El Dios que se esconde: Los pobres como destinatarios de la misión.

Min. Joel J. Pachuca Rosales

En México hay 1.2 millones de personas que poseen la gran mayoría de los bienes, riquezas, propiedades, un total acceso a los servicios básicos, movilidad y un sin fin de privilegios en este país, pero, la contracara es difícil de asimilar en cuanto a la pobreza.

El Consejo Nacional de Evaluación de Política de Desarrollo Social (CONEVAL), presentó el informe Política Social en el Contexto de la Pandemia por el Virus SARS-COV-2 (COVID-19) en México. El informe es desalentador, hasta 2018 el CONEVAL, tenía un estimado de 52.4 millones de mexicanos en pobreza (9.3 millones de ellos, en extrema pobreza). A partir de 2020, habrán ahora, 62.25 millones de mexicanos en pobreza, es decir, 10 millones de personas más.

Con base a los datos de densidad poblacional del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2019, en el país hay 125 millones de personas, esto quiere decir que, a partir de este año, la mitad del país está en pobreza»1.

Esta realidad nos desafía a recuperar como iglesia el lugar de los pobres como objeto central de la Misión.

La premisa referente a que los pobres son destinatarios primarios de la Misión no siempre es bien aceptada. A menudo, se escuchan posiciones de creyentes respecto a que los pobres lo son porque ellos mismos lo provocaron. Una supuesta pereza, el aparente disgusto por el trabajo, empleos mal remunerados por falta de preparación académica –la cual se dice que no se cuenta con ella debido a que cuando pudieron tenerla no se esforzaron–, son algunas de las razones que se dan para explicar el por qué de la pobreza (si bien, es posible que en algunos casos estas situaciones sean reales, no se pueden considerar como la generalidad). Por razones como tales, algunos creyentes opinan que la iglesia no debe ocuparse en responder a las necesidades de los pobres. Piensan que solos deben resolver su condición. Califican a los programas de apoyo que se les ofrecen, tanto eclesiales, gubernamentales o particulares, como asistencialistas o paternalistas. Ideas como las referidas, requieren ser orientadas.

¿Pobres?

Es necesario reflexionar respecto a lo que es y lo que produce la pobreza. De tal manera que, hablando de la Misión de la Iglesia, se comprenda porque el Señor llama a que los pobres sean sus receptores primarios.

En el lenguaje cristiano y teológico, el término «pobre» puede describir realidades muy diversas. En palabras de Jon Sobrino2, se trata de:

• Pobres, tal como de ellos se habla en los profetas y en los evangelios. Son aquellos para quienes el hecho básico de sobrevivir es una dura carga, para quienes dominar la vida a sus más elementales niveles de alimentación, salud, vivienda, es una ardua tarea y la tarea cotidiana que emprenden en medio de una radical incertidumbre, impotencia e inseguridad. Pobres son aquellos encorvados, doblegados, humillados por la vida misma, ignorados y despreciados por la sociedad. Son, en primer lugar, los socio-económicamente pobres, es decir, carecen de las necesidades fundamentales para todo ser humano: la vida, la fraternidad y el sustento.

• En segundo lugar, encontramos también la pobreza socio-cultural, que hace que la vida sea un verdadero suplicio. Existen la opresión y discriminación racial, étnica y sexual. Muy frecuentemente, por el mero hecho de tener la piel oscura, ser indígena, anciano o mujer, la dificultad de la vida se agrava. Hay algunos que viven pobreza socio-económica y socio-cultural, por lo que, son doblemente pobres.

• En tercer lugar, pobres son los empobrecidos por otros. No es mera carencia, no es mera dificultad de alcanzar lo necesario para la vida, es la dificultad de vivir causada por otros, la ignominia ocasionada por el egoísmo y ambición. Explotación, sueldos precarios no acordes al trabajo que se realiza, abusos, fraudes, despojos, son afrentas a la dignidad humana. Estructuras, mentalidades y sistemas que propician que los pobres sean mayorías.

Pobreza, en términos concretos entonces, se evidencia en: niños golpeados con la dura realidad de ser pobres antes de nacer, jóvenes frustrados en zonas rurales y suburbanas faltos de oportunidades, indígenas que viven en situaciones inhumanas, ancianos abandonados, campesinos sin tierra y sometidos a la explotación, obreros mal retribuidos, privados de sus derechos, marginados y hacinados urbanos frente a la ostentación de la riqueza, personas que han crecido en entornos de violencia y adicciones, o en ámbitos cuya idiosincrasia está permeada de abusos, desesperanza, desaliento, muerte.

Los pobres como destinatarios de la misión, entonces no son aquellos seres humanos: limitados, carentes y necesitados sin más. La pobreza respecto a la cual aquí hablamos es aquella que va en contra del proyecto de Dios cuya prioridad es la vida abundante para la humanidad en todos los ámbitos.

Dios, está con los pobres

En el Pentateuco encontramos muchas referencias a este interés de Dios por los pobres. El libro de Éxodo lo resume así: «Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo en Egipto y he escuchado el clamor que le arrancan sus capataces; pues ya conozco sus sufrimientos. He bajado para liberarle de la mano de los egipcios y para subirle de esta tierra a una tierra buena y espaciosa» (Éxodo 3:7).

En los profetas, Dios llama «mi» pueblo a los oprimidos dentro de Israel. En los Salmos se dice: «Padre de huérfanos y viudas es Dios» (Salmo 68:5). Oseas dice: «En ti el huérfano encuentra compasión» (14:3). Dios es el redentor, el «Go’el» de Israel porque defiende al pobre.

Leonardo Boff afirma que: «Dios no sólo tiene interés en los pobres, sino que a través de ellos se muestra como Dios. El interés de Dios por los pobres se concretiza en el amor hacia ellos, en la justicia a favor del oprimido y en la ternura que se afecta por el sufrimiento causado a lo débil, pequeño e indefenso»3.

Cristo, está con los pobres.

En los Evangelios, Jesús anuncia la buena noticia del Reino de Dios a los pobres. Así lo afirma en las bienaventuranzas (Lucas 6), en el discurso inaugural en la sinagoga de Nazaret; y así lo defiende en las parábolas contra sus detractores.

Los pobres, no sólo entendidos como aquellos que tenían privación económica exclusivamente, sino todos aquellos privados de la dignidad humana: enfermos, pecadores, personas marginadas, relegadas, excluidas; las consideradas no-personas por su sociedad.

El interés por los pobres por parte de Jesús está en el comienzo de su ministerio: su misión consiste en anunciar la buena noticia del Reino de Dios a los pobres (Lucas 4:18-19). En Mateo, casi al final de su vida, pronuncia un discurso sobre la prioridad de los pobres en la Misión. Veamos la siguiente parábola contenida en dicho discurso:

Amar a los pobres: la parábola del Juicio a las Naciones

Esta parábola es una de las más relevantes del evangelio de Mateo (25:31-46). Lo es, pues resume de forma práctica e ilustrativa las enseñanzas de Jesús, el deseo de Dios. Trata del día final de la historia, de la palabra definitiva de Dios en ese final, que considerará lo más sencillo, lo más elemental, lo más pequeño, como primordial. El juicio será la confirmación de la vivencia del evangelio desde la fe, la esperanza y el amor.

La parábola presenta una síntesis de la auto-revelación de Dios en Jesucristo, en la historia: Dios en los pobres, Jesús identificado para siempre con ellos, presente en sus sufrimientos; pero, a veces, imperceptible para quien se ha distraído, escondido. En ese sentido, la iglesia es llamada a ir a donde Dios se esconde, al pobre.

El texto, aborda cuatro ideas teológicas esenciales que resumen lo que implica el Evangelio y el Reino de Dios:

1. La fraternidad como el sentido de la vida humana. La revelación de Dios nos muestra que fuimos creados por Él, entre otros propósitos, para ser hermanos. Por eso, la parábola manifiesta que sobre esa verdad se emitirá el juicio: la vivencia del amor hacia el otro, reconocido como hermano. No se puede ser ajeno a lo que sufre el otro, diciendo, es su problema. Eso no es evangelio. Por eso, en la parábola se presenta la siguiente idea: el dolor del otro, es dolor de su hermano. La carencia del otro, es carencia del hermano.

2. El amor, como acciones concretas y cotidianas, como forma de vida; sobre todo, hacia personas que enfrentan sufrimiento, carencia y privación de vida. El texto plantea que se juzgará si se amó o no al prójimo. Este amor, no es presentado en la parábola como una idea abstracta, un buen sentimiento, una palabra cariñosa. Se presenta la vivencia del amor en actos concretos: «dar de comer», «vestir», «visitar en la cárcel», «cubrir al desnudo». Amor o desamor hacia el otro necesitado, pobre, desprotegido, vulnerable, será la valoración en el juicio.

3. El otro, el hermano, presentado como quien que no cuenta con lo elemental para vivir, el pobre. Lo elemental para vivir, no se reduce a casa, alimento, vestido y comida; si bien lo implica, pero no lo es todo. Se puede tener incluso, pero de forma precaria, por debajo de lo humano, digno y elemental. Por eso la necesidad del otro no se reduce a la carencia de lo material. Involucra todas aquellas condiciones concretas, emocionales, biológicas, sociales, espirituales, intelectuales, materiales, que el otro requiere para una vida humana digna. El hermano, desde su integralidad, será ayudado. Esa es la demanda.

4. El amor a Dios evidenciado en amor al otro. La parábola no hace referencia respecto a que el juicio constatará la manera o compromiso con que se haya amado a Dios, lo que se haya realizado por Él. Es muy fuerte el texto. Comunica que lo relevante de la vivencia del Evangelio, desde el deseo de Dios, es lo que se haya realizado a favor del otro, del hermano. Juan, el apóstol, lo diría así: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero. Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano» (1 Juan 4:19-21, RV60).

¿Cuál es nuestra Misión como Iglesia si tenemos a los pobres como destinatarios?

«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí» (Mateo 25:35-36, RV60).

Este llamado al amor, si bien implica la dimensión individual, también abarca la colectiva. Nuestro prójimo no es sólo el hombre o la mujer individuales. Por su puesto que lo son, y requieren ayuda. El texto nos mueve a eso. Sin embargo, también es importante ver al ser humano en la colectividad. Las mayorías, los explotados, marginados, desprotegidos, oprimidos, son ese otro donde Jesús se esconde, Él está con ellos, por lo que, su Cuerpo, la Iglesia, es llamada a permanecer con ellos. Tenemos el desafío de enfocar nuestra reflexión, predicación y acción en, además de ayudar a los pobres, transformar las mentalidades y estructuras que hacen posible la desigualdad, el abuso y la pobreza.

Hambre y comida, sed y bebida

Dar de comer, por ejemplo, en palabras de Jon Sobrino: «es posibilitar que los pueblos coman y para esto es necesaria no sólo la beneficencia, sino, además de ella, la transformación de las estructuras económicas que impiden que hoy todos puedan comer. Y así podíamos decir de todos los actos de servicio por los que Dios juzgará a seres humanos según la parábola. Si a Dios le encontramos en nuestro hermano, el lugar privilegiado para ese encuentro es el hermano empobrecido y despojado de su misma condición humana por la ambición de otras personas. Al final de la historia, Jesús, el pobre, nos juzgará en nombre de todos los pobres. El sentido último de la historia pasa por ellos»4.

“Fui forastero, y me recogisteis”

Dada la crisis migratoria que ha golpeado a nuestro país en tiempos recientes, es ineludible rescatar este aspecto tan importante de la Misión. Hoy, los migrantes, que viajan al país del norte en busca de una mejor vida, son esos forasteros sin hogar. En otras palabras, pobres. Muchos de ellos sufren maltrato y discriminación. Son objeto de enojo, hostilidad y vejaciones en razón de que supuestamente están invadiendo otro país al que no pertenecen.

La migración no se debe criminalizar. Pues no es un delito buscar una mejor calidad de vida, en razón de que los países de origen no la ofrecen. Existen innumerables testimonios de migrantes con un gran amor a sus familias que, sin embargo, tiene que separarse de ellas para buscar mejores condiciones de vida, en razón de la delincuencia o falta de oportunidades por largo tiempo en sus lugares de origen. Hoy, la iglesia está llamada a ayudar a los migrantes como parte de su Misión.

Desnudez

La desnudez representa el grado de carencia que vive la persona. Evidencia que quien se encuentra así no tiene lo básico, lo esencial para vivir. Refiere a una desprotección, fragilidad y exposición de quien la sufre, de manera extrema. A menudo, es provocada por egoísmos, condiciones laborales injustas, contextos de violencia y adicciones. La iglesia es llamada a cubrir la desnudez de quien no tiene nada. A luchar para transformar las estructuras y mentalidades que la provocan.

Enfermedad

Las estructuras insanas de la sociedad propician personas enfermas. No solo es la falta de cuidado propio del enfermo, es la sociedad consumista, hedonista, que trae enfermedad, además de la falta de oportunidades para la oportuna y adecuada atención. No siempre se tienen las condiciones para la atención médica necesaria o urgente, lo que ocasiona que las enfermedades se vayan agudizando.

No todos tienen el acceso a la salud. Un buen sector de la población en nuestro país, no cuenta con un servicio médico formal. Por otro lado, la misma pobreza, ocasiona que la persona no cuente con los elementos para nutrir su cuerpo, propiciando con esto enfermedades. Como iglesia, tenemos la responsabilidad de hacer misión hacia todos los que enfrentan la pérdida de la salud o que no tienen los recursos para propiciarla.

Cárcel

Los reclusorios están repletos de personas con trágicas historias de vida. Si bien, a veces hay inocentes, también están los que tienen experiencias de haber causado mucho daño a otros. Ellos, en su mayoría, también enfrentaron sufrimiento en los entornos donde crecieron. Violencia, abusos, adicciones, delincuencia, son ámbitos en los que se desarrollaron. Lamentablemente, esta pobreza, causa mucho sufrimiento. Dios ha dado el compromiso a la iglesia de ayudar integralmente a quienes se encontrasen recluidos.

Finalmente, pedir hoy al Señor como Iglesia el pan nuestro de cada día, sabiendo que los pobres no lo tienen, toma un sentido distinto. El siguiente poema así lo describe:

«Si llegaras a vernos pordioseros y arrastrando nuestra alma por la vía, entre espinos y cardos traicioneros: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si la ausencia de amor nos ha segado, dejando de ver al prójimo necesitado, lo hemos abandonado sin ayuda, aun estando nuestro lado: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si escondido frente a nosotros has estado, en un mendigo, en un anciano, en un hombre frágil y necesitado, para compartirle te pedimos: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si vivimos ajenos a tus dones e ignoramos tu gracia todavía, nunca, nunca Señor, nos abandones, para que el agradecimiento y la alegría inunden nuestros corazones: danos hoy nuestro pan de cada día.

Si las penas llegaran a inquietarnos hasta el punto del llanto y con la impía desazón de la angustia y a postrarnos: danos hoy nuestro pan de cada día».

Heriberto Bravo

Referencias

1 “10 millones más de pobres en México: La mitad del país está marginado” | Daniel Jauregui | terceravía.mx | 16 de junio de 2020

2 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta; Madrid:2007.

3 Leonardo Boff, “Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres”, Editorial Trotta: Madrid: 2013.

4 Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, Editorial Trotta, Madrid: 2007.

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