de quedar infectados por este virus. Se despierta el miedo al sufrimiento y al final de la existencia. Ante esta realidad, procuramos hacer nuestra parte, más sabemos, que somos susceptibles del contagio. Sin embargo; nuestra confianza para vivir cada día con entereza y armonía está puesta en Aquel que tiene el mundo en sus manos y en quien hemos depositado toda nuestra vida.

El dolor de las pérdidas y los miedos por lo que puede venir nos roban la tranquilidad y nos invade una sensación de angustia. La angustia puede deberse a que jugamos a ser dioses, en el sentido que pretendemos tener el control; sin embargo, nuestra condición frágil y vulnerable nos incapacita  y nos ubica en los verdaderos límites.

La paz que se sustenta en el poder económico o de la fuerza, se termina en el momento del contagio, nadie sabe cómo reaccionará su organismo, mientras que la paz que se sustenta en el poder de Dios se mantiene a pesar de las circunstancias. La paz que provine de Dios implica la confianza que en las manos de Dios todo está bien, lo que no significa que sea agradable, fácil o inteligible.

Por encima de las contrariedades, los quebrantos y los infortunios de la vida hay quien sabe de ti y puede darle sentido a las circunstancias. Durante la tormenta enfrentada por Pablo, sus compañeros de viaje se hallaban temerosos y habían dejado de comer, en medio de las circunstancias, Dios le hizo una promesa al apóstol y él compartió con confianza estas palabras: “…tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho” Hechos 27:25

Tener fe en Dios es confiar en sus designios y en su benevolencia. Tener fe es aprender a soltarnos en las manos de Dios, quien es nuestra roca de refugio y nos resguardará en medio de las tormentas. La fe no es un refugio de cobardes ni la consolación barata que nos enajene de la vida real sino una fe valiente que enfrenta las adversidades, sabiendo que Dios tiene planes más allá de las frustraciones humanas y que Él puede transformar la amenaza en una experiencia de bendición.

Encontramos la paz, aún en medio de las tormentas, al esperar en la provisión de Dios, quien tendrá una salida a nuestras aflicciones, nos dará las fuerzas para resistir la adversidad y la gracia de seguir caminando. El salmista dice: “¡Cuan preciosa, Oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” Salmo 36:7-9.

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Tres retratos de Dios

Tres retratos de Dios

Min. Ausencio Arroyo G.

“Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte.

Cuando alguna vez dije: «Mis pies resbalan», tu amor, Señor, vino en mi ayuda.

En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, tú me das consuelo y alegría”.

(Salmo 94:17-19, DHH)

Hablar de Dios es hablar de lo infinito y absoluto, de lo invisible y totalmente diferente. Dios es aquel que existe por sí mismo, es aquello que está más allá de los límites de nuestro lenguaje y por tanto, es imposible definir con términos concretos. Sin embargo; el inaccesible se hace accesible. Dios se revela a todos en el mundo visible, en los actos de la historia de su pueblo y en las manifestaciones cotidianas de gracia. Si somos sensibles, podremos ver que todo nos habla de Dios. Los elementos y fenómenos de la creación nos declaran sus atributos y su manera de ser.

Para hablar de la naturaleza y el carácter de Dios, los escritores bíblicos recurren al uso de metáforas como imágenes mentales de lenguaje que funcionan como un puente que nos permite acercarnos a quien es trascendente y Santo. La Biblia está llena de metáforas que describen las experiencias de quienes caminaron con Dios. Veamos aquí tres de éstas a las cuales llamamos retratos que funcionan como vehículos de entendimiento para acercarnos a la realidad espiritual. Así que veamos quién es Dios:

  1. Sustentador de la vida. Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte.

La vida es posible por las leyes a las cuales está sujeta la creación. El mundo funciona como una máquina maravillosa: un día sigue al otro, la lluvia llega a su tiempo, vuelve la primavera después del invierno, las montañas permanecen en su sitio, las aves trinan cada mañana, y tantos y tantos prodigios, grandes y pequeños ocurren simultánea y consecutivamente a lo largo de los siglos. Además, entre la humanidad hay más bien que mal, hay más gente dispuesta a amar, a dar, a honrar a otros, a cuidar y proveer porque hay algo de Dios en cada persona humana.

Son muchos y muy variados los factores que intervienen para que se geste y consolide una vida. Los seres humanos somos tan frágiles e indefensos y estamos expuestos a innumerables elementos que pueden truncar una existencia: enfermedades, accidentes, descuidos o maldad humana, ignorancia, entre otros. Se requieren de infinitas manifestaciones divinas para consolidar una vida. La existencia es más que un milagro, es una cantidad enorme de milagros, algunos de ellos nos llegan a ser visibles, pero de la mayor parte no nos damos cuenta, porque Dios hace funcionar la creación de tal manera que permanece oculto en los principios de su obra.

Vivimos en un universo que tiene equilibrio en sus elementos químicos y que mantiene las leyes físicas. Hay una distribución que viene del diseño divino, no es casualidad y menos intervención humana, por ejemplo: nacen, más o menos la misma cantidad de hombres y mujeres, hay la cantidad de oxígeno necesaria para la vitalidad de nuestros cuerpos, las temperaturas de la tierra son las apropiadas. Entre muchos aspectos.

Pero, también, en las experiencias personales hallamos la intervención de la mano de Dios para salvarnos. Al revisar nuestras historias, nos damos cuenta de cuántas veces se pudieron haber truncado nuestros años, ya que siempre estamos expuestos a la finitud por diferentes circunstancias. Sin embargo; no nos damos cuenta de esto hasta que nos encontramos con situaciones límite. No percibimos lo complejo del buen funcionamiento del mundo que habitamos hasta que algo sale de su curso y se torna amenazante. La tierra firme proporciona estabilidad y bienestar, pero si ocurre un movimiento de las capas tectónicas, dependiendo de las dimensiones, puede producir daño en las edificaciones y provocar la muerte o al menos generar terror y confusión. Los microorganismos son necesarios para la vida, tienen funciones de transformar o degradar ciertas materias, convertirlas en un bien a nuestros cuerpos, pero si mutan o se alteran pueden traer graves daños.

La vida son milagros diarios que a diario olvidamos. El salmista nos revela cómo es el Señor, él reconoce que la vida es posible gracias a la intervención divina. Si el Señor se retrajera del universo, si se abstuviera de actuar, si dejara el mundo a la deriva, el mundo entero naufragaría y perecería sin remedio. El salmista nos declara su experiencia personal: ha sido preservado y su vida ha florecido por la disposición benevolente del autor de la vida. Cada día de existencia que alcanzamos, cada etapa que cumplimos aplaza lo inevitable. La vida es posible por la misericordia y el poder de Dios.

  1. Cuidador eficaz. Cuando alguna vez dije: «Mis pies resbalan», tu amor, Señor, vino en mi ayuda.

Lo que creemos de Dios determina la actitud ante las adversidades. Nuestras creencias son los mejores recursos con que contamos para enfrentar la vida, ellas son el fundamento de nuestras acciones. En esta frase el salmista pinta un hermoso cuadro de reposo espiritual. A la hora de la necesidad, a la hora del dolor, mi fuerza y mi coraje vienen de Aquel que está junto a mí. Cuando mi mundo se derrumba y mi corazón se rompe, sé que no estoy solo, que Dios es mi cuidador. La NVI dice: “No bien decía: «Mis pies resbalan», cuando ya tu amor, Señor, venía en mi ayuda”.

Nuestra historia como creyentes tiene momentos donde Dios parece distante y ajeno a nuestros sufrimientos. El cruce por los valles oscuros no son fáciles ni agradables. Cuando la fe es quebrantada en las pérdidas y sentimos desfallecer, en esas horas de lucha interna, buscamos refugio en Aquel que es fiel y que nos guardará hasta el final. Un himno clásico lo señala así:

Dónde está Dios, pregunté, cuando todo me iba mal,

Dónde está Dios preguntó mi ser; si existe, dónde está,

Yo lo busqué sin descansar por los templos de la ciudad,

Sólo en el templo de una oración al fin hallé la paz.

Jamás pedí riquezas, yo no puedo pedir más

Estrellas, cielos, luna, mar. Señor soy rico ya

Busca al Señor no lo dudes más, donde quiera que vayas irá,

Una oración bastará, verás. Allí lo encontrarás…

(Al alcance de una oración)

Podemos caminar confiados sabiendo que nuestro pastor va adelante de nosotros. Sus promesas son verdaderas, Él ha dicho: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” Juan 10:27-28. El cuidado de Dios a través de Jesús nos llena de seguridad y su cercanía nos permite disfrutar la paz interior. Jamás estamos solos. Esta vivencia no se crea en el instante, proviene de una relación cultivada a lo largo de los días. La belleza de esta imagen proporciona certidumbre y confianza. Dios está cercano e inmediato a sus criaturas, su disposición es cuidar a quien le invoca. Antes de pedirlo, antes de saberlo, el Padre ya cuidaba te ti y de mí.

  1. Alegre consolador. “En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, tú me das consuelo y alegría”

Somos peregrinos del polvo, somos frágiles papalotes agitados por el viento, tan solo sostenidos por un hilo invisible. A lo largo de la vida serán muchos los quebrantos: por los sueños rotos, por las oraciones que no llegan, por las traiciones de los amigos, porque extrañamente te sientes solo o sola, porque las voces ajenas te dicen que no vales, porque debes tomar decisiones que van a lastimar a quienes te importan, porque tu amor tarda demasiado, por esas heridas profundas que no sanan, por tus rutinas vacías, porque no puedes vencer tus luchas internas, porque fallaste una promesa. Son muchas las veces que caminamos cerca del abismo y la desesperación. En el proceso de crecer, vamos aprendido que la vida está llena de preocupaciones.

Todos enfrentamos condiciones de sufrimiento: por la pobreza, por enfermedades crónicas, por abandonos, por la muerte de seres amados, por abusos diferentes, por frustraciones de los planes, por una familia tóxica. Pero, también son muchos los factores externos, como la amenaza del COVID 19. Esta epidemia que se extiende sobre la humanidad es una sombra oscura que absorbe el amor y la esperanza y así, en un abrir y cerrar de ojos hemos perdido la quietud del alma. En el momento del confinamiento se despertaron los miedos agazapados dentro. Sin duda, son muchas las angustias y aflicciones, como padres, madres e hijos. Nos duele lo que dejamos de hacer y de ganar, nos duelen los que enferman, los que mueren, los que quedan con el vacío. Nos duele la muerte visible de tantos, nos duele la muerte posible de cada uno.

Frente a la realidad de la muerte el alma se perturba. La gente que teme a la muerte y se aferra a la vida de forma desesperada es porque sospecha que esta vida es todo lo que existe. En medio de la angustia y los miedos, la presencia del Padre conforta nuestro corazón. Su Palabra es aliento y fortaleza en las tribulaciones. Se dice del Salmo 23 que “ha secado muchas lágrimas y ha dado el molde en el que muchos corazones han encontrado la paz” (citado por Harold Kushner. ¿Quién necesita a Dios? Ed. EMECE. P. 172). Cuando las cosas marchan bien, Dios es indefinible; pero en los tiempos de crisis Dios se vuelve real y comprometido para nuestra conciencia. En el fondo, afirmamos que de no ser por Él no habríamos salido adelante.

La fe en Dios, como sentido pleno de la vida, nos permite transformar las desgracias en oportunidades de bendición. Gracias a la disposición de fe encontramos motivos de alegría espiritual en medio de las tormentas. Dios es la presencia que necesitamos en esta hora de incertidumbre y aflicción, Él nos hace sentir la consolación en nuestra vulnerabilidad.

Estos retratos nos cuentan cómo es Dios, su manera de ser es vida, confianza y gozo, en esta visión enfrentamos las condiciones de adversidad. Ante la realidad amenazante recuerda que Dios es quien hace posible que vivas, Él está cerca y nos brinda consolación en las preocupaciones. ¿Es este el Dios en el que cree?

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Buenos administradores

Buenos administradores

¿Qué es administrar? Existen varias definiciones al respecto, por ejemplo “tener el control o el mando de algo específico”; otra definición más acorde a aquellos que estudian administración o contabilidad es “planear, organizar, dirigir y controlar todos los recursos pertenecientes a una organización con la finalidad de alcanzar los objetivos”.

En la Biblia existen algunos textos que nos invitan a esforzarnos por ser buenos administradores y a cuidar aquello que Dios nos da, utilizando las cosas que tenemos para su obra y su servicio, por ejemplo 2 Samuel 8:15 relata: “Y reinó David sobre todo Israel; y David administraba justicia y equidad a todo su pueblo”.

Pero, a ti y  a mí ¿Qué nos ha dado Dios? Quizá pudieras pensar que no tienes “nada”, o “solo soy un adolescente que lo que tengo no es mío sino de mis padres o es gracias a algún familiar o amigo”. Sin embargo no todo lo que poseemos es sólo material. Existen otras cosas que Dios nos ofrece como: talentos, dones, aptitudes, destrezas, aprendizajes; esos son regalos que el Señor nos da como sus hijos y es ahí cuando tenemos que ser como David, administrar con justicia y equidad aquello que tenemos, procurando servirle a Él.

Ahora bien, ya que conocemos un poco de lo que Dios nos ofrece, es importante reconocer que te encuentras en la edad adecuada para adquirir conocimientos que en el futuro te pueden servirá para realizar ciertas actividades: desde algo tan simple como barrer, trapear, lavar el baño, cambiar un foco, lavar trastes, lavar el carro,  cocinar, conocer tu ciudad, saber abrir la llave del gas –que aunque no lo creas hay personas adultas que no lo saben hacer–; hasta otros conocimientos más complejos que aprendes en la escuela como las ciencias, matemáticas, química, física, español, inglés, algún taller. Cada uno de ellos, con la dirección de Dios, te puede dar otra perspectiva para entender mejor Su Palabra.

¿Para qué me servirán estas cosas?

En lo personal, me ha ayudado cuando he servido en la iglesia, porque déjame decirte que no solo se trata de estar en el ministerio de alabanza o en el departamento de adolescentes, sino de estar cuando hay que visitar a algún hermano, ir a hacer el aseo de la iglesia, brindar ayuda cuando hay actividades, ir a la tienda, hacer cuentas de alguna venta, ayudar a algún hermano con alguna tarea que ya no puede realizar por la edad o porque no lo sabe, explicar a los hermanos alguna materia que a nosotros se nos facilita, además de muchas actividades que podemos realizar y que seguramente ya tienes en mente. Es con estas “pequeñas” pero significativas tareas que ponemos en práctica lo Dios nos dice.

Es importante entender que aquello que tenemos, es decir; “los dones que Dios nos da”, no son para sentirnos superiores a los demás, y tampoco es para guardarlos y no utilizarlos, son para estar al servicio de la iglesia, al servicio de aquel que nos los ha dado, para compartir ese conocimiento y/o enseñar esa tarea que solo yo sé realizar a alguien más, es asumir el “discipulado” para luego autoevaluarme y, como se mencionó en una de las definiciones de “administrar”, saber controlar lo mejor posible mis conocimientos para poder aplicarlos en el lugar y en el momento correcto.

Recuerda que somos un cuerpo en Cristo, que cada uno tiene una función y que tú eres parte de él siendo capaz de ayudar a mejorar tu iglesia, tu familia, tu entorno, pero, sobre todo, mejorar la persona que eres, de ser mejor hijo, mejor hermano, mejor amigo, mejor ciudadano, mejor siervo e hijo de Dios.

Sé un buen administrador de tus dones, utilízalos de una manera sabia y acorde a lo que somos, hijos de Dios, y sigue preparándote, en conocimiento y en destrezas, porque siempre hay necesitados de Dios y tú eres un medio para acercarlos a Él a través de las habilidades que adquieras.

“Habiendo preparación, no hay preocupación” Sensei Kazuo Imai.

Lic. en Contabilidad y Finanzas Israel Cruz Pool

Reunión de trabajo y capacitación

Reunión de trabajo y capacitación

Que el Señor nos permita seguir la senda que nos trazó, cumpliendo la misión que nos ha encomendado.

Miembros del CA en reunión ordinaria. Cuernavaca, Morelos. (Fotografía de archivo LVP)

Los días 18 al 22 de septiembre de 2017, en las Oficinas Generales de la Iglesia; se realizó una reunión de trabajo con la Dirección del Consejo de Administración; el tema central fue la definición del rumbo de nuestra Iglesia para los próximos años.
Además, los integrantes de la Dirección del Consejo de Administración y el Consejo Ejecutivo General, visitaron las iglesias cuyos templos resultaron afectados por el sismo del pasado 19 de septiembre.

Que el Señor nos permita seguir la senda que nos trazó, cumpliendo la misión que nos ha encomendado.

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