Alguien está siguiendo tus pisadas

Hna. Jocheved Martínez Vargas

Ser guías es un privilegio y un desafío. Dios se acerca, a su manera, a los seres humanos para hacerlos partícipes del privilegio de colaborar en su Plan de Redención. A Él no le falta ni sabiduría, ni poder, ni recursos para llevarla cabo; sin embargo, en una extraordinaria muestra de generosidad, nos concede la oportunidad de liderar su bendito pueblo. No es por abolengo, ni autoridad personal, ni escolaridad superior; es sólo por su maravillosa gracia que nos llama y faculta para guiar, aconsejar, acompañar, dirigir…pastorear otras vidas.

El proyecto es de Dios, y Él llama a quien quiere. Algunos, movidos por la ternura divina, levantamos la vista y somos encontrados por su amor y misericordia infinita, se enciende una llama en el corazón. Ser objeto de su elección alienta nuestra vida y empezamos a caminar, ejerciendo ministerios con los dones que nos ha regalado y en cada descubrimiento y en cada acción avanzamos creciendo y madurando. Al menos ese es el ideal divino.

Lo sepamos o no, Dios observa nuestra vida, pero ellas y ellos también. La Comunidad con la que caminamos día a día, observa nuestro andar; se detiene para vernos en los momentos de alegría cuando las bendiciones rebasan las expectativas, también nos observa en el tiempo de la crisis y dolor, cuando parece que se agotan las ilusiones y esperanzas. Aun sin desearlo o esperarlo, pone atención a nuestras acciones, palabras y actitudes. En el fondo, todos necesitamos un modelo de carne y hueso, que hable su idioma, y tenga su misma sensibilidad y algunos creen encontrarlo en nosotros.

Hay quien nos ve, como un ejemplo a seguir, como una encarnación palpable del mensaje del evangelio, como un anhelo de su realización personal… por ello, debemos ser extremadamente cuidadosos en el liderazgo que ejercemos. El líder, en su naturaleza humana, es propenso a buscar la fama y el honor personales, le corre en las venas el ansia de poder; por lo cual, todos los días debe batallar con “los demonios del egoísmo y la soberbia”; y esos mismos “demonios”, nos atacan a nosotros que estamos al frente de un ministerio, es más, somos el blanco preferido. Los que hablamos de renuncia y amor a los demás, nos podemos dejar arrastrar por sentimientos contrarios, los que predicamos la paz abundante, también podemos sufrir su escasez. Lo más probable es que algunos están siguiendo nuestros pasos, tengamos en cuenta, que si nos equivocamos, ellos también corren riesgo de ser lastimados.

Es obligado que cada día revisemos nuestro interior, nos veamos en el espejo de la Palabra con calma, sin prisas ni engaños. Que su poder y eficacia nos despoje de esa falsa modestia, con la cual también dañamos de manera encubierta. Nos conviene, orar por nosotros, con vehemencia, con profunda necesidad, como si estuviéramos moribundos, al borde del colapso. Así, daríamos cada paso con la sobriedad y prudencia necesarias. Debemos revisar que nuestras motivaciones sean puras, y que nuestras formas de actuar sean humildes y justas.

Nos conviene, predicarnos primero a nosotros, pero fuerte, para que sean traspasados los muros del supuesto conocimiento y la conformidad, y sea descubierta nuestra fragilidad y dependencia. Predicarnos a nosotros, sin miedo. Sentarnos en el primer lugar, no como el sitio de honor, sino como el lugar del necesitado, del incompleto, del insuficiente. Sólo desde esa precariedad podremos ver nuestra realidad y obtener la fe necesaria para que Cristo se siga conformando en nosotros momento a momento, día a día.

En la función que Dios nos permite desarrollar ahora, recordemos tomar en cuenta estos aspectos:

1. Seamos guías espirituales íntegros.

Un líder con integridad, tiene credibilidad, y puede influenciar eficazmente a otras personas. Las palabras van a impactar en los corazones si están respaldadas por evidencias de la fe cristiana.

«Así como el testimonio acerca de Cristo ha sido confirmado en vosotros» (1 Corintios 1:6).

2. Llevemos las personas a centrarse en Cristo.

No permitamos que la gente se detenga en nosotros, orientemos siempre la mirada de ellos hacia el Salvador. Las personas perciben si buscamos nuestra gloria o si de verdad, dejamos de lado las pretensiones vanas y damos la alabanza total al Señor de todo.

«Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz» (Juan 1:6-8).

3. Permitamos que la palabra

siga transformando nuestras vidas.

Sigamos leyendo a diario la Palabra eterna. La lectura de la Palabra traerá cambio y entusiasmo a nuestra vida cotidiana. La fe en Dios debe ser una experiencia personal con Él. Será perceptible si al compartir un mensaje o testimonio, hablamos de un desconocido o de alguien cercano.

«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22).

4. Hagamos de la oración un hábito de dialogar con el Señor.

No importa nuestra experiencia o preparación, la oración nos conecta con Dios, fuerza primera y final de todo lo que existe. La oración nos hace sensibles de la presencia cercana del Señor y nos alienta a permanecer en obediencia y sumisión. En el encuentro de oración hallamos la verdadera paz que viene de Dios. Confiando en sus propósitos y reafirmando la fe en sus promesas.

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Filipenses 4:6-7).

5. Mostremos la unción del Espíritu Santo a través de un carácter afable.

El reto de la afabilidad; un líder con un espíritu afable perdura hasta la eternidad. Un carácter transformado por la gracia del Señor experimenta el perdón y la reconciliación consigo mismo y con los demás.

«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley» (Gálatas 5:22-23).

Los verdaderos líderes impactan vidas. En la historia de nuestra iglesia, hemos contado con hombres y mujeres, que han guiado al pueblo conforme al corazón de Dios. Sus vidas nos siguen inspirando, sus testimonios siguen abriendo caminos de esperanza. Pidamos a Dios que nuestra vida también sea un instrumento de bendición, que también cuente para la eternidad.

«Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe» (Hebreos 13:7).

Hoy alguien te sigue, no lo defraudes…

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