EL CLAMOR DE LA TIERRA

Y mientras comían, Jesús tomó pan y bendijo, y lo partió y les dio, diciendo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio; y bebieron de ella todos. Y les dijo: Esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada. De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Marcos 14:22-25).

Toda práctica religiosa adquiere sentido por la actitud y conciencia bajo la cual se participe.

La doctrina evangélica de la celebración de la «Cena del Señor», destaca que la misma adquiere su verdadero significado si el creyente es movido por fe. Entendemos que la práctica de la misma no cumple un propósito aislado de la fe con la que se celebra el memorial. A diferencia de otras interpretaciones en las cuales el acto produce los resultados espirituales dependiendo de quién los administre, nosotros confesamos que el acto opera sus beneficios, en cuanto se participe con la plena convicción de la posición que guarda el creyente con Dios y de la plena certidumbre de fe. Por tal razón es imprescindible que comprendamos correctamente el significado del acto de celebración de la comunión de la mesa.

En primer lugar: la comunión de la mesa es un acto derivado de Cristo mismo. Él instituye esta celebración en el momento más álgido de su existencia ante la proximidad de su muerte -que será fuente de vida-, e invita a sus seguidores bajo el marco de la Pascual a una cena de despedida; en ella hace entrega de los símbolos del pan y del vino, que representan la entrega de su propio cuerpo, de sí mismo.

Es relevante el momento en el cual modifica lo que era la comida pascual en el judaísmo. No lo hace después de su resurrección, cuando podría haber argumentado al acto, la prueba de su presencia. Este momento sagrado lo lleva a cabo cuando todo depende de la fe, les anticipa que lo que realizaría enseguida, su entrega en la cruz, era un acto de amor sacrificial con el cual probaba su amor por todos. Ningún fundador de ninguna religión en el mundo ha muerto por la justificación, redención y reconciliación de sus seguidores. De esta forma dio seguridad a sus seguidores de que sería objeto durante la noche. Él sabía que los discípulos necesitaban un recuerdo vivo de su compañía para no desvanecerse entre las sombras destructoras. Cuando se hizo evidente la victoria sobre la muerte y sus ejércitos, entonces el acto adquirió mayor trascendencia, sería el memorial de la compañía permanente.

Para todos los que creemos en Cristo y que reconocemos que su muerte fue el medio por el cual hemos adquirido vida delante de Dios, la celebración de este acto significa reconocer lo que Cristo ha hecho por nosotros. Participar con Él en la Cena nos da la confianza para superar la «noche» cuyas tinieblas amenazan con destruirnos: … he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mateo 28:20). Es una fuente de confianza y valor.

La celebración original de la «Cena del Señor» tiene lugar por invitación de Jesús, no es un acontecimiento que tenga como fin el llenar la ausencia del Maestro, sino que es la demostración de su presencia. La presencia de Cristo es lo que da relevancia al evento y la misma produce un estado de paz en el corazón del participante.

En segundo lugar: la «Comunión de la mesa» constituyó una práctica fundamental en la iglesia primitiva. El texto de Hechos 2 nos describe la actitud que prevalecía en la celebración. El verso 46 hace la referencia a la celebración de la fiesta, la cual verdaderamente era eso: una fiesta. En una fiesta predominaba la alegría. La razón de dicha alegría era la certidumbre de un Cristo vivo que fue visto durante los eventos que siguieron a la resurrección. La comunidad de los discípulos cumplía con los actos del memorial y su realización manifestaba la victoria sobre la muerte; más que un acto social, pasó a convertirse en una unión a los ojos de Dios, quedaba santificada por la Palabra de bendición y la oración.

Resulta sumamente ilustrativo el efecto transformador que produce el reconocimiento del Jesús vivo. Por el camino de Emaús unos discípulos regresan de Jerusalén, sus corazones están embargados por la derrota y la desilusión.

Cuando llegan al final de su viaje le piden al extraño acompañante que se les ha unido en el camino que pernocte con ellos esa noche, le argumentan que ya es muy tarde, está por oscurecer y no debe caminar en la noche, están preocupados por su seguridad. Sin embargo, cuando se sientan en la mesa y el invitado parte el pan para ellos, le reconocen. En ese momento desaparece de su vista, pero, al instante desaparece también de sus corazones toda duda y temor, y lo que antes les espantaba, la noche, deja de hacerlo, ahora tienen la certidumbre de que Jesús vive; a esa hora se levantan y caminan de regreso a Jerusalén, sin importarles las sombras de la noche, con plena confianza se dirigen para confirmar las noticias de la resurrección de Jesús a los demás discípulos. Es muy notorio el cambio que ocurre en los sentimientos de estos varones. El saber que su Maestro está vivo les da el valor para enfrentar la oscuridad. Así la iglesia apostólica al efectuar la Cena, la realizan como una auténtica fiesta. Es la celebración de la vida. Cristo no está ausente, está presente en una forma distinta. Por el Espíritu saben que Él sigue en medio de ellos. Para la iglesia actual, la reunión de la Cena del Señor es una fiesta. Nuestros cantos son de alegría, nuestras oraciones de gratitud, los abrazos son señal del perdón y del reencuentro, los emblemas son los símbolos de un Dios vivo que nos reafirma la Vida que adquirimos en Cristo Jesús.

En tercer lugar: el memorial de la «Cena del Señor» es una comunión de la mesa, lo cual es una referencia al «Reino de Dios» que se ha hecho presente entre nosotros. El tomar todos de una misma mesa anuncia la igualdad que tenemos en Cristo, donde no existe distinción de clases, ni jerarquías mundanas, todos somos miembros de la Familia de Dios. Él nos ha unido por medio del sacrificio de la cruz. Por cada uno se ha pagado el mismo precio, la sangre de su Hijo, por ella fuimos rescatados de toda condenación, así fuimos recibidos en la casa del Padre. A su mesa nos sentamos como los hijos pródigos que vuelven al hogar.

En algún momento la iglesia de Corinto olvidó el significado de igualdad y fraternidad que subsiste en la «Cena» (1 Corintios 11:17-34); el apóstol Pablo les reprende severamente, mostrándoles que al hacer diferencias entre los miembros de la comunidad y privilegiarse a algunos, olvidaban el verdadero sentido del sacrifico de Cristo.

El resultado de estas divisiones es que «La Cena que ustedes toman en sus reuniones ya no es realmente la ´Cena del Señor´» (1 Corintios 12:20, DHH). Al tomar la Cena debe mantenerse una actitud de auténtico respeto al hermano que confiesa también a Cristo como su Salvador y Señor y que experimenta la bendita presencia del resucitado en su vida. La celebración no es un rito aislado que se lleva a cabo en aislamiento, es una mesa que se comparte. El pan es fraccionado para repartir a cada participante, todos comemos del mismo pan y de la misma copa. Al participar mi hermana o hermano están conmigo y la comunión que existe en nosotros es fruto del Espíritu y es una evidencia del Reino de Dios. El perdón y la reconciliación son una exigencia de la verdadera Cena.

Ante estos elementos que nos muestra la relevancia del acto, y ante el reconocimiento de que es lo que Dios ha dado, celebremos en confianza, alegría y fraternidad el memorial de la Cena del Señor.

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