Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Min. Ricardo Méndez Carreño

En tiempo de Pandemia los templos están cerrados, pero la iglesia no lo está. Por razón de frenar la propagación del COVID19, se nos ha solicitado «Quedarnos en casa» y la cuarentena quizá se extienda mucho más tiempo de lo previsto, por lo que seguiremos resguardados en casa, pero nuestra fe está viva y activa; como iglesia debemos reinventarnos para poder proclamar desde nuestros hogares el Evangelio del Reino de Dios de forma oportuna y eficaz. El uso de las redes sociales son un medio para establecer y mantener nuestras relaciones de amistad, compañerismo y acompañamiento a distancia con las personas. Dichas relaciones son un vehículo a través del cual el mensaje del Evangelio puede ser difundido.

Piense en esto: Si usted se para en la esquina de la calle y proclama el mensaje, podrían escucharlo algunas personas. Pero la mayoría de la gente lo ignorará porque usted es un desconocido para ellos; sin embargo, esas mismas personas que no le hicieron caso, si reciben el mismo mensaje a través de un amigo o un familiar, alguien en quien confían, el mensaje encontrará una mejor oportunidad de conseguir su atención.

Uno de los beneficios de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram WhatsApp, etc., es que son una gran herramienta para construir relaciones. Probablemente usted ha escuchado esto más de una vez, pero quizá usted tiene confusión acerca de si las redes sociales pueden funcionar para el trabajo de la iglesia. En esta crisis que vivimos no lo podemos hacer físicamente de persona a persona, pero estos recursos nos pueden ser de utilidad para poder llegar a ellas. Recuerde, nuestro propósito es alcanzar a la gente con la Buena Noticia del Evangelio, dar palabras de aliento, de consuelo y de esperanza.

¿Cómo podemos usar las redes sociales para compartir el Evangelio?

Al difundir el mensaje de salvación, la mayoría de nuestros contactos pueden ignorarlo. Sin embargo, nuestras publicaciones por esos medios son compartidas, comentadas e incluso son marcadas con un: «me gusta», y más de una de estas publicaciones llegan a tus amigos y familiares a través de ti y tienes una buena oportunidad de conseguir su atención e incluso su interés, porque el mensaje viene de alguien en quien tienen confianza.

Por consiguiente:

  1. Las relaciones que construimos en línea nos ofrecen la oportunidad de compartir el Evangelio de persona a persona, sin ningún esfuerzo adicional de nuestra parte.
  2. Al igual que construimos vínculos de amistad de forma física, así también por redes sociales construimos relaciones en base a la confianza, y cuando ésta existe, las barreras y el escepticismo disminuyen y nuestros contactos están más abiertos a escuchar y ver los mensajes que les enviamos, seguramente estarán dispuestos a iniciar un diálogo con nosotros, dando lugar a preguntas y a otras oportunidades de compartirles mensajes.

De acuerdo a estas dos razones, las redes sociales pueden ser un medio muy efectivo para compartir la Palabra de Dios.

Tres requisitos básicos para compartir:

  1. Publique una imagen que llame la atención de tus contactos (que despierte en ellos la conciencia).
  2. Comparta la ubicación y los detalles de la imagen para lograr captar su interés (eduque a sus contactos).
  3. Provoque un deseo en sus contactos, comparta un enlace relacionado al sitio web de la iglesia (haga un llamado a la acción).

Ejemplos: La imagen debe llevar un mensaje como estos: «Podrás vivir sin Cristo, pero morir sin Él será terrible», «Con Cristo todo, sin Él nada», «Mi vida comenzó cuando conocí a Cristo», «Amor sin condiciones», entre otras. Recuerde que las imágenes deben tener una liga para consultar el tema.

Es importante poner este proyecto en oración antes de iniciar. Debe tener una meta en mente al momento de publicar, también es conveniente conocer la audiencia prevista, establezca una estrategia demográfica (¿quiénes son sus contactos? ¿a cuántas personas va a llegar?), una estrategia espiritual (¿en qué creen nuestros contactos? ¿cuál es su fe?). Si omitimos estos detalles, es posible que tengamos pérdida de tiempo y frustración por malos resultados.

El Poder de los hashtags: El signo numeral “#” es más conocido como «Hashtag», gracias a los sitios de redes sociales como Twitter e Instagram. Los hashtags permiten diferenciar, destacar y agrupar una palabra o tópico específico en estas redes. Ellas ayudan a organizar el contenido, haciendo búsquedas de palabras clave y el seguimiento de los temas específicos de manera más fácil. Algunos ejemplos de hashtags: #sinDiosysinCristo, #mipasionesCristo, #Salvadosporunamirada, #Iglesia7dunaiglesiaquecomparte, etc.

140 caracteres: Los usuarios de Twitter tienen un máximo de 140 caracteres para «twittear» su mensaje. Esta limitación es con el propósito de que cada envío capte la atención de los contactos, estos mensajes deben ser sencillos, fáciles y poderosos para producir una reacción emocional. Solo se necesitan dos o tres segundos para que un usuario de redes sociales decida si el mensaje es digno de su tiempo.

Blogs: Debemos alentar entre los hermanos de la iglesia a incursionar en el mundo de los bloggers, deben ser hermanos que dominen este recurso, deben ser atrevidos y sin miedo para compartir su testimonio y su fe en Cristo Jesús. El blog es una herramienta que sin temor se puede convertir en un anuncio misionero. Es una manera sencilla de provocar una conversación interesante con los demás.

Trabajar con redes sociales implica invertir tiempo y esfuerzo, así que hay que ser pacientes y persistentes para obtener resultados, también se debe ser consciente y realista con las expectativas, estas pueden ser las que no esperamos, sin embargo, hay que seguir adelante sin desmayar, Dios siempre va a estar con nosotros. Cuando empecemos a tener respuestas de los contactos, hay que comprometernos con ellos y atenderlos a todos sin menospreciar a nadie.

Recuerde: Nuestra experiencia de fe no está limitada al templo.

Por favor, recomiende a sus contactos la página de la iglesia: www.iglesia7d.org.mx en YouTube y Facebook se están llevando a cabo, todos los sábados, cultos de edificación como son la Escuela Sabática y Culto Vespertino.

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La grandeza de la iglesia

La grandeza de la iglesia

Min. Israel Delgado Sánchez

Al vivir en un mundo cuya cultura e influencias son herederas de la modernidad, hemos creído que buscar lo grande y la grandeza, es la manera de mostrar a Dios. Pero vale la pena hacernos la siguiente pregunta: ¿Será que la grandeza de Dios se muestra en cosas consideradas pequeñas y hasta insignificantes?

Jesús refirió en diversas ocasiones la importancia de poner nuestra mirada en lo pequeño. Como ejemplos tenemos entre otros: la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9) en donde la pequeña semilla que cae en buena tierra, da fruto al ciento, sesenta y treinta por uno; mas adelante encontramos la parábola de la semilla de mostaza (13:31-32) en ella Jesús enfatiza que dicha semilla es la mas pequeña de todas las semillas, pero que cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, tan grande que las aves del cielo hacen nido en sus ramas; también encontramos en el verso 33 del mismo capítulo la parábola de la levadura, en donde Jesús refiere que una minúscula cantidad de dicho elemento es capaz de leudar una gran cantidad de harina (tres medidas de harina son aproximadamente 22 litros). Para algo tan grandioso e importante, que significaba la salvación del mundo como lo era el Evangelio del Reino de Dios; Jesús decide usar ejemplos de cosas muy pequeñas, imperceptibles y a las que normalmente no se les da mucha importancia.

La palabra entonces nos indica que debemos ir de lo mega a lo pequeño. Para conocernos más, necesitamos ver lo que normalmente no nos detenemos a observar por considerarlo minúsculo.

Nuestra realidad como iglesia nos dice que hemos sido una iglesia pequeña de pequeñas comunidades, pero por lo visto, el Señor nos ha llevado a vernos aún más pequeños, para mostrarnos definitivamente dónde está nuestra grandeza. Quizá estábamos cómodos y sintiéndonos exitosos en los templos, con la Convocación Nacional en puerta, un evento masivo sin precedentes en la historia de la iglesia.

Sin embargo, el Señor que hizo lo pequeño e imperceptible nos sacó de ahí para llevarnos a casa. Pero ¡cuidado!, no vaya a sucedernos que nos acomodemos en nuestras casas y ahí nos encerremos. El Señor nos está permitiendo estar en casa y ahí hacer vida con nuestras familias con mayor tiempo disponible para poner nuestra mirada en lo pequeño; que no por serlo es denostable, al contrario, para el Señor es y para nosotros debiera ser lo más importante del ser iglesia: nuestra fe personal y familiar.

El capítulo 18 de Mateo aborda grandes temas, que tienen conexión directa con las relaciones más cercanas. Estos temas son enormemente relevantes por que nos dejan en claro que el meollo de la vivencia en el evangelio está en las relaciones cercanas basadas en el amor. Los temas abordados por Jesús según el evangelista son:

1. Humildad y sencillez ante nuestros hermanos: ser como niños (1-5).

2. No escandalizar a los pequeños: no ser tropiezo en ninguna circunstancia (6-9).

3. No demeritar a nadie, incluido el descarriado; antes bien, buscarlo como a oveja perdida (10-14).

4. El proceso de perdón-reconciliación: ponerse de acuerdo como prioridad de la iglesia (15-22).

5. ¡Perdonar, perdonar, perdonar! Nuestra mirada debe estar puesta en Dios, nuestro anhelo debe ser alcanzar la altura de amor que Dios tiene por nosotros, que nos perdona de todo corazón (23-35).

Por lo anterior, quiero compartir, en el amor del Señor, las siguientes pautas que nos indican en dónde está nuestra grandeza:

La grandeza de la iglesia está en la fe de sus integrantes

“Jesús les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20). Para mover montañas se necesita algo tan pequeño como una fe tamaño grano de mostaza. La iglesia de Dios necesita la fe de sus integrantes para subsistir en medio de este tiempo de crisis e incertidumbre, si mantenemos la fe en Dios los montes nos obedecerán. Nada ni nadie puede acaba con una iglesia cuyos miembros tienen una fe pequeña y a la vez grandiosa como un grano de mostaza.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2, RV60). ¿Qué puede vencer a una iglesia cuyos miembros tienen fe en lo que aún no llega y en lo que no pueden ver? Absolutamente nada. Al contrario, podemos afirmar como hace el profeta Habacuc:

«Aunque no den higos las higueras, ni den uvas las viñas ni aceitunas los olivos; aunque no haya en nuestros campos nada que cosechar; aunque no tengamos vacas ni ovejas, siempre te alabaré con alegría porque tú eres mi salvador. Dios mío, tú me das nuevas fuerzas; me das la rapidez de un venado, y me pones en lugares altos» (Habacuc 3:17-19, TLA).

La grandeza de la iglesia está en el qué y para qué de su fe y acción en el mundo, no en el cómo

No solo estamos en el mundo para reunirnos en los templos cada sábado –ese ha sido el cómo de muchos por mucho tiempo–. Estamos en el mundo porque somos la iglesia de Dios que fue creada por Él para ser luz y sal de la tierra: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:13-16). Así que hermanos ¿Qué somos? Luz y sal. ¿Para qué estamos? Para alumbrar, romper tinieblas, para dar sabor y preservar la vida. ¿Cómo lo haremos si no podemos reunirnos en los templos? Viviendo y haciendo crecer la fe en nuestro corazón y el de los nuestros, haciendo el bien, dando ayuda al que lo requiera, estando presencial o virtualmente con el que sufre, orando y ayunando.

Dietrich Bonhoeffer, escribió lo siguiente desde una celda nazi en 1944: «La Iglesia es la Iglesia únicamente cuando existe para los demás…. La Iglesia ha de tomar parte en los problemas seculares de la vida cotidiana, no en forma dominante, sino ayudando y sirviendo». Debemos procurar ser “la iglesia para los demás”, pero aún mejor “la iglesia con los demás”.

La grandeza de la iglesia está donde están dos o tres congregados en el nombre de Jesús

La expresión de Jesús en Mateo 18:20, alude a:

1. La importancia de la búsqueda de la restauración del pecador que permita integrarlo plenamente a la iglesia (18:15-17).

2. El uso responsable de la autoridad que da a los que son miembros de la iglesia para permitir o prohibir (18:18) y

3. En la capacidad que tiene ésta de ponerse de acuerdo en lo que pide a Dios (18:19).

Todo esto se da en la expresión más pequeña posible de la iglesia. Jesús insistió en que la iglesia se da, crece y bendice en lo pequeño: doce discípulos, sus amigos de Betania (Marta, María y Lázaro) o dos o tres reunidos en Su nombre. Cuando dos o tres nos juntamos, la iglesia sucede, lo cual nos deja muy en claro algo que escuché hace algún tiempo y es que: a la iglesia no se va, la iglesia es.

La descentralización de la iglesia, la potenciación de las iglesias locales y agrego: de las familias que conforman a la iglesia local, serán determinantes en los años por delante.

La grandeza de la iglesia está en la intimidad de las relaciones más cercanas

Los momentos más difíciles, significativos e íntimos que Jesús vivió, los experimentó con unos cuantos: con sus doce discípulos (Marcos 6:30-32), Él y el Padre (14:23), cuando comparte con sus más cercanos amigos el pan y el vino como símbolo de su entrega total por amor (26:17-29), con tres de sus discípulos en la hora de la angustia en Getsemaní (Mateo 26:37).

El Señor nos ha estado permitiendo en los meses pasados concentrarnos en lo más importante que muchas veces descuidamos porque lo consideramos pequeño: nuestra relación personal con Él y la experiencia de vida en fe con nuestros seres amados más cercanos. En casa, con Dios y con nuestros seres amados: ¡Sigamos haciendo iglesia!

No desaprovechemos esta grandiosa oportunidad de fortalecer nuestra fe: orando, leyendo la Palabra, escuchando la amorosa voz de nuestro Dios. No perdamos este valioso tiempo de compartir la fe y el amor que Dios nos da con nuestra esposa o esposo, con nuestros padres, hijos, hermanos, amigos queridos. ¡Es tiempo de dedicarnos a lo grande de la iglesia! Una iglesia integrada por hermanos llenos de fe, por matrimonios edificados en la Palabra, por familias que viven en el amor de Dios; será grandiosa y fuerte y tendrá todo lo necesario para cumplir con la Misión encomendada por el Señor.

Cuenta una anécdota de un joven que soñó que entraba en un gran negocio. En el mostrador estaba un ángel como dependiente. “¿Qué venden aquí?” le preguntó el joven. “Todo lo que usted desea” contestó el ángel. El joven entonces comenzó a hacer la lista de cosas: “Quiero que terminen las guerras en el mundo, quiero más justicia por los obreros explotados, tolerancia y generosidad hacia los extranjeros, más amor en las familias, trabajo para los desempleados, más unión en la iglesia y que sanen todos los enfermos por el Coronavirus” Pero el ángel lo interrumpió diciendo: “Joven, usted se ha equivocado. Nosotros no vendemos frutos, vendemos solamente semillas”. Dios necesita nuestra colaboración y responsabilidad. No interviene directamente en el mundo sino nos da su ayuda para que nos hagamos siempre más responsables. La manera de que las semillas germinen y den fruto es cultivándolas en el corazón y en nuestras relaciones más cercanas.

La fe nace en el corazón, brota y se desarrolla en la intimidad de la familia, se comparte y da fruto con la iglesia en el mundo.

Conclusión

Lo que ha estado pasando es difícil y triste; pero también puede ser bueno, porque nos hace preguntarnos si a lo que estábamos dando mayor valor, realmente es tan valioso como creíamos, a saber: los templos, los aparatos, la música, los eventos, etc. Un pequeño virus, imperceptible al ojo humano, nos hizo replegarnos y ha impedido realizar grandes reuniones, grandes proyectos. Pero no nos impide ser iglesia, porque si nos congregamos 200, 100, 50 o 2, no hay diferencia: somos iglesia.

Si el Señor nos ha permitido volver a los templos, ¡No volvamos iguales! Volvamos con una fe renovada y fuerte, volvamos con nuestra familia llena de la Palabra y experimentando más plenamente el amor de Dios, volvamos con la visión clara para poner nuestros ojos en la grandeza de la iglesia y no en lo que parece grande, pero que nos ha distraído de lo verdaderamente importante. Volvamos dispuestos a cumplir cabalmente con nuestra razón de ser iglesia, a saber: vivir en la voluntad de Dios, siendo y haciendo lo que Él nos enseñó en Su Evangelio: “No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.” Pero entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!” (Mateo 7:21-23, DHH).

Que esta situación apremiante que estamos viviendo nos haga recordar la promesa de Jesús, ¡Él está con nosotros! Pero que también nos recuerde la Misión que Él puso en nuestras manos de hacer discípulos, bautizarles y enseñarles con palabra y acción lo que nos ha mandado: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20, RV60).

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Cuando pase la noche

Cuando pase la noche

Min. Avelardo Alarcón Pineda

Todo hace parecer que nuestro barco está llegando a tierra firme. Aún no ha pasado la noche pero ya se asoma en el horizonte la luz tenue de un nuevo día. Parece que con el paso de los segundos el frío cala más como si supiera que está llegando su fin y se aferrara con mayor insistencia al cuerpo. Hemos sobrevivido, era impensable que en un lago como este pudiera experimentarse tal embate por la sobrevivencia; sin embargo, apareció Él y aunque no se calmó el viento lo que ocurrió fue todavía más sorpresivo y sorprendente.

Cuando salimos aquella tarde de la otra orilla, cansados de haber corrido, gritado y cargado las cestas de pan y de peces, –después de todo, quién iba a imaginarse que inmediatamente del largo viaje de regreso al que todos fuimos a predicar, tendríamos que dar de comer a cinco mil varones, a las mujeres, los niños y los esclavos que se acercaron–, no sabíamos lo que nos esperaría. Toda la noche estuvimos luchando contra el fuerte viento, ninguno de nosotros había conseguido descansar ni dormir; al contrario, la lucha constante por tratar de robarle unos centímetros al lago contra la fuerza de aquel viento inusitado nos desmoralizaba al tiempo que provocaba la desesperación y la frustración. Fue entonces cuando ocurrió, y fue como si el salmo 139 se escribiera sobre aquel firmamento estrellado:   Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Cuando escuchamos su voz segura en medio de la noche: tengan ánimo, soy yo, no teman1. Entonces ocurrió lo que menos nos imaginamos, cada uno se prendió del bote hasta con los dientes pues sabíamos que en medio de aquella confusión el lugar más seguro era mantenernos dentro de la barca sujetándonos lo mejor que pudiéramos. Pero Pedro, si, Pedro, no sabemos qué le pasó por la cabeza, pero hizo lo que a ninguno de los demás se nos hubiera ocurrido. Pensábamos que era una locura, a nadie se le viene a la mente que puede caminar sobre el agua, mucho menos en medio de aquella inestabilidad, pero algo marcó la diferencia: si eres Tú manda que yo vaya. Nuestra noche se volvió resplandor cuando los once vimos a Pedro descender de la barca y dar pasos sobre el mar inquieto, fue como si la luz de pleno día dirigiera sus rayos hacia aquella figura endeble que caminaba como cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos. Como si el cielo oscuro fuera un gran lienzo de tela y se rasgara justamente allí para que una luz imponente se fijara sobre ese instante. Pero no había luz de la luna y mucho menos del sol, no hubo alguna luz celeste que se abriera paso entre la cortina, lo que realmente ocurrió es que hubo una iluminación potente en medio de nuestra oscuridad interior. Y de pronto, el cansancio, el sueño, el enojo, el temor, la frustración y la impotencia desaparecieron. Y aunque seguíamos en medio de aquella gresca provocada por el viento y las olas, y nuestra barca seguía siendo sacudida y obligada a retroceder, en nuestro interior hubo regocijo, esperanza, iluminación y paz.

Salimos de aquella noche transformados, después de aquello éramos las mismas personas, pero percibíamos la vida y al mundo de una manera diferente. Esa luz que transformó nuestra oscuridad interior aquella noche siguió iluminando nuestros pasos en adelante.

En la escritura existen varios relatos que tienen en común la epopeya de haber atravesado una noche complicada que resultó transformadora: Jacob en Bet-el y en Peniel, la primera pascua cuando los Israelitas fueron liberados de Egipto, los discípulos ante una tempestad que anegaba su barca o aquella noche cuando vieron a Jesús caminar sobre el agua, cuando Pedro fue llamado por Jesús en la primera pesca milagrosa o cuando fue reencontrado en el Evangelio de Juan2. Cada una de estas historias tienen algo en común: quienes atravesaron por esta noche singular tuvieron la oportunidad de ser encontrados por Dios y ser transformados.

En estas narraciones, la noche se asemeja al capullo en el que se introduce una oruga para sufrir su metamorfosis3; entra en ella siendo gusano y sale transformada en mariposa; el mismo ser pero con diferente forma y diferente manera de asumir la vida. Destaco en itálicas la palabra sufrir porque el cambio, el desarrollo y el crecimiento la mayoría de las veces implica sufrimiento. Crecer duele, dejar lo viejo, lo caduco y lo corrupto atrás para dirigirse hacia algo nuevo, es un proceso doloroso que comienza con la decisión de anhelar lo mejor y estar dispuesto a cubrir el costo de ello.

Hablar sobre lo que ocurrirá “después de la pandemia” indudablemente nos mete en el terreno de la especulación, pero las diversas opiniones se sitúan entre dos posiciones. Algunos hablan de que este será un punto de inflexión; es decir, un parteaguas que marcará y cambiará la historia humana y que será como darle la vuelta a una página para comenzar algo nuevo. Una segunda postura sostiene que esta experiencia será un catalizador, un acelerador que nos llevará a realizar con mayor prisa asuntos que ya venían realizándose o que estaban pendientes. ¿Cómo será la vida después de que la fase crítica de la pandemia haya pasado y volvamos a nuestra “normalidad”? ¿Seguiremos siendo los mismos? ¿Seguiremos realizando las cosas como lo veníamos haciendo? ¿Habrá algún cambio? De ser así, ¿será positivo o negativo? ¿Será para bien o para mal? ¿Será para ser mejores o peores? Estas preguntas y planteamientos son válidos tanto para la sociedad a nivel mundial, a nivel nacional y sobre todo para nuestra iglesia como comunidad de discípulos de Cristo. El tema es muy amplio como para tratar de abordar los macropanoramas, ambientes en los que la iglesia debería tener incidencia pero que dejaremos para otro momento. Por ahora enfoquemos la mirada en nuestra comunidad; nuestra pequeña barquita que se embate entre las olas embravecidas de un mundo convulsionado. ¿Cómo terminaremos esta travesía? ¿Que nos dejará la noche como pendiente para realizar al llegar el día? ¿Qué transformaciones habremos experimentado? ¿Qué iglesia vamos a construir después de la pandemia? ¿Daremos la vuelta a la página y comenzaremos algo nuevo o utilizaremos esta experiencia para darle un impulso renovado y acelerado a los asuntos pendiente que tenemos atrás?

Es muy complicado saber lo que ocurrirá porque en gran medida depende de la respuesta que cada uno dé a esta experiencia, de cómo respondamos y de lo que hagamos durante el confinamiento, de cómo reaccionemos a la contingencia y de qué tan profundo reflexionemos acerca de lo que ocurre. Si en este periodo se produce esta lucha interna de la que tanto nos habla la Escritura y que dibuja mediante los relatos de la noche metamórfica.

Jacob en Betel estaba viviendo una crisis en la que se hallaba solo y completamente desamparado. Huyendo de su hermano para salvar su vida se queda dormido en un lugar en el que tiene que usar una piedra como almohada porque en el escape no lleva consigo más que lo elemental. Allí le aparece el Señor en sueños y le hace saber tres cosas:

1. Que es heredero de las promesas por su gracia.

2. Que cuenta con Su presencia para asegurar que se realicen Sus propósitos.

3. Que aunque ha dejado muchas cosas atrás y su presente no es muy alentador, (Dios) tiene un futuro para él.

Jacob termina transformado por la visión y responde a Dios mediante compromisos que surgen de manera espontánea:

1. Serás mi Dios.

2. Dejaré un testimonio permanente de este encuentro.

3. Entregaré mi diezmo para Ti.

De aquel capullo salió un nuevo ser que dejó atrás al niño que dependía de su mamá para resolverle los problemas y dar lugar al hombre nuevo que ahora dependía de Dios plenamente. El niño que huía dio paso al adulto que piensa en volver para encarar y resolver la situación con su hermano. El inmaduro que luchaba por tener el privilegio de primogénito dio lugar al hombre adulto que cambio de tesoro: de ahora en adelante el Señor será lo más preciado y ocupará un lugar cada vez más primordial en su vida.

Pero la noche de la metamorfosis todavía tiene algo más para Jacob. No ha sido suficiente el primer encuentro, porque aún sigue siendo el hombre suplantador. Jacob debe cambiar de nombre, debe dejar atrás su vieja forma del todo para dar lugar algo cada vez mejor, experiencia que nos recuerda que la vida es proceso.

La noche en Peniel fue distinta. Parece que Jacob sigue valiéndose de tretas para conseguir lo que desea y ha dejado de lado al Señor. Se dirige al encuentro con su hermano, una experiencia por demás sublime: la reconciliación entre los hermanos peleados. Pero Jacob lo tiene todo planeado; sabe que su hermano viene a encontrarlo con 400 hombres. Jacob se llena de temor y aunque el Señor le dice que confíe, que estará con él, aún así diseña una estrategia temeraria que pondría a sus hijos en gran peligro. Así es, Jacob manda por delante un cargamento con regalos y detrás de ellos a los niños y las mujeres, pensando que eso podría sensibilizar a su hermano. Y divide el campamento en dos partes por si acaso su hermano y sus cuatrocientos hombres deciden destruir el primer campamento (en el que va su familia) entonces se salvará la mitad de sus bienes. Aquella noche, Jacob se queda detrás, dejando como resguardo un río, entre su familia y él. Estando solo viene un varón (que es una mediación de Dios) y pelea con él toda la noche, como resultado le desencaja un muslo, pero le da su bendición. En esta experiencia, cercana a la muerte, en la que Dios le deja ver con claridad que el quedarse solo no ha sido sino la peor de sus decisiones porque aparentemente donde más seguro estaba más expuesto se quedó. Jacob no murió aquella noche, quedó lastimado y desgastado, pero en su interior se renovó; así que, ahora más vulnerable que nunca, lastimado y con una pierna que antes era su fuerza pero ahora es una carga, se adelanta al campamento y humillado se dispone a esperar a su hermano, con quien tiene uno de los encuentros más emotivos narrados en la Escritura. Nuevamente la noche de la metamorfosis ha dejado su fruto.

Al inicio de este artículo se incluye la lectura narrativa de una de las noches de metamorfosis que tuvieron los discípulos. Aquella noche llegaron a tierra firme sabiendo que todo discípulo de Cristo está llamado a caminar sobre el agua; es decir, a estar por encima de las circunstancias. Que en lugar de esperar que Jesús quite la adversidad, tengan ellos la capacidad de caminar sobre el mar embravecido para ir al encuentro de su Señor.

La noche de la metamorfosis, en particular parece que atañe a Pedro, el discípulo en quien se representa constantemente el proceso de transformación. En los evangelios hay dos relatos similares que conocemos como la pesca milagrosa. Una de ellas esta narrada por Lucas y la otra por Juan. La primera se sitúa al inicio del Evangelio, en el momento en que Pedro es llamado por Jesús a ser pescador de hombres; en el segundo, narrado al final del Evangelio de Juan, Jesús tiene otro encuentro con Pedro en el que lo llama a apacentar a sus ovejas. Ambos episodios también ocurren durante la noche y su resultado es determinante para la vida de Simón, quien después será llamado Pedro. En estos relatos Pedro es introducido a un capullo del que saldrá renovado; entrará un pescador y saldrá un discípulo, entrará un discípulo frustrado, avergonzado y temeroso, y saldrá un pastor valeroso que cuidará de la iglesia y dará su vida por Jesús.

Cada discípulo y cada comunidad –entendiendo que la comunidad es vista como un cuerpo– en nuestro caminar tras las huellas de Jesús tenemos oportunidades únicas. Lo que para muchos es señal de amenaza o tiempo en donde gobiernan los terrores nocturnos, para nosotros es espacio de transformación, es tiempo de encuentro con nuestro Maestro y oportunidad para crecer. La sociedad actual con todo el avance tecnológico sostiene la utopía de crear una sociedad libre de sufrimiento y por otro lado se alimenta la fantasía de la felicidad permanente, la idea absurda de que un ser humano puede vivir siempre feliz, lo que tiene como consecuencia que la humanidad esté perdiendo brillantes oportunidades para crecer y ser mejores. Para la humanidad no habrá noche de metamorfosis, pues el miedo les ha invadido, y por miedo le han entregado al gobierno, a la ciencia, a la educación o a los gurús económicos el destino de sus vidas. La experiencia en la historia y sobre todo la revelación bíblica develan esta verdad: nadie se transforma en algo mejor si su vida está basada en el miedo, ya que es éste lo que lleva a cada persona a buscar su supervivencia, a atrincherarse y defenderse ante cualquier cosa que le represente una amenaza. Lo vemos claramente en los personajes mencionados en los textos bíblicos, su primera reacción fue buscar la supervivencia, es resultado del espanto y de sentirse impotentes ante la adversidad. Esto en gran medida es cierto en un mundo que siente que está cayendo en el vacío sin fe ni esperanza.

Pero para la iglesia la experiencia puede resultar diferente, somos el pueblo redimido al cual el Señor dirige hacia la realización de una nueva humanidad en cielo nuevo y tierra nueva. No conocemos el vacío sino la expectativa de plenitud; y, por tanto, “la noche” se convierte en la experiencia de metamorfosis. Por lo que en muchos casos ésta puede representar un punto de inflexión para dejar atrás lo que se requiera para dar paso a algo nuevo, pero también puede representar un catalizador de las cosas buenas que el Señor ha depositado en nosotros, el acelerador que puede impulsarnos para darle prisa a los asuntos pendientes, el poder transformador que puede darnos un empuje nuevo para realizar la voluntad de Dios.

La contingencia vino a obligarnos a levantar la alfombra para darnos cuenta de todo lo que hemos guardado allí; es decir, de abordar los temas pendientes y que hemos postergado porque nada nos hacía ver la prisa de atenderlos: vulnerabilidad, marginación, pobreza, violencia, trabajar en la prevención, inseguridad alimentaria, desarrollo del carácter cristiano. Cualquiera de estas visiones (como punto de inflexión o catalizador) es válida porque en realidad nos movemos constantemente hacia la realización plena de todas las cosas al mismo tiempo que vivimos la contemplación de la bondad de Dios y la espera de la venida de nuestro Salvador.

Entre tanto, ¿queremos regresar a la normalidad después de esto? Después de que pase la noche de la metamorfosis será imposible.

Referencias

1 Mateo 14

2 Génesis 28; 32; Éxodo 12; Mateo 8; 14; Lucas 5 y Juan 21.

3 La expresión metamorfosis, que proviene el verbo metamorfou (μεταμορφού) y significa transformar, se utiliza cuatro veces en el Nuevo Testamento, en dos ocasiones para referirse a la «transfiguración» y en el resto a la transformación de que se da en los creyentes, en Romanos 12:2 y 2 Corintios 3:18.

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Escuchando a Dios en el silencio

Escuchando a Dios en el silencio

Min. Ausencio Arroyo García

“…Y tras el terremoto un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su mano y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías? 1 Reyes 19:9-13

Durante la II guerra mundial, el gobierno de Gran Bretaña elaboró una serie de mensajes para mantener en alto el espíritu de los ciudadanos que había estado expuesto por varios años a la ansiedad y el miedo de la conflagración, entre ellos el bombardeó sobre Londres. Una frase preparada para tal fin, pero que no se empleó, ya que se tenía previsto emplearla en caso de que los nazis invadieran su territorio; al no llevarse a cabo, la publicidad se desechó al finalizar el conflicto bélico en 1945. La frase reza así: “Keep calm and carry on” “Mantenga la calma y siga adelante”. Desde hace pocos años, se volvió popular y actualmente se imprime el slogan en indistintos objetos de publicidad. El mensaje: “Mantenga la calma”, se ha vuelto imprescindible en estos días. ¿Cómo podemos desde la fe mantener la calma?

Hacer, no siempre es lo mejor.

El cuerpo humano está conformado de tal manera que ante el peligro responde secretando substancias que activan la totalidad de la persona y le empujan a enfrentar o huir, según el carácter y las circunstancias, a la situación de amenaza. La adrenalina, noradrenalina y el cortisol reúnen las energías del organismo y lo ponen alerta para dar una respuesta, aceleran el corazón y mueven a ejecutar acciones. En razón de nuestra biología, hemos llegado a pensar que en los peligros lo mejor que podemos hacer es responder con acciones. En los indicios de riesgo nos enfocamos a construir diques, según la naturaleza del peligro, que detengan la catástrofe. Cuando las acciones son insuficientes o imperfectas para contener el desastre, nos invade el pesimismo. Aun en el ámbito espiritual, en una situación crítica, generalmente respondemos con activismo, como si por el solo hecho de realizar algo fuese suficiente para superar la adversidad.

La amenaza del COVID 19 ha puesto en suspenso la vida cotidiana que llevábamos y nos ha obligado a buscar respuestas para evitar el daño o por lo menos sufrir lo menos posible. La tendencia de nuestras respuestas ha sido de producir algo, de no estar quietos, buscamos mostrar que somos personas de bien, que somos responsables y podemos justificar lo que recibimos; para esto, nos hemos enfocado en construir un discurso, fabricar implementos de protección, repetir, en pequeño, el servicio de iglesia y muchas otras cosas, que son buenas o más bien excelentes, pero que no son lo único que debemos emprender. Las acciones sin sentido desgastan pronto, los intentos de llenar el tiempo o el vacío nos pueden dejar extraviados, cumplir un programa no es todo. Hay quien en medio del activismo se puede sentir fracasado. Hay algo que debemos aprender o fortalecer en nuestro caminar con el Señor como nos lo muestra la historia de Elías.

Elías, el gran profeta del Antiguo Testamento, encontrará a Dios, no el estruendo de las manifestaciones portentosas sino en la quietud del silbo apacible de la presencia de un Dios-Pastor que cuida de sus ovejas. Cuando el profeta se vio amenazado por el poder de la terrorífica reina Jezabel, de inmediato puso en marcha un plan de escape. Es probable que haya deducido que todo dependía de él, que su astucia y su voluntad lo pondrían a salvo. Su impulso de huir le lleva al pozo de la desesperación. Cuando pierde la confianza en sus propias fuerzas, y no siente el respaldo de quien lo envió a la misión de vocero divino, se siente desvalido y abandonado, su falta de esperanza le lleva a desear morir. Sin embargo; mientras se halla invadido de profunda tristeza, Dios lo encuentra en un alto del camino. La voz de Dios le advierte que se ponga en pie, pues tiene por delante un largo camino, todavía deberá completar un plan de vida. En la siguiente etapa de su andar por la soledad del desierto, lo encontramos dentro de una cueva. La narración nos descubre que ha entrado en un refugio seguro, evita quedar expuesto y se pone a resguardo. Allí ocurrirá el instante clave que despertará su verdadero poder espiritual.

Elías ha hecho demostraciones extraordinarias frente a los adversarios de la fe de Israel, pero se inundó de miedo cuando se supo perseguido por la mujer más poderosa del reino. Mientras está en el interior de la cueva, el Señor le dice que salga y se ubique en el espacio abierto del monte. Dios se le revelará, se mostrará ante este hombre que va quedado en evidencia por sus carencias y fragilidades, que se ha dado cuenta que sus miedos son grandes y sus pensamientos tienden al pesimismo. Dios quiere dejar de ser el poderoso desconocido, para ser el íntimo impulso del profeta. El momento del encuentro es muy significativo, ante sus ojos primero vino un fuerte viento que rompía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento; luego vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; después vino un fuego, pero Dios no estaba en el fuego; tras el viento llegó un viento apacible y delicado. Allí vendrá Dios para hablar en intimidad con su siervo.

Escuchar a Dios en la quietud y el silencio, será siempre mejor

Los encuentros personales de Dios con los seres humanos ocurren en soledad. Estos encuentros permiten el diálogo sobre los asuntos más profundos como las motivaciones del corazón, las emociones y la manera de cómo se ven a sí mismas las personas. ¿Qué haces aquí, Elías? Le pregunta el Señor. Es una pregunta que contiene muchas otras: ¿Por qué llegaste aquí? ¿Qué persona eres en este momento? ¿Qué te mueve? ¿A qué le temes? ¿Qué te preocupa? ¿Por qué elegiste este lugar?, y más posibles cuestionamientos. Al hacer propio el relato, estas preguntas resuenan en nuestros oídos. En la quietud y el silencio escuchamos a Dios decirnos de nuevo ¿Qué haces aquí? La tendencia al activismo, incluyendo el religioso nos impide escuchar las interrogantes esenciales y las encomiendas personales de Dios, actuamos en la medida de nuestras fuerzas, lo que nos parece bien. No que sea malo, pero no es lo único y no siempre es lo mejor que podemos hacer.

El evangelio de Lucas 10:38-42 cuenta la historia de dos mujeres aldeanas quienes reciben a Jesús en su hogar. La anfitriona Marta, se moverá preocupada por los quehaceres domésticos, irá de un lado para otro atendiendo las necesidades físicas de los comensales, no es malo; mientras María, se sentará junto a Jesús y en silencio escuchará las palabras íntimas de sentido y aliento, María escogió lo mejor. La vida nos impone acciones para sobrevivir. Pero hay un ángulo que jamás debe desatenderse, éste tiene que ver con la comprensión del sentido espiritual de la existencia: ¿Para qué vivimos? ¿Quiénes somos en realidad? ¿Qué nos mueve? ¿Qué dice Dios de nosotros? ¿Qué espera que hagamos?

¿De dónde vendrá nuestra fuerza y noble disposición a enfrentar las adversidades? De percibir la presencia rectora de Dios en lo más hondo del ser, de la confianza que nos da el saber que estamos en sus planes y que sus promesas son fieles, que todo tiene un fin aceptable a sus propósitos; de aprender a depender de él y no de nuestras fuerzas o nuestra inteligencia. Cuando haya que elegir entre pasar tiempo en la misión de Dios o pasar tiempo con el Dios de la misión, debemos tener clara la prioridad. A veces el activismo tiene sus raíces en la angustia y se convierte en una forma de intentar evadirla, lamentablemente, siempre nos alcanzan el miedo, la frustración o el cansancio.

Aunque parezca una participación infructuosa porque sea invisible a los ojos de los demás y no deje huellas evidentes para seguir el camino, el tiempo que pasemos en quietud y silencio con el Señor, hará posible el desarrollo del carácter cristiano, la sensibilidad espiritual y la resistencia frente a las adversidades. Cuando renunciamos a la búsqueda del rendimiento y nos enfoquemos en deleitarnos en los momentos de escuchar a Dios, estaremos dejando a Dios ser Dios y alcanzarás la calma de tu corazón.

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Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Min. Ausencio Arroyo G.

En el siglo XVIII, Catalina la Grande, de origen alemán, se casó con el Zar Pedro III de Rusia. Con noble intención, tuvo a bien promover que alemanes fuesen a poblar la zona oriental del río Volga haciendo que los campos produjeran sobre todo trigo. Unas 27 mil personas se sumaron a su llamado y se trasladaron para instalarse en las tierras que les asignó el imperio ruso. El camino fue largo y penoso, además, una vez establecidos, eran azotados por bandas de ladrones. Esta migración costó la vida de varios miles de ellos. Los recién llegados desconocían de los crudos inviernos de la región. En los primeros años se vieron en la necesidad de construir sótanos en los cuáles se refugiaban las familias junto con los animales, permanecían ocultos durante los meses de diciembre a marzo, saliendo a la superficie cuando las nieves empezaban a derretirse. En primavera, la vida comenzaba de nuevo.

Este 2020 estamos en primavera, pero parece invierno, no por el frío en el cuerpo sino por el frío en el alma. Para muchos, la reclusión en casa está resultando un tiempo dónde la fe está puesta a prueba. El aislamiento de la Comunidad de creyentes, la intimidad de la Cena, el distanciamiento de los amigos, la carencia de contactos afectivos, las presiones financieras, entre otras limitantes; nos hacen sentir frustración e impotencia. Nos parece estar atrapados en una cueva como el profeta Elías. Afuera, la amenaza mortal; adentro, la soledad y el miedo. ¿Sobrevivirá nuestra fe? Nos preguntamos, en el silencio de la noche. A la manera de un drama, veamos un mensaje de aliento en tres actos basado en el Salmo 77 (versión Dios Habla Hoy):

Primer acto: desilusión.

“Mi alma no encuentra consuelo. Me acuerdo de Dios y lloro; me pongo a pensar y me desanimo…en mi interior medito, y me pregunto: ¿Acaso va a estar siempre enojado el Señor? ¿No volverá a tratarnos con bondad? ¿Acaso su amor se ha terminado? ¿Se ha acabado su promesa para siempre? ¿Acaso se ha olvidado Dios de su bondad? ¿Está tan enojado, que ya no tiene compasión? Lo que más me duele es pensar que el altísimo ya no es el mismo con nosotros” vv. 2c-3, 6b-10.

¿Te has despertado alguna mañana con ganas de llorar porque sientes que algo en tu interior, inocente y piadoso se rompió? ¿Has tenido la abrumadora sensación que nada tiene sentido y que estás sólo para enfrentar los problemas? ¿Has tenido el deseo o has realizado el acto de gritar a Dios tu desesperación y amargura? ¿Te has preguntado por qué parece te da la espalda? ¿Por qué se niega a traerte consuelo y alegría? De manera similar es la apertura de esta oración de lamento. Todos esperamos que la vida sea de cierta forma, que lleguen los momentos y se den los resultados, en nuestra opinión, consecuentes; pero muchas veces sucede lo contrario. Para el creyente, es decepcionante sufrir el abandono de Dios. El salmista dice: “Lo que más me duele es que Dios ya no es el mismo”. Esta es la meditación de un corazón desilusionado.

Antes de sentencias categóricas, se suscitan las dudas y se conmueve la consciencia. En el proceso del Salmo, parece que la fe del orante se va marchitando y la presencia divina se vuelve borrosa, pero antes que desaparezca del todo, el orante se resiste a dejarle ir, por ello pregunta; seis veces se pregunta: ¿Por qué me ha dejado Dios? En el soliloquio íntimo, invadido por la nostalgia espiritual se repite, una y otra vez: ¡Dios no era así! No es como lo estoy viendo ahora. Es terrible sentirse traicionado del ser amado. ¿Por qué sufro injusticia? ¿Por qué no responde a mis oraciones? ¿Por qué sigo en mi miseria? ¿Por qué estoy al borde del abismo? ¿Por qué, si lo que quiero es bueno, no lo consigo? ¿Por qué, si lo busco, se me esconde? ¿Por qué dejó que mis sueños se rompieran y mi vida se apagara con tristeza? ¿Acaso, no le gusta a Dios la luz de las sonrisas?

La desilusión en lo sagrado, es la experiencia que nos reduce de tamaño y nos recuerda nuestra pequeñez ante el ser Absoluto y el universo que se preserva y se expande. La desilusión es un profundo abismo que se extiende entre las expectativas que tenemos de Dios, ya sean por imaginación personal o influencia de otros y la realidad de la vida. Ese abismo se puede formar en un instante, cuando aquello que amas o te da confianza se esfuma, como una bomba que estalla dejando un enorme cráter de vacío y frustración; o bien, puede ocurrir por la erosión imperceptible continua de pequeñas pero significativas decepciones, cuando nos cuestionamos si de verdad le importamos a Dios. Mientras nuestra existencia es más o menos llevadera, la fe “tradicional” subsiste, pero, cuando es puesta al fuego, se puede evaporar hasta desaparecer. En sus horas de desolación, el salmista busca a Dios, su oración es una mezcla de gritos y llanto (vv. 1-3a). ¡En verdad, qué pequeños somos!

Segundo acto: Rememoración

“Recordaré las maravillas que hizo el Señor en otros tiempos; pensaré en todo lo que ha hecho” vv. 11-12

Es muy frecuente, que en los momentos de crisis se desmorone la estructura interna de nuestros pensamientos y sentimientos, en un instante se esfuma nuestra seguridad y como consecuencia: perdemos la confianza y olvidamos los actos liberadores y protectores de Dios. Para no extraviarse, el salmista recurre a la memoria. Él decide rememorar las intervenciones divinas en la creación y en su vida personal. Rememorar es el proceso mental de hacer memoria. Este acto es relevante en razón que la vida no se conforma sólo del presente sino del pasado y el futuro. La memoria conforma nuestra manera de ser porque nunca estamos ya hechos en la versión final, sino que nos seguimos haciendo, mas no por nosotros solos, a lo largo de la existencia.

Cuando llega la oscuridad en la noche de la vida, las sombras difusas se vuelven amenazantes despertando nuestros miedos más profundos. En este momento de tinieblas, las luces del pasado iluminan nuestros pensamientos. Cuando miramos nuestra historia personal, descubrimos que la muerte y la tragedia nos acechan en cada jornada, y que si aún nos hallamos presentes es porque hemos sido librados infinitas veces por la bondadosa mano de Dios. Es así que arribamos a una convicción: somos sobrevivientes por la gracia de Dios.

La mayoría de nosotros; hombres y mujeres sufrimos heridas en algún momento de la vida y traemos en nuestra piel las cicatrices de un cuerpo que logró sanar. Estas cicatrices pueden ser vistas de dos maneras: podemos revivir el dolor, el miedo o el enojo que nos produjeron y por ello caer o mantener la amargura del alma o podemos mirar más allá de ellas y agradecer, porque fuimos rescatados de la amenaza inminente. Alguien que haya pasado por una operación de corazón abierto, un accidente, una enfermedad o una agresión; las marcas en su cuerpo o en su alma, le mostrarán cómo, habiendo estado expuestos al final, sus años fueron prolongados. Una y otra vez fuimos guardados por gracia inmerecida. Cuando los días grises nublan la fe, los recuerdos luminosos renuevan la confianza de un amor divino que prevalece inalterable y que volverá a traernos las alegrías de ayer.

Tercer acto: Admiración

“¡Tú eres el Dios que hace maravillas! ¡Diste a conocer tu poder a las naciones! Con tu poder rescataste a tu pueblo… Oh Dios, cuando el mar te vio, tuvo miedo y temblaron sus aguas más profundas… Te abriste paso por el mar; atravesaste muchas aguas, pero nadie encontró tus huellas” vv. 14-19

El ser humano se inquieta porque no alcanza a comprender los misterios de la voluntad del Soberano del universo. Ante lo que parece incongruente del carácter divino, el ser se incomoda y protesta. El salmista comenzó el lamento con el dolor espiritual de la decepción de Dios porque en su interior hay caos. Sin embargo; cuando se mide ante lo absoluto e infinito y se dará cuenta de lo pequeño que es. Ante las manifestaciones de Dios en la creación y en la historia, el ser humano descubrirá su pequeñez y su fragilidad. La creación funciona de tal manera que hace posible la vida. El mundo es una casa habitable para la humanidad, su belleza y operatividad son maravillosas y quien mantenga los ojos abiertos no podrá dejar de extasiarse por su orden extraordinario.

Ante los fenómenos de la naturaleza como: el mar, la lluvia, los truenos y relámpagos, los terremotos, la criatura humana no tiene control, estos hechos escapan a su voluntad. Así que, mientras Dios muestra su poder y soberanía, el hombre es sólo un testigo de este dominio. La percepción humana de su impotencia para manipular estos fenómenos le llevará a comprender que jamás podrá decir a Dios, Señor de todas las cosas, lo que debiera hacer. Si no puede decir a un rayo cuándo irrumpir, menos le puede decir a quien lo creó cómo obrar, si no puede impedir un terremoto, menos podrá obligar a quien creó la tierra entera a su manera, cómo debe actuar en la vida personal.

Ante la majestad surge un temor de aniquilación de la criatura. Dios es imponente: “cuando el mar te vio, tuvo miedo”, afirma el salmista. Si el mar tuvo miedo, cuánto más lo debe tener la pequeña criatura humana. Dios gobierna su mundo, hace su voluntad en la historia, manifiesta su poder en el cumplimiento de sus promesas, lo hace sobre todas las cosas y los tiempos. Los actos prodigiosos del Creador despiertan la sensación de temor en los hombres que reconocen su vulnerabilidad. Los relatos de las visiones de Dios están llenos de estupor en las criaturas, tanto humanas como angelicales. Ante la Majestad de la gloria divina los mismos ángeles cubren sus rostros y entonan canción a su perfecta santidad. El que es inaccesible está lleno de poder y ante él se rinde el corazón humilde. El salmista se siente cautivado y se estremece porque se halla frente a los más alto y bello de todo. Dios tiene el mundo en sus manos y es fiel para cumplir sus promesas.

En los bosques invernales las semillas sobreviven enterradas y las nuevas plantas empezarán a crecer por debajo del hielo. Más allá de la capa de frío que cubre este momento, se halla un nuevo tiempo de vida. El invierno del alma pasará y vendrá una primavera llena de nueva vitalidad y entusiasmo para la fe. Si tu corazón está atento, percibirás la belleza y el orden de la creación y confirmarás que el Señor se mantiene en su trono para siempre. Nuestra fe sobrevivirá el invierno porque Dios está allí, en el misterio de la vida. Nuestros tiempos están en sus manos.

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Con los ojos de la fe

Con los ojos de la fe

Min. Ausencio Arroyo G.

Toda mirada está determinada por la perspectiva del observador. Cada paisaje u objeto cercano serán definidos y juzgados por los conceptos previos y la vista parcial de cada persona. Cada quien ve la vida, el mundo, el ser humano, y las circunstancias presentes desde su óptica privada, porque el entendimiento, las experiencias, las emociones y el carácter se mezclan a la hora de percibir los hechos de la realidad.

Tener fe, es mirar con los ojos de Dios la vida y las experiencias. En las circunstancias adversas, desde una perspectiva personal, los sucesos no tienen un sentido favorable ni parecen llevarnos a algo bueno. A pesar de muchos años de practicar una vida de iglesia, de escuchar y leer la Palabra y aun de enseñarla, en la hora de aflicción, el Dios a quien adoramos, se nos hace tan inaccesible y distante. Cuando la confusión y la duda llenan de oscuridad el corazón, nos ciegan a las manifestaciones y las promesas del Señor.

En el Evangelio de Marcos 8:13-21 hallamos el relato de uno de los encuentros de Jesús con los fariseos, en él se dice que un grupo de ellos se acerca a Jesús pidiéndole la realización de una señal, lo más probable es que buscaban algo grandioso, no les bastaban los milagros de misericordia, como la multiplicación de los panes, la curación del sordomudo y de la hija de la sirofenicia, de los versos previos. Exigían un evento cósmico, para aceptar que realmente era el Mesías prometido. Mas sus expectativas, los convertía en ciegos a las evidencias de bondad y la demostración de la divinidad de Jesucristo. En la Biblia, cada milagro; llamativo o discreto, contiene un mensaje de Dios para los hombres, pero muchos no entendemos. Somos ciegos a los actos de Dios.

¡Danos una señal! exigen, en clara provocación. Los fariseos no buscan razones para creer y menos adorar; el gesto corporal de Jesús demuestra su contrariedad: da un profundo gemido. Aquellos que dicen indagar cada día en las Escrituras para descubrir al Mesías, cuando lo tienen frente a ellos no lo pueden ver. Qué decepción, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. Al incrédulo ningún signo le satisface, y su oído endurecido será insensible a los murmullos divinos.

¡Guardaos de la levadura de los fariseos y de la de Herodes! Exhorta Jesús a sus discípulos. La levadura es símbolo de corrupción, así como en la harina esta substancia cambia la consistencia de la masa; como símbolo, la levadura espiritual cambiará, para incredulidad, la esencia del corazón humano. La levadura puede referirse a mirar la vida espiritual en base a las expectativas personales, los fariseos no pueden reconocer las manifestaciones divinas de Jesús, para ellos, sus acciones no se ajustan a lo que quieren ver, sienten que Jesús no hace demostraciones de portento y no muestra habilidades sensacionales. Tenían ya un esquema de cómo sería el Mesías, por ello no pudieron verlo ni oírlo. Quizá, la levadura puede ser el orgullo que nos lleva a pensar que nadie puede enseñarnos nada, que no hay nadie mejor que quienes conforman un grupo selecto de líderes de opinión, pensaron que sus ideas eran perfectas, porque si no, no las tendrían. Dudaron de los signos mostrados ante ellos, es como si dijeran a Jesús: ¿Es todo lo que sabes hacer? ¡Queremos ver algo de verdad grande!

La levadura también puede ser la actitud racionalista que condiciona la fe. Tomás, creyó cuando sus sentidos vieron y tocaron al Resucitado. Exigir evidencias palpables a los sentidos diluye la fe, porque la fe es confiar que lo dicho por Dios es verdad y se cumplirá. Como Noé, no exigió evidencias de qué clase de lluvia podría hacer Dios y procedió a fabricar el arca, así los creyentes, confiamos a la Palabra del Señor y obedecemos a pesar de las consecuencias. Pretender ajustar a Dios a nuestra manera de entender la vida es relativizar su grandeza. Dios no tiene que acomodarse a mi entendimiento o mis razones. Tener fe es poseer la mirada de Dios hacia las situaciones de la vida, es amar lo que Dios ama, buscar lo que Dios busca, es conocer como Dios conoce.

La levadura puede referirse a la falta de gratitud, los milagros de multiplicación de los panes, habían bendecido a mucha gente, los fariseos no son capaces de agradecer por la generosidad de Jesús, no valoran que otorgó sustento a varios miles de personas en dos ocasiones, ellos buscaban desacreditarlo. La carnalidad no puede apreciar las buenas acciones, menos gozarse por el bien que disfrutan otros. La levadura puede ser también la actitud de buscar respuestas inmediatas, es mostrar incapacidad de esperar y por ello condicionar la fe a que vengan pronto los pedidos que hacemos a Dios. La impaciencia perturba el espíritu del creyente y pone plazo a Dios, haciendo de Él un objeto al gusto o antojo personal. Pero Dios está por encima de la voluntad humana.

Los discípulos, se sorprenden de la advertencia de Jesús, y no entienden sus palabras. Deducen con simpleza que les reprocha no haber llevado más pan. Como si esa fuese la clave. Son ciegos a la fe. No captan que la solución a problemas como la escasez, las adversidades, las pérdidas, las dudas o los miedos, se halla en el más grande milagro, la cercanía de Dios. Los milagros de los que fueron testigos no dependieron de cuántos panes tenían, ni de otros recursos sino de que el Señor que provee estaba allí, el que hace los milagros está con ellos en la barca.

La señal que nos dio el Señor fue su muerte en la cruz. Al final del evangelio de Marcos, el secreto mesiánico es develado, Jesús es el Hijo de Dios, no por actos espectaculares ni por sortilegios sensacionales, cuando Jesús expira en la cruz, el Centurión romano exclama: verdaderamente este era hijo de Dios. Jesús es descubierto, no por los “religiosos buenos” sino por un “pecador gentil”. No les será dada señal sino la de Jonás profeta. Como estuvo Jonás en el vientre del gran pez, así estará el Hijo en el corazón de la tierra, en soledad y aislamiento, en su total debilidad, pero en la fuerza de la esperanza y en el poder del Espíritu.

La levadura es la incredulidad. Es lamentable olvidar demasiado pronto las manifestaciones de la gracia y el poder del Señor. O más lamentable es no poder gozarnos con sus promesas porque la realidad no se ajusta a nuestra manera de ver la vida. La fe es la capacidad de mirar con los ojos de Dios, es tener su perspectiva de amor y generosidad. La visión correcta nos concede andar como hijos de luz. La fe es mirar que Dios hará salidas cuando parezca que no las hay. Es confiar que proveerá lo que necesitemos, según sus riquezas de gloria. La fe es mantener la esperanza contra la catástrofe, es sentir el compromiso de solidaridad con quienes sufren. Pidamos desde lo profundo de nuestro ser:

Oh Dios, abre nuestros ojos,

para quitar las sombras del corazón,

para ver el bien que nos haces,

para saber que estás allí, en el dolor.

Oh Dios, quita de nuestra mirada

El deseo de ser más grandes que tú

La codicia que esconde la máscara

La cáscara dura de piel insensible

Oh Dios, enséñame a sentir tu presencia,

A confiar que harás más de lo que puedo pedir,

A mirar más allá de las ruinas del mundo,

A declarar que sólo tú eres Dios y no yo, ni nadie más.

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La prudencia evita la desgracia

La prudencia evita la desgracia

Min. Ausencio Arroyo García

¡Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará! Proverbios 24:3

Las criaturas humanas hemos recibido un don de parte del Creador: la sabiduría. Por sabiduría se entiende la capacidad de discriminar lo correcto, justo o conveniente de las acciones. Tiene que ver con la percepción de la realidad, la inteligencia para comprender la relación de causa y consecuencia en las situaciones de la vida. También se asocia con la memoria, entendimiento de los procesos y la capacidad de lucidez en la toma de decisiones. Esta condición nos diferencia de los animales los cuales se mueven básicamente por instintos y reflejos de memoria primaria. Cuando los seres humanos, nos movemos por impulsos instintivos y dejamos de lado la razón y la voluntad, nos comportamos hasta peor que los animales, con consecuencias lamentables.

El camino de la prudencia

Una de las manifestaciones esperadas al andar con sabiduría es la prudencia. Esta virtud del carácter moral se relaciona con la postura de mantenerse alertas y prevenir problemas. Por regalo de Dios tenemos la posibilidad de observar con atención el entorno, detectar situaciones de riesgo o bien, escuchar las advertencias sobre peligros y hacer lo conducente en cada caso.

A partir de diciembre pasado, se anunció al mundo entero la aparición de un virus que ataca a las personas, afecta los pulmones y puede provocar la muerte por asfixia. Se sabe que muchos que lleguen a contraerlo, no tendrán síntomas, debido a que sus organismos reaccionan con eficiencia para defenderse, pero otros, serán víctimas mortales. Hay registros, que algunos comenzaron a mostrar síntomas por la mañana y al final del día habían fallecido.

El COVID-19 es un virus con enorme capacidad de replicarse y es más letal que otros virus similares; está causando graves trastornos entre la población, a la fecha del 14 de abril estamos bordeando los 2 millones de infectados, 125,476 muertes y cerca de medio millón de personas recuperadas. En México, está por llegar la fase más crítica. El panorama es de tensa calma. Hasta ahora, se carece de tratamientos para curarlo y la lucha médica se centra en impedir que el contagio sea masivo para que no se desborden los hospitales. Aunque, el tratamiento a los enfermos graves es limitado, en las horas críticas será vital el apoyo de respiradores artificiales que lleven oxígeno a los pulmones y eviten el colapso.

La primera fase para enfrentar la enfermedad es evitar. Al no contar con los elementos para combatir este invisible enemigo, se piensa que muchos serán o seremos infectados y nadie puede declararse inmune al peligro; por ello, la estrategia se concentra en impedir el contagio masivo. La medida es aislar a la población, impidiendo que la cercanía física propicie la extensión de la enfermedad. Entiendo que el propósito no consiste sólo en que yo evite ser contagiado sino en lograr que otros más lo sean. No se trata sólo del individuo particular sino de la colectividad. Los especialistas en epidemiología han concluido que la manera de enfrentar el virus es con serias prácticas de higiene y la toma de distancia social.

Los seres humanos y más los cristianos, estamos entrelazados, y por esto nos cuidamos unos a otros; la decisión de mantenernos a distancia brota de un amor sacrificial, de un sentido de responsabilidad con el prójimo, no de falta de fe. El carácter humilde de Cristo se expresó en la obediencia al Padre hasta las últimas consecuencias, esto lo revivimos en el acto del lavamiento de pies. El lavamiento de pies es un amor a imitar. Pero, el servicio al prójimo será el verdadero cumplimiento del ritual. Este amor al prójimo consiste de actos a realizar en su favor o de cosas a dejar de hacer para honrar la persona del prójimo.

Es obvio que amar, a veces consiste en acercarse y otras en alejarse. Lo que es bueno para mí, no siempre es bueno para mi prójimo. Amar es buscar el bien del hermano (Miqueas 6:6-8). Dios nos enseña a amarnos como cuerpo (Efesios 5:29) para hacer de él, un instrumento para la gloria de Dios. La prudencia nos enseña a prevenir el daño.

No tentarás al Señor tu Dios

¡La necedad del hombre le hace perder el camino, y luego el hombre le echa la culpa al Señor! Proverbios 19:3 DHH

Algunos creyentes piensan que no debemos hacer caso de las recomendaciones de las autoridades civiles porque el poder de Dios es más grande que el virus y que es el momento propicio para mostrar la fe que tenemos. Si confiamos en el cuidado de Dios, se dice, no hay por qué quedarse en casa o abstenerse de abrazar o saludar de mano.

El peor virus del que debemos cuidarnos es el de la necedad humana. Hemos sido advertidos, de muchas formas, sobre los riesgos de contraer la enfermedad, sus voces vienen de la ciencia secular confiable. Las evidencias de los efectos son por demás convincentes y abrumadores. No hay excusa para rehusarse a seguir los protocolos. Exponerse; sin necesidad, sería hacer las cosas por impulso insensato de arrogancia o desafío a las advertencias que nos vienen por los medios autorizados por Dios.

No hay razón para escoger exponerse a una enfermedad que puede ser mortal. Cuando Pablo se halló frente a la probabilidad de la muerte, mostró indefinición por no saber qué escoger: si morir en sacrificio de su fe o seguir viviendo para testimonio de Cristo. Él buscó mantenerse en vida para seguir proclamando el evangelio y salvar a más personas. Los creyentes perseguidos no se entregaron a muerte sólo porque sí; prefirieron sobrevivir hasta donde fuese posible para extender la fe en Cristo más allá de su región. No obstante, si alguien siente el llamado a servir al prójimo en medio de la pandemia, le animamos a realizarlo, tomando las precauciones debidas para no poner en riesgos a los demás.

Nuestros actos muchas veces llegan a ser atrevidos y hasta temerarios, tratamos de pasar por encima del principio causa-consecuencia; como si hubiese algo en el interior que nos hace creer que a nosotros no nos pasará lo lógico. Pareciera que creemos poseer un poder mágico de cambiar la realidad. A veces, intentamos desafiar la verdad concreta, no para honrar a Dios sino para sentirnos mejores que otros o para sentir emoción y adrenalina de romper los límites de lo correcto.

Son diferentes ámbitos de comportamiento en los que transgredimos las normas de lo sensato. Y, cuando nos ocurren las consecuencias sabidas nos llegamos a contrariar con el Señor. Un fumador a quien se le detecta enfisema pulmonar, le reclama a Dios por no haberlo librado del mal. Un conductor que tiene un accidente y se enoja porque no fue guardado, después de viajar a 200 kilómetros por hora.

Si sufrimos siendo inocentes, este sufrimiento nos une con el sufrimiento de Cristo, si sufrimos por consecuencia de nuestros errores o necedad no obtenemos ningún crecimiento espiritual sino sólo dolor y culpa (1 Pedro 2:20). No habrá de qué arrepentirnos si seguimos la voluntad divina por el contrario seremos bendecidos por su cuidado. Estamos sabidos, está en nuestras manos seguir la advertencia, confiando en las promesas de Dios. No tenemos porque exigir que Dios haga lo que nos toca hacer a nosotros. Vivamos en la sensatez de la prudencia. La prudencia evitará la desgracia, más si viene, que no sea porque nosotros mismos la buscamos. Recuerde que la sabiduría comienza en el temor del Señor.

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Pastoral para mujeres en tiempos de pandemia

Pastoral para mujeres en tiempos de pandemia

Jocheved Martínez Vargas.

Introducción

A todas las personas nos pescó desprevenidas el virus. Tan insignificante físicamente y tan invisible al ojo humano, pero con un impacto y una fuerza que ha convulsionado al mundo entero. El coronavirus es la palabra más mencionada en estos últimos días y en los buscadores de internet, es la más consultada.

¿Cómo actuar ante esta crisis? Sin duda es una pregunta difícil de responder. El virus nos ha llevado a un grado de emergencia sanitaria, al que muchos han denominado estado de guerra. No nos prepararon y no nos preparamos. Esta pandemia no la teníamos contemplada en nuestra apretada agenda. La gigantesca ola se nos vino encima, y derrumbó a muchos, y aún está cumpliendo su mortífera tarea, desestabilizando sistemas y sociedades.

Hoy tenemos de todo; presidentes de países que pretenden ignorar la realidad, líderes internacionales que toman la información a la ligera, grupos políticos, sociales y religiosos que desvirtúan causas y consecuencias, círculos de poder que se aprovechan de la confusión, además de noticias falsas, videos con las mejores curas, saturación de recetas milagrosas, y en medio de toda esta vorágine de imágenes y palabras, nosotras las personas, simples mortales volteando de un lado hacia otro escuchando uno y mil argumentos. Y así estamos, a veces incrédulas, pensando que todo es una farsa montada por países en pugna, a veces indiferentes, intoxicadas ya por la excesiva información y a veces, llenas de miedo hasta de la propia sombra.

Observando estos acontecimientos, hemos preparado estas reflexiones para compartirlas con ustedes. Deseando nos ayuden en este tiempo, que orienten nuestros pensamientos y acciones para que podamos también tener la entereza de apoyar y alentar también a los miembros de nuestra familia.

La primera reflexión es en torno a la salud.

  1. CUIDA TU SALUD

Porque ¿quién comerá, y quién se cuidará, mejor que yo?”

Eclesiastés 2:25

Definitivamente a nadie podemos delegar el cuidado y la atención de nuestra propia vida. Es muy importante inculcar desde la infancia y adolescencia el autocuidado personal. Enseñar a nuestras niñas y jóvenes a ser responsables de su cuerpo y recordarnos también nosotras de esta prioridad. Solamente tenemos un cuerpo y nuestra responsabilidad es cuidarlo en todo momento.

La Organización Mundial de la Salud, declara:

“La salud de la mujer y la niña es especialmente preocupante porque en muchas sociedades se encuentran en una situación de desventaja por la discriminación, condicionada por factores socioculturales como la desigualdad en las relaciones de poder entre hombres y mujeres, las normas sociales que reducen las oportunidades de desarrollo personal, la pobreza y malas prácticas alimentarias. Estos indicadores impiden que las mujeres y niñas se beneficien de servicios de salud de calidad y alcancen el máximo nivel posible de salud”

La salud es un regalo de Dios, pero es una responsabilidad nuestra mantenerla. Las recomendaciones en circunstancias normales las sabemos: Comer sano en las cantidades adecuadas, tomar suficiente líquido, descansar, activar el cuerpo, pero ahora, y debido a la pandemia global que nos afecta, debemos extremar todas las medidas de higiene para no contagiar o ser contagiadas.

No se aprecia tanto la salud, hasta que se pierde y hoy muchas personas corremos el grave riesgo de perderla. La mejor vacuna contra el coronavirus es lavarnos las manos, quedarnos en casa y mantener una sana distancia. Quien dijera que hoy que estamos en pleno Siglo XXI, con tantos descubrimientos y tan variadas tecnologías, nos estuvieran enseñando “Cómo lavar correctamente las manos” a través de las redes sociales.  La frase #Quédate en casa, tiene una profunda base científica. Los especialistas nos han dicho que, si nos mantenemos en casa, ayudamos a nuestra sociedad y tendríamos menos probabilidades de enfermar. Según los modelos matemáticos desarrollados, muchos vamos a sufrir el coronavirus, pero al quedarnos en casa, podemos retrasar el padecimiento, nos iríamos enfermando de forma más pausada y no se colapsaría nuestro sistema de salud. Si por causa de fuerza mayor, por tener que estar desarrollando actividades esenciales, debemos salir, procuremos tomar todas las precauciones necesarias. No hay que escatimar esfuerzos, la vida vale la pena. Recuerda, cuida tu salud ¡Quédate en casa!

  1. CUIDA LO QUE OYES Y VES

“Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven;

y vuestros oídos, porque oyen” Mateo 13:16

No todo lo que oyes es cierto, ni todo lo que ves en imágenes o videos es real. Algunas personas tienen la consigna de inquietar, confundir, o debilitar una sociedad, y muchas veces lo hacen a través de noticias falsas. Es cierto que una gran cantidad de personas actúan de buena fe, reciben un mensaje y pensando en hacer un bien, inmediatamente lo reenvían a muchas personas. Y esos a su vez lo vuelven a reenviar, y así, como crece un virus de forma exponencial, dañando cientos y miles de vidas, también las noticias falsas, sensacionalistas o morbosas, dañan cientos y miles de mentes. La gente se confunde, empieza a ser bombardeada por innumerables mensajes, al grado que cuando llega a sus manos una versión real, ya no la toman en cuenta.

Por eso, cuida lo que oyes y ves. Si te llega una noticia, no la difundas inmediatamente, lee con atención, revisa la fecha, muchas noticias son de años anteriores y las hacen actuales, revisa la fuente, ve quién está generando el comunicado, hay agencias de información confiables que tienen un reconocimiento internacional, asimismo, cada gobierno local y nacional están procurando programas de comunicación para mantener informada a la población.

También, ten mucho cuidado con las cadenas, esos mensajes que te dicen “mándalo a 10, o 20 personas y te va a suceder el milagro, o se te va a cumplir el deseo, o vamos a lograr esto o aquello…”  muchos encierran virus informáticos que vulneran tus datos personales. 

Recuerda, cuida lo que oyes y lo que ves. No difundas noticias falsas. Usa las redes oficiales para estar debidamente informada.

  1. CUIDA TU FAMILIA

“La mujer sabia edifica su casa…” Proverbios 14:1

Hoy, paradójicamente, un microorganismo nos reunió en casa. Los niños y jóvenes dejaron de ir a la escuela, a muchas mujeres y hombres, les pidieron hacer su trabajo desde el hogar, una buena cantidad de empresas y compañías debido a la contingencia, cerraron temporalmente y mandaron a sus trabajadores a sus domicilios. El asunto es que hoy, estamos todos en el hogar, y debemos tener buenas ideas para aprovechar el tiempo y fortalecer nuestra relación como familia.

Tenemos tiempo para vernos, escucharnos y apoyarnos. Estar en casa, nos da la oportunidad de platicar, trabajar juntos, conocernos un poco mejor, organizar mañanas de trabajo y tardes de juegos y actividades. También es la oportunidad que estábamos esperando para hacer nuestros cultos devocionales o nuestras oraciones familiares. Se acuerdan que antes decíamos “no podemos hacer el culto en el hogar, porque el papá sale muy temprano, los hijos con sus escuelas y tareas tienen diferentes horarios, la mamá no puede, por la gran carga de trabajo”. ¡Hoy, si queremos, podemos!

Pero el gran desafío es sacar a los abuelitos, a los adultos, a los jóvenes, a los niños y hasta los bebés de las redes sociales. Algunos, debido a la ausencia de otras tareas y actividades rutinarias, pueden estar todo el día, y hasta perderse el tiempo de la comida absorbidos por el internet. Hoy que podemos tener tiempo para nosotras y para los nuestros, aparte del virus que nos roba la tranquilidad, nuestro otro enemigo a vencer es la adicción al internet.

Hoy es tiempo de ver y cuidar a nuestra familia. Quizá no tengamos otra oportunidad. Veamos esta circunstancia con ojos de optimismo, seamos creativas. Seamos las primeras en promover sanos ambientes en el hogar. Quizá algún miembro de la familia tenga buenas iniciativas para mejorar este tiempo, apoyemos sus ideas y sumemos esfuerzos.

Debido al confinamiento, y que no estamos preparados para estar todo el día en casa, es muy probable que surjan malentendidos y se generen discusiones. Por favor, no levantemos la voz, cualquiera puede gritar e imponerse. Actuemos con amor, con sabiduría y prudencia en este tiempo de contingencia… y siempre.

La consigna oficial es #Quédate en casa, y aunque el hogar, por excelencia, debiera ser el lugar más seguro, para muchas personas, no lo es. En casa, estamos rodeados por la familia y es responsabilidad de todos, especialmente de los mayores, hacer de ese espacio un lugar para vivir y relacionarse de manera afectiva y efectiva.

El papel de la mujer en casa es primordial, para muchas, su casa es su espacio vital, su pequeño reino donde pueden decidir qué se va a comer, a quién le toca lavar los baños o tender la ropa, pero no todas pueden pasarla bien. Algunas viven menospreciadas por sus padres, otras por sus maridos, y otras por sus hijos. Otras más son maltratadas y violentadas. Entonces, para ellas, su casa no es el “hogar, dulce hogar” y el #Quédate en casa, anunciado por las autoridades, es más un suplicio que un deleite.

Si tú estás pasando por alguna situación donde esté en riesgo tu integridad física o tu salud emocional, habla con alguna persona de confianza, cuéntale a tu pastor, o pide orientación y ayuda a alguna institución de apoyo a las mujeres.

  1. CUIDA TU FE

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios” Hebreos 11:6

La fe es un elemento fundamental en la vida de cada mujer creyente. Es la certeza de que somos hijas de Dios, es saber y sentir que Él nos creó, nos dio su imagen y semejanza, nos dio su bendición, reconocer que, al morir Jesús en la cruz, perdonó nuestros pecados, regalándonos una nueva vida, y experimentar que en todo tiempo su Espíritu nos guía.

La fe es la experiencia humana que nos permite disfrutar la realidad divina. La fe son pensamientos, palabras, actitudes y acciones que nos conectan con Dios. La fe es nuestra respuesta por el don gratuito de la salvación que recibimos a través de Cristo Jesús.

No solo se trata de decir “Yo tengo fe”, más que hablarlo, hay que demostrarlo. Y esta demostración se hace evidente en acciones de amor y justicia, en acciones que muestren que tenemos confianza en los planes de Dios, sabiendo que todo está bajo su potestad. Nuestro presente y nuestro futuro está en sus manos.

Hoy es tiempo de mostrar nuestra fe, recordarnos que, en esta pandemia no estamos solas. Pueden ser muy abrumadoras las noticias y negativas las estadísticas, pero Dios es con nosotras, Dios es con su pueblo. Hay que repetirlo a nuestra familia, a los más ancianos, para que no se desalienten, a los niños para que puedan ver a Dios en los ambientes tranquilos de casa, en los rostros templados y pacientes de sus padres y madres, y a los jóvenes, para que también a través de esta crisis, puedan tener una experiencia con su maravilloso amor.

La fe es una actitud de paciencia y resistencia, y es una fuente de fortaleza para vencer la depresión. Hoy el COVID19 nos desafía a mostrar nuestra fe. Nos pide salir de la teoría a la práctica. Pidamos más fe a Dios, para movernos, junto con nuestra familia en dirección hacia Él.

Conclusión

La Palabra de Dios está escrita para tiempos como este, escuchemos atentamente el mensaje que el Señor tiene para nosotras, para nuestras familias y nuestra iglesia a través del coronavirus.

Yo sé los planes que tengo para ustedes, planes para su bienestar y no para su mal, a fin de darles un futuro lleno de esperanza. Yo, el Señor, lo afirmo.

Jeremías 29:11 DHH

Caminemos confiadas. Dios con Nosotras.

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Encontrando la paz en medio de las tormentas

Encontrando la paz en medio de las tormentas

Min. Ausencio Arroyo García

Oye, Oh Dios, mi clamor; a mi oración atiende. Desde el cabo de la tierra clamaré a ti cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio…” Salmo 61:1-2

Se cuenta, que hace mucho tiempo, un destacado Rey, invitó a los artistas de su reino a expresar en una pintura la escena que describiera la paz perfecta. Varios de ellos realizaron sus obras, pero al final, el rey sólo se fijó en dos que llamaron fuertemente su atención. La primera era una imagen de un precioso lago cristalino con montañas nevadas de fondo, un pequeño riachuelo que corría lentamente colina abajo, mientras una variedad de flores crecían a las orillas de la corriente de agua; el cielo azul y el paisaje verde hacían sentir una quietud extraordinaria. Muchos pensaron que esta pintura recibiría el reconocimiento.

Sin embargo; el Rey eligió la otra pintura, en la misma, se apreciaba un entorno gris de una voraz tormenta, el fuerte viento levantaba olas embravecidas que reventaban sobre una gran roca, salpicando con furia latigazos húmedos en todas direcciones mientras en lo alto de la roca, en una pequeña saliente, se hallaba un nido con varios polluelos los cuales eran alimentados por una atribulada madre, el vuelo del ave la mostraba arrojada esquivando una y otra vez las lenguas voraces del agitado mar; en ella el sabio rey alcanzó a percibir la paz real de la existencia humana. La paz no es la ausencia de problemas sino la confianza del corazón en medio de las dificultades, esa paz verdadera sólo puede venir de Dios. La paz de Dios es una paz en medio de las tormentas.

La vida son problemas.

Desde que somos conscientes de la realidad, no damos cuenta del permanente estado de incertidumbre que enfrentamos. Las múltiples responsabilidades, los cambios internos y externos que nos suceden, las contrariedades a nuestros deseos o planes y las limitaciones propias o adquiridas que nos determinan, son constantes problemas, resistencias y contrariedades. Una mañana alguien se levanta con entusiasmo de iniciar su día de actividades y descubre que le han robado su auto o se quedó sin gas en la cocina, se olvidó pagar el recibo de teléfono y está sin servicio, ha habido un accidente automovilístico justo por donde debe pasar hacia su trabajo y llegará tarde y lo peor es que ya tiene varias advertencias de su jefe inmediato, sólo por poner un ejemplo.

En un instante, tu condición emocional puede cambiar, de pronto ocurre algo que rompe tu corazón y te sientes invadido por el desaliento y la incertidumbre: te dan un diagnóstico grave sobre tu salud o la de alguien querido; la persona que amas decidió romper la relación, tu hijo o tu hija tomó decisiones que ponen en peligro su integridad, eres acusado (a) de un delito que no cometiste pero alguien te encontró a modo para liberarse de sus responsabilidades y tu vida comenzará un largo camino cuesta abajo en todos los sentidos. A veces la vida nos golpea con furia.

La vida cambia por una palabra dicha o por un silencio, un gesto mal interpretado, un anhelo que no se cumple, un plan que no prospera, un intento fallido de cambiar los hábitos autodestructivos; tus ahorros se esfuman en un mal negocio o por el establecimiento de políticas económicas del Estado que trastocan tu plan de vida, eres víctima de chantajes o una estafa, se termina un ciclo de trabajo y quedas fuera de un presupuesto estable. Tu existencia da un giro brusco y quedas mal parado y de pronto pierdes la dirección. La vida es como hallarse en medio de una tormenta. Las tormentas a veces llegan de fuera y otras inician dentro de nosotros mismos. Enfrentas fuerzas que no están en tu control y aun aquellas que se supone que están bajo tu dominio en realidad no lo están; porque quieres y al mismo tiempo no quieres, sino que te dejas llevar por el impulso del deseo o de la costumbre.

Los hijos de Dios estamos expuestos a los conflictos y adversidades de la vida. El libro de los Hechos capítulo 27 contiene la narración de una situación crítica que enfrentó Pablo: mientras era llevado hacia Roma junto con un grupo de prisioneros a bordo de una embarcación de carga, se hallaban cruzando el mar Mediterráneo en una época de fuertes vientos. El centurión, encargado de los presos desoye la recomendación del apóstol de esperar a que pase el temporal y decide emprender el recorrido, hallándose en alta mar los vientos huracanados golpearán contra la nave y provocarán el miedo de marineros y pasajeros por igual. Debieron deshacerse de lo innecesario y aun de lo importante para la navegación intentando sobrevivir a la amenazante tormenta. El escritor, compañero de viaje, dice que habían perdido las esperanzas de salvarse: “Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” 27:20.

Qué frágiles nos sentimos frente a los problemas serios, nos exigen muchas respuestas nuevas y que no serán suficientes y tal vez muchas equivocadas, somos como pequeñas barcas a punto de ser engullidas por el embravecido mar de confusión y dolor. No hay palabras que alcancen ni recursos humanos suficientes para aliviar del todo el corazón herido. ¿A dónde irá nuestra vida? Nos preguntamos, ¿Cuándo terminará el caos? ¿Qué es lo mejor o lo correcto que puedo hacer? ¿Mañana será mejor? ¿Cómo puedo seguir después de lo que ha pasado?

Dios es soberano.

Más allá de lo que perciben nuestros sentidos, hay una realidad que está conducida por el Dios majestuoso, Señor del universo. El Dios creador de todo el mundo es también el Dios sustentador del mismo. En los capítulos 38-39 de Job, el Señor expone su poder sobre la creación entera, Él puso límite a los elementos más grandes y los más pequeños; en su sabiduría decidió cómo funcionarían, pero también sigue en control. Su proceder ante Job, quien ha estado manifestando su descontento por el mal que le ha venido y del cual piensa que no tiene sentido. Dios, por medio de preguntas retóricas lleva a Job a reconocer su lugar frente al portento de quien gobierna el mar, el ciclo del día y la noche, así como la luz, la nieve, la lluvia, las estrellas y los animales; en resumen: hay alguien sentado en el trono, como lo señala la visión de Juan en Apocalipsis 4; el cosmos no está abandonado a su suerte, no lo mueve el azar, hay quien dirige a su manera y en sus tiempos todas las cosas.

Es maravilloso saber que el mundo no está a la deriva, que cada cosa tiene su función y su tiempo y que Dios mantiene sus planes o intenciones, que puedo desconocer pero que nada está fuera de su voluntad. Las imágenes apocalípticas de los eventos catastróficos, no son actos aislados o que las criaturas hacen por sí mismas, más bien responden a la intervención divina. El Señor del universo y de la historia manda sobre los elementos y reprende a la humanidad por su insensatez. Al mismo tiempo, durante estos acontecimientos caóticos, Él guarda a los suyos y por ello para los creyentes son signos de redención.

El Señor es soberano sobre todo, cierta ocasión Jesús se hallaba en una barca en medio del mar y fueron azotados por una tormenta, los discípulos lucharon a su manera con el temporal; mientras, Jesús dormía. Al levantarse: “…reprendió al viento, y dijo al mar: calla enmudece…y se hizo grande bonanza…  y se decían al uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen? Marcos 4:37-41. Dios tiene el mundo en sus manos.

Confiar a pesar de todo

Desde hace cuatro meses, casi todos los países estamos sufriendo el embate del COVID-19, y amenaza con hacernos naufragar; día tras día somos informados del incremento de víctimas por la epidemia. Los gobiernos y las instituciones de salud exhiben su insuficiencia ante los casos que se incrementan minuto a minuto. Pero, el problema se ha agravado con los miedos que despierta este enemigo invisible. Los especialistas en conducta humana hablan de las problemáticas que acarrea el estar expuestos a la enfermedad mortal en caso de quedar infectados por este virus. Se despierta el miedo al sufrimiento y al final de la existencia. Ante esta realidad, procuramos hacer nuestra parte, más sabemos, que somos susceptibles del contagio. Sin embargo; nuestra confianza para vivir cada día con entereza y armonía está puesta en Aquel que tiene el mundo en sus manos y en quien hemos depositado toda nuestra vida.

El dolor de las pérdidas y los miedos por lo que puede venir nos roban la tranquilidad y nos invade una sensación de angustia. La angustia puede deberse a que jugamos a ser dioses, en el sentido que pretendemos tener el control; sin embargo, nuestra condición frágil y vulnerable nos incapacita  y nos ubica en los verdaderos límites.

La paz que se sustenta en el poder económico o de la fuerza, se termina en el momento del contagio, nadie sabe cómo reaccionará su organismo, mientras que la paz que se sustenta en el poder de Dios se mantiene a pesar de las circunstancias. La paz que provine de Dios implica la confianza que en las manos de Dios todo está bien, lo que no significa que sea agradable, fácil o inteligible.

Por encima de las contrariedades, los quebrantos y los infortunios de la vida hay quien sabe de ti y puede darle sentido a las circunstancias. Durante la tormenta enfrentada por Pablo, sus compañeros de viaje se hallaban temerosos y habían dejado de comer, en medio de las circunstancias, Dios le hizo una promesa al apóstol y él compartió con confianza estas palabras: “…tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho” Hechos 27:25

Tener fe en Dios es confiar en sus designios y en su benevolencia. Tener fe es aprender a soltarnos en las manos de Dios, quien es nuestra roca de refugio y nos resguardará en medio de las tormentas. La fe no es un refugio de cobardes ni la consolación barata que nos enajene de la vida real sino una fe valiente que enfrenta las adversidades, sabiendo que Dios tiene planes más allá de las frustraciones humanas y que Él puede transformar la amenaza en una experiencia de bendición.

Encontramos la paz, aún en medio de las tormentas, al esperar en la provisión de Dios, quien tendrá una salida a nuestras aflicciones, nos dará las fuerzas para resistir la adversidad y la gracia de seguir caminando. El salmista dice: “¡Cuan preciosa, Oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” Salmo 36:7-9.

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