Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad

Min. Moisés López Román

«Son los edificios que permanecen cerrados, la iglesia no ha cerrado su fe en Jesús que es el centro y la razón de ser.
Mayormente hoy, continúa ofreciendo amor y servicio a los demás».

 

«Para todo lo que suponga bienestar de la gente, la institución no debería esperar a ser invitada, debería adelantarse»
(José Manuel Vidal)

Es verdad que muchas iglesias no estaban preparadas para funcionar sin el culto celebrado en el templo. La actual crisis sanitaria, vino a cambiar gran parte de las diferentes formas en que expresábamos y practicamos nuestra fe. También es verdad que ha cuestionado muchas áreas de ser iglesia, tales como la centralidad en los cultos, el enfoque en lo estético del edificio y las prácticas de amor y servicio aterrizadas únicamente en el interior de la iglesia. Tal y como se expresa en algunos grupos religiosos «Nadie hubiera imaginado, ni en el peor de sus sueños, que nuestras vidas, repletas de acontecimientos sociales, vividas con y para los otros se precipitaban al mayor de los distanciamientos». Ante dicha realidad, la mayoría de la iglesia, por gracia de Dios, ha sabido responder muy bien desde la «esfera digital» para la celebración de los cultos y podría continuar e ir mejorando en lo virtual.

Puesto que, esta pandemia vino para quedarse o al menos en tanto que se tenga la esperada vacuna que combata el virus, necesitamos plantearnos ¿Cómo poder ser la iglesia que practica la caridad y el servicio a los necesitados en medio de tantas restricciones sanitarias? o ¿Será que la iglesia salió del templo para quedarse ahora en Zoom? ¿Cómo ser una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad? Esta última pregunta, ante la situación actual no es fácil de responder, pues esta depende en su mayoría de las condiciones económicas, la idea sobre la pandemia y la visión evangélica que la iglesia tenga de sí misma, sin embargo, en la carta a los Gálatas encontramos algunas exhortaciones emitidas por el Apóstol Pablo que movió a la iglesia a no detenerse en su responsabilidad cristiana y el ejercicio del amor movido por el Espíritu en momentos de necesidad. “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:9-10).

Resulta importante señalar el ambiente social y político en el que se encontraban las poblaciones de Galacia; mucho antes de que fueran evangelizadas por el Apóstol en su primer viaje misionero. Sus inicios se remontan, aproximadamente al siglo III a.C. Se cree que esa gente era procedente de Galia (hoy Francia) y se establecieron en Asia Menor. Para los griegos y romanos era un sociedad salvaje y simpatizantes de la guerra, pues se cree que la mayoría de ellos ejercían servicios mercenarios, una vez establecidos en dichos territorios se dedicaron a la agricultura y la ganadería adoptando un nuevo modelo de vida, aunque la agricultura no era tan redituable. Al tiempo que Pablo escribe la Carta, los Gálatas eran gobernados por el imperio romano dirigido por el emperador Claudio (42-54 d.C), dado que el imperio era reconocido por su respeto del derecho y las leyes, pero también por su sistema esclavista, por la recaudación de impuestos y por la fuerza de sus legiones, en la sociedad romana la estratificación social era sumamente marcada, y solo gente de alto rango era digna de poseer riquezas y altos cargos, esta imposición del imperio afectó a los campesinos y ganaderos de la región de Galacia. La exhortación a ejercer la hermandad, va, ante todo en este sentido, pese a lo poco común de esta práctica en una sociedad como lo era la del imperio romano.

La iglesia bajo la nueva normalidad

El Apóstol, establece un principio “no nos cansemos, pues, de hacer el bien” puesto que no sabemos cuánto tiempo más continuará el confinamiento. La iglesia, frente a los nuevos cambios, tiene que reconfigurar su modelo de ser iglesia, tal como lo señala el filósofo francés Stéphane Vinolo: «La pandemia nos lanza a la cara nuestra ética y habrá que tomar decisiones éticas brutales». Necesita administrar sus fuerzas y recursos, impulsados por la ley de Cristo que no es otra cosa que el amor mostrado en los demás por la dirección del Espíritu, para que no se detengan en estos tiempos de necesidad.

La iglesia activa bajo la nueva normalidad

Es verdad que antes de la pandemia se tenía toda la libertad para ejercer un ministerio sin restricción alguna, pero las formas de servir anteriormente necesitan reconfigurarse ante esta nueva normalidad. Pablo sugiere “no desmayarnos”. La situación a la que nos enfrentamos no solo ha causado angustia y pánico, también ha violentado nuestra capacidad de pensar. Por ello, es importante discernir y buscar la dirección del Señor, leer los signos de los tiempos, incomodarnos en estado de confort y como comunidad espiritual soportar la carga los unos de los otros.

La iglesia ofrece caridad a miembros y no miembros de la comunidad de fe.

“Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo. Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:2, 10). Las estratificaciones romanas establecían que los privilegios y el bienestar lo merecían solo la nobleza. Para el Apóstol, la comunidad espiritual movida por la ley del amor y la presencia del espíritu, procura el bien de todos aun a los de afuera, pese al dicho «la caridad bien entendida comienza por la casa». La iglesia está en su momento para proponer la fuerza del evangelio ante la crisis.

Insinuaciones de una iglesia viva y activa bajo la nueva normalidad.

Los creyentes debemos ser sabios, precavidos, el COVID-19 presenta un reto a nuestra generación, pero no somos la única generación que ha enfrentado algo similar, necesitamos pensar bien y no apresurarnos, Pablo nos exhorta a sembrar y a su tiempo cosecharemos, pero es importante que esto que sembramos sea caridad y servicio que haga bien a los otros. Los pastores jugamos un papel importante podemos hacer pasiva o activa a la iglesia según sea nuestra postura teológica de la realidad, tenemos que tratar de educar a nuestras congregaciones y utilizar esta situación para crecer juntos como iglesia. Aun con las restricciones sanitarias, podemos reconfigurar una nueva manera de integrar ministerios.

1. Organice su comunidad, de manera que todos los miembros puedan compartir y ofrecer a los más cercanos de su entorno lo que dispongan. Identifique a los vecinos, familiares o hermanos que estén pasando precariedad en sus finanzas y comparta una despensa básica o bien una ofrenda de amor. La Iglesia, si de algo sirve, es para dar sentido a la vida y crear espacios de convergencia y de esperanza.

2. Identifique un hogar donde haya personas de la tercera edad (vecino, miembro de la iglesia o un familiar) y ofrezca su servicio para traer sus compras del súper, medicamentos o necesidades que les obliguen a salir de casa. ¡No nos cansemos de hacer el bien!

3. Abra sus puertas desde internet. Forme redes de apoyo virtual constante para que los fieles sigan teniendo guía espiritual desde sus casas. Oren por todos incluyendo los de afuera, que en estos tiempos al igual que nosotros necesiten escuchar que en Dios hay esperanza, que nuestras cargas son más ligeras cuando confiamos y nos abandonamos en Él.

4. De ser posible, establezca un centro de acopio que recolecte artículos de primera necesidad (alimentos, cubre bocas, caretas y gel antibacterial) eligiendo un grupo de personas potencialmente fuertes bajo las normas más estrictas de protección y compartan en lugares vulnerables o de escasos recursos un paquete que incluya alimentos y el kit sanitario.

5. Forme un módulo de información que contenga, teléfonos y dirección donde ofrecen servicio de pruebas de COVID-19 y atención a personas lo más cercano al lugar donde se encuentre.

Son solo algunas alternativas, sin duda que ustedes pueden repensar y proponer las que sean necesarias. Mientras tanto, no nos cansemos de hacer el bien. «Llevamos a la iglesia y la misión a contextos de la vida diaria. Debemos pensar en la iglesia como una comunidad de gente que comparte la vida, la vida cotidiana. Y los cimientos de la misión se establecen en la vida cotidiana. Una iglesia de todos los días con una misión todos los días» (Tim Chester y Steve Timmis, 2018). La iglesia necesita recordar que, ha sido llamada para labrar la dicha ajena, sean creyentes o no.

Bibliografía

Rene Padilla, Milton Acosta & Rosalee Velloso (2019) Comentario Bíblico Contemporáneo Estudio de toda la Biblia desde América Latina Pag. 1531.

Armando J. Levoratti & Elsa Tamez (2007) Comentario Bíblico Latinoamericano Nuevo Testamento, ed. Verbo Divino. Pág. 901-902.

Tim Chester & Steve Timmis (2018) Iglesias 24/7 comunidades misionales en la vida cotidiana, ed. Andamio, pag. 31.

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El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

Min. Joel J. Pachuca Rosales

En México hay 1.2 millones de personas que poseen la gran mayoría de los bienes, riquezas, propiedades, un total acceso a los servicios básicos, movilidad y un sin fin de privilegios en este país, pero, la contracara es difícil de asimilar en cuanto a la pobreza.

El Consejo Nacional de Evaluación de Política de Desarrollo Social (CONEVAL), presentó el informe Política Social en el Contexto de la Pandemia por el Virus SARS-COV-2 (COVID-19) en México. El informe es desalentador, hasta 2018 el CONEVAL, tenía un estimado de 52.4 millones de mexicanos en pobreza (9.3 millones de ellos, en extrema pobreza). A partir de 2020, habrán ahora, 62.25 millones de mexicanos en pobreza, es decir, 10 millones de personas más.

Con base a los datos de densidad poblacional del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2019, en el país hay 125 millones de personas, esto quiere decir que, a partir de este año, la mitad del país está en pobreza»1.

Esta realidad nos desafía a recuperar como iglesia el lugar de los pobres como objeto central de la Misión.

La premisa referente a que los pobres son destinatarios primarios de la Misión no siempre es bien aceptada. A menudo, se escuchan posiciones de creyentes respecto a que los pobres lo son porque ellos mismos lo provocaron. Una supuesta pereza, el aparente disgusto por el trabajo, empleos mal remunerados por falta de preparación académica –la cual se dice que no se cuenta con ella debido a que cuando pudieron tenerla no se esforzaron–, son algunas de las razones que se dan para explicar el por qué de la pobreza (si bien, es posible que en algunos casos estas situaciones sean reales, no se pueden considerar como la generalidad). Por razones como tales, algunos creyentes opinan que la iglesia no debe ocuparse en responder a las necesidades de los pobres. Piensan que solos deben resolver su condición. Califican a los programas de apoyo que se les ofrecen, tanto eclesiales, gubernamentales o particulares, como asistencialistas o paternalistas. Ideas como las referidas, requieren ser orientadas.

¿Pobres?

Es necesario reflexionar respecto a lo que es y lo que produce la pobreza. De tal manera que, hablando de la Misión de la Iglesia, se comprenda porque el Señor llama a que los pobres sean sus receptores primarios.

En el lenguaje cristiano y teológico, el término «pobre» puede describir realidades muy diversas. En palabras de Jon Sobrino2, se trata de:

• Pobres, tal como de ellos se habla en los profetas y en los evangelios. Son aquellos para quienes el hecho básico de sobrevivir es una dura carga, para quienes dominar la vida a sus más elementales niveles de alimentación, salud, vivienda, es una ardua tarea y la tarea cotidiana que emprenden en medio de una radical incertidumbre, impotencia e inseguridad. Pobres son aquellos encorvados, doblegados, humillados por la vida misma, ignorados y despreciados por la sociedad. Son, en primer lugar, los socio-económicamente pobres, es decir, carecen de las necesidades fundamentales para todo ser humano: la vida, la fraternidad y el sustento.

• En segundo lugar, encontramos también la pobreza socio-cultural, que hace que la vida sea un verdadero suplicio. Existen la opresión y discriminación racial, étnica y sexual. Muy frecuentemente, por el mero hecho de tener la piel oscura, ser indígena, anciano o mujer, la dificultad de la vida se agrava. Hay algunos que viven pobreza socio-económica y socio-cultural, por lo que, son doblemente pobres.

• En tercer lugar, pobres son los empobrecidos por otros. No es mera carencia, no es mera dificultad de alcanzar lo necesario para la vida, es la dificultad de vivir causada por otros, la ignominia ocasionada por el egoísmo y ambición. Explotación, sueldos precarios no acordes al trabajo que se realiza, abusos, fraudes, despojos, son afrentas a la dignidad humana. Estructuras, mentalidades y sistemas que propician que los pobres sean mayorías.

Pobreza, en términos concretos entonces, se evidencia en: niños golpeados con la dura realidad de ser pobres antes de nacer, jóvenes frustrados en zonas rurales y suburbanas faltos de oportunidades, indígenas que viven en situaciones inhumanas, ancianos abandonados, campesinos sin tierra y sometidos a la explotación, obreros mal retribuidos, privados de sus derechos, marginados y hacinados urbanos frente a la ostentación de la riqueza, personas que han crecido en entornos de violencia y adicciones, o en ámbitos cuya idiosincrasia está permeada de abusos, desesperanza, desaliento, muerte.

Los pobres como destinatarios de la misión, entonces no son aquellos seres humanos: limitados, carentes y necesitados sin más. La pobreza respecto a la cual aquí hablamos es aquella que va en contra del proyecto de Dios cuya prioridad es la vida abundante para la humanidad en todos los ámbitos.

Dios, está con los pobres

En el Pentateuco encontramos muchas referencias a este interés de Dios por los pobres. El libro de Éxodo lo resume así: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa» (Éxodo 3:7).

En los profetas, Dios llama «mi» pueblo a los oprimidos dentro de Israel. En los Salmos se dice: «Padre de huérfanos y viudas es Dios» (Salmo 68:5). Oseas dice: «En ti el huérfano encuentra compasión» (14:3). Dios es el redentor, el «Go’el» de Israel porque defiende al pobre.

Leonardo Boff afirma que: «Dios no sólo tiene interés en los pobres, sino que a través de ellos se muestra como Dios. El interés de Dios por los pobres se concretiza en el amor hacia ellos, en la justicia a favor del oprimido y en la ternura que se afecta por el sufrimiento causado a lo débil, pequeño e indefenso»3.

Cristo, está con los pobres.

En los Evangelios, Jesús anuncia la buena noticia del Reino de Dios a los pobres. Así lo afirma en las bienaventuranzas (Lucas 6), en el discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret; y así lo defiende en las parábolas contra sus detractores.

Los pobres, no sólo entendidos como aquellos que tenían privación económica exclusivamente, sino todos aquellos privados de la dignidad humana: enfermos, pecadores, personas marginadas, relegadas, excluidas; las consideradas no-personas por su sociedad.

El interés por los pobres por parte de Jesús está en el comienzo de su ministerio: su misión consiste en anunciar la buena noticia del Reino de Dios a los pobres (Lucas 4:18-19). En Mateo, casi al final de su vida, pronuncia un discurso sobre la prioridad de los pobres en la Misión. Veamos la siguiente parábola contenida en dicho discurso:

Amar a los pobres: la parábola del Juicio a las Naciones

Esta parábola es una de las más relevantes del evangelio de Mateo (25:31-46). Lo es, pues resume de forma práctica e ilustrativa las enseñanzas de Jesús, el deseo de Dios. Trata del día final de la historia, de la palabra definitiva de Dios en ese final, que considerará lo más sencillo, lo más elemental, lo más pequeño, como primordial. El juicio será la confirmación de la vivencia del evangelio desde la fe, la esperanza y el amor.

La parábola presenta una síntesis de la auto-revelación de Dios en Jesucristo, en la historia: Dios en los pobres, Jesús identificado para siempre con ellos, presente en sus sufrimientos; pero, a veces, imperceptible para quien se ha distraído, escondido. En ese sentido, la iglesia es llamada a ir a donde Dios se esconde, al pobre.

El texto, aborda cuatro ideas teológicas esenciales que resumen lo que implica el Evangelio y el Reino de Dios:

1. La fraternidad como el sentido de la vida humana. La revelación de Dios nos muestra que fuimos creados por Él, entre otros propósitos, para ser hermanos. Por eso, la parábola manifiesta que sobre esa verdad se emitirá el juicio: la vivencia del amor hacia el otro, reconocido como hermano. No se puede ser ajeno a lo que sufre el otro, diciendo, es su problema. Eso no es evangelio. Por eso, en la parábola se presenta la siguiente idea: el dolor del otro, es dolor de su hermano. La carencia del otro, es carencia del hermano.

2. El amor, como acciones concretas y cotidianas, como forma de vida; sobre todo, hacia personas que enfrentan sufrimiento, carencia y privación de vida. El texto plantea que se juzgará si se amó o no al prójimo. Este amor, no es presentado en la parábola como una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Se presenta la vivencia del amor en actos concretos: «dar de comer», «vestir», «visitar en la cárcel», «cubrir al desnudo». Amor o desamor hacia el otro necesitado, pobre, desprotegido, vulnerable, será la valoración en el juicio.

3. El otro, el hermano, presentado como quien que no cuenta con lo elemental para vivir, el pobre. Lo elemental para vivir, no se reduce a casa, alimento, vestido y comida; si bien lo implica, pero no lo es todo. Se puede tener incluso, pero de forma precaria, por debajo de lo humano, digno y elemental. Por eso la necesidad del otro no se reduce a la carencia de lo material. Involucra todas aquellas condiciones concretas, emocionales, biológicas, sociales, espirituales, intelectuales, materiales, que el otro requiere para una vida humana digna. El hermano, desde su integralidad, será ayudado. Esa es la demanda.

4. El amor a Dios evidenciado en amor al otro. La parábola no hace referencia respecto a que el juicio constatará la manera o compromiso con que se haya amado a Dios, lo que se haya realizado por Él. Es muy fuerte el texto. Comunica que lo relevante de la vivencia del Evangelio, desde el deseo de Dios, es lo que se haya realizado a favor del otro, del hermano. Juan, el apóstol, lo diría así: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4:19-21, RV60).

¿Cuál es nuestra Misión como Iglesia si tenemos a los pobres como destinatarios?

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí» (Mateo 25:35-36, RV60).

Este llamado al amor, si bien implica la dimensión individual, también abarca la colectiva. Nuestro prójimo no es sólo el hombre o la mujer individuales. Por su puesto que lo son, y requieren ayuda. El texto nos mueve a eso. Sin embargo, también es importante ver al ser humano en la colectividad. Las mayorías, los explotados, marginados, desprotegidos, oprimidos, son ese otro donde Jesús se esconde, Él está con ellos, por lo que, su Cuerpo, la Iglesia, es llamada a permanecer con ellos. Tenemos el desafío de enfocar nuestra reflexión, predicación y acción en, además de ayudar a los pobres, transformar las mentalidades y estructuras que hacen posible la desigualdad, el abuso y la pobreza.

Hambre y comida, sed y bebida

Dar de comer, por ejemplo, en palabras de Jon Sobrino: «es posibilitar que los pueblos coman y para esto es necesaria no sólo la beneficencia, sino, además de ella, la transformación de las estructuras económicas que impiden que hoy todos puedan comer. Y así podíamos decir de todos los actos de servicio por los que Dios juzgará a seres humanos según la parábola. Si a Dios le encontramos en nuestro hermano, el lugar privilegiado para ese encuentro es el hermano empobrecido y despojado de su misma condición humana por la ambición de otras personas. Al final de la historia, Jesús, el pobre, nos juzgará en nombre de todos los pobres. El sentido último de la historia pasa por ellos»4.

“Fui forastero, y me recogisteis”

Dada la crisis migratoria que ha golpeado a nuestro país en tiempos recientes, es ineludible rescatar este aspecto tan importante de la Misión. Hoy, los migrantes, que viajan al país del norte en busca de una mejor vida, son esos forasteros sin hogar. En otras palabras, pobres. Muchos de ellos sufren maltrato y discriminación. Son objeto de enojo, hostilidad y vejaciones en razón de que supuestamente están invadiendo otro país al que no pertenecen.

La migración no se debe criminalizar. Pues no es un delito buscar una mejor calidad de vida, en razón de que los países de origen no la ofrecen. Existen innumerables testimonios de migrantes con un gran amor a sus familias que, sin embargo, tiene que separarse de ellas para buscar mejores condiciones de vida, en razón de la delincuencia o falta de oportunidades por largo tiempo en sus lugares de origen. Hoy, la iglesia está llamada a ayudar a los migrantes como parte de su Misión.

Desnudez

La desnudez representa el grado de carencia que vive la persona. Evidencia que quien se encuentra así no tiene lo básico, lo esencial para vivir. Refiere a una desprotección, fragilidad y exposición de quien la sufre, de manera extrema. A menudo, es provocada por egoísmos, condiciones laborales injustas, contextos de violencia y adicciones. La iglesia es llamada a cubrir la desnudez de quien no tiene nada. A luchar para transformar las estructuras y mentalidades que la provocan.

Enfermedad

Las estructuras insanas de la sociedad propician personas enfermas. No solo es la falta de cuidado propio del enfermo, es la sociedad consumista, hedonista, que trae enfermedad, además de la falta de oportunidades para la oportuna y adecuada atención. No siempre se tienen las condiciones para la atención médica necesaria o urgente, lo que ocasiona que las enfermedades se vayan agudizando.

No todos tienen el acceso a la salud. Un buen sector de la población en nuestro país, no cuenta con un servicio médico formal. Por otro lado, la misma pobreza, ocasiona que la persona no cuente con los elementos para nutrir su cuerpo, propiciando con esto enfermedades. Como iglesia, tenemos la responsabilidad de hacer misión hacia todos los que enfrentan la pérdida de la salud o que no tienen los recursos para propiciarla.

Cárcel

Los reclusorios están repletos de personas con trágicas historias de vida. Si bien, a veces hay inocentes, también están los que tienen experiencias de haber causado mucho daño a otros. Ellos, en su mayoría, también enfrentaron sufrimiento en los entornos donde crecieron. Violencia, abusos, adicciones, delincuencia, son ámbitos en los que se desarrollaron. Lamentablemente, esta pobreza, causa mucho sufrimiento. Dios ha dado el compromiso a la iglesia de ayudar integralmente a quienes se encontrasen recluidos.

Finalmente, pedir hoy al Señor como Iglesia el pan nuestro de cada día, sabiendo que los pobres no lo tienen, toma un sentido distinto. El siguiente poema así lo describe:

«Si llegaras a vernos pordioseros y arrastrando nuestra alma por la vía, entre espinos y cardos traicioneros: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si la ausencia de amor nos ha segado, dejando de ver al prójimo necesitado, lo hemos abandonado sin ayuda, aun estando nuestro lado: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si escondido frente a nosotros has estado, en un mendigo, en un anciano, en un hombre frágil y necesitado, para compartirle te pedimos: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si vivimos ajenos a tus dones e ignoramos tu gracia todavía, nunca, nunca Señor, nos abandones, para que el agradecimiento y la alegría inunden nuestros corazones: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si las penas llegaran a inquietarnos hasta el punto del llanto y con la impía desazón de la angustia y a postrarnos: danos hoy nuestro pan de cada día».

Heriberto Bravo

Referencias

1 “10 millones más de pobres en México: La mitad del país está marginado” | Daniel Jauregui | terceravía.mx | 16 de junio de 2020

2 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta; Madrid:2007.

3 Leonardo Boff, “Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres”, Editorial Trotta: Madrid: 2013.

4 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta, Madrid: 2007.

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Liderar en tiempos de crisis

Liderar en tiempos de crisis

Min. Moises Román López

Hay condiciones emocionales que estamos viviendo que no habíamos vivido antes; estamos experimentando la fragilidad de la vida como pocas veces nuestra generación la había experimentado; nuestra capacidad de dirigir tampoco se había visto tan violentada para seguir. Constantemente pensamos y creamos nuevas formas para ir saliendo y parece que esta pandemia se burla de nuestras capacidades, nos hace retroceder una vez más.

¿Qué nos aporta la Escritura a cerca de los hombres a los que Dios les dio una misión? En tiempos difíciles…

Un buen líder discierne y percibe los signos del momento. Tiene un sentido de responsabilidad. “…cuando Mardoqueo se enteró de lo ocurrido” (Ester 4:1), que la vida de un pueblo entero estaba en peligro de exterminio, inicia una serie de gestos (lutos, lamentos, sufrimiento) que para el momento representaban desesperación. Lo menos que un líder puede hacer en momentos de crisis es ignorar la realidad o esperar pasivamente a que el curso del momento siga su marcha y ver su desenlace. Ante la inesperada realidad de la pandemia, muchos hemos quedado paralizados, atados, los cambios exigen de nosotros nuevos caminos. Por ello, buscar a Dios y su voluntad es parte del discernimiento. Hacer las preguntas correctas, cuestionamientos que antes no se habían hecho. ¿Qué hacer con el ministerio que teníamos? ¿Qué hacer con la vida del mundo que teníamos? ¿Cómo hacer el ministerio hoy con los jóvenes que me han encargado, hoy con las limitaciones y desafíos que tengo? ¿Qué hacer ante la ausencia de los jóvenes que ya no podemos ver ni en Zoom? ¿Cómo será la nueva normalidad con los jóvenes?

Un buen líder recuerda el sentido de su llamado. Una pregunta imponente en tiempos de crisis, es: ¿Para qué me ha puesto Dios dónde estoy? ¿Qué sentido tiene tu llamado en este justo momento? Aquí se define todo, si estamos conscientes y afinamos nuestra vocación de servicio a favor de la vida y nos cuestionamos por las motivaciones más profundas que nos movilizan. ¿Para qué había llegado Ester al palacio real? Es justamente lo que Mardoqueo cuestiona de la Reina. ¿No será que has llegado a ser reina para mediar en una situación como esta? Una situación parecida es el llamamiento de Moisés quien huye a Madian y organiza su vida hasta que Dios lo vuelve a llamar; quizá le pudo haber dicho: «¿Para eso te saqué del río?». Que si bien en forma más estricta, cada vez que se nombra a Moisés se recuerda esa misión: «Sacado para sacar». Es la misma pregunta que nos confronta hoy. Ningún líder está preparado para lo que actualmente vivimos, es humildad reconocerlo. Pero no exime nuestra responsabilidad, el Señor nos ha puesto al frente para infundir esperanza, dirección y recordar, ante todo, que la providencia de Dios sigue presente. ¿En qué posición estás que pueda aportar a los jóvenes continuar su fe y su vida social?

Un buen líder persiste no claudica. Puede ser justificable el miedo y los deseos de abandonar el cargo, mayormente ante la crisis existencial que estamos viviendo. ¿Cómo seguiremos siendo FJC? ¿Cuándo regresamos a nuestras actividades sociales, educativas y laborales? Cuando Ester fue informada a detalle de la situación de exterminio a la que estaba destinada su descendencia, tuvo miedo de interceder frente al rey: “Todos los servidores del rey y los habitantes de las provincias de su reino saben que existe una ley que condena a muerte a todos los hombres y mujeres que entren en el patio interior sin haber sido llamados por el rey, a no ser que el rey extienda su cetro de oro hacia esa persona y le salve la vida. En cuanto a mí, hace ya treinta días que no he sido reclamada por el rey” (Ester 4:11).

Y justamente ante un desafío así actúan los principios éticos y morales ¿Y si me presento y pierdo la vida? ¿Y si no voy y mi pueblo perece? Recuerda que en todas las épocas el liderazgo debe salir adelante para hacer frente a las necesidades del momento.

No vayas solo, busca y considera las habilidades de los demás. La situación nos obliga a innovar, pero no sólo eso, pensar y actuar en conjunto: “Y Ester respondió a Mardoqueo: — Reúne a todos los judíos de Susa y ayunen por mí, sin comer ni beber durante tres días con sus noches. Mis doncellas y yo ayunaremos igualmente y luego me presentaré ante el rey, aunque sea en contra de la ley; y si por ello tengo que morir, moriré” (vv. 15-16).

Orar y ayunar por supuesto que es sumamente importante, porque la mayoría de las respuestas y las soluciones surgen de la plática e intimidad con Dios. Sin embargo, es importante aportar también de las habilidades con que se cuenta, y es momento de convocar a todos los jóvenes con oficios, profesiones (médicos, psicólogos, pedagogos, diseñadores gráficos, fotógrafos, márquetin digital), dones y ministerios. Reflexiona con ellos con la siguiente pregunta: ¿No será que Dios te ha puesto donde estás para mediar en una situación como ésta? Plantearse la pregunta que se hacían los líderes y el pueblo en el Antiguo Testamento. ¿Qué me está diciendo Dios con esta situación y qué espera de mí?

Recordemos que Dios nos ha llamado para dar sentido de vida y esperanza en tiempos donde la fragilidad de la vida y lo incierto de esta nueva normalidad nos dejan sin fuerzas y sin ideas. ¡Anunciemos que Dios sigue presente! Sea el líder que inspire y motive a los demás a mirar el futuro con optimismo pese a la situación en la que nos encontramos, recordándoles desde la fe que las promesas de bendición del Dios de la vida siguen vigentes para todos los tiempos.

Fuentes de consulta:

https://conferenciaepiscopal.es/accion-de-la-iglesia-frente-al-coronavirus-2/

https://www.diocesisdeavila.com/2020/03/30/la-iglesia-abre-sus-puertas-en-internet/

https://www.elblogdebernabe.com/2020/06/iglesias-evangelicas-y-el-coronavirus.html

La Palabra, (versión hispanoamericana) (BLHP) © 2010 Texto y Edición, Sociedad Bíblica de España

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La amistad que salva

La amistad que salva

Min. Israel Delgado Sánchez

“En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”

Vivimos en un mundo donde la amistad es definida en función de la cantidad de amigos y seguidores en los sitios de redes sociales. Interactuamos con otras personas publicando fotos de las vacaciones, de los lugares que visitamos y actualizaciones sobre los logros propios, o de nuestros hijos y cónyuges; compartiendo videos graciosos o de otro tipo en concordancia con algunos de nuestros intereses. Pero si bien estas cosas pueden ayudarnos a mantenernos conectados en algún nivel, difícilmente son los componentes básicos de una relación cercana que resulten nutricios.

De muchas formas, nuestro estilo de vida moderno va en sentido contrario de la amistad. Casi todo el mundo está sobrecargado, sobrecargado y sobrecargado. Entre el trabajo, las clases, las tareas del hogar y los compromisos familiares, no queda mucho tiempo para desarrollar o cultivar amistades. Una pequeña charla con compañeros de trabajo o mensajes de texto para decir «hola» puede ser todo lo que logremos realizar en el día.

Sin duda, incluso las interacciones breves pueden ser bendición en nuestro día. Sin embargo, Dios nos creó para propiciar algo más que lazos sociales superficiales. Necesitamos amistades verdaderas. Amistades conforme a los principios y actitudes sugeridos en la palabra de Dios.

Este es el tipo de compañerismo que Salomón describe en Eclesiastés 4:9, 11-12. Donde escribió: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo.… De nuevo, También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán…”.

En la Biblia encontramos una muy amplia variedad de referencias a la amistad. Y la riqueza de los textos que nos la presentan reside en que proporcionan una gama de aristas tal, que ponderan muchos de los atributos de la amistad como don, pero también como ámbito de lo humano, acaso a veces problemático, pero al final don de gracia del Creador para ser bendecidos con el que nos otorga su amistad.

Desde el Antiguo hasta el Nuevo Testamento, la Biblia está llena de historias y consejos sobre el tema. Se nos dice que los amigos aman en todo momento (Proverbios 17:17), que, a pesar de que nos hieren, es una evidencia del afecto verdadero (Proverbios 27:6), algunos pueden ser perturbadores, pero otros aún más fieles que la misma familia (Proverbios 18:24), proveen un refinamiento y crecimiento mutuos (Proverbios 27:17), pueden compartir su sabiduría (Proverbios 13:20), e incluso pueden sacrificarse por nosotros (Juan 15:13).

En las recomendaciones prácticas sobre la Iglesia, en el Nuevo Testamento, hay también algunos consejos sobre la amistad. Pablo exhortó a los creyentes, y esto puede aplicarse a los amigos en la fe, a ser compasivos, amables, humildes, mansos, pacientes, perdonadores, a tener paz unos con otros, ser amorosos y agradecidos (Colosenses 3: 13-15). Los amigos también se enseñan unos a otros y adoran a Dios juntos (Colosenses 3:16).

Los verdaderos amigos permanecen a nuestro lado no solo para tener diversión, sino también para apoyarnos (Hebreos 10:24-25) y animarnos (1 Tesalonisenses 5:11) mientras corremos la carrera que Dios nos ha puesto por delante. Puede haber un compromiso compartido con la forma de vida de Dios y el deseo de agradarlo y glorificarlo por la forma en que vivimos nuestras vidas. Esa es la esencia del compañerismo bíblico1.

Muy a menudo, nuestra inclinación natural es mantenernos alejados de las personas que enfrentan circunstancias difíciles. ¿Por qué? «A veces tenemos miedo de entrar en el dolor de los demás porque sabemos que es posible que digamos algo incorrecto o que no tengamos las respuestas correctas. Pero, sobre todo, creo, tenemos miedo de la carga», escribe Christine Hoover en Messy Beautiful Friendship (2017)2. Ella llama a la adversidad la «prueba de fuego de la amistad» porque nos pide que «entremos voluntariamente en el dolor de otra persona».

Es como un hermano en tiempo de angustia (Proverbios 17:17). Los verdaderos amigos están dispuestos a soportar la incomodidad para poder apoyarse mutuamente cuando sea necesario. Esto podría significar ser un buen oyente de alguien que necesita hablar, orar o ayunar sobre la situación de otra persona, enviar notas de aliento, brindar ayuda práctica como proporcionar comida o dinero, o simplemente sentarse en silencio con un amigo herido que quizás no quiera hablar, pero aun así no quiera estar solo. Cuando mostramos este tipo de apoyo, no podemos evitar sentirnos más unidos los unos con los otros.

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). Compartir el dolor de otra persona no es algo que la gente quiera hacer normalmente, pero la primera mitad de este versículo puede ser igualmente antinatural. Muchas veces en nuestro mundo de competencia feroz, las personas se encuentran compitiendo incluso con sus amigos, hundiéndose en la envidia si un compañero los supera. Esto es desafortunado y se da aún entre el ministerio cristiano. En marcado contraste, los amigos amorosos se regocijan en los logros, éxitos y bendiciones de los demás. Cada uno quiere que al otro le vaya bien, incluso si eso significa ser eclipsado por él o ella. Los amigos amorosos encuentran la verdadera felicidad en la felicidad del otro, siempre animando al otro para que lo haga lo mejor que pueda.

“Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero” (Malaquías 3:16). Los amigos piadosos participan en conversaciones significativas para aclarar y profundizar su comprensión de la Palabra de Dios. No es que todo lo que se diga tenga que ser profundo o complejo. Pero con una verdadera amistad fundada en principios bíblicos, nunca parece incómodo hablar sobre los propósitos de Dios y lo que está haciendo en la vida de cada uno.

“Mejor es reprensión manifiesta, que amor oculto” (Proverbios 27:5). Los amigos de fe nos dirán si estamos cometiendo un error grave en nuestras vidas, incluso si nos duele un poco. Todos tenemos puntos ciegos y, a veces, necesitamos otro par de ojos espirituales para ayudarnos a mantenernos en el camino correcto. ¿Debemos señalar cada pequeño defecto o idiosincrasia de nuestros amigos? No, claro que no. Por lo general, nuestros amigos cercanos están dispuestos a pasar por alto nuestros defectos, y eso es algo por lo que podemos estar agradecidos. Sin embargo, cuando lo que estamos haciendo tiene un impacto negativo en nuestra vida espiritual o en las personas que amamos, el asunto es diferente. Los verdaderos amigos se enfrentarán a nosotros y nos instarán a cambiar de dirección.

El ejemplo supremo de amistad es el de Jesús. Él es el máximo ejemplo de amor incondicional pues, “no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45). Él voluntariamente entregó su vida en beneficio de la humanidad que no era digna de su amor y conmiseración. Si queremos tener amistades bíblicas, debemos hacer lo mismo. Debemos amar a los demás con abnegación, lo merezcamos o no y sin esperar nada a cambio.

Juan 15:12-15 dice: “Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. A la luz del ejemplo de Jesús podemos extraer algunas enseñanzas inmediatas. Los amigos tienen ideas afines (el amor). Se aman con amor sacrificado, como don de sí mismos. Comparten el uno con el otro desde lo profundo del corazón. Los amigos se conocen bien y promueven el bienestar de los demás.

Nosotros tenemos la bendición de haber sido adoptados en la familia de Dios “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Romanos 8:17) y de haber sido hechos amigos de Jesús. A cambio, estamos llamados a ser buenos amigos unos de otros conforme a los principios de la amistad que nos legó Jesús, primordialmente en su vida, pero también en el resto de su revelación escrita.

Según la Biblia, la verdadera amistad se caracteriza por el amor. Los Proverbios, el ejemplo de David y Jonatán, las instrucciones a la Iglesia y, en última instancia, el ejemplo de Jesús representa la verdadera amistad. Un verdadero amigo ama, da consejos sabios, permanece leal en toda circunstancia, perdona y promueve el bienestar del otro. Llora y se goza porque todo ello lo considera un don de gracia del creador.

Referencias

1 Becky Sweat, Six Characteristics of Biblical Friendship, September/October 2018, Discern Magazine.

2 Christine Hoover, Messy Beautiful Friendship: Finding and Nurturing Deep and Lasting Relationships. Baker books, Gran Rapids, Michigan, 2017.

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Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Identidad y compromiso: un credo que prevalece

Min. Ausencio Arroyo García

De un modo en que sólo corresponde a Dios realizarlo, Él ha preservado a su pueblo en medio de las cambiantes condiciones sociales y religiosas, a lo largo de la historia. Es nuestra comprensión que, en sus propósitos, Dios permitió que se conformara la Iglesia que llevaría su nombre, como identidad y reconocimiento a su Gloria. Como denominación organizada, la iglesia emergió a mediados del 1800, con una enseñanza fresca basada en la Palabra revelada, confiando en el Espíritu y mostrando disciplina en el estudio piadoso con la convicción de obediencia radical al Señor de todos los tiempos.

La iglesia en México ha recibido y mantenido esta preciosa doctrina que ha sido, es y será luz a los corazones anhelantes de verdad y rectitud. Por cien años, nuestros pasos han transitado el sendero de fe, siguiendo las huellas que nos han dejado las generaciones de hermanos y hermanas que supieron mantenerse fieles. No ha sido fácil este tránsito, hoy más que nunca nos sentimos impulsados de un espíritu de amor a las verdades divinas y con celo y temor cristiano nos acercamos al texto de las Sagradas Escrituras para que sigan siendo ellas la lámpara que guía el camino para su pueblo. En este artículo destacamos algunos de los temas centrales que caracterizan nuestra forma de fe, nos limitamos a citar lo que cabe en estas páginas:

La Autoridad de las Escrituras

Creemos que la Biblia es el conjunto de escritos a través de los cuales Dios se revela a las criaturas y reconocemos que ésta constituye la norma en el ámbito de fe y doctrina. Su fin esencial es comunicar auténticamente el mensaje divino. Este libro es el único que cumple el requisito como tal, ningún otro documento, ni pasado ni reciente puede reclamar el derecho de revelación infalible; por lo cual, conforma un canon (regla o norma) cerrado, nadie debe agregar ni quitar a sus palabras. Gracias al canon tenemos hoy una revelación de Dios completa: no le falta ninguno y suficiente: no necesita de otro (2 Timoteo 3:16). El esfuerzo del lector consiste en interpretar estas palabras con el propósito de obedecerlas, no se trata sólo de repetir literalmente las frases sino comprender su sentido para realizar lo que Dios espera que se cumpla. Creemos en el principio regulativo de la adoración: la iglesia debe hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que haga, rechazamos cualquier celebración litúrgica que no sea explícitamente mencionada en el texto bíblico.

Dios es soberano

El Dios que se revela en la Biblia es soberano sobre toda la creación. Es “Dios todopoderoso” y es único digno de adoración y culto. Como Dios todopoderoso no ejerce un poder arbitrario y caótico. Él es trascendente, es inaccesible en un sentido, Él está envuelto en misterio y, por consiguiente, debemos acercarnos en temor y reverencia, no es manipulable por las intenciones humanas. Además es un Dios de santidad. Su Santidad significa intolerancia del pecado, mas, no un rechazo absoluto del pecador ya que al mismo tiempo Dios es amor. Él es cercano, es inmanente, se hizo presente en la persona de Jesucristo y por medio del Espíritu mora en nosotros. Sin embargo; aunque habita en nosotros, nunca se vuelve parte de nosotros y es accesible en cuanto él se hace accesible. Su modo de relación es ser responsable en un amor que se entrega, sus juicios son fieles a su voluntad y modo de ser. Creemos que Dios se identifica con el padecimiento y tribulaciones de su pueblo, pero no está atado a las leyes y la lógica humana, contesta a cada una de nuestras peticiones hechas en el nombre de Jesucristo, pero lo hace a su manera y cuando lo cree preciso.

La naturaleza pecaminosa del ser humano

Dios creó al ser humano con justicia y santidad, teniendo la ley en su corazón y con la potestad para cumplirla; pero también, con la posibilidad de transgresión, dejando a su libre albedrío la elección de sus actos (Génesis 2:16-17). El Creador hizo al ser humano a su imagen y semejanza, esto implica que le dio de su carácter. Le dio una mente apta para deliberar y analizar lo pertinente. Lo que hallamos en el principio, antes de la caída, es la buena creación de Dios, lo original es la bondad, nos fue puesta como la marca de su creación (Génesis 1:27,31). Pero, el ser humano eligió lo prohibido y su desobediencia produjo el dolor, la frustración y la muerte. Desde la primera pareja se hizo presente la inclinación al pecado. La inclinación al pecado se transmite en la descendencia humana, pero creemos que somos culpables de nuestros pecados cuando alcanzamos conciencia moral. Según el Salmo 51:5; todos heredamos una imagen moral y la condición de mortalidad. El pecado afecta la totalidad del ser, implica que incluso nuestra bondad está corrompida por el pecado, no hay dimensión que no esté libre de la impureza: la razón, la voluntad o el sentimiento (Salmo 51:5). Nacemos en un mundo pecaminoso, somos pecadores y propensos a pecar. Todo lo que el ser humano hace, aun sus obras de bondad, es imperfecto ante Dios. Dios exige de perfección moral para preservarnos delante de Él. Al fracasar, la humanidad necesitó de medios para la justificación, los medios humanos siempre fallan, pero Dios, en su bondad, propició la restauración de la relación rota.

La necesidad de un Salvador

El ser humano no puede alcanzar por sí mismo la justificación por el pecado, necesita de un medio que restablezca su relación con Dios. Dios mismo nos dio el medio para expiar los pecados. La naturaleza de Dios consiste en un amor santo. Por santidad entendemos la perfección de su carácter moral, el cual es un atributo propio y en cuanto al amor diremos que es la característica por medio de la cual Dios se comunica a sí mismo y establece una comunión con los santos o con quienes son capaces de serlo. En otras palabras, debido a su naturaleza, Dios no podía tener comunión con seres pecadores; sin embargo, por causa de su amor se mantenía anhelante por sus criaturas. En su santidad, Dios no puede permitir que el pecador se le acerque, pero al mismo tiempo, su amor lo atrae hacia Él. La salvación es iniciativa y realización de Dios, sólo el amor santo diseñó el plan (1 Juan 4:10), no es inventiva ni realización humana. El sacrificio de Cristo satisface la naturaleza de la santidad y el amor de Dios. Esta intervención de Dios, en la Biblia es definida como expiación.

La expiación se basa en la necesidad de Dios de gobernar su creación. Dios como el ser moral perfecto se caracteriza por los principios absolutos y esenciales de lo verdadero, lo recto, lo perfecto y lo bueno, estos deben preservarse intactos. Cuando Dios creó a la raza humana la dotó de racionalidad y voluntad, la ley moral le fue dada como un imperativo, por ello el gobierno moral es una necesidad divina. Como soberano moral de la creación, Dios no puede desentenderse de las sanciones a las leyes eternas e inmutables, porque se requieren para hacer posible la existencia. Si se invalidaran las sanciones acarrearía varias consecuencias: se resquebrajaría la distinción entre lo bueno y lo malo, se daría licencia al pecado y se introduciría el caos en un mundo de orden y belleza. Como Dios no puede dejar de lado esto, entonces o aplica la justicia retributiva sobre el pecador o mantiene la justicia pública proveyendo un sustituto. Al final, es nuestra decisión cómo enfrentamos a Dios, en nuestro esfuerzo humano de pretender hacer lo bueno o aceptando a Cristo como propiciación por nuestros pecados. El concepto de la expiación como necesidad del gobierno moral divino le da prominencia al sacrificio de Cristo como sustituto del castigo. También, la expiación es el medio por el cual el amor divino apela al corazón humano, tratando de persuadirnos de volver a casa. Además, el amor es tanto la exigencia de Dios a dejar el pecado como el poder transformador que actúa en quien escucha su llamado (1 Juan 4:16-18). La cruz de Cristo es la más grande expresión del amor de Dios, pero también representa la culminación de la rebelión del ser humano. Quien se ubica en la actitud de rebelión sentirán el peso de la condenación y quien la vea como la gracia de Dios hallará la propiciación para sus pecados.

La exigencia de una vida santa

Creemos que la santidad es el reajuste de toda nuestra naturaleza en la que los apetitos de la carne y los pensamientos son sometidos a Cristo en una mente renovada. Es una exigencia que proviene de la misma naturaleza de Dios con quien se tiene comunión por la fe. Si hemos nacido de nuevo, nuestra tendencia debe ser la santidad (1 Juan 2:29; 3:9-14; 5:4,18). La santidad es resultado de la unión con Cristo, no un mérito humano, porque el que tiene una esperanza viva no se conforma con su condición inicial, sino que se purifica (1 Juan 3:3). La santidad consiste en que Cristo tome dominio del corazón del creyente. Creemos que es una responsabilidad del creyente crecer en la santidad, la cual consiste en ser conformados al carácter de Cristo, pero no será un logro del ser humano. Es una acción de Dios por medio del Espíritu Santo quien suscita y produce la regeneración y la purificación interna y separación del pecado que es lo que debemos entender por santificación del creyente. La santidad en la vida es fruto y evidencia de la misma fe que justifica. Consiste en separarse del pecado para ser de Dios. Este es un proceso de dos tiempos, primero somos vaciados, limpiados del pecado (como condición pecaminosa), posteriormente llenados (recubiertos) de amor.

La realidad bíblica nos enseña que mientras estemos en la carne mortal no podemos llegar a la perfección de Dios, esto será hasta el momento de la glorificación en la resurrección; pero podemos crecer en madurez espiritual, la cual consiste en integridad, en la firme resolución de buscar el bien, fidelidad y amor. La madurez no se ha de confundir con un estado exento de pecado. El pecado está aún presente en la vida del cristiano, pero ya no tiene dominio, ya no reina. Creemos que la santidad personal no nos gana la salvación, pero confirma y atestigua una salvación ya recibida por la fe. Somos justificados sólo por la fe, pero no somos santificados aparte de las obras. La santidad no consiste en aislarse del mundo sino en enfrentarse a la maldad y superarla (1 Juan 5:4).

La resistencia al mundo

Creemos que la iglesia debe mostrar un distanciamiento radical con el mundo, así como la iglesia del Nuevo Testamento se desligó de muchos hábitos e instituciones del mundo en que surgió, sobre todo de los ámbitos de la vida y las costumbres que estaban relacionados con los cultos paganos; en la vida familiar, rechazaban la poligamia y el divorcio, el aborto, el asesinato y el abandono de las criaturas no deseadas. En la vida diaria, se oponían a la glotonería, la gula, las ropas lujosas y otras cosas más, que no eran compatibles con el modelo sencillo que atendía la vida a un mínimo necesario. Los cristianos opusieron un estilo de vida decididamente propio y diferente, que se modificó con las situaciones históricas, variando de acuerdo con las propias costumbres del “mundo particular”, que a su vez está en cambio constante.

Creemos que el propósito de la iglesia ante su mundo consiste en ser la diferencia. La iglesia emergió de la mano de Dios para establecer valores culturales distintos al mundo dominante. Como seguidores de Jesús proclamamos y enseñamos los valores supremos derivados del carácter moral de Dios. La doctrina de Jesús debe impactar positivamente y transformar para bien, las culturas. Por ejemplo: las relaciones de pareja deben ser permanentes, la dignidad del ser humano está más allá del materialismo, el placer a corto plazo conduce al desastre a largo plazo, esto es evidente en la inmoralidad sexual. Creemos que nuestros hábitos deben ser transformados no conformados al mundo.

La vigencia de la ley de Dios

Creemos que Cristo afirmó la ley y declaró su permanencia (Mateo 5:17-18) como revelación de la voluntad divina, que cuando se hace mención de que la ley termina en Cristo (Romanos 10:4), no es la ley como expresión de la voluntad divina, sino la idea de que el hombre podría cumplir las normas divinas y alcanzar la salvación por sus actos de obediencia. Los que creen ser capaces de cumplir la ley permanecen bajo el poder del pecado, por tanto, están bajo condenación, bajo maldición. Cristo nos libera de la ley, no en el sentido de abrogar. Porque ¿Para qué abrogar lo que Él vino a cumplir? Si lo cumplió quiere decir que era moralmente bueno. La expiación de Cristo nos otorga la justificación por medio de la fe, más no elimina la ley moral de Dios, sino que nos habilita a los pecadores para que seamos liberados de la condenación legal a una relación filial, pasamos a ser adoptados como hijos. Somos transformados de lo formal y legal a lo vital y espiritual. Su muerte puso fin a la ley como un medio de justicia. La obediencia a la ley no es el medio para la justificación. Somos justificados por fe en Cristo no por las “buenas obras” (Romanos 5:1). Si la justicia fuera alcanzable por medio de obediencia a los mandamientos, esto es por obras, entonces ya no sería por gracia; y sin embargo, es por gracia que somos salvos (Efesios 2:8). Nuestra fe se afirma en la gracia de Dios.

El sábado es el día del Señor

La observación del sábado pertenece a los diez mandamientos otorgados por Dios y escritos por su dedo en las tablas de la ley, la cual son definidas como piedras del testimonio (Deuteronomio 4:12-13; Éxodo 31:18). Esta ley es justa y contiene el deber para el ser humano (Nehemías 9:13; Salmo 19:7). El autor del sábado es el autor del evangelio de Jesucristo el Hijo de Dios. Él trajo a existencia el mundo, lo hizo en seis días y descansó el séptimo. Él bendijo ese día y lo hizo santo. El mismo Hijo de Dios participó activamente en la creación (Colosenses 1:15-16; Juan 1:1-3, 14). La culminación de la creación fue el sábado: el Señor tomó un día, el séptimo, descansó en él, lo bendijo y lo santificó. No existe ninguna evidencia en los textos bíblicos o históricos de cultos dominicales en los tiempos de los apóstoles. Son más sólidos los postulados de quienes mantenemos el respeto por el séptimo día: en realidad hay una armonía en los dos testamentos con respecto al lugar que Dios ha dado al sábado.

Creemos que la observancia del Sábado debe ser una experiencia de bendición en tanto es la oportunidad para entregar al Señor todas las cargas del alma, es un día de comunión como parte de la familia humana, es tiempo de reposo de toda ansiedad existencial. Es el reposo de las inquietudes de la vida temporal, confiando en el poder y generosidad de Dios.

Nuestro credo

Nuestro credo contiene elementos esenciales que prevalecen a lo largo de generaciones y que constituyen el núcleo fundamental de la fe. Pero también, hay elementos complementarios de la época o la cultura en la que se insertó la fe, y éstas son temporales o parciales. A cada generación nos corresponde decidir sobre la forma de presentar lo esencial y sobre la permanencia o no de lo secundario.

El credo es una directriz en la misión de la Iglesia, nuestra comprensión doctrinal define nuestra práctica pastoral y constituye una forma de vida cotidiana. Expresa el centro de la fe y el reconocimiento de la dignidad humana. Nuestra comprensión sobre Dios, el hombre, Jesucristo, el Espíritu, la Palabra y la misión de la Iglesia marcarán el rumbo de las prácticas. Nuestro ruego a Dios es que nos preserve fieles a su voluntad. Para gloria de su nombre y bendición de todos los creyentes.

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Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Cómo utilizar redes sociales para evangelizar

Min. Ricardo Méndez Carreño

En tiempo de Pandemia los templos están cerrados, pero la iglesia no lo está. Por razón de frenar la propagación del COVID19, se nos ha solicitado «Quedarnos en casa» y la cuarentena quizá se extienda mucho más tiempo de lo previsto, por lo que seguiremos resguardados en casa, pero nuestra fe está viva y activa; como iglesia debemos reinventarnos para poder proclamar desde nuestros hogares el Evangelio del Reino de Dios de forma oportuna y eficaz. El uso de las redes sociales son un medio para establecer y mantener nuestras relaciones de amistad, compañerismo y acompañamiento a distancia con las personas. Dichas relaciones son un vehículo a través del cual el mensaje del Evangelio puede ser difundido.

Piense en esto: Si usted se para en la esquina de la calle y proclama el mensaje, podrían escucharlo algunas personas. Pero la mayoría de la gente lo ignorará porque usted es un desconocido para ellos; sin embargo, esas mismas personas que no le hicieron caso, si reciben el mismo mensaje a través de un amigo o un familiar, alguien en quien confían, el mensaje encontrará una mejor oportunidad de conseguir su atención.

Uno de los beneficios de las redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram WhatsApp, etc., es que son una gran herramienta para construir relaciones. Probablemente usted ha escuchado esto más de una vez, pero quizá usted tiene confusión acerca de si las redes sociales pueden funcionar para el trabajo de la iglesia. En esta crisis que vivimos no lo podemos hacer físicamente de persona a persona, pero estos recursos nos pueden ser de utilidad para poder llegar a ellas. Recuerde, nuestro propósito es alcanzar a la gente con la Buena Noticia del Evangelio, dar palabras de aliento, de consuelo y de esperanza.

¿Cómo podemos usar las redes sociales para compartir el Evangelio?

Al difundir el mensaje de salvación, la mayoría de nuestros contactos pueden ignorarlo. Sin embargo, nuestras publicaciones por esos medios son compartidas, comentadas e incluso son marcadas con un: «me gusta», y más de una de estas publicaciones llegan a tus amigos y familiares a través de ti y tienes una buena oportunidad de conseguir su atención e incluso su interés, porque el mensaje viene de alguien en quien tienen confianza.

Por consiguiente:

  1. Las relaciones que construimos en línea nos ofrecen la oportunidad de compartir el Evangelio de persona a persona, sin ningún esfuerzo adicional de nuestra parte.
  2. Al igual que construimos vínculos de amistad de forma física, así también por redes sociales construimos relaciones en base a la confianza, y cuando ésta existe, las barreras y el escepticismo disminuyen y nuestros contactos están más abiertos a escuchar y ver los mensajes que les enviamos, seguramente estarán dispuestos a iniciar un diálogo con nosotros, dando lugar a preguntas y a otras oportunidades de compartirles mensajes.

De acuerdo a estas dos razones, las redes sociales pueden ser un medio muy efectivo para compartir la Palabra de Dios.

Tres requisitos básicos para compartir:

  1. Publique una imagen que llame la atención de tus contactos (que despierte en ellos la conciencia).
  2. Comparta la ubicación y los detalles de la imagen para lograr captar su interés (eduque a sus contactos).
  3. Provoque un deseo en sus contactos, comparta un enlace relacionado al sitio web de la iglesia (haga un llamado a la acción).

Ejemplos: La imagen debe llevar un mensaje como estos: «Podrás vivir sin Cristo, pero morir sin Él será terrible», «Con Cristo todo, sin Él nada», «Mi vida comenzó cuando conocí a Cristo», «Amor sin condiciones», entre otras. Recuerde que las imágenes deben tener una liga para consultar el tema.

Es importante poner este proyecto en oración antes de iniciar. Debe tener una meta en mente al momento de publicar, también es conveniente conocer la audiencia prevista, establezca una estrategia demográfica (¿quiénes son sus contactos? ¿a cuántas personas va a llegar?), una estrategia espiritual (¿en qué creen nuestros contactos? ¿cuál es su fe?). Si omitimos estos detalles, es posible que tengamos pérdida de tiempo y frustración por malos resultados.

El Poder de los hashtags: El signo numeral “#” es más conocido como «Hashtag», gracias a los sitios de redes sociales como Twitter e Instagram. Los hashtags permiten diferenciar, destacar y agrupar una palabra o tópico específico en estas redes. Ellas ayudan a organizar el contenido, haciendo búsquedas de palabras clave y el seguimiento de los temas específicos de manera más fácil. Algunos ejemplos de hashtags: #sinDiosysinCristo, #mipasionesCristo, #Salvadosporunamirada, #Iglesia7dunaiglesiaquecomparte, etc.

140 caracteres: Los usuarios de Twitter tienen un máximo de 140 caracteres para «twittear» su mensaje. Esta limitación es con el propósito de que cada envío capte la atención de los contactos, estos mensajes deben ser sencillos, fáciles y poderosos para producir una reacción emocional. Solo se necesitan dos o tres segundos para que un usuario de redes sociales decida si el mensaje es digno de su tiempo.

Blogs: Debemos alentar entre los hermanos de la iglesia a incursionar en el mundo de los bloggers, deben ser hermanos que dominen este recurso, deben ser atrevidos y sin miedo para compartir su testimonio y su fe en Cristo Jesús. El blog es una herramienta que sin temor se puede convertir en un anuncio misionero. Es una manera sencilla de provocar una conversación interesante con los demás.

Trabajar con redes sociales implica invertir tiempo y esfuerzo, así que hay que ser pacientes y persistentes para obtener resultados, también se debe ser consciente y realista con las expectativas, estas pueden ser las que no esperamos, sin embargo, hay que seguir adelante sin desmayar, Dios siempre va a estar con nosotros. Cuando empecemos a tener respuestas de los contactos, hay que comprometernos con ellos y atenderlos a todos sin menospreciar a nadie.

Recuerde: Nuestra experiencia de fe no está limitada al templo.

Por favor, recomiende a sus contactos la página de la iglesia: www.iglesia7d.org.mx en YouTube y Facebook se están llevando a cabo, todos los sábados, cultos de edificación como son la Escuela Sabática y Culto Vespertino.

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La grandeza de la iglesia

La grandeza de la iglesia

Min. Israel Delgado Sánchez

Al vivir en un mundo cuya cultura e influencias son herederas de la modernidad, hemos creído que buscar lo grande y la grandeza, es la manera de mostrar a Dios. Pero vale la pena hacernos la siguiente pregunta: ¿Será que la grandeza de Dios se muestra en cosas consideradas pequeñas y hasta insignificantes?

Jesús refirió en diversas ocasiones la importancia de poner nuestra mirada en lo pequeño. Como ejemplos tenemos entre otros: la parábola del sembrador (Mateo 13:1-9) en donde la pequeña semilla que cae en buena tierra, da fruto al ciento, sesenta y treinta por uno; mas adelante encontramos la parábola de la semilla de mostaza (13:31-32) en ella Jesús enfatiza que dicha semilla es la mas pequeña de todas las semillas, pero que cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, tan grande que las aves del cielo hacen nido en sus ramas; también encontramos en el verso 33 del mismo capítulo la parábola de la levadura, en donde Jesús refiere que una minúscula cantidad de dicho elemento es capaz de leudar una gran cantidad de harina (tres medidas de harina son aproximadamente 22 litros). Para algo tan grandioso e importante, que significaba la salvación del mundo como lo era el Evangelio del Reino de Dios; Jesús decide usar ejemplos de cosas muy pequeñas, imperceptibles y a las que normalmente no se les da mucha importancia.

La palabra entonces nos indica que debemos ir de lo mega a lo pequeño. Para conocernos más, necesitamos ver lo que normalmente no nos detenemos a observar por considerarlo minúsculo.

Nuestra realidad como iglesia nos dice que hemos sido una iglesia pequeña de pequeñas comunidades, pero por lo visto, el Señor nos ha llevado a vernos aún más pequeños, para mostrarnos definitivamente dónde está nuestra grandeza. Quizá estábamos cómodos y sintiéndonos exitosos en los templos, con la Convocación Nacional en puerta, un evento masivo sin precedentes en la historia de la iglesia.

Sin embargo, el Señor que hizo lo pequeño e imperceptible nos sacó de ahí para llevarnos a casa. Pero ¡cuidado!, no vaya a sucedernos que nos acomodemos en nuestras casas y ahí nos encerremos. El Señor nos está permitiendo estar en casa y ahí hacer vida con nuestras familias con mayor tiempo disponible para poner nuestra mirada en lo pequeño; que no por serlo es denostable, al contrario, para el Señor es y para nosotros debiera ser lo más importante del ser iglesia: nuestra fe personal y familiar.

El capítulo 18 de Mateo aborda grandes temas, que tienen conexión directa con las relaciones más cercanas. Estos temas son enormemente relevantes por que nos dejan en claro que el meollo de la vivencia en el evangelio está en las relaciones cercanas basadas en el amor. Los temas abordados por Jesús según el evangelista son:

1. Humildad y sencillez ante nuestros hermanos: ser como niños (1-5).

2. No escandalizar a los pequeños: no ser tropiezo en ninguna circunstancia (6-9).

3. No demeritar a nadie, incluido el descarriado; antes bien, buscarlo como a oveja perdida (10-14).

4. El proceso de perdón-reconciliación: ponerse de acuerdo como prioridad de la iglesia (15-22).

5. ¡Perdonar, perdonar, perdonar! Nuestra mirada debe estar puesta en Dios, nuestro anhelo debe ser alcanzar la altura de amor que Dios tiene por nosotros, que nos perdona de todo corazón (23-35).

Por lo anterior, quiero compartir, en el amor del Señor, las siguientes pautas que nos indican en dónde está nuestra grandeza:

La grandeza de la iglesia está en la fe de sus integrantes

“Jesús les dijo: De cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20). Para mover montañas se necesita algo tan pequeño como una fe tamaño grano de mostaza. La iglesia de Dios necesita la fe de sus integrantes para subsistir en medio de este tiempo de crisis e incertidumbre, si mantenemos la fe en Dios los montes nos obedecerán. Nada ni nadie puede acaba con una iglesia cuyos miembros tienen una fe pequeña y a la vez grandiosa como un grano de mostaza.

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos” (Hebreos 11:1-2, RV60). ¿Qué puede vencer a una iglesia cuyos miembros tienen fe en lo que aún no llega y en lo que no pueden ver? Absolutamente nada. Al contrario, podemos afirmar como hace el profeta Habacuc:

«Aunque no den higos las higueras, ni den uvas las viñas ni aceitunas los olivos; aunque no haya en nuestros campos nada que cosechar; aunque no tengamos vacas ni ovejas, siempre te alabaré con alegría porque tú eres mi salvador. Dios mío, tú me das nuevas fuerzas; me das la rapidez de un venado, y me pones en lugares altos» (Habacuc 3:17-19, TLA).

La grandeza de la iglesia está en el qué y para qué de su fe y acción en el mundo, no en el cómo

No solo estamos en el mundo para reunirnos en los templos cada sábado –ese ha sido el cómo de muchos por mucho tiempo–. Estamos en el mundo porque somos la iglesia de Dios que fue creada por Él para ser luz y sal de la tierra: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:13-16). Así que hermanos ¿Qué somos? Luz y sal. ¿Para qué estamos? Para alumbrar, romper tinieblas, para dar sabor y preservar la vida. ¿Cómo lo haremos si no podemos reunirnos en los templos? Viviendo y haciendo crecer la fe en nuestro corazón y el de los nuestros, haciendo el bien, dando ayuda al que lo requiera, estando presencial o virtualmente con el que sufre, orando y ayunando.

Dietrich Bonhoeffer, escribió lo siguiente desde una celda nazi en 1944: «La Iglesia es la Iglesia únicamente cuando existe para los demás…. La Iglesia ha de tomar parte en los problemas seculares de la vida cotidiana, no en forma dominante, sino ayudando y sirviendo». Debemos procurar ser “la iglesia para los demás”, pero aún mejor “la iglesia con los demás”.

La grandeza de la iglesia está donde están dos o tres congregados en el nombre de Jesús

La expresión de Jesús en Mateo 18:20, alude a:

1. La importancia de la búsqueda de la restauración del pecador que permita integrarlo plenamente a la iglesia (18:15-17).

2. El uso responsable de la autoridad que da a los que son miembros de la iglesia para permitir o prohibir (18:18) y

3. En la capacidad que tiene ésta de ponerse de acuerdo en lo que pide a Dios (18:19).

Todo esto se da en la expresión más pequeña posible de la iglesia. Jesús insistió en que la iglesia se da, crece y bendice en lo pequeño: doce discípulos, sus amigos de Betania (Marta, María y Lázaro) o dos o tres reunidos en Su nombre. Cuando dos o tres nos juntamos, la iglesia sucede, lo cual nos deja muy en claro algo que escuché hace algún tiempo y es que: a la iglesia no se va, la iglesia es.

La descentralización de la iglesia, la potenciación de las iglesias locales y agrego: de las familias que conforman a la iglesia local, serán determinantes en los años por delante.

La grandeza de la iglesia está en la intimidad de las relaciones más cercanas

Los momentos más difíciles, significativos e íntimos que Jesús vivió, los experimentó con unos cuantos: con sus doce discípulos (Marcos 6:30-32), Él y el Padre (14:23), cuando comparte con sus más cercanos amigos el pan y el vino como símbolo de su entrega total por amor (26:17-29), con tres de sus discípulos en la hora de la angustia en Getsemaní (Mateo 26:37).

El Señor nos ha estado permitiendo en los meses pasados concentrarnos en lo más importante que muchas veces descuidamos porque lo consideramos pequeño: nuestra relación personal con Él y la experiencia de vida en fe con nuestros seres amados más cercanos. En casa, con Dios y con nuestros seres amados: ¡Sigamos haciendo iglesia!

No desaprovechemos esta grandiosa oportunidad de fortalecer nuestra fe: orando, leyendo la Palabra, escuchando la amorosa voz de nuestro Dios. No perdamos este valioso tiempo de compartir la fe y el amor que Dios nos da con nuestra esposa o esposo, con nuestros padres, hijos, hermanos, amigos queridos. ¡Es tiempo de dedicarnos a lo grande de la iglesia! Una iglesia integrada por hermanos llenos de fe, por matrimonios edificados en la Palabra, por familias que viven en el amor de Dios; será grandiosa y fuerte y tendrá todo lo necesario para cumplir con la Misión encomendada por el Señor.

Cuenta una anécdota de un joven que soñó que entraba en un gran negocio. En el mostrador estaba un ángel como dependiente. “¿Qué venden aquí?” le preguntó el joven. “Todo lo que usted desea” contestó el ángel. El joven entonces comenzó a hacer la lista de cosas: “Quiero que terminen las guerras en el mundo, quiero más justicia por los obreros explotados, tolerancia y generosidad hacia los extranjeros, más amor en las familias, trabajo para los desempleados, más unión en la iglesia y que sanen todos los enfermos por el Coronavirus” Pero el ángel lo interrumpió diciendo: “Joven, usted se ha equivocado. Nosotros no vendemos frutos, vendemos solamente semillas”. Dios necesita nuestra colaboración y responsabilidad. No interviene directamente en el mundo sino nos da su ayuda para que nos hagamos siempre más responsables. La manera de que las semillas germinen y den fruto es cultivándolas en el corazón y en nuestras relaciones más cercanas.

La fe nace en el corazón, brota y se desarrolla en la intimidad de la familia, se comparte y da fruto con la iglesia en el mundo.

Conclusión

Lo que ha estado pasando es difícil y triste; pero también puede ser bueno, porque nos hace preguntarnos si a lo que estábamos dando mayor valor, realmente es tan valioso como creíamos, a saber: los templos, los aparatos, la música, los eventos, etc. Un pequeño virus, imperceptible al ojo humano, nos hizo replegarnos y ha impedido realizar grandes reuniones, grandes proyectos. Pero no nos impide ser iglesia, porque si nos congregamos 200, 100, 50 o 2, no hay diferencia: somos iglesia.

Si el Señor nos ha permitido volver a los templos, ¡No volvamos iguales! Volvamos con una fe renovada y fuerte, volvamos con nuestra familia llena de la Palabra y experimentando más plenamente el amor de Dios, volvamos con la visión clara para poner nuestros ojos en la grandeza de la iglesia y no en lo que parece grande, pero que nos ha distraído de lo verdaderamente importante. Volvamos dispuestos a cumplir cabalmente con nuestra razón de ser iglesia, a saber: vivir en la voluntad de Dios, siendo y haciendo lo que Él nos enseñó en Su Evangelio: “No todos los que me dicen: “Señor, Señor”, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros.” Pero entonces les contestaré: “Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!” (Mateo 7:21-23, DHH).

Que esta situación apremiante que estamos viviendo nos haga recordar la promesa de Jesús, ¡Él está con nosotros! Pero que también nos recuerde la Misión que Él puso en nuestras manos de hacer discípulos, bautizarles y enseñarles con palabra y acción lo que nos ha mandado: “Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-20, RV60).

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Cuando pase la noche

Cuando pase la noche

Min. Avelardo Alarcón Pineda

Todo hace parecer que nuestro barco está llegando a tierra firme. Aún no ha pasado la noche pero ya se asoma en el horizonte la luz tenue de un nuevo día. Parece que con el paso de los segundos el frío cala más como si supiera que está llegando su fin y se aferrara con mayor insistencia al cuerpo. Hemos sobrevivido, era impensable que en un lago como este pudiera experimentarse tal embate por la sobrevivencia; sin embargo, apareció Él y aunque no se calmó el viento lo que ocurrió fue todavía más sorpresivo y sorprendente.

Cuando salimos aquella tarde de la otra orilla, cansados de haber corrido, gritado y cargado las cestas de pan y de peces, –después de todo, quién iba a imaginarse que inmediatamente del largo viaje de regreso al que todos fuimos a predicar, tendríamos que dar de comer a cinco mil varones, a las mujeres, los niños y los esclavos que se acercaron–, no sabíamos lo que nos esperaría. Toda la noche estuvimos luchando contra el fuerte viento, ninguno de nosotros había conseguido descansar ni dormir; al contrario, la lucha constante por tratar de robarle unos centímetros al lago contra la fuerza de aquel viento inusitado nos desmoralizaba al tiempo que provocaba la desesperación y la frustración. Fue entonces cuando ocurrió, y fue como si el salmo 139 se escribiera sobre aquel firmamento estrellado:   Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. Cuando escuchamos su voz segura en medio de la noche: tengan ánimo, soy yo, no teman1. Entonces ocurrió lo que menos nos imaginamos, cada uno se prendió del bote hasta con los dientes pues sabíamos que en medio de aquella confusión el lugar más seguro era mantenernos dentro de la barca sujetándonos lo mejor que pudiéramos. Pero Pedro, si, Pedro, no sabemos qué le pasó por la cabeza, pero hizo lo que a ninguno de los demás se nos hubiera ocurrido. Pensábamos que era una locura, a nadie se le viene a la mente que puede caminar sobre el agua, mucho menos en medio de aquella inestabilidad, pero algo marcó la diferencia: si eres Tú manda que yo vaya. Nuestra noche se volvió resplandor cuando los once vimos a Pedro descender de la barca y dar pasos sobre el mar inquieto, fue como si la luz de pleno día dirigiera sus rayos hacia aquella figura endeble que caminaba como cuando un bebé comienza a dar sus primeros pasos. Como si el cielo oscuro fuera un gran lienzo de tela y se rasgara justamente allí para que una luz imponente se fijara sobre ese instante. Pero no había luz de la luna y mucho menos del sol, no hubo alguna luz celeste que se abriera paso entre la cortina, lo que realmente ocurrió es que hubo una iluminación potente en medio de nuestra oscuridad interior. Y de pronto, el cansancio, el sueño, el enojo, el temor, la frustración y la impotencia desaparecieron. Y aunque seguíamos en medio de aquella gresca provocada por el viento y las olas, y nuestra barca seguía siendo sacudida y obligada a retroceder, en nuestro interior hubo regocijo, esperanza, iluminación y paz.

Salimos de aquella noche transformados, después de aquello éramos las mismas personas, pero percibíamos la vida y al mundo de una manera diferente. Esa luz que transformó nuestra oscuridad interior aquella noche siguió iluminando nuestros pasos en adelante.

En la escritura existen varios relatos que tienen en común la epopeya de haber atravesado una noche complicada que resultó transformadora: Jacob en Bet-el y en Peniel, la primera pascua cuando los Israelitas fueron liberados de Egipto, los discípulos ante una tempestad que anegaba su barca o aquella noche cuando vieron a Jesús caminar sobre el agua, cuando Pedro fue llamado por Jesús en la primera pesca milagrosa o cuando fue reencontrado en el Evangelio de Juan2. Cada una de estas historias tienen algo en común: quienes atravesaron por esta noche singular tuvieron la oportunidad de ser encontrados por Dios y ser transformados.

En estas narraciones, la noche se asemeja al capullo en el que se introduce una oruga para sufrir su metamorfosis3; entra en ella siendo gusano y sale transformada en mariposa; el mismo ser pero con diferente forma y diferente manera de asumir la vida. Destaco en itálicas la palabra sufrir porque el cambio, el desarrollo y el crecimiento la mayoría de las veces implica sufrimiento. Crecer duele, dejar lo viejo, lo caduco y lo corrupto atrás para dirigirse hacia algo nuevo, es un proceso doloroso que comienza con la decisión de anhelar lo mejor y estar dispuesto a cubrir el costo de ello.

Hablar sobre lo que ocurrirá “después de la pandemia” indudablemente nos mete en el terreno de la especulación, pero las diversas opiniones se sitúan entre dos posiciones. Algunos hablan de que este será un punto de inflexión; es decir, un parteaguas que marcará y cambiará la historia humana y que será como darle la vuelta a una página para comenzar algo nuevo. Una segunda postura sostiene que esta experiencia será un catalizador, un acelerador que nos llevará a realizar con mayor prisa asuntos que ya venían realizándose o que estaban pendientes. ¿Cómo será la vida después de que la fase crítica de la pandemia haya pasado y volvamos a nuestra “normalidad”? ¿Seguiremos siendo los mismos? ¿Seguiremos realizando las cosas como lo veníamos haciendo? ¿Habrá algún cambio? De ser así, ¿será positivo o negativo? ¿Será para bien o para mal? ¿Será para ser mejores o peores? Estas preguntas y planteamientos son válidos tanto para la sociedad a nivel mundial, a nivel nacional y sobre todo para nuestra iglesia como comunidad de discípulos de Cristo. El tema es muy amplio como para tratar de abordar los macropanoramas, ambientes en los que la iglesia debería tener incidencia pero que dejaremos para otro momento. Por ahora enfoquemos la mirada en nuestra comunidad; nuestra pequeña barquita que se embate entre las olas embravecidas de un mundo convulsionado. ¿Cómo terminaremos esta travesía? ¿Que nos dejará la noche como pendiente para realizar al llegar el día? ¿Qué transformaciones habremos experimentado? ¿Qué iglesia vamos a construir después de la pandemia? ¿Daremos la vuelta a la página y comenzaremos algo nuevo o utilizaremos esta experiencia para darle un impulso renovado y acelerado a los asuntos pendiente que tenemos atrás?

Es muy complicado saber lo que ocurrirá porque en gran medida depende de la respuesta que cada uno dé a esta experiencia, de cómo respondamos y de lo que hagamos durante el confinamiento, de cómo reaccionemos a la contingencia y de qué tan profundo reflexionemos acerca de lo que ocurre. Si en este periodo se produce esta lucha interna de la que tanto nos habla la Escritura y que dibuja mediante los relatos de la noche metamórfica.

Jacob en Betel estaba viviendo una crisis en la que se hallaba solo y completamente desamparado. Huyendo de su hermano para salvar su vida se queda dormido en un lugar en el que tiene que usar una piedra como almohada porque en el escape no lleva consigo más que lo elemental. Allí le aparece el Señor en sueños y le hace saber tres cosas:

1. Que es heredero de las promesas por su gracia.

2. Que cuenta con Su presencia para asegurar que se realicen Sus propósitos.

3. Que aunque ha dejado muchas cosas atrás y su presente no es muy alentador, (Dios) tiene un futuro para él.

Jacob termina transformado por la visión y responde a Dios mediante compromisos que surgen de manera espontánea:

1. Serás mi Dios.

2. Dejaré un testimonio permanente de este encuentro.

3. Entregaré mi diezmo para Ti.

De aquel capullo salió un nuevo ser que dejó atrás al niño que dependía de su mamá para resolverle los problemas y dar lugar al hombre nuevo que ahora dependía de Dios plenamente. El niño que huía dio paso al adulto que piensa en volver para encarar y resolver la situación con su hermano. El inmaduro que luchaba por tener el privilegio de primogénito dio lugar al hombre adulto que cambio de tesoro: de ahora en adelante el Señor será lo más preciado y ocupará un lugar cada vez más primordial en su vida.

Pero la noche de la metamorfosis todavía tiene algo más para Jacob. No ha sido suficiente el primer encuentro, porque aún sigue siendo el hombre suplantador. Jacob debe cambiar de nombre, debe dejar atrás su vieja forma del todo para dar lugar algo cada vez mejor, experiencia que nos recuerda que la vida es proceso.

La noche en Peniel fue distinta. Parece que Jacob sigue valiéndose de tretas para conseguir lo que desea y ha dejado de lado al Señor. Se dirige al encuentro con su hermano, una experiencia por demás sublime: la reconciliación entre los hermanos peleados. Pero Jacob lo tiene todo planeado; sabe que su hermano viene a encontrarlo con 400 hombres. Jacob se llena de temor y aunque el Señor le dice que confíe, que estará con él, aún así diseña una estrategia temeraria que pondría a sus hijos en gran peligro. Así es, Jacob manda por delante un cargamento con regalos y detrás de ellos a los niños y las mujeres, pensando que eso podría sensibilizar a su hermano. Y divide el campamento en dos partes por si acaso su hermano y sus cuatrocientos hombres deciden destruir el primer campamento (en el que va su familia) entonces se salvará la mitad de sus bienes. Aquella noche, Jacob se queda detrás, dejando como resguardo un río, entre su familia y él. Estando solo viene un varón (que es una mediación de Dios) y pelea con él toda la noche, como resultado le desencaja un muslo, pero le da su bendición. En esta experiencia, cercana a la muerte, en la que Dios le deja ver con claridad que el quedarse solo no ha sido sino la peor de sus decisiones porque aparentemente donde más seguro estaba más expuesto se quedó. Jacob no murió aquella noche, quedó lastimado y desgastado, pero en su interior se renovó; así que, ahora más vulnerable que nunca, lastimado y con una pierna que antes era su fuerza pero ahora es una carga, se adelanta al campamento y humillado se dispone a esperar a su hermano, con quien tiene uno de los encuentros más emotivos narrados en la Escritura. Nuevamente la noche de la metamorfosis ha dejado su fruto.

Al inicio de este artículo se incluye la lectura narrativa de una de las noches de metamorfosis que tuvieron los discípulos. Aquella noche llegaron a tierra firme sabiendo que todo discípulo de Cristo está llamado a caminar sobre el agua; es decir, a estar por encima de las circunstancias. Que en lugar de esperar que Jesús quite la adversidad, tengan ellos la capacidad de caminar sobre el mar embravecido para ir al encuentro de su Señor.

La noche de la metamorfosis, en particular parece que atañe a Pedro, el discípulo en quien se representa constantemente el proceso de transformación. En los evangelios hay dos relatos similares que conocemos como la pesca milagrosa. Una de ellas esta narrada por Lucas y la otra por Juan. La primera se sitúa al inicio del Evangelio, en el momento en que Pedro es llamado por Jesús a ser pescador de hombres; en el segundo, narrado al final del Evangelio de Juan, Jesús tiene otro encuentro con Pedro en el que lo llama a apacentar a sus ovejas. Ambos episodios también ocurren durante la noche y su resultado es determinante para la vida de Simón, quien después será llamado Pedro. En estos relatos Pedro es introducido a un capullo del que saldrá renovado; entrará un pescador y saldrá un discípulo, entrará un discípulo frustrado, avergonzado y temeroso, y saldrá un pastor valeroso que cuidará de la iglesia y dará su vida por Jesús.

Cada discípulo y cada comunidad –entendiendo que la comunidad es vista como un cuerpo– en nuestro caminar tras las huellas de Jesús tenemos oportunidades únicas. Lo que para muchos es señal de amenaza o tiempo en donde gobiernan los terrores nocturnos, para nosotros es espacio de transformación, es tiempo de encuentro con nuestro Maestro y oportunidad para crecer. La sociedad actual con todo el avance tecnológico sostiene la utopía de crear una sociedad libre de sufrimiento y por otro lado se alimenta la fantasía de la felicidad permanente, la idea absurda de que un ser humano puede vivir siempre feliz, lo que tiene como consecuencia que la humanidad esté perdiendo brillantes oportunidades para crecer y ser mejores. Para la humanidad no habrá noche de metamorfosis, pues el miedo les ha invadido, y por miedo le han entregado al gobierno, a la ciencia, a la educación o a los gurús económicos el destino de sus vidas. La experiencia en la historia y sobre todo la revelación bíblica develan esta verdad: nadie se transforma en algo mejor si su vida está basada en el miedo, ya que es éste lo que lleva a cada persona a buscar su supervivencia, a atrincherarse y defenderse ante cualquier cosa que le represente una amenaza. Lo vemos claramente en los personajes mencionados en los textos bíblicos, su primera reacción fue buscar la supervivencia, es resultado del espanto y de sentirse impotentes ante la adversidad. Esto en gran medida es cierto en un mundo que siente que está cayendo en el vacío sin fe ni esperanza.

Pero para la iglesia la experiencia puede resultar diferente, somos el pueblo redimido al cual el Señor dirige hacia la realización de una nueva humanidad en cielo nuevo y tierra nueva. No conocemos el vacío sino la expectativa de plenitud; y, por tanto, “la noche” se convierte en la experiencia de metamorfosis. Por lo que en muchos casos ésta puede representar un punto de inflexión para dejar atrás lo que se requiera para dar paso a algo nuevo, pero también puede representar un catalizador de las cosas buenas que el Señor ha depositado en nosotros, el acelerador que puede impulsarnos para darle prisa a los asuntos pendientes, el poder transformador que puede darnos un empuje nuevo para realizar la voluntad de Dios.

La contingencia vino a obligarnos a levantar la alfombra para darnos cuenta de todo lo que hemos guardado allí; es decir, de abordar los temas pendientes y que hemos postergado porque nada nos hacía ver la prisa de atenderlos: vulnerabilidad, marginación, pobreza, violencia, trabajar en la prevención, inseguridad alimentaria, desarrollo del carácter cristiano. Cualquiera de estas visiones (como punto de inflexión o catalizador) es válida porque en realidad nos movemos constantemente hacia la realización plena de todas las cosas al mismo tiempo que vivimos la contemplación de la bondad de Dios y la espera de la venida de nuestro Salvador.

Entre tanto, ¿queremos regresar a la normalidad después de esto? Después de que pase la noche de la metamorfosis será imposible.

Referencias

1 Mateo 14

2 Génesis 28; 32; Éxodo 12; Mateo 8; 14; Lucas 5 y Juan 21.

3 La expresión metamorfosis, que proviene el verbo metamorfou (μεταμορφού) y significa transformar, se utiliza cuatro veces en el Nuevo Testamento, en dos ocasiones para referirse a la «transfiguración» y en el resto a la transformación de que se da en los creyentes, en Romanos 12:2 y 2 Corintios 3:18.

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Escuchando a Dios en el silencio

Escuchando a Dios en el silencio

Min. Ausencio Arroyo García

“…Y tras el terremoto un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su mano y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías? 1 Reyes 19:9-13

Durante la II guerra mundial, el gobierno de Gran Bretaña elaboró una serie de mensajes para mantener en alto el espíritu de los ciudadanos que había estado expuesto por varios años a la ansiedad y el miedo de la conflagración, entre ellos el bombardeó sobre Londres. Una frase preparada para tal fin, pero que no se empleó, ya que se tenía previsto emplearla en caso de que los nazis invadieran su territorio; al no llevarse a cabo, la publicidad se desechó al finalizar el conflicto bélico en 1945. La frase reza así: “Keep calm and carry on” “Mantenga la calma y siga adelante”. Desde hace pocos años, se volvió popular y actualmente se imprime el slogan en indistintos objetos de publicidad. El mensaje: “Mantenga la calma”, se ha vuelto imprescindible en estos días. ¿Cómo podemos desde la fe mantener la calma?

Hacer, no siempre es lo mejor.

El cuerpo humano está conformado de tal manera que ante el peligro responde secretando substancias que activan la totalidad de la persona y le empujan a enfrentar o huir, según el carácter y las circunstancias, a la situación de amenaza. La adrenalina, noradrenalina y el cortisol reúnen las energías del organismo y lo ponen alerta para dar una respuesta, aceleran el corazón y mueven a ejecutar acciones. En razón de nuestra biología, hemos llegado a pensar que en los peligros lo mejor que podemos hacer es responder con acciones. En los indicios de riesgo nos enfocamos a construir diques, según la naturaleza del peligro, que detengan la catástrofe. Cuando las acciones son insuficientes o imperfectas para contener el desastre, nos invade el pesimismo. Aun en el ámbito espiritual, en una situación crítica, generalmente respondemos con activismo, como si por el solo hecho de realizar algo fuese suficiente para superar la adversidad.

La amenaza del COVID 19 ha puesto en suspenso la vida cotidiana que llevábamos y nos ha obligado a buscar respuestas para evitar el daño o por lo menos sufrir lo menos posible. La tendencia de nuestras respuestas ha sido de producir algo, de no estar quietos, buscamos mostrar que somos personas de bien, que somos responsables y podemos justificar lo que recibimos; para esto, nos hemos enfocado en construir un discurso, fabricar implementos de protección, repetir, en pequeño, el servicio de iglesia y muchas otras cosas, que son buenas o más bien excelentes, pero que no son lo único que debemos emprender. Las acciones sin sentido desgastan pronto, los intentos de llenar el tiempo o el vacío nos pueden dejar extraviados, cumplir un programa no es todo. Hay quien en medio del activismo se puede sentir fracasado. Hay algo que debemos aprender o fortalecer en nuestro caminar con el Señor como nos lo muestra la historia de Elías.

Elías, el gran profeta del Antiguo Testamento, encontrará a Dios, no el estruendo de las manifestaciones portentosas sino en la quietud del silbo apacible de la presencia de un Dios-Pastor que cuida de sus ovejas. Cuando el profeta se vio amenazado por el poder de la terrorífica reina Jezabel, de inmediato puso en marcha un plan de escape. Es probable que haya deducido que todo dependía de él, que su astucia y su voluntad lo pondrían a salvo. Su impulso de huir le lleva al pozo de la desesperación. Cuando pierde la confianza en sus propias fuerzas, y no siente el respaldo de quien lo envió a la misión de vocero divino, se siente desvalido y abandonado, su falta de esperanza le lleva a desear morir. Sin embargo; mientras se halla invadido de profunda tristeza, Dios lo encuentra en un alto del camino. La voz de Dios le advierte que se ponga en pie, pues tiene por delante un largo camino, todavía deberá completar un plan de vida. En la siguiente etapa de su andar por la soledad del desierto, lo encontramos dentro de una cueva. La narración nos descubre que ha entrado en un refugio seguro, evita quedar expuesto y se pone a resguardo. Allí ocurrirá el instante clave que despertará su verdadero poder espiritual.

Elías ha hecho demostraciones extraordinarias frente a los adversarios de la fe de Israel, pero se inundó de miedo cuando se supo perseguido por la mujer más poderosa del reino. Mientras está en el interior de la cueva, el Señor le dice que salga y se ubique en el espacio abierto del monte. Dios se le revelará, se mostrará ante este hombre que va quedado en evidencia por sus carencias y fragilidades, que se ha dado cuenta que sus miedos son grandes y sus pensamientos tienden al pesimismo. Dios quiere dejar de ser el poderoso desconocido, para ser el íntimo impulso del profeta. El momento del encuentro es muy significativo, ante sus ojos primero vino un fuerte viento que rompía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento; luego vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; después vino un fuego, pero Dios no estaba en el fuego; tras el viento llegó un viento apacible y delicado. Allí vendrá Dios para hablar en intimidad con su siervo.

Escuchar a Dios en la quietud y el silencio, será siempre mejor

Los encuentros personales de Dios con los seres humanos ocurren en soledad. Estos encuentros permiten el diálogo sobre los asuntos más profundos como las motivaciones del corazón, las emociones y la manera de cómo se ven a sí mismas las personas. ¿Qué haces aquí, Elías? Le pregunta el Señor. Es una pregunta que contiene muchas otras: ¿Por qué llegaste aquí? ¿Qué persona eres en este momento? ¿Qué te mueve? ¿A qué le temes? ¿Qué te preocupa? ¿Por qué elegiste este lugar?, y más posibles cuestionamientos. Al hacer propio el relato, estas preguntas resuenan en nuestros oídos. En la quietud y el silencio escuchamos a Dios decirnos de nuevo ¿Qué haces aquí? La tendencia al activismo, incluyendo el religioso nos impide escuchar las interrogantes esenciales y las encomiendas personales de Dios, actuamos en la medida de nuestras fuerzas, lo que nos parece bien. No que sea malo, pero no es lo único y no siempre es lo mejor que podemos hacer.

El evangelio de Lucas 10:38-42 cuenta la historia de dos mujeres aldeanas quienes reciben a Jesús en su hogar. La anfitriona Marta, se moverá preocupada por los quehaceres domésticos, irá de un lado para otro atendiendo las necesidades físicas de los comensales, no es malo; mientras María, se sentará junto a Jesús y en silencio escuchará las palabras íntimas de sentido y aliento, María escogió lo mejor. La vida nos impone acciones para sobrevivir. Pero hay un ángulo que jamás debe desatenderse, éste tiene que ver con la comprensión del sentido espiritual de la existencia: ¿Para qué vivimos? ¿Quiénes somos en realidad? ¿Qué nos mueve? ¿Qué dice Dios de nosotros? ¿Qué espera que hagamos?

¿De dónde vendrá nuestra fuerza y noble disposición a enfrentar las adversidades? De percibir la presencia rectora de Dios en lo más hondo del ser, de la confianza que nos da el saber que estamos en sus planes y que sus promesas son fieles, que todo tiene un fin aceptable a sus propósitos; de aprender a depender de él y no de nuestras fuerzas o nuestra inteligencia. Cuando haya que elegir entre pasar tiempo en la misión de Dios o pasar tiempo con el Dios de la misión, debemos tener clara la prioridad. A veces el activismo tiene sus raíces en la angustia y se convierte en una forma de intentar evadirla, lamentablemente, siempre nos alcanzan el miedo, la frustración o el cansancio.

Aunque parezca una participación infructuosa porque sea invisible a los ojos de los demás y no deje huellas evidentes para seguir el camino, el tiempo que pasemos en quietud y silencio con el Señor, hará posible el desarrollo del carácter cristiano, la sensibilidad espiritual y la resistencia frente a las adversidades. Cuando renunciamos a la búsqueda del rendimiento y nos enfoquemos en deleitarnos en los momentos de escuchar a Dios, estaremos dejando a Dios ser Dios y alcanzarás la calma de tu corazón.

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Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Min. Ausencio Arroyo G.

En el siglo XVIII, Catalina la Grande, de origen alemán, se casó con el Zar Pedro III de Rusia. Con noble intención, tuvo a bien promover que alemanes fuesen a poblar la zona oriental del río Volga haciendo que los campos produjeran sobre todo trigo. Unas 27 mil personas se sumaron a su llamado y se trasladaron para instalarse en las tierras que les asignó el imperio ruso. El camino fue largo y penoso, además, una vez establecidos, eran azotados por bandas de ladrones. Esta migración costó la vida de varios miles de ellos. Los recién llegados desconocían de los crudos inviernos de la región. En los primeros años se vieron en la necesidad de construir sótanos en los cuáles se refugiaban las familias junto con los animales, permanecían ocultos durante los meses de diciembre a marzo, saliendo a la superficie cuando las nieves empezaban a derretirse. En primavera, la vida comenzaba de nuevo.

Este 2020 estamos en primavera, pero parece invierno, no por el frío en el cuerpo sino por el frío en el alma. Para muchos, la reclusión en casa está resultando un tiempo dónde la fe está puesta a prueba. El aislamiento de la Comunidad de creyentes, la intimidad de la Cena, el distanciamiento de los amigos, la carencia de contactos afectivos, las presiones financieras, entre otras limitantes; nos hacen sentir frustración e impotencia. Nos parece estar atrapados en una cueva como el profeta Elías. Afuera, la amenaza mortal; adentro, la soledad y el miedo. ¿Sobrevivirá nuestra fe? Nos preguntamos, en el silencio de la noche. A la manera de un drama, veamos un mensaje de aliento en tres actos basado en el Salmo 77 (versión Dios Habla Hoy):

Primer acto: desilusión.

“Mi alma no encuentra consuelo. Me acuerdo de Dios y lloro; me pongo a pensar y me desanimo…en mi interior medito, y me pregunto: ¿Acaso va a estar siempre enojado el Señor? ¿No volverá a tratarnos con bondad? ¿Acaso su amor se ha terminado? ¿Se ha acabado su promesa para siempre? ¿Acaso se ha olvidado Dios de su bondad? ¿Está tan enojado, que ya no tiene compasión? Lo que más me duele es pensar que el altísimo ya no es el mismo con nosotros” vv. 2c-3, 6b-10.

¿Te has despertado alguna mañana con ganas de llorar porque sientes que algo en tu interior, inocente y piadoso se rompió? ¿Has tenido la abrumadora sensación que nada tiene sentido y que estás sólo para enfrentar los problemas? ¿Has tenido el deseo o has realizado el acto de gritar a Dios tu desesperación y amargura? ¿Te has preguntado por qué parece te da la espalda? ¿Por qué se niega a traerte consuelo y alegría? De manera similar es la apertura de esta oración de lamento. Todos esperamos que la vida sea de cierta forma, que lleguen los momentos y se den los resultados, en nuestra opinión, consecuentes; pero muchas veces sucede lo contrario. Para el creyente, es decepcionante sufrir el abandono de Dios. El salmista dice: “Lo que más me duele es que Dios ya no es el mismo”. Esta es la meditación de un corazón desilusionado.

Antes de sentencias categóricas, se suscitan las dudas y se conmueve la consciencia. En el proceso del Salmo, parece que la fe del orante se va marchitando y la presencia divina se vuelve borrosa, pero antes que desaparezca del todo, el orante se resiste a dejarle ir, por ello pregunta; seis veces se pregunta: ¿Por qué me ha dejado Dios? En el soliloquio íntimo, invadido por la nostalgia espiritual se repite, una y otra vez: ¡Dios no era así! No es como lo estoy viendo ahora. Es terrible sentirse traicionado del ser amado. ¿Por qué sufro injusticia? ¿Por qué no responde a mis oraciones? ¿Por qué sigo en mi miseria? ¿Por qué estoy al borde del abismo? ¿Por qué, si lo que quiero es bueno, no lo consigo? ¿Por qué, si lo busco, se me esconde? ¿Por qué dejó que mis sueños se rompieran y mi vida se apagara con tristeza? ¿Acaso, no le gusta a Dios la luz de las sonrisas?

La desilusión en lo sagrado, es la experiencia que nos reduce de tamaño y nos recuerda nuestra pequeñez ante el ser Absoluto y el universo que se preserva y se expande. La desilusión es un profundo abismo que se extiende entre las expectativas que tenemos de Dios, ya sean por imaginación personal o influencia de otros y la realidad de la vida. Ese abismo se puede formar en un instante, cuando aquello que amas o te da confianza se esfuma, como una bomba que estalla dejando un enorme cráter de vacío y frustración; o bien, puede ocurrir por la erosión imperceptible continua de pequeñas pero significativas decepciones, cuando nos cuestionamos si de verdad le importamos a Dios. Mientras nuestra existencia es más o menos llevadera, la fe “tradicional” subsiste, pero, cuando es puesta al fuego, se puede evaporar hasta desaparecer. En sus horas de desolación, el salmista busca a Dios, su oración es una mezcla de gritos y llanto (vv. 1-3a). ¡En verdad, qué pequeños somos!

Segundo acto: Rememoración

“Recordaré las maravillas que hizo el Señor en otros tiempos; pensaré en todo lo que ha hecho” vv. 11-12

Es muy frecuente, que en los momentos de crisis se desmorone la estructura interna de nuestros pensamientos y sentimientos, en un instante se esfuma nuestra seguridad y como consecuencia: perdemos la confianza y olvidamos los actos liberadores y protectores de Dios. Para no extraviarse, el salmista recurre a la memoria. Él decide rememorar las intervenciones divinas en la creación y en su vida personal. Rememorar es el proceso mental de hacer memoria. Este acto es relevante en razón que la vida no se conforma sólo del presente sino del pasado y el futuro. La memoria conforma nuestra manera de ser porque nunca estamos ya hechos en la versión final, sino que nos seguimos haciendo, mas no por nosotros solos, a lo largo de la existencia.

Cuando llega la oscuridad en la noche de la vida, las sombras difusas se vuelven amenazantes despertando nuestros miedos más profundos. En este momento de tinieblas, las luces del pasado iluminan nuestros pensamientos. Cuando miramos nuestra historia personal, descubrimos que la muerte y la tragedia nos acechan en cada jornada, y que si aún nos hallamos presentes es porque hemos sido librados infinitas veces por la bondadosa mano de Dios. Es así que arribamos a una convicción: somos sobrevivientes por la gracia de Dios.

La mayoría de nosotros; hombres y mujeres sufrimos heridas en algún momento de la vida y traemos en nuestra piel las cicatrices de un cuerpo que logró sanar. Estas cicatrices pueden ser vistas de dos maneras: podemos revivir el dolor, el miedo o el enojo que nos produjeron y por ello caer o mantener la amargura del alma o podemos mirar más allá de ellas y agradecer, porque fuimos rescatados de la amenaza inminente. Alguien que haya pasado por una operación de corazón abierto, un accidente, una enfermedad o una agresión; las marcas en su cuerpo o en su alma, le mostrarán cómo, habiendo estado expuestos al final, sus años fueron prolongados. Una y otra vez fuimos guardados por gracia inmerecida. Cuando los días grises nublan la fe, los recuerdos luminosos renuevan la confianza de un amor divino que prevalece inalterable y que volverá a traernos las alegrías de ayer.

Tercer acto: Admiración

“¡Tú eres el Dios que hace maravillas! ¡Diste a conocer tu poder a las naciones! Con tu poder rescataste a tu pueblo… Oh Dios, cuando el mar te vio, tuvo miedo y temblaron sus aguas más profundas… Te abriste paso por el mar; atravesaste muchas aguas, pero nadie encontró tus huellas” vv. 14-19

El ser humano se inquieta porque no alcanza a comprender los misterios de la voluntad del Soberano del universo. Ante lo que parece incongruente del carácter divino, el ser se incomoda y protesta. El salmista comenzó el lamento con el dolor espiritual de la decepción de Dios porque en su interior hay caos. Sin embargo; cuando se mide ante lo absoluto e infinito y se dará cuenta de lo pequeño que es. Ante las manifestaciones de Dios en la creación y en la historia, el ser humano descubrirá su pequeñez y su fragilidad. La creación funciona de tal manera que hace posible la vida. El mundo es una casa habitable para la humanidad, su belleza y operatividad son maravillosas y quien mantenga los ojos abiertos no podrá dejar de extasiarse por su orden extraordinario.

Ante los fenómenos de la naturaleza como: el mar, la lluvia, los truenos y relámpagos, los terremotos, la criatura humana no tiene control, estos hechos escapan a su voluntad. Así que, mientras Dios muestra su poder y soberanía, el hombre es sólo un testigo de este dominio. La percepción humana de su impotencia para manipular estos fenómenos le llevará a comprender que jamás podrá decir a Dios, Señor de todas las cosas, lo que debiera hacer. Si no puede decir a un rayo cuándo irrumpir, menos le puede decir a quien lo creó cómo obrar, si no puede impedir un terremoto, menos podrá obligar a quien creó la tierra entera a su manera, cómo debe actuar en la vida personal.

Ante la majestad surge un temor de aniquilación de la criatura. Dios es imponente: “cuando el mar te vio, tuvo miedo”, afirma el salmista. Si el mar tuvo miedo, cuánto más lo debe tener la pequeña criatura humana. Dios gobierna su mundo, hace su voluntad en la historia, manifiesta su poder en el cumplimiento de sus promesas, lo hace sobre todas las cosas y los tiempos. Los actos prodigiosos del Creador despiertan la sensación de temor en los hombres que reconocen su vulnerabilidad. Los relatos de las visiones de Dios están llenos de estupor en las criaturas, tanto humanas como angelicales. Ante la Majestad de la gloria divina los mismos ángeles cubren sus rostros y entonan canción a su perfecta santidad. El que es inaccesible está lleno de poder y ante él se rinde el corazón humilde. El salmista se siente cautivado y se estremece porque se halla frente a los más alto y bello de todo. Dios tiene el mundo en sus manos y es fiel para cumplir sus promesas.

En los bosques invernales las semillas sobreviven enterradas y las nuevas plantas empezarán a crecer por debajo del hielo. Más allá de la capa de frío que cubre este momento, se halla un nuevo tiempo de vida. El invierno del alma pasará y vendrá una primavera llena de nueva vitalidad y entusiasmo para la fe. Si tu corazón está atento, percibirás la belleza y el orden de la creación y confirmarás que el Señor se mantiene en su trono para siempre. Nuestra fe sobrevivirá el invierno porque Dios está allí, en el misterio de la vida. Nuestros tiempos están en sus manos.

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