GUARDAOS DE LOS IDOLOS

Los celos son una respuesta emocional que el ser humano experimenta cuando tiene envidia e inseguridad. Es la manifestación de un carácter débil y de alguien que quiere poseer a la otra persona. Los celos engendran destrucción, como en el caso de un amante «agraviado» que destruye al objeto de amor que teme perder, ya dice el proverbio: La ira es cruel, y el enojo destructivo, pero los celos son incontrolables (Proverbios 27:4, DHH).
Pero, esto que es defecto en el ser humano, en Dios es virtud. En Dios el celo no es un compuesto de frustración, envidia o despecho sino un fervor por conservar algo precioso. El celo o la ira de Dios es la indignación contra el mal y se genera ante la negativa del hombre a responder a su amor, esa ira está en concordancia con su justicia ya que es la reacción por un amor burlado. Como en el caso paradigmático del profeta Oseas (2:19-20). Dios no quiere compartir su gloria con ninguna criatura o idea humana, porque ninguno de los ídolos tiene un poder real en sí mismo. Isaías 42:8: No daré mi gloria a nadie más; mi honra no la daré a otro (48:11). Dios sabe que toda sumisión a una realidad temporal se apropia de nuestro carácter, de lo que somos o tenemos.
Un dios es aquel en quien depositamos la confianza y le permitimos que determine la vida. Puede ser una figura que representa un poder invisible o un temor desconocido, un objeto al que se le atribuyen poderes sobrenaturales, una idea, una persona, una imagen mental y otros. A estos «dioses» les permitimos que gobiernen nuestra vida y les rendimos honor y reconocimiento. No son dioses verdaderos, porque nada ni nadie lo puede ser realmente fuera del Dios Creador y sustentador del universo.
Pero, ¿cuáles pueden ser los dioses que hemos creado personal o socialmente, que dominan nuestra vida y que provocan a celos al Señor todopoderoso? Como siervos de Dios, no estamos exentos de caer en la tentación de fabricar ídolos. Consideremos algunos posibles:

Lucas 12:1-48
1. La idolatría de los otros (Vv. 1-3). Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía. Las personas nos manejamos en función de complacer a los demás, tratamos de ser aceptados por todos, que nos juzguen bien, que tengan buena opinión de nosotros. Tomamos decisiones, hablamos ciertas palabras o hacemos ciertos actos, en razón de ello. Nos esforzamos en agradar a los demás todo el tiempo, a veces hasta sacrificando la integridad moral para evitar ser rechazados por los otros.
Vivir para agradar a los demás nos convierte; según Jesús, en hipócritas, sólo estamos jugando un papel en el teatro de la vida. Hacemos de los otros, dioses que nos determinan, desplazando al verdadero Dios de su trono en nuestro corazón. ¿A quién tratamos de agradar?

2. La idolatría de la supervivencia (4-5). A ustedes, amigos míos, les digo que no deben tener miedo de los que matan el cuerpo, pero después no pueden hacer más, yo les voy a decir a quién deben tenerle miedo: ténganle miedo al que, después de quitar la vida, tiene autoridad para echar en el infierno. Sí, ténganle miedo a él.
Si nuestra preocupación principal es sobrevivir a cualquier precio, ya no somos libres para tomar las mejores decisiones. Tomamos decisiones que son aceptables en lugar de tomar las decisiones que son correctas y agradables a Dios. Esta actitud nos roba el poder y la bendición de Dios. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía, la salvará (Lucas 9:24).
Juana de Arco fue una guerrera francesa, luchó contra los ingleses y fue capturada y sentenciada a la hoguera, tenía tan sólo diecinueve años. Su testimonio antes de ser quemada viva fue: «Cada hombre da su vida por aquello en lo que cree, y cada mujer entrega su vida por aquello en lo que cree». Algunas veces las personas creen en poco o en nada, y sin embargo, dan su vida por ese poco o nada. Sólo tenemos una vida; la vivimos y se acaba. Pero… vivir sin creer es más terrible que morir, aún más terrible que morir joven. Vivamos con un propósito digno del precio que debemos pagar, mantengamos una visión mayor que nuestras propias vidas y un poder mayor que nosotros mismos. Vivir para Dios es más grande que nuestra supervivencia.

3. La idolatría de los bienes (13-15). También dijo: –Cuídense ustedes de toda avaricia; porque la vida no depende del poseer muchas cosas.
Los bienes son un recurso neutral que Dios nos permite para resolver necesidades, los bienes materiales no son ni buenos ni malos en sí mismos; pero el espíritu humano puede mostrarse insaciable por estos bienes y convertirlos en un poder infinito que nos merece la reverencia y la adoración y que nos exponen a varios peligros: La búsqueda ciega de los bienes nos aleja de Aquel quien es la fuente de provisión de todo lo que necesitamos, así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores. El materialismo destruye la vida espiritual, es fuente de desdicha y ansiedad, produce una actitud de autosuficiencia y de desprecio por los más pobres. Por todo esto es que Dios cataloga al materialismo como idolatría y adulterio. Santiago 2:2-4 dice: Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?
En las Confesiones de Agustín de Hipona encontramos el siguiente pensamiento acerca de Dios: «Tú nos has hecho para ti, oh Dios, y el corazón del hombre no descansará hasta que halle descanso en ti». Lo que realmente necesitamos es la relación personal con el Dios de la vida, Él provee en abundancia lo que necesitamos.

4. La idolatría del yo que busca controlar la vida (22-31). El propósito de la vida de todo ser humano es dar honra a Dios, los creyentes somos conscientes de esto. Esta concienciación involucra encontrar nuestra vocación y seguirla para el bien de todos, en el proceso somos transformados en personas más parecidas a Cristo. Hacer esto involucra desarrollar virtudes intelectuales y morales a lo largo de períodos largos y demorar el deseo constante de la gratificación inmediata.
Sin embargo, la era presente está afectada por algo que el autor J.P. Moreland ha llamado el «yo vacío» (J.P. Moreland, Love your God with all your mind. Colorado Springs, CO. NavPress. 1997). El yo vacío se resume como una falta de crecimiento, tanto intelectual como espiritualmente, lo que da como resultado una adolescencia cristiana perpetua. Rasgos del yo vacío:
Individualismo desmedido. El yo vacío deriva las metas y los valores de la vida desde dentro de su propio conjunto de necesidades y percepciones personales, permitiendo que el egocentrismo reine completamente. Raramente el yo vacío busca el bien de una comunidad más amplia, como la iglesia, en el momento de decidir un curso de acción. La persona raramente establece un fuerte vínculo o compromiso, ni siquiera con los familiares.
Infantilismo. Los rasgos de la personalidad adolescente están permaneciendo con los jóvenes hasta bien entrada lo que se considera la adultez. Alargan los años de estudio en la universidad y demoran el matrimonio hasta los treinta años o más, a veces son señales de que no son muy valorados el trabajo duro y el compromiso. Algunos van aún más lejos, buscando una demanda infantil de placer que permea toda nuestra cultura. El resultado es que el aburrimiento se convierte en el mayor de los males. Literalmente nos estamos entreteniendo con demasiada comida, demasiado poco por lo cual vivir más allá de nuestro placer personal.
Narcicismo. El narcisismo es un sentido intensamente desarrollado, el logro personal se convierte en el objetivo último de la vida. También puede resultar en la manipulación de las relaciones a fin de alimentar este sentido. En su forma más peligrosa, la relación de una persona con Dios puede estar modelada por esta necesidad y Dios es destronado para que encaje en la búsqueda de la autorrealización del individuo. Esta condición deja a las personas con una incapacidad para asumir compromisos duraderos y lleva a la superficialidad y al distanciamiento. La educación y la participación en la iglesia son valoradas desde la base del logro personal. No son consideradas como oportunidades para usar los dones propios en bien de los demás.
La pasividad. Uno de los factores más poderosos que contribuyen a la pasividad es la televisión. Mirar la televisión alienta una actitud estática hacia la vida. Es difícil imaginar cómo a una persona que mira una cantidad promedio de televisión, que son: veinticinco horas a la semana para alumnos de primaria, podría quedarle el tiempo suficiente como para invertir en la lectura y el estudio que se necesita para convertirse en un creyente maduro y un defensor de la fe. Nuestra cultura centrada en las celebridades nos alienta a fijarnos en las vidas de unas pocas personas populares en vez de vivir nuestras vidas al máximo para Dios. La persona que sólo mira la televisión es la imagen del yo vacío. En vez de equiparse con las herramientas necesarias para impactar la cultura para Cristo y su reino, muchas personas escogen vivir a través de las vidas y las acciones de otros. Moreland escribe: «… el pastor estudia la Biblia por nosotros, los noticieros realizan el pensamiento político por nosotros, y dejamos que nuestro equipo deportivo favorito corra, luche y gane por nosotros».
Una cultura centrada en los sentidos. El síndrome del yo vacío alienta la creencia en que el mundo físico y perceptible es todo lo que existe. La cultura centrada en los sentidos pierde el interés en discusiones acerca de la verdad trascendente o conceptos como el alma, y la consecuencia es una mente cada vez más cerrada. Los estudiantes y el público en general pierden la esperanza en la posibilidad de que la verdad pueda encontrarse en el estudio, así que dejan de leer, o al menos dejan de leer libros serios acerca de asuntos relacionados con la cosmovisión bíblica. Pablo nos recuerda el peligro de un estado de mente del yo vacío cuando escribe: el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre, y cuya gloria es su vergüenza; que sólo piensan en lo terrenal. Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo (Filipenses 3:18-20).
Hoy como nunca tiene vigencia la exhortación bíblica: Hijitos, guardaos de los ídolos (1 Juan 5:21). Todos somos culpables de estas actitudes idolátricas, al menos ocasionalmente. El crecimiento cristiano es el proceso de ir explorando las capas de los deseos egoístas, sometiéndolas a la obediencia completa a Dios.
La situación se vuelve más seria cuando tanto la cultura como la iglesia afirman una orientación egocéntrica en vez de estar centrada en Dios. Nuestro quehacer pastoral consiste en ayudar a liberar las mentes oprimidas por las idolatrías contemporáneas, fomentando el espíritu responsable que se somete al sólo Dios verdadero.

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