REGRESANDO A CASA

«Nada puede compararse con la paz y bendición de un hogar, donde la vida se comparte, se ama y se es amado, donde la voz del padre da dirección, y se disfruta la bendición de estar juntos. Nos asomaremos a un hogar que era feliz, pero que, por el egoísmo y el pecado, se vio invadido por el dolor y el quebranto, pero fue restaurado por el persistente amor del Padre»

En el evangelio de Lucas, en su capítulo quince, nos narra tres parábolas: «La oveja perdida», «La moneda perdida», y la famosa historia de «El hijo pródigo». Las tres narraciones tienen que ver con algo perdido y que al encontrarlo es causa de gran gozo y hasta motivo de celebración.

De estas tres parábolas quizá la más conocida es la del Hijo Pródigo, la cual también podríamos llamar «El Padre amoroso», porque de eso se trata, de un padre compasivo, que tiene misericordia, que pasa por alto las faltas y recibe con un abrazo al hijo.

Lucas 15:11-32, nos cuentan la historia de un hombre rico que tenía dos hijos varones, el más joven fue a su padre, y le pide la parte de la herencia que le corresponde, este hijo menor, al vivir con su padre no necesitaba esa herencia; la casa era cómoda, los bienes abundaban, nada le faltaba, y sobre todo, el padre lo amaba. Pero todo eso no fue suficiente, el joven quería irse lejos, experimentar nuevas cosas fuera del alcance de su padre, quien cedió ante la exigencia del hijo, sabiendo que la herencia no le pertenecía hasta que el padre muriera.

El verso 13, nos dice que se fue a una provincia apartada, lejos del hogar y de la presencia de su padre, buscando su libertad; se rodeó de amigos que, como él, querían vivir la vida sin freno alguno, y quienes luego lo abandonaron cuando los bienes se agotaron. De pronto, se vio sólo y con hambre; tuvo que contratarse para cuidar puercos, un trabajo humillante, sobre todo para un judío, forzado entre animales impuros que tenían mejor suerte que él. Hasta ese punto tuvo que descender el joven, para reaccionar y darse cuenta de su error.

El padre de la historia, es un hombre tierno y amoroso, que aceptó la decisión del hijo de marcharse lejos del hogar. No intenta detenerlo, le entrega lo que pide y lo deja partir, pero esperando cada día que el chico regresara, y esperándolo con corazón dispuesto y brazos abiertos, presto a recibirlo otra vez en el seno de la familia, con perdón y sin reproches.

El hijo mayor a quien le correspondía el doble de la herencia, es un muchacho trabajador y obediente, que permaneció al lado del padre, pero al final, con su actitud, pareciera que no era feliz, que no disfrutaba vivir al lado de su progenitor, ya que al regreso de su hermano menor, no compartió la alegría del padre, ni estuvo de acuerdo con el recibimiento que se le dio.

Dos hijos completamente diferentes, uno rebelde que no valoró la bendición tan grande que tenía en su casa, y el otro, obediente al padre, pero resentido y amargado. Pero el padre, no solo recibe al pecador, y al ingrato, también da palabras de invitación al hijo mayor, ambos son sus hijos y anhela que los dos, disfruten de la herencia y especialmente que disfruten su amor.

Esta parábola nos enseña varias cosas

En primer lugar, nos habla del amor de Dios que es como ese padre bueno que, aunque a veces no está de acuerdo con nuestras decisiones, nos da la libertad de elegir, aun sabiendo que esas decisiones traen tristeza. Nos habla también de un padre perdonador, misericordioso, siempre dispuesto al perdón. Cuando nos arrepentimos y humillamos, Él siempre está dispuesto a recibirnos en casa, sin reproche.

En segundo lugar, nos habla del hijo pródigo, no seamos como él, que teniéndolo todo, no lo valoró. Hoy nosotras sin ser las mejores, sin tener algún mérito, puso sus ojos en nosotras, nos recibió con los brazos abiertos, nos ha perdonado y tenemos el privilegio de ser llamadas sus hijas y también coherederas en Jesucristo, tenemos su Santo Espíritu y con derecho a todas las promesas que hay en su Palabra. ¿Qué más necesitamos? ¿Qué más podríamos pedir?

Y por último, tengamos mucho cuidado de no comportarnos como el hijo mayor, quien no compartió el gozo del padre ante el regreso de su hijo perdido. No juzguemos, no nos sintamos mejores que los que por algún tiempo se han apartado del camino del Señor y vuelven. Recordemos que todo lo que tenemos es sólo por su gracia y misericordia, nada nos hemos ganado. Gocémonos cuando alguien que habiendo conocido al Señor se apartó de Él y ha decidido regresar al camino, recibámoslo con gozo, démosle la bienvenida a casa, hagamos fiesta porque «muerto era, y ha revivido, se había perdido y es hallado».

Por otra parte, quiero animarte a ti, que tienes algún pródigo en tu hogar a quien, a pesar de haberle enseñado el camino santo, un día decidió apartarse, vivir su vida fuera de la voluntad de Dios y despilfarrar su herencia espiritual, trayendo mucho dolor a tu vida. No olvides que nuestro Señor, es un Dios de oportunidades, y que sus misericordias son nuevas cada mañana. No te canses de clamar día y noche delante del Señor, para que vuelva en sí y se dé cuenta de lo que ha perdido. Y que tú, al igual que el Padre de esta historia, lo recibas con gran gozo, celebrando su retorno.

También podría ser que seas tú, la que por alguna circunstancia te has alejado del Señor. Has dejado de tener la comunión íntima que tenías antes con Él. Yo te invito que escuches su voz, te está invitando que vuelvas.

El dueño de casa, el Padre amante, nos hace saber su amor sin límites, recordándonos que cualquiera que sea nuestra situación, siempre hay un lugar en su corazón que nadie más puede ocupar. Dejemos nuestros deseos ofensivos, nuestro egoísmo, porque eso endurece el corazón, y nos incapacita para amar al Padre y a nuestros hermanos.

Al regresar a casa, la fiesta sin fin inicia, pero es necesario que dejemos todo lo que estorba para disfrutar el encuentro.

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