LA PASIÓN MÁS GRANDE

“Buscad a Jehová mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Isaías 55:6).

Aún cuando un científico se apasiona intensamente por los avances de sus investigaciones o descubrimientos, o un minero por encontrar un yacimiento de su metal soñado, o quien busca apasionadamente una oportunidad en el mundo de los negocios, o simplemente quien se apasiona al ver ganar a su equipo favorito, nada de eso es comparable a la pasión que algunos hombres han sentido por encontrarse con Dios. Ciertamente no hay comparación, porque todas las otras pasiones son temporales, es decir, son metas y objetivos efímeros, pero la búsqueda y experiencia de Dios, nos sacia aquí en la tierra y nos da la posibilidad de mansiones eternas (Proverbios 2:4-5; Salmo 73:25).

Buscar a Dios tiene opiniones encontradas. Por un lado, se nos dice que es Espíritu, inmortal, y que vive en luz inaccesible, que los cielos de los cielos no lo pueden contener, y que mirarlo produce la muerte; y por otro lado, se dice que está a nuestro lado, muy cerca de nosotros, cerca de nuestra mano y de nuestro corazón, que si lo buscamos podemos encontrarlo y experimentar la gloria de su presencia (Juan 4:24; Jueces 13:22).

De hecho, aunque normalmente no lo vemos, por ser Espíritu, en verdad nos envuelve y nos llena con su presencia sin nosotros saberlo ni sentirlo, pues su poder nos sustenta. En ciertos momentos de la historia bíblica, se ha manifestado, es decir, ha permitido que algunos humanos lo experimenten. En ocasiones, fue Dios mismo quien tomó la iniciativa, se hizo presente a gente que no lo estaba buscando, las sorprendió irrumpiendo en su vida y les dio un nuevo significado; como diría el escritor del libro a los Hebreos: espacio nos faltaría para seguir recordando gente que se apasionó por Dios sobre todas las cosas, que sobresalió en la búsqueda de Dios y experimentó su presencia, como aquel comerciante de perlas que un día encontró una que llenó su corazón, y gustoso vendió todo lo que tenía para adquirirla.

Lo que estorba

Según hemos visto, las circunstancias difíciles no impiden que Dios sea experimentado, más bien hacen que el corazón se aferre a la promesa, en contra de imperios, peligros de muerte, ser despojados de todo y presiones por todos lados no bastaron para disuadir su dependencia del Señor. Más bien, lo que impide la búsqueda de Dios es la ignorancia de su existencia, las tradiciones religiosas que ya se han conformado con reglas y formas externas lejos del dinamismo del Espíritu. El profeta Isaías dice que es el pecado lo que hace un abismo entre Dios y los hombres, y Pablo, que eso nos destituye de su gloria. Es pues el pecado, traducido en opresión, indiferencia, orgullo, soberbia y autosuficiencia que nos impide apasionarnos por Dios, nuestros intereses son otros (Isaías 59:2-7; Santiago 4:6).

Dios espera que lo busquemos

A pesar de que en el Edén, el hombre  volvió la espalda al Señor, Él se dio a la tarea de buscarlo. Le causó profundo dolor ver cómo el mundo antiguo fue destruido por su pecado, por su inclinación continua al mal, a través de los profetas. El Señor dijo: «buscadme y viviréis», «buscadme mientras puedo ser hallado», «clama a mí y te responderé», «volveos a mí», y tantas otras, pero por más que Dios buscó en tiempos claves de la historia, no encontró nadie que se volviera a Él  (Génesis 3:8-9, Ezequiel 22:30).

Dios se hizo visible y cercano

Todas las formas previas en la búsqueda divina, Él mismo las va a superar enviando a su Hijo a la tierra, ya no será asunto de señales, símbolos, promesas o pequeñas manifestaciones, sino la presencia misma del Hijo explicándonos y acercándonos al Padre (Juan 1:18; Hebreos 1:2).

Jesús nos revelará al Padre de una manera tal, que dice que quien lo ve a Él, ve al Padre; y lo muestra tocando a los enfermos, invitando a los pecadores, declarando su preferencia por las viudas y los huérfanos, y diciendo que había venido a buscar y salvar lo que se había perdido. Con la venida de Cristo, su vida, muerte y resurrección, Dios se puso al alcance de la mano y del corazón, a través de la fe (Juan 14:9; Romanos 8:32-34).

La invitación de Jesús

El Señor nos invita para llevar todas nuestras cargas a Él, nos está esperando en la intimidad de nuestra recámara, dice que velemos y oremos para vencer la tentación, está a la puerta llamando, rogando la atención de nuestro corazón, y bien sabemos que donde Él está hay paz y vida abundante, pues conocer al Padre y al Hijo es la vida eterna (Mateo 6:6; Juan 17:3).

Estar en comunión con Dios es un privilegio de sus hijos, es nuestro privilegio. Quitemos todo pecado que estorbe, para que nos sea familiar su presencia y cercanía; teniendo su palabra y una Iglesia que nos ame. Y ya que la sangre de Cristo nos ha limpiado y ha abierto el camino al mismo trono y teniendo en nuestro corazón el Espíritu Santo, corramos la carrera que nos es propuesta, con gozo cada día, sabiendo que Él quiere hacerse manifiesto entre nosotros, seguramente no nos arrepentiremos. Busquemos apasionadamente el rostro de nuestro Señor (Hebreos 12:1-2).

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