Escuchando a Dios en el silencio

Escuchando a Dios en el silencio

Min. Ausencio Arroyo García

“…Y tras el terremoto un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su mano y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías? 1 Reyes 19:9-13

Durante la II guerra mundial, el gobierno de Gran Bretaña elaboró una serie de mensajes para mantener en alto el espíritu de los ciudadanos que había estado expuesto por varios años a la ansiedad y el miedo de la conflagración, entre ellos el bombardeó sobre Londres. Una frase preparada para tal fin, pero que no se empleó, ya que se tenía previsto emplearla en caso de que los nazis invadieran su territorio; al no llevarse a cabo, la publicidad se desechó al finalizar el conflicto bélico en 1945. La frase reza así: “Keep calm and carry on” “Mantenga la calma y siga adelante”. Desde hace pocos años, se volvió popular y actualmente se imprime el slogan en indistintos objetos de publicidad. El mensaje: “Mantenga la calma”, se ha vuelto imprescindible en estos días. ¿Cómo podemos desde la fe mantener la calma?

Hacer, no siempre es lo mejor.

El cuerpo humano está conformado de tal manera que ante el peligro responde secretando substancias que activan la totalidad de la persona y le empujan a enfrentar o huir, según el carácter y las circunstancias, a la situación de amenaza. La adrenalina, noradrenalina y el cortisol reúnen las energías del organismo y lo ponen alerta para dar una respuesta, aceleran el corazón y mueven a ejecutar acciones. En razón de nuestra biología, hemos llegado a pensar que en los peligros lo mejor que podemos hacer es responder con acciones. En los indicios de riesgo nos enfocamos a construir diques, según la naturaleza del peligro, que detengan la catástrofe. Cuando las acciones son insuficientes o imperfectas para contener el desastre, nos invade el pesimismo. Aun en el ámbito espiritual, en una situación crítica, generalmente respondemos con activismo, como si por el solo hecho de realizar algo fuese suficiente para superar la adversidad.

La amenaza del COVID 19 ha puesto en suspenso la vida cotidiana que llevábamos y nos ha obligado a buscar respuestas para evitar el daño o por lo menos sufrir lo menos posible. La tendencia de nuestras respuestas ha sido de producir algo, de no estar quietos, buscamos mostrar que somos personas de bien, que somos responsables y podemos justificar lo que recibimos; para esto, nos hemos enfocado en construir un discurso, fabricar implementos de protección, repetir, en pequeño, el servicio de iglesia y muchas otras cosas, que son buenas o más bien excelentes, pero que no son lo único que debemos emprender. Las acciones sin sentido desgastan pronto, los intentos de llenar el tiempo o el vacío nos pueden dejar extraviados, cumplir un programa no es todo. Hay quien en medio del activismo se puede sentir fracasado. Hay algo que debemos aprender o fortalecer en nuestro caminar con el Señor como nos lo muestra la historia de Elías.

Elías, el gran profeta del Antiguo Testamento, encontrará a Dios, no el estruendo de las manifestaciones portentosas sino en la quietud del silbo apacible de la presencia de un Dios-Pastor que cuida de sus ovejas. Cuando el profeta se vio amenazado por el poder de la terrorífica reina Jezabel, de inmediato puso en marcha un plan de escape. Es probable que haya deducido que todo dependía de él, que su astucia y su voluntad lo pondrían a salvo. Su impulso de huir le lleva al pozo de la desesperación. Cuando pierde la confianza en sus propias fuerzas, y no siente el respaldo de quien lo envió a la misión de vocero divino, se siente desvalido y abandonado, su falta de esperanza le lleva a desear morir. Sin embargo; mientras se halla invadido de profunda tristeza, Dios lo encuentra en un alto del camino. La voz de Dios le advierte que se ponga en pie, pues tiene por delante un largo camino, todavía deberá completar un plan de vida. En la siguiente etapa de su andar por la soledad del desierto, lo encontramos dentro de una cueva. La narración nos descubre que ha entrado en un refugio seguro, evita quedar expuesto y se pone a resguardo. Allí ocurrirá el instante clave que despertará su verdadero poder espiritual.

Elías ha hecho demostraciones extraordinarias frente a los adversarios de la fe de Israel, pero se inundó de miedo cuando se supo perseguido por la mujer más poderosa del reino. Mientras está en el interior de la cueva, el Señor le dice que salga y se ubique en el espacio abierto del monte. Dios se le revelará, se mostrará ante este hombre que va quedado en evidencia por sus carencias y fragilidades, que se ha dado cuenta que sus miedos son grandes y sus pensamientos tienden al pesimismo. Dios quiere dejar de ser el poderoso desconocido, para ser el íntimo impulso del profeta. El momento del encuentro es muy significativo, ante sus ojos primero vino un fuerte viento que rompía los montes y quebraba las peñas, pero el Señor no estaba en el viento; luego vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; después vino un fuego, pero Dios no estaba en el fuego; tras el viento llegó un viento apacible y delicado. Allí vendrá Dios para hablar en intimidad con su siervo.

Escuchar a Dios en la quietud y el silencio, será siempre mejor

Los encuentros personales de Dios con los seres humanos ocurren en soledad. Estos encuentros permiten el diálogo sobre los asuntos más profundos como las motivaciones del corazón, las emociones y la manera de cómo se ven a sí mismas las personas. ¿Qué haces aquí, Elías? Le pregunta el Señor. Es una pregunta que contiene muchas otras: ¿Por qué llegaste aquí? ¿Qué persona eres en este momento? ¿Qué te mueve? ¿A qué le temes? ¿Qué te preocupa? ¿Por qué elegiste este lugar?, y más posibles cuestionamientos. Al hacer propio el relato, estas preguntas resuenan en nuestros oídos. En la quietud y el silencio escuchamos a Dios decirnos de nuevo ¿Qué haces aquí? La tendencia al activismo, incluyendo el religioso nos impide escuchar las interrogantes esenciales y las encomiendas personales de Dios, actuamos en la medida de nuestras fuerzas, lo que nos parece bien. No que sea malo, pero no es lo único y no siempre es lo mejor que podemos hacer.

El evangelio de Lucas 10:38-42 cuenta la historia de dos mujeres aldeanas quienes reciben a Jesús en su hogar. La anfitriona Marta, se moverá preocupada por los quehaceres domésticos, irá de un lado para otro atendiendo las necesidades físicas de los comensales, no es malo; mientras María, se sentará junto a Jesús y en silencio escuchará las palabras íntimas de sentido y aliento, María escogió lo mejor. La vida nos impone acciones para sobrevivir. Pero hay un ángulo que jamás debe desatenderse, éste tiene que ver con la comprensión del sentido espiritual de la existencia: ¿Para qué vivimos? ¿Quiénes somos en realidad? ¿Qué nos mueve? ¿Qué dice Dios de nosotros? ¿Qué espera que hagamos?

¿De dónde vendrá nuestra fuerza y noble disposición a enfrentar las adversidades? De percibir la presencia rectora de Dios en lo más hondo del ser, de la confianza que nos da el saber que estamos en sus planes y que sus promesas son fieles, que todo tiene un fin aceptable a sus propósitos; de aprender a depender de él y no de nuestras fuerzas o nuestra inteligencia. Cuando haya que elegir entre pasar tiempo en la misión de Dios o pasar tiempo con el Dios de la misión, debemos tener clara la prioridad. A veces el activismo tiene sus raíces en la angustia y se convierte en una forma de intentar evadirla, lamentablemente, siempre nos alcanzan el miedo, la frustración o el cansancio.

Aunque parezca una participación infructuosa porque sea invisible a los ojos de los demás y no deje huellas evidentes para seguir el camino, el tiempo que pasemos en quietud y silencio con el Señor, hará posible el desarrollo del carácter cristiano, la sensibilidad espiritual y la resistencia frente a las adversidades. Cuando renunciamos a la búsqueda del rendimiento y nos enfoquemos en deleitarnos en los momentos de escuchar a Dios, estaremos dejando a Dios ser Dios y alcanzarás la calma de tu corazón.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Nuestra fe sobrevivirá el invierno

Min. Ausencio Arroyo G.

En el siglo XVIII, Catalina la Grande, de origen alemán, se casó con el Zar Pedro III de Rusia. Con noble intención, tuvo a bien promover que alemanes fuesen a poblar la zona oriental del río Volga haciendo que los campos produjeran sobre todo trigo. Unas 27 mil personas se sumaron a su llamado y se trasladaron para instalarse en las tierras que les asignó el imperio ruso. El camino fue largo y penoso, además, una vez establecidos, eran azotados por bandas de ladrones. Esta migración costó la vida de varios miles de ellos. Los recién llegados desconocían de los crudos inviernos de la región. En los primeros años se vieron en la necesidad de construir sótanos en los cuáles se refugiaban las familias junto con los animales, permanecían ocultos durante los meses de diciembre a marzo, saliendo a la superficie cuando las nieves empezaban a derretirse. En primavera, la vida comenzaba de nuevo.

Este 2020 estamos en primavera, pero parece invierno, no por el frío en el cuerpo sino por el frío en el alma. Para muchos, la reclusión en casa está resultando un tiempo dónde la fe está puesta a prueba. El aislamiento de la Comunidad de creyentes, la intimidad de la Cena, el distanciamiento de los amigos, la carencia de contactos afectivos, las presiones financieras, entre otras limitantes; nos hacen sentir frustración e impotencia. Nos parece estar atrapados en una cueva como el profeta Elías. Afuera, la amenaza mortal; adentro, la soledad y el miedo. ¿Sobrevivirá nuestra fe? Nos preguntamos, en el silencio de la noche. A la manera de un drama, veamos un mensaje de aliento en tres actos basado en el Salmo 77 (versión Dios Habla Hoy):

Primer acto: desilusión.

“Mi alma no encuentra consuelo. Me acuerdo de Dios y lloro; me pongo a pensar y me desanimo…en mi interior medito, y me pregunto: ¿Acaso va a estar siempre enojado el Señor? ¿No volverá a tratarnos con bondad? ¿Acaso su amor se ha terminado? ¿Se ha acabado su promesa para siempre? ¿Acaso se ha olvidado Dios de su bondad? ¿Está tan enojado, que ya no tiene compasión? Lo que más me duele es pensar que el altísimo ya no es el mismo con nosotros” vv. 2c-3, 6b-10.

¿Te has despertado alguna mañana con ganas de llorar porque sientes que algo en tu interior, inocente y piadoso se rompió? ¿Has tenido la abrumadora sensación que nada tiene sentido y que estás sólo para enfrentar los problemas? ¿Has tenido el deseo o has realizado el acto de gritar a Dios tu desesperación y amargura? ¿Te has preguntado por qué parece te da la espalda? ¿Por qué se niega a traerte consuelo y alegría? De manera similar es la apertura de esta oración de lamento. Todos esperamos que la vida sea de cierta forma, que lleguen los momentos y se den los resultados, en nuestra opinión, consecuentes; pero muchas veces sucede lo contrario. Para el creyente, es decepcionante sufrir el abandono de Dios. El salmista dice: “Lo que más me duele es que Dios ya no es el mismo”. Esta es la meditación de un corazón desilusionado.

Antes de sentencias categóricas, se suscitan las dudas y se conmueve la consciencia. En el proceso del Salmo, parece que la fe del orante se va marchitando y la presencia divina se vuelve borrosa, pero antes que desaparezca del todo, el orante se resiste a dejarle ir, por ello pregunta; seis veces se pregunta: ¿Por qué me ha dejado Dios? En el soliloquio íntimo, invadido por la nostalgia espiritual se repite, una y otra vez: ¡Dios no era así! No es como lo estoy viendo ahora. Es terrible sentirse traicionado del ser amado. ¿Por qué sufro injusticia? ¿Por qué no responde a mis oraciones? ¿Por qué sigo en mi miseria? ¿Por qué estoy al borde del abismo? ¿Por qué, si lo que quiero es bueno, no lo consigo? ¿Por qué, si lo busco, se me esconde? ¿Por qué dejó que mis sueños se rompieran y mi vida se apagara con tristeza? ¿Acaso, no le gusta a Dios la luz de las sonrisas?

La desilusión en lo sagrado, es la experiencia que nos reduce de tamaño y nos recuerda nuestra pequeñez ante el ser Absoluto y el universo que se preserva y se expande. La desilusión es un profundo abismo que se extiende entre las expectativas que tenemos de Dios, ya sean por imaginación personal o influencia de otros y la realidad de la vida. Ese abismo se puede formar en un instante, cuando aquello que amas o te da confianza se esfuma, como una bomba que estalla dejando un enorme cráter de vacío y frustración; o bien, puede ocurrir por la erosión imperceptible continua de pequeñas pero significativas decepciones, cuando nos cuestionamos si de verdad le importamos a Dios. Mientras nuestra existencia es más o menos llevadera, la fe “tradicional” subsiste, pero, cuando es puesta al fuego, se puede evaporar hasta desaparecer. En sus horas de desolación, el salmista busca a Dios, su oración es una mezcla de gritos y llanto (vv. 1-3a). ¡En verdad, qué pequeños somos!

Segundo acto: Rememoración

“Recordaré las maravillas que hizo el Señor en otros tiempos; pensaré en todo lo que ha hecho” vv. 11-12

Es muy frecuente, que en los momentos de crisis se desmorone la estructura interna de nuestros pensamientos y sentimientos, en un instante se esfuma nuestra seguridad y como consecuencia: perdemos la confianza y olvidamos los actos liberadores y protectores de Dios. Para no extraviarse, el salmista recurre a la memoria. Él decide rememorar las intervenciones divinas en la creación y en su vida personal. Rememorar es el proceso mental de hacer memoria. Este acto es relevante en razón que la vida no se conforma sólo del presente sino del pasado y el futuro. La memoria conforma nuestra manera de ser porque nunca estamos ya hechos en la versión final, sino que nos seguimos haciendo, mas no por nosotros solos, a lo largo de la existencia.

Cuando llega la oscuridad en la noche de la vida, las sombras difusas se vuelven amenazantes despertando nuestros miedos más profundos. En este momento de tinieblas, las luces del pasado iluminan nuestros pensamientos. Cuando miramos nuestra historia personal, descubrimos que la muerte y la tragedia nos acechan en cada jornada, y que si aún nos hallamos presentes es porque hemos sido librados infinitas veces por la bondadosa mano de Dios. Es así que arribamos a una convicción: somos sobrevivientes por la gracia de Dios.

La mayoría de nosotros; hombres y mujeres sufrimos heridas en algún momento de la vida y traemos en nuestra piel las cicatrices de un cuerpo que logró sanar. Estas cicatrices pueden ser vistas de dos maneras: podemos revivir el dolor, el miedo o el enojo que nos produjeron y por ello caer o mantener la amargura del alma o podemos mirar más allá de ellas y agradecer, porque fuimos rescatados de la amenaza inminente. Alguien que haya pasado por una operación de corazón abierto, un accidente, una enfermedad o una agresión; las marcas en su cuerpo o en su alma, le mostrarán cómo, habiendo estado expuestos al final, sus años fueron prolongados. Una y otra vez fuimos guardados por gracia inmerecida. Cuando los días grises nublan la fe, los recuerdos luminosos renuevan la confianza de un amor divino que prevalece inalterable y que volverá a traernos las alegrías de ayer.

Tercer acto: Admiración

“¡Tú eres el Dios que hace maravillas! ¡Diste a conocer tu poder a las naciones! Con tu poder rescataste a tu pueblo… Oh Dios, cuando el mar te vio, tuvo miedo y temblaron sus aguas más profundas… Te abriste paso por el mar; atravesaste muchas aguas, pero nadie encontró tus huellas” vv. 14-19

El ser humano se inquieta porque no alcanza a comprender los misterios de la voluntad del Soberano del universo. Ante lo que parece incongruente del carácter divino, el ser se incomoda y protesta. El salmista comenzó el lamento con el dolor espiritual de la decepción de Dios porque en su interior hay caos. Sin embargo; cuando se mide ante lo absoluto e infinito y se dará cuenta de lo pequeño que es. Ante las manifestaciones de Dios en la creación y en la historia, el ser humano descubrirá su pequeñez y su fragilidad. La creación funciona de tal manera que hace posible la vida. El mundo es una casa habitable para la humanidad, su belleza y operatividad son maravillosas y quien mantenga los ojos abiertos no podrá dejar de extasiarse por su orden extraordinario.

Ante los fenómenos de la naturaleza como: el mar, la lluvia, los truenos y relámpagos, los terremotos, la criatura humana no tiene control, estos hechos escapan a su voluntad. Así que, mientras Dios muestra su poder y soberanía, el hombre es sólo un testigo de este dominio. La percepción humana de su impotencia para manipular estos fenómenos le llevará a comprender que jamás podrá decir a Dios, Señor de todas las cosas, lo que debiera hacer. Si no puede decir a un rayo cuándo irrumpir, menos le puede decir a quien lo creó cómo obrar, si no puede impedir un terremoto, menos podrá obligar a quien creó la tierra entera a su manera, cómo debe actuar en la vida personal.

Ante la majestad surge un temor de aniquilación de la criatura. Dios es imponente: “cuando el mar te vio, tuvo miedo”, afirma el salmista. Si el mar tuvo miedo, cuánto más lo debe tener la pequeña criatura humana. Dios gobierna su mundo, hace su voluntad en la historia, manifiesta su poder en el cumplimiento de sus promesas, lo hace sobre todas las cosas y los tiempos. Los actos prodigiosos del Creador despiertan la sensación de temor en los hombres que reconocen su vulnerabilidad. Los relatos de las visiones de Dios están llenos de estupor en las criaturas, tanto humanas como angelicales. Ante la Majestad de la gloria divina los mismos ángeles cubren sus rostros y entonan canción a su perfecta santidad. El que es inaccesible está lleno de poder y ante él se rinde el corazón humilde. El salmista se siente cautivado y se estremece porque se halla frente a los más alto y bello de todo. Dios tiene el mundo en sus manos y es fiel para cumplir sus promesas.

En los bosques invernales las semillas sobreviven enterradas y las nuevas plantas empezarán a crecer por debajo del hielo. Más allá de la capa de frío que cubre este momento, se halla un nuevo tiempo de vida. El invierno del alma pasará y vendrá una primavera llena de nueva vitalidad y entusiasmo para la fe. Si tu corazón está atento, percibirás la belleza y el orden de la creación y confirmarás que el Señor se mantiene en su trono para siempre. Nuestra fe sobrevivirá el invierno porque Dios está allí, en el misterio de la vida. Nuestros tiempos están en sus manos.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Con los ojos de la fe

Con los ojos de la fe

Min. Ausencio Arroyo G.

Toda mirada está determinada por la perspectiva del observador. Cada paisaje u objeto cercano serán definidos y juzgados por los conceptos previos y la vista parcial de cada persona. Cada quien ve la vida, el mundo, el ser humano, y las circunstancias presentes desde su óptica privada, porque el entendimiento, las experiencias, las emociones y el carácter se mezclan a la hora de percibir los hechos de la realidad.

Tener fe, es mirar con los ojos de Dios la vida y las experiencias. En las circunstancias adversas, desde una perspectiva personal, los sucesos no tienen un sentido favorable ni parecen llevarnos a algo bueno. A pesar de muchos años de practicar una vida de iglesia, de escuchar y leer la Palabra y aun de enseñarla, en la hora de aflicción, el Dios a quien adoramos, se nos hace tan inaccesible y distante. Cuando la confusión y la duda llenan de oscuridad el corazón, nos ciegan a las manifestaciones y las promesas del Señor.

En el Evangelio de Marcos 8:13-21 hallamos el relato de uno de los encuentros de Jesús con los fariseos, en él se dice que un grupo de ellos se acerca a Jesús pidiéndole la realización de una señal, lo más probable es que buscaban algo grandioso, no les bastaban los milagros de misericordia, como la multiplicación de los panes, la curación del sordomudo y de la hija de la sirofenicia, de los versos previos. Exigían un evento cósmico, para aceptar que realmente era el Mesías prometido. Mas sus expectativas, los convertía en ciegos a las evidencias de bondad y la demostración de la divinidad de Jesucristo. En la Biblia, cada milagro; llamativo o discreto, contiene un mensaje de Dios para los hombres, pero muchos no entendemos. Somos ciegos a los actos de Dios.

¡Danos una señal! exigen, en clara provocación. Los fariseos no buscan razones para creer y menos adorar; el gesto corporal de Jesús demuestra su contrariedad: da un profundo gemido. Aquellos que dicen indagar cada día en las Escrituras para descubrir al Mesías, cuando lo tienen frente a ellos no lo pueden ver. Qué decepción, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen. Al incrédulo ningún signo le satisface, y su oído endurecido será insensible a los murmullos divinos.

¡Guardaos de la levadura de los fariseos y de la de Herodes! Exhorta Jesús a sus discípulos. La levadura es símbolo de corrupción, así como en la harina esta substancia cambia la consistencia de la masa; como símbolo, la levadura espiritual cambiará, para incredulidad, la esencia del corazón humano. La levadura puede referirse a mirar la vida espiritual en base a las expectativas personales, los fariseos no pueden reconocer las manifestaciones divinas de Jesús, para ellos, sus acciones no se ajustan a lo que quieren ver, sienten que Jesús no hace demostraciones de portento y no muestra habilidades sensacionales. Tenían ya un esquema de cómo sería el Mesías, por ello no pudieron verlo ni oírlo. Quizá, la levadura puede ser el orgullo que nos lleva a pensar que nadie puede enseñarnos nada, que no hay nadie mejor que quienes conforman un grupo selecto de líderes de opinión, pensaron que sus ideas eran perfectas, porque si no, no las tendrían. Dudaron de los signos mostrados ante ellos, es como si dijeran a Jesús: ¿Es todo lo que sabes hacer? ¡Queremos ver algo de verdad grande!

La levadura también puede ser la actitud racionalista que condiciona la fe. Tomás, creyó cuando sus sentidos vieron y tocaron al Resucitado. Exigir evidencias palpables a los sentidos diluye la fe, porque la fe es confiar que lo dicho por Dios es verdad y se cumplirá. Como Noé, no exigió evidencias de qué clase de lluvia podría hacer Dios y procedió a fabricar el arca, así los creyentes, confiamos a la Palabra del Señor y obedecemos a pesar de las consecuencias. Pretender ajustar a Dios a nuestra manera de entender la vida es relativizar su grandeza. Dios no tiene que acomodarse a mi entendimiento o mis razones. Tener fe es poseer la mirada de Dios hacia las situaciones de la vida, es amar lo que Dios ama, buscar lo que Dios busca, es conocer como Dios conoce.

La levadura puede referirse a la falta de gratitud, los milagros de multiplicación de los panes, habían bendecido a mucha gente, los fariseos no son capaces de agradecer por la generosidad de Jesús, no valoran que otorgó sustento a varios miles de personas en dos ocasiones, ellos buscaban desacreditarlo. La carnalidad no puede apreciar las buenas acciones, menos gozarse por el bien que disfrutan otros. La levadura puede ser también la actitud de buscar respuestas inmediatas, es mostrar incapacidad de esperar y por ello condicionar la fe a que vengan pronto los pedidos que hacemos a Dios. La impaciencia perturba el espíritu del creyente y pone plazo a Dios, haciendo de Él un objeto al gusto o antojo personal. Pero Dios está por encima de la voluntad humana.

Los discípulos, se sorprenden de la advertencia de Jesús, y no entienden sus palabras. Deducen con simpleza que les reprocha no haber llevado más pan. Como si esa fuese la clave. Son ciegos a la fe. No captan que la solución a problemas como la escasez, las adversidades, las pérdidas, las dudas o los miedos, se halla en el más grande milagro, la cercanía de Dios. Los milagros de los que fueron testigos no dependieron de cuántos panes tenían, ni de otros recursos sino de que el Señor que provee estaba allí, el que hace los milagros está con ellos en la barca.

La señal que nos dio el Señor fue su muerte en la cruz. Al final del evangelio de Marcos, el secreto mesiánico es develado, Jesús es el Hijo de Dios, no por actos espectaculares ni por sortilegios sensacionales, cuando Jesús expira en la cruz, el Centurión romano exclama: verdaderamente este era hijo de Dios. Jesús es descubierto, no por los “religiosos buenos” sino por un “pecador gentil”. No les será dada señal sino la de Jonás profeta. Como estuvo Jonás en el vientre del gran pez, así estará el Hijo en el corazón de la tierra, en soledad y aislamiento, en su total debilidad, pero en la fuerza de la esperanza y en el poder del Espíritu.

La levadura es la incredulidad. Es lamentable olvidar demasiado pronto las manifestaciones de la gracia y el poder del Señor. O más lamentable es no poder gozarnos con sus promesas porque la realidad no se ajusta a nuestra manera de ver la vida. La fe es la capacidad de mirar con los ojos de Dios, es tener su perspectiva de amor y generosidad. La visión correcta nos concede andar como hijos de luz. La fe es mirar que Dios hará salidas cuando parezca que no las hay. Es confiar que proveerá lo que necesitemos, según sus riquezas de gloria. La fe es mantener la esperanza contra la catástrofe, es sentir el compromiso de solidaridad con quienes sufren. Pidamos desde lo profundo de nuestro ser:

Oh Dios, abre nuestros ojos,

para quitar las sombras del corazón,

para ver el bien que nos haces,

para saber que estás allí, en el dolor.

Oh Dios, quita de nuestra mirada

El deseo de ser más grandes que tú

La codicia que esconde la máscara

La cáscara dura de piel insensible

Oh Dios, enséñame a sentir tu presencia,

A confiar que harás más de lo que puedo pedir,

A mirar más allá de las ruinas del mundo,

A declarar que sólo tú eres Dios y no yo, ni nadie más.

Más Artículos

REDES SOCIALES

La prudencia evita la desgracia

La prudencia evita la desgracia

Min. Ausencio Arroyo García

¡Con sabiduría se edificará la casa, y con prudencia se afirmará! Proverbios 24:3

Las criaturas humanas hemos recibido un don de parte del Creador: la sabiduría. Por sabiduría se entiende la capacidad de discriminar lo correcto, justo o conveniente de las acciones. Tiene que ver con la percepción de la realidad, la inteligencia para comprender la relación de causa y consecuencia en las situaciones de la vida. También se asocia con la memoria, entendimiento de los procesos y la capacidad de lucidez en la toma de decisiones. Esta condición nos diferencia de los animales los cuales se mueven básicamente por instintos y reflejos de memoria primaria. Cuando los seres humanos, nos movemos por impulsos instintivos y dejamos de lado la razón y la voluntad, nos comportamos hasta peor que los animales, con consecuencias lamentables.

El camino de la prudencia

Una de las manifestaciones esperadas al andar con sabiduría es la prudencia. Esta virtud del carácter moral se relaciona con la postura de mantenerse alertas y prevenir problemas. Por regalo de Dios tenemos la posibilidad de observar con atención el entorno, detectar situaciones de riesgo o bien, escuchar las advertencias sobre peligros y hacer lo conducente en cada caso.

A partir de diciembre pasado, se anunció al mundo entero la aparición de un virus que ataca a las personas, afecta los pulmones y puede provocar la muerte por asfixia. Se sabe que muchos que lleguen a contraerlo, no tendrán síntomas, debido a que sus organismos reaccionan con eficiencia para defenderse, pero otros, serán víctimas mortales. Hay registros, que algunos comenzaron a mostrar síntomas por la mañana y al final del día habían fallecido.

El COVID-19 es un virus con enorme capacidad de replicarse y es más letal que otros virus similares; está causando graves trastornos entre la población, a la fecha del 14 de abril estamos bordeando los 2 millones de infectados, 125,476 muertes y cerca de medio millón de personas recuperadas. En México, está por llegar la fase más crítica. El panorama es de tensa calma. Hasta ahora, se carece de tratamientos para curarlo y la lucha médica se centra en impedir que el contagio sea masivo para que no se desborden los hospitales. Aunque, el tratamiento a los enfermos graves es limitado, en las horas críticas será vital el apoyo de respiradores artificiales que lleven oxígeno a los pulmones y eviten el colapso.

La primera fase para enfrentar la enfermedad es evitar. Al no contar con los elementos para combatir este invisible enemigo, se piensa que muchos serán o seremos infectados y nadie puede declararse inmune al peligro; por ello, la estrategia se concentra en impedir el contagio masivo. La medida es aislar a la población, impidiendo que la cercanía física propicie la extensión de la enfermedad. Entiendo que el propósito no consiste sólo en que yo evite ser contagiado sino en lograr que otros más lo sean. No se trata sólo del individuo particular sino de la colectividad. Los especialistas en epidemiología han concluido que la manera de enfrentar el virus es con serias prácticas de higiene y la toma de distancia social.

Los seres humanos y más los cristianos, estamos entrelazados, y por esto nos cuidamos unos a otros; la decisión de mantenernos a distancia brota de un amor sacrificial, de un sentido de responsabilidad con el prójimo, no de falta de fe. El carácter humilde de Cristo se expresó en la obediencia al Padre hasta las últimas consecuencias, esto lo revivimos en el acto del lavamiento de pies. El lavamiento de pies es un amor a imitar. Pero, el servicio al prójimo será el verdadero cumplimiento del ritual. Este amor al prójimo consiste de actos a realizar en su favor o de cosas a dejar de hacer para honrar la persona del prójimo.

Es obvio que amar, a veces consiste en acercarse y otras en alejarse. Lo que es bueno para mí, no siempre es bueno para mi prójimo. Amar es buscar el bien del hermano (Miqueas 6:6-8). Dios nos enseña a amarnos como cuerpo (Efesios 5:29) para hacer de él, un instrumento para la gloria de Dios. La prudencia nos enseña a prevenir el daño.

No tentarás al Señor tu Dios

¡La necedad del hombre le hace perder el camino, y luego el hombre le echa la culpa al Señor! Proverbios 19:3 DHH

Algunos creyentes piensan que no debemos hacer caso de las recomendaciones de las autoridades civiles porque el poder de Dios es más grande que el virus y que es el momento propicio para mostrar la fe que tenemos. Si confiamos en el cuidado de Dios, se dice, no hay por qué quedarse en casa o abstenerse de abrazar o saludar de mano.

El peor virus del que debemos cuidarnos es el de la necedad humana. Hemos sido advertidos, de muchas formas, sobre los riesgos de contraer la enfermedad, sus voces vienen de la ciencia secular confiable. Las evidencias de los efectos son por demás convincentes y abrumadores. No hay excusa para rehusarse a seguir los protocolos. Exponerse; sin necesidad, sería hacer las cosas por impulso insensato de arrogancia o desafío a las advertencias que nos vienen por los medios autorizados por Dios.

No hay razón para escoger exponerse a una enfermedad que puede ser mortal. Cuando Pablo se halló frente a la probabilidad de la muerte, mostró indefinición por no saber qué escoger: si morir en sacrificio de su fe o seguir viviendo para testimonio de Cristo. Él buscó mantenerse en vida para seguir proclamando el evangelio y salvar a más personas. Los creyentes perseguidos no se entregaron a muerte sólo porque sí; prefirieron sobrevivir hasta donde fuese posible para extender la fe en Cristo más allá de su región. No obstante, si alguien siente el llamado a servir al prójimo en medio de la pandemia, le animamos a realizarlo, tomando las precauciones debidas para no poner en riesgos a los demás.

Nuestros actos muchas veces llegan a ser atrevidos y hasta temerarios, tratamos de pasar por encima del principio causa-consecuencia; como si hubiese algo en el interior que nos hace creer que a nosotros no nos pasará lo lógico. Pareciera que creemos poseer un poder mágico de cambiar la realidad. A veces, intentamos desafiar la verdad concreta, no para honrar a Dios sino para sentirnos mejores que otros o para sentir emoción y adrenalina de romper los límites de lo correcto.

Son diferentes ámbitos de comportamiento en los que transgredimos las normas de lo sensato. Y, cuando nos ocurren las consecuencias sabidas nos llegamos a contrariar con el Señor. Un fumador a quien se le detecta enfisema pulmonar, le reclama a Dios por no haberlo librado del mal. Un conductor que tiene un accidente y se enoja porque no fue guardado, después de viajar a 200 kilómetros por hora.

Si sufrimos siendo inocentes, este sufrimiento nos une con el sufrimiento de Cristo, si sufrimos por consecuencia de nuestros errores o necedad no obtenemos ningún crecimiento espiritual sino sólo dolor y culpa (1 Pedro 2:20). No habrá de qué arrepentirnos si seguimos la voluntad divina por el contrario seremos bendecidos por su cuidado. Estamos sabidos, está en nuestras manos seguir la advertencia, confiando en las promesas de Dios. No tenemos porque exigir que Dios haga lo que nos toca hacer a nosotros. Vivamos en la sensatez de la prudencia. La prudencia evitará la desgracia, más si viene, que no sea porque nosotros mismos la buscamos. Recuerde que la sabiduría comienza en el temor del Señor.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Encontrando la paz en medio de las tormentas

Encontrando la paz en medio de las tormentas

Min. Ausencio Arroyo García

Oye, Oh Dios, mi clamor; a mi oración atiende. Desde el cabo de la tierra clamaré a ti cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, porque tú has sido mi refugio…” Salmo 61:1-2

Se cuenta, que hace mucho tiempo, un destacado Rey, invitó a los artistas de su reino a expresar en una pintura la escena que describiera la paz perfecta. Varios de ellos realizaron sus obras, pero al final, el rey sólo se fijó en dos que llamaron fuertemente su atención. La primera era una imagen de un precioso lago cristalino con montañas nevadas de fondo, un pequeño riachuelo que corría lentamente colina abajo, mientras una variedad de flores crecían a las orillas de la corriente de agua; el cielo azul y el paisaje verde hacían sentir una quietud extraordinaria. Muchos pensaron que esta pintura recibiría el reconocimiento.

Sin embargo; el Rey eligió la otra pintura, en la misma, se apreciaba un entorno gris de una voraz tormenta, el fuerte viento levantaba olas embravecidas que reventaban sobre una gran roca, salpicando con furia latigazos húmedos en todas direcciones mientras en lo alto de la roca, en una pequeña saliente, se hallaba un nido con varios polluelos los cuales eran alimentados por una atribulada madre, el vuelo del ave la mostraba arrojada esquivando una y otra vez las lenguas voraces del agitado mar; en ella el sabio rey alcanzó a percibir la paz real de la existencia humana. La paz no es la ausencia de problemas sino la confianza del corazón en medio de las dificultades, esa paz verdadera sólo puede venir de Dios. La paz de Dios es una paz en medio de las tormentas.

La vida son problemas.

Desde que somos conscientes de la realidad, no damos cuenta del permanente estado de incertidumbre que enfrentamos. Las múltiples responsabilidades, los cambios internos y externos que nos suceden, las contrariedades a nuestros deseos o planes y las limitaciones propias o adquiridas que nos determinan, son constantes problemas, resistencias y contrariedades. Una mañana alguien se levanta con entusiasmo de iniciar su día de actividades y descubre que le han robado su auto o se quedó sin gas en la cocina, se olvidó pagar el recibo de teléfono y está sin servicio, ha habido un accidente automovilístico justo por donde debe pasar hacia su trabajo y llegará tarde y lo peor es que ya tiene varias advertencias de su jefe inmediato, sólo por poner un ejemplo.

En un instante, tu condición emocional puede cambiar, de pronto ocurre algo que rompe tu corazón y te sientes invadido por el desaliento y la incertidumbre: te dan un diagnóstico grave sobre tu salud o la de alguien querido; la persona que amas decidió romper la relación, tu hijo o tu hija tomó decisiones que ponen en peligro su integridad, eres acusado (a) de un delito que no cometiste pero alguien te encontró a modo para liberarse de sus responsabilidades y tu vida comenzará un largo camino cuesta abajo en todos los sentidos. A veces la vida nos golpea con furia.

La vida cambia por una palabra dicha o por un silencio, un gesto mal interpretado, un anhelo que no se cumple, un plan que no prospera, un intento fallido de cambiar los hábitos autodestructivos; tus ahorros se esfuman en un mal negocio o por el establecimiento de políticas económicas del Estado que trastocan tu plan de vida, eres víctima de chantajes o una estafa, se termina un ciclo de trabajo y quedas fuera de un presupuesto estable. Tu existencia da un giro brusco y quedas mal parado y de pronto pierdes la dirección. La vida es como hallarse en medio de una tormenta. Las tormentas a veces llegan de fuera y otras inician dentro de nosotros mismos. Enfrentas fuerzas que no están en tu control y aun aquellas que se supone que están bajo tu dominio en realidad no lo están; porque quieres y al mismo tiempo no quieres, sino que te dejas llevar por el impulso del deseo o de la costumbre.

Los hijos de Dios estamos expuestos a los conflictos y adversidades de la vida. El libro de los Hechos capítulo 27 contiene la narración de una situación crítica que enfrentó Pablo: mientras era llevado hacia Roma junto con un grupo de prisioneros a bordo de una embarcación de carga, se hallaban cruzando el mar Mediterráneo en una época de fuertes vientos. El centurión, encargado de los presos desoye la recomendación del apóstol de esperar a que pase el temporal y decide emprender el recorrido, hallándose en alta mar los vientos huracanados golpearán contra la nave y provocarán el miedo de marineros y pasajeros por igual. Debieron deshacerse de lo innecesario y aun de lo importante para la navegación intentando sobrevivir a la amenazante tormenta. El escritor, compañero de viaje, dice que habían perdido las esperanzas de salvarse: “Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos” 27:20.

Qué frágiles nos sentimos frente a los problemas serios, nos exigen muchas respuestas nuevas y que no serán suficientes y tal vez muchas equivocadas, somos como pequeñas barcas a punto de ser engullidas por el embravecido mar de confusión y dolor. No hay palabras que alcancen ni recursos humanos suficientes para aliviar del todo el corazón herido. ¿A dónde irá nuestra vida? Nos preguntamos, ¿Cuándo terminará el caos? ¿Qué es lo mejor o lo correcto que puedo hacer? ¿Mañana será mejor? ¿Cómo puedo seguir después de lo que ha pasado?

Dios es soberano.

Más allá de lo que perciben nuestros sentidos, hay una realidad que está conducida por el Dios majestuoso, Señor del universo. El Dios creador de todo el mundo es también el Dios sustentador del mismo. En los capítulos 38-39 de Job, el Señor expone su poder sobre la creación entera, Él puso límite a los elementos más grandes y los más pequeños; en su sabiduría decidió cómo funcionarían, pero también sigue en control. Su proceder ante Job, quien ha estado manifestando su descontento por el mal que le ha venido y del cual piensa que no tiene sentido. Dios, por medio de preguntas retóricas lleva a Job a reconocer su lugar frente al portento de quien gobierna el mar, el ciclo del día y la noche, así como la luz, la nieve, la lluvia, las estrellas y los animales; en resumen: hay alguien sentado en el trono, como lo señala la visión de Juan en Apocalipsis 4; el cosmos no está abandonado a su suerte, no lo mueve el azar, hay quien dirige a su manera y en sus tiempos todas las cosas.

Es maravilloso saber que el mundo no está a la deriva, que cada cosa tiene su función y su tiempo y que Dios mantiene sus planes o intenciones, que puedo desconocer pero que nada está fuera de su voluntad. Las imágenes apocalípticas de los eventos catastróficos, no son actos aislados o que las criaturas hacen por sí mismas, más bien responden a la intervención divina. El Señor del universo y de la historia manda sobre los elementos y reprende a la humanidad por su insensatez. Al mismo tiempo, durante estos acontecimientos caóticos, Él guarda a los suyos y por ello para los creyentes son signos de redención.

El Señor es soberano sobre todo, cierta ocasión Jesús se hallaba en una barca en medio del mar y fueron azotados por una tormenta, los discípulos lucharon a su manera con el temporal; mientras, Jesús dormía. Al levantarse: “…reprendió al viento, y dijo al mar: calla enmudece…y se hizo grande bonanza…  y se decían al uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y la mar le obedecen? Marcos 4:37-41. Dios tiene el mundo en sus manos.

Confiar a pesar de todo

Desde hace cuatro meses, casi todos los países estamos sufriendo el embate del COVID-19, y amenaza con hacernos naufragar; día tras día somos informados del incremento de víctimas por la epidemia. Los gobiernos y las instituciones de salud exhiben su insuficiencia ante los casos que se incrementan minuto a minuto. Pero, el problema se ha agravado con los miedos que despierta este enemigo invisible. Los especialistas en conducta humana hablan de las problemáticas que acarrea el estar expuestos a la enfermedad mortal en caso de quedar infectados por este virus. Se despierta el miedo al sufrimiento y al final de la existencia. Ante esta realidad, procuramos hacer nuestra parte, más sabemos, que somos susceptibles del contagio. Sin embargo; nuestra confianza para vivir cada día con entereza y armonía está puesta en Aquel que tiene el mundo en sus manos y en quien hemos depositado toda nuestra vida.

El dolor de las pérdidas y los miedos por lo que puede venir nos roban la tranquilidad y nos invade una sensación de angustia. La angustia puede deberse a que jugamos a ser dioses, en el sentido que pretendemos tener el control; sin embargo, nuestra condición frágil y vulnerable nos incapacita  y nos ubica en los verdaderos límites.

La paz que se sustenta en el poder económico o de la fuerza, se termina en el momento del contagio, nadie sabe cómo reaccionará su organismo, mientras que la paz que se sustenta en el poder de Dios se mantiene a pesar de las circunstancias. La paz que provine de Dios implica la confianza que en las manos de Dios todo está bien, lo que no significa que sea agradable, fácil o inteligible.

Por encima de las contrariedades, los quebrantos y los infortunios de la vida hay quien sabe de ti y puede darle sentido a las circunstancias. Durante la tormenta enfrentada por Pablo, sus compañeros de viaje se hallaban temerosos y habían dejado de comer, en medio de las circunstancias, Dios le hizo una promesa al apóstol y él compartió con confianza estas palabras: “…tened buen ánimo; porque yo confío en Dios que será así como me ha dicho” Hechos 27:25

Tener fe en Dios es confiar en sus designios y en su benevolencia. Tener fe es aprender a soltarnos en las manos de Dios, quien es nuestra roca de refugio y nos resguardará en medio de las tormentas. La fe no es un refugio de cobardes ni la consolación barata que nos enajene de la vida real sino una fe valiente que enfrenta las adversidades, sabiendo que Dios tiene planes más allá de las frustraciones humanas y que Él puede transformar la amenaza en una experiencia de bendición.

Encontramos la paz, aún en medio de las tormentas, al esperar en la provisión de Dios, quien tendrá una salida a nuestras aflicciones, nos dará las fuerzas para resistir la adversidad y la gracia de seguir caminando. El salmista dice: “¡Cuan preciosa, Oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. Serán completamente saciados de la grosura de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz” Salmo 36:7-9.

Más Artículos

REDES SOCIALES

Tres retratos de Dios

Tres retratos de Dios

Min. Ausencio Arroyo G.

“Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte.

Cuando alguna vez dije: «Mis pies resbalan», tu amor, Señor, vino en mi ayuda.

En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, tú me das consuelo y alegría”.

(Salmo 94:17-19, DHH)

Hablar de Dios es hablar de lo infinito y absoluto, de lo invisible y totalmente diferente. Dios es aquel que existe por sí mismo, es aquello que está más allá de los límites de nuestro lenguaje y por tanto, es imposible definir con términos concretos. Sin embargo; el inaccesible se hace accesible. Dios se revela a todos en el mundo visible, en los actos de la historia de su pueblo y en las manifestaciones cotidianas de gracia. Si somos sensibles, podremos ver que todo nos habla de Dios. Los elementos y fenómenos de la creación nos declaran sus atributos y su manera de ser.

Para hablar de la naturaleza y el carácter de Dios, los escritores bíblicos recurren al uso de metáforas como imágenes mentales de lenguaje que funcionan como un puente que nos permite acercarnos a quien es trascendente y Santo. La Biblia está llena de metáforas que describen las experiencias de quienes caminaron con Dios. Veamos aquí tres de éstas a las cuales llamamos retratos que funcionan como vehículos de entendimiento para acercarnos a la realidad espiritual. Así que veamos quién es Dios:

  1. Sustentador de la vida. Si el Señor no me hubiera ayudado, yo estaría ya en el silencio de la muerte.

La vida es posible por las leyes a las cuales está sujeta la creación. El mundo funciona como una máquina maravillosa: un día sigue al otro, la lluvia llega a su tiempo, vuelve la primavera después del invierno, las montañas permanecen en su sitio, las aves trinan cada mañana, y tantos y tantos prodigios, grandes y pequeños ocurren simultánea y consecutivamente a lo largo de los siglos. Además, entre la humanidad hay más bien que mal, hay más gente dispuesta a amar, a dar, a honrar a otros, a cuidar y proveer porque hay algo de Dios en cada persona humana.

Son muchos y muy variados los factores que intervienen para que se geste y consolide una vida. Los seres humanos somos tan frágiles e indefensos y estamos expuestos a innumerables elementos que pueden truncar una existencia: enfermedades, accidentes, descuidos o maldad humana, ignorancia, entre otros. Se requieren de infinitas manifestaciones divinas para consolidar una vida. La existencia es más que un milagro, es una cantidad enorme de milagros, algunos de ellos nos llegan a ser visibles, pero de la mayor parte no nos damos cuenta, porque Dios hace funcionar la creación de tal manera que permanece oculto en los principios de su obra.

Vivimos en un universo que tiene equilibrio en sus elementos químicos y que mantiene las leyes físicas. Hay una distribución que viene del diseño divino, no es casualidad y menos intervención humana, por ejemplo: nacen, más o menos la misma cantidad de hombres y mujeres, hay la cantidad de oxígeno necesaria para la vitalidad de nuestros cuerpos, las temperaturas de la tierra son las apropiadas. Entre muchos aspectos.

Pero, también, en las experiencias personales hallamos la intervención de la mano de Dios para salvarnos. Al revisar nuestras historias, nos damos cuenta de cuántas veces se pudieron haber truncado nuestros años, ya que siempre estamos expuestos a la finitud por diferentes circunstancias. Sin embargo; no nos damos cuenta de esto hasta que nos encontramos con situaciones límite. No percibimos lo complejo del buen funcionamiento del mundo que habitamos hasta que algo sale de su curso y se torna amenazante. La tierra firme proporciona estabilidad y bienestar, pero si ocurre un movimiento de las capas tectónicas, dependiendo de las dimensiones, puede producir daño en las edificaciones y provocar la muerte o al menos generar terror y confusión. Los microorganismos son necesarios para la vida, tienen funciones de transformar o degradar ciertas materias, convertirlas en un bien a nuestros cuerpos, pero si mutan o se alteran pueden traer graves daños.

La vida son milagros diarios que a diario olvidamos. El salmista nos revela cómo es el Señor, él reconoce que la vida es posible gracias a la intervención divina. Si el Señor se retrajera del universo, si se abstuviera de actuar, si dejara el mundo a la deriva, el mundo entero naufragaría y perecería sin remedio. El salmista nos declara su experiencia personal: ha sido preservado y su vida ha florecido por la disposición benevolente del autor de la vida. Cada día de existencia que alcanzamos, cada etapa que cumplimos aplaza lo inevitable. La vida es posible por la misericordia y el poder de Dios.

  1. Cuidador eficaz. Cuando alguna vez dije: «Mis pies resbalan», tu amor, Señor, vino en mi ayuda.

Lo que creemos de Dios determina la actitud ante las adversidades. Nuestras creencias son los mejores recursos con que contamos para enfrentar la vida, ellas son el fundamento de nuestras acciones. En esta frase el salmista pinta un hermoso cuadro de reposo espiritual. A la hora de la necesidad, a la hora del dolor, mi fuerza y mi coraje vienen de Aquel que está junto a mí. Cuando mi mundo se derrumba y mi corazón se rompe, sé que no estoy solo, que Dios es mi cuidador. La NVI dice: “No bien decía: «Mis pies resbalan», cuando ya tu amor, Señor, venía en mi ayuda”.

Nuestra historia como creyentes tiene momentos donde Dios parece distante y ajeno a nuestros sufrimientos. El cruce por los valles oscuros no son fáciles ni agradables. Cuando la fe es quebrantada en las pérdidas y sentimos desfallecer, en esas horas de lucha interna, buscamos refugio en Aquel que es fiel y que nos guardará hasta el final. Un himno clásico lo señala así:

Dónde está Dios, pregunté, cuando todo me iba mal,

Dónde está Dios preguntó mi ser; si existe, dónde está,

Yo lo busqué sin descansar por los templos de la ciudad,

Sólo en el templo de una oración al fin hallé la paz.

Jamás pedí riquezas, yo no puedo pedir más

Estrellas, cielos, luna, mar. Señor soy rico ya

Busca al Señor no lo dudes más, donde quiera que vayas irá,

Una oración bastará, verás. Allí lo encontrarás…

(Al alcance de una oración)

Podemos caminar confiados sabiendo que nuestro pastor va adelante de nosotros. Sus promesas son verdaderas, Él ha dicho: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” Juan 10:27-28. El cuidado de Dios a través de Jesús nos llena de seguridad y su cercanía nos permite disfrutar la paz interior. Jamás estamos solos. Esta vivencia no se crea en el instante, proviene de una relación cultivada a lo largo de los días. La belleza de esta imagen proporciona certidumbre y confianza. Dios está cercano e inmediato a sus criaturas, su disposición es cuidar a quien le invoca. Antes de pedirlo, antes de saberlo, el Padre ya cuidaba te ti y de mí.

  1. Alegre consolador. “En medio de las preocupaciones que se agolpan en mi mente, tú me das consuelo y alegría”

Somos peregrinos del polvo, somos frágiles papalotes agitados por el viento, tan solo sostenidos por un hilo invisible. A lo largo de la vida serán muchos los quebrantos: por los sueños rotos, por las oraciones que no llegan, por las traiciones de los amigos, porque extrañamente te sientes solo o sola, porque las voces ajenas te dicen que no vales, porque debes tomar decisiones que van a lastimar a quienes te importan, porque tu amor tarda demasiado, por esas heridas profundas que no sanan, por tus rutinas vacías, porque no puedes vencer tus luchas internas, porque fallaste una promesa. Son muchas las veces que caminamos cerca del abismo y la desesperación. En el proceso de crecer, vamos aprendido que la vida está llena de preocupaciones.

Todos enfrentamos condiciones de sufrimiento: por la pobreza, por enfermedades crónicas, por abandonos, por la muerte de seres amados, por abusos diferentes, por frustraciones de los planes, por una familia tóxica. Pero, también son muchos los factores externos, como la amenaza del COVID 19. Esta epidemia que se extiende sobre la humanidad es una sombra oscura que absorbe el amor y la esperanza y así, en un abrir y cerrar de ojos hemos perdido la quietud del alma. En el momento del confinamiento se despertaron los miedos agazapados dentro. Sin duda, son muchas las angustias y aflicciones, como padres, madres e hijos. Nos duele lo que dejamos de hacer y de ganar, nos duelen los que enferman, los que mueren, los que quedan con el vacío. Nos duele la muerte visible de tantos, nos duele la muerte posible de cada uno.

Frente a la realidad de la muerte el alma se perturba. La gente que teme a la muerte y se aferra a la vida de forma desesperada es porque sospecha que esta vida es todo lo que existe. En medio de la angustia y los miedos, la presencia del Padre conforta nuestro corazón. Su Palabra es aliento y fortaleza en las tribulaciones. Se dice del Salmo 23 que “ha secado muchas lágrimas y ha dado el molde en el que muchos corazones han encontrado la paz” (citado por Harold Kushner. ¿Quién necesita a Dios? Ed. EMECE. P. 172). Cuando las cosas marchan bien, Dios es indefinible; pero en los tiempos de crisis Dios se vuelve real y comprometido para nuestra conciencia. En el fondo, afirmamos que de no ser por Él no habríamos salido adelante.

La fe en Dios, como sentido pleno de la vida, nos permite transformar las desgracias en oportunidades de bendición. Gracias a la disposición de fe encontramos motivos de alegría espiritual en medio de las tormentas. Dios es la presencia que necesitamos en esta hora de incertidumbre y aflicción, Él nos hace sentir la consolación en nuestra vulnerabilidad.

Estos retratos nos cuentan cómo es Dios, su manera de ser es vida, confianza y gozo, en esta visión enfrentamos las condiciones de adversidad. Ante la realidad amenazante recuerda que Dios es quien hace posible que vivas, Él está cerca y nos brinda consolación en las preocupaciones. ¿Es este el Dios en el que cree?

Más Artículos

REDES SOCIALES

La fe y nuestras emociones ante la contingencia

La fe y nuestras emociones ante la contingencia

Min. Ausencio Arroyo García

Ante el periodo de reclusión doméstica, los especialistas han señalado que, la condición de encierro que empezamos a padecer a causa de la contingencia podría provocar diversas emociones negativas, que si se prolongaran o se expresaran inadecuadamente suscitará conflictos internos o de relaciones. Por emoción nos referimos a la: Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática (RAE).

Frente a los niveles de ansiedad a los que estamos expuestos, la Palabra y el Espíritu de Dios nos dan la dirección y sana contención para salir bendecidos de la difícil prueba que enfrentamos. Las Escrituras nos orientan a cuidar el corazón (Proverbios 4:23); en el trasfondo hebreo, el corazón es el asentamiento de las decisiones; como creyentes, se espera que mantengamos la pureza y el equilibrio interno a fin de que nuestro carácter y conductas sean acordes a la fe que profesamos. El camino de las emociones es diverso y múltiple, no en todos tendrá la misma manifestación; es fundamental mantenernos vigilantes cuidando el corazón y las emociones.

EMOCIONES QUE PODRÍA EXPERIMENTAR DURANTE LA CONTINGENCIA:

Miedo: podemos temer perder el bienestar material, físico y familiar. El miedo es de alto riesgo porque si está fuera de control provoca conductas disfuncionales. El miedo se acrecienta cuando enfocamos la mirada en los peligros y no en el Señor del pánico (Mateo 14:30) y la superación de este se halla en el dominio del amor de Dios en el corazón del cristiano.

Enojo: la sensación de estar padeciendo algo injusto y las restricciones de espacio, posibilidades de acción y pérdida del control de la vida, despierta la animadversión contra las circunstancias, las autoridades o incluso, las personas cercanas que, en su percepción; se apropian de su tiempo, sus energías y sus recursos. El enojo fuera de control puede conducir a conductas violentas. Si dejamos que se manifieste tal cual, la ira podría explotar y lastimar a personas que amamos o a extraños y dejar daños físicos, materiales, emocionales o espirituales. El Señor nos confronta sobre el manejo de la ira, si bien no prohíbe la posibilidad de sentir enojo, sí exige que la mantengamos dentro de los límites para no cometer pecado (Efesios 4:26; Santiago 1:20), el desarrollo del carácter cristiano conduce al dominio propio (2 Timoteo 1:7). Es mejor hablar las frustraciones y el enojo que experimentemos que actuar la ira. Hable con un consejero pastoral y ore pidiendo a Dios tener dominio propio.

Tristeza: las diferentes pérdidas producen la idea catastrófica de que ocurrirá algo peor, que nada merece el esfuerzo y quizá lleve al deseo de no hacer nada. Generalmente se asocia con la sensación de soledad. A veces surge de peligros reales, otras son sólo imaginaciones. Para sobreponernos a esto, la Biblia nos enseña que los hijos de Dios no estamos solos: “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen, y los defiende”, Salmo 34:7. Somos invitados a celebrar en la presencia del Señor y a compartir las bendiciones con el prójimo: “El gozo del Señor es vuestra fuerza” (Nehemías 8:10). Podemos encontrar formas de vincularnos con los hermanos para enfrentar juntos el pesimismo.

Aburrimiento: el encierro en un espacio restringido y en el ciclo diario repetitivo reduce la poca animosidad con que se cuenta al comienzo de la contingencia. La tentación consiste en hacer del ocio mera pasividad, como quedarse demasiado tiempo en cama o llenar las horas con entretenimiento de las pantallas. La holgazanería hace perder los regalos del Señor: (Proverbios 6:6-11; 19:15; 21:25; 20:4). No hay que desaprovechar la ocasión, la inteligencia es descubrir la oportunidad (26:13-16). El esfuerzo atrae la bendición de Dios (14:23). El trabajo lleva a la prosperidad y la indolencia a la penuria. En todo momento se debe tener presente la afirmación de 10:22. Como seres que somos a imagen y semejanza de Dios, estamos dotados de capacidades creativas para dar forma al caos y hacer existir lo que aun no existe.

Ansiedad: Es la sensación de intranquilidad y zozobra. Lo denominamos por estar nerviosos, ya sea por tener un presentimiento de algo desafortunado o por la estrechez que se percibe (Salmo 4:1), en medio de los problemas la mente se cierra y no alcanza a mirar soluciones. La ansiedad conduce al mal humor, decaimiento, aislamiento o parálisis emocional, lleva al desgaste físico, emocional e incluso espiritual.

RECURSOS DE LA FE CRISTIANA PARA CONTRARRESTAR LOS EFECTOS DE LAS EMOCIONES NEGATIVAS:

  1. Tenga gratitud (Salmo 103:1-3). El agradecimiento proviene de reconocer las bendiciones gratuitas que viene de Dios. Consiste en sabernos favorecidos de manera desinteresada. Cómo podemos fortalecer el espíritu de agradecimiento: mire todo lo que le rodea, no se concentre en lo que ha perdido o lo que le falta, atienda todo lo bello y bueno que sucede junto a usted, aunque sean cosas pequeñas (el vuelo de un colibrí, un brote de higo, el reencuentro de un amigo, lluvia mansa en el jardín, una comida deliciosa en casa), son significativas. Recuente el mal que no padece, de cuántas adversidades posibles ha sido librado, cómo ha recuperado la salud o resuelto problemas. Afirme la bondad que recibe, recuerde las personas que han estado cerca y le han brindado cuidado y afecto sincero, los favores de diferente índole que ha recibido.

Agradezca sus posesiones significativas, las habilidades y cualidades que posee. Revalore a las personas que forman parte de su vida, recuerde las experiencias que le han hecho feliz. Considere que los problemas, bajo el aliento del Espíritu pueden suscitar grandes oportunidades de fortaleza espiritual. De una manera práctica, haga una lista diaria de siete elementos que formen parte de su vida o que haya tenido en algún momento, por las que sienta gratitud, las puede escribir. Identifique, cada día, una fotografía personal o familiar que le despierte sentimientos positivos.

  1. Tenga mayor consciencia de su ser íntimo (Proverbios 4:23). Todos somos capaces de hacer el bien y el mal, todos tenemos áreas pecaminosas en las que se hace más visible nuestra naturaleza humana caída. Cuando no manejamos sana y justamente esta realidad, se hace visible por nuestras conductas y carácter; podemos caer en dos expresiones equivocadas: la culpa excesiva que nos lleva a considerarnos siempre indignos, no merecedores de gozo ni bienestar; o bien desviamos nuestra atención hacia otros, que presentan debilidades similares a las nuestras que pretendemos ocultar.

Desarrolle la aceptación de aspectos no amables de usted mismo y de otros, porque usted ha sido aceptado incondicionalmente por el amor de Dios que se ha revelado en Jesús. Permita que esta actitud de fe madura, fortalezca su sentido de ser perdonado y su aceptación del don amoroso de la gracia de Dios, más que dejarse dominar por sentimientos improductivos de culpa. Trate su cuerpo como habitación de Dios. Evalúe las creencias y los valores aprendidos de su infancia y reafirme y retenga sólo aquello que sea verdadero para su mente y corazón adultos. Aprenda a aquilatar sus dudas honestas, viéndolas como etapas de crecimiento de su fe aún cuando esto perturbe su necesidad nostálgica por una seguridad espiritual. Armonice sus valores éticos que guían su vida con su entendimiento del amor, la justicia y la plenitud para toda la gente en cualquier lugar, tienda puentes, no barreras, entre usted y otros con quienes tiene diferente entendimiento de Dios y de lo que es una vida correcta. Hoy, más que nunca practique auto-cuidado espiritual cada día, invierta tiempo en actividades como: meditación, oración, estudio serio, o escribir un diario en los aspectos religiosos que afectan su vida.

  1. Exprese amor ágape hacia los demás: incondicional y consistente (Juan 13:34). Haga posible que su fe incremente su esperanza y su paz interna, así como su entusiasmo por la vida y su deseo para servir a otros. Haga saber a los suyos el afecto, diga sus sentimientos por escrito o en forma verbal. La manera cristiana de tratar a los demás es con la misericordia, ésta consiste en hacer algo por los demás, a la manera de Dios (Isaías 54:10). Este amor se expresa en otorgar perdón a los que han caído, ser generoso con los débiles. Ser compasivos con quienes nos defraudan. Otorgar perdón nos llena de beneficios espirituales: nos mantiene sanos, preserva la alegría de vivir, recuperamos el control de nosotros mismos, hacemos de la vida algo más justo, detenemos el dolor de la herida, soltamos la amargura, aceptamos el perdón de Dios.

Si amo a mi prójimo voy a ser paciente con personas atípicas, quienes llegan a sernos desagradables. Antes de juzgar, entienda que cada uno tiene sus motivos y muchas veces los desconocemos. Expresar amor cristiano se hace evidente en el apoyo que se brinda a quienes están sufriendo (Proverbios 3:27). De la misma manera, nos compromete a hacer bien a los adversarios. La prueba más desafiante es hacer el bien a quienes nos hicieron o hacen daño, lo cual no quiere decir que estamos obligados a quedarnos en el lugar del daño, significa que no estamos buscando el desquite ni los alegraremos si sufre quien nos lastime. La manera de eliminar a un enemigo es convertirlo en amigo. Deje que Dios empareje las cosas (Romanos 12:17-21).

  1. Alinee su corazón al propósito de Dios para su vida (Filipenses 3:12). La desilusión ocurre cuando no se cumplen las expectativas que tenemos sobre Dios y nuestros anhelos. Nos sentimos decepcionados cuando lo que esperamos o soñamos no se realiza. Imaginamos la vida de una forma y le expresamos a Dios esos deseos con fervor y confianza; sin embargo, muchas veces, parece no responder a las oraciones. Nuestra búsqueda convencional de Dios, si lo observamos, consiste en hacer nosotros los planes y luego pedir al Señor que los bendiga, como que si supiéramos qué es lo que nos conviene en la perspectiva completa de las cosas y lo que requerimos es nada más un poder que lo haga posible. Este esquema condiciona a Dios a actuar según nuestro deseo y entendimiento. Pero, hay algo invertido en este modelo. Dios sabe lo que es mejor para nosotros y fue Él quien permitió que viniéramos a la vida con un propósito (Jeremías 1:5; 29:11). En lugar de orar diciendo: Dios bendice mis planes, deberíamos orar: buen Dios, quiero hacer los planes que has bendecido para mí. Quiero entender lo que pides que haga, quiero hacer tu voluntad. Vivir la vocación es la experiencia única que satisface y gratifica en lo más profundo del ser. La persona que no cumple el llamado divino, por muy feliz que parezca siempre será como un extranjero y errante en la vida.
  1. Deje en Dios todos sus motivos de ansiedad (1 Pedro 5:7). La epidemia, entre otros efectos, golpea el orgullo humano que cree tener todo bajo su control y nos recuerda que aunque tenemos libertad de actuar, nosotros no tenemos el dominio de la creación y ni de las consecuencias de nuestras decisiones. Pero, los creyentes, vivimos confiados en Aquél que tiene el mundo en sus manos y nos conduce en los valles oscuros. Entre otras cosas, tener un verdadero descanso nos proporcionará las energías para enfrentar el clima adverso, día a día. Un Salmo muy conocido dice: “en paz me acuesto y me duermo, porque sólo tú, Señor, me haces vivir confiado” (4:8) NVI. Esta expresión describe la actitud de alguien que al ir a la cama puede soltar todas las preocupaciones, dejarlas en la voluntad del Padre eterno quien de verdad tiene el poder de guardarnos. El reposo se consigue al soltarnos en sus planes y cuidados.

Nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, declara Pablo (Colosenses 3:3). Todo lo que somos, nuestra esencia e identidad, no pueden desaparecer ni con las amenazas de la vida ni de la muerte, Dios es eterno y estamos en su corazón y memoria para siempre. Mientras no nos soltemos de su mano, nada nos podrá separar de Él.

El escritor de la carta a los Hebreos afirma: “Hay dos cosas imposibles: que Dios mienta y que no cumpla lo que promete. Esas dos cosas nos dan confianza a los que nos refugiamos en él. Nos fortalecen para continuar en la esperanza que Dios nos da. Tenemos esa esperanza tan fuerte y segura como un ancla que sostiene el alma”, (6:18-19a BPD). El ancla del alma es la esperanza. Frente a las tormentas de la vida, nuestro ser se aferra a lo seguro en las profundidades de la existencia. El mal y el sufrimiento son temporales, pero las promesas de Dios son eternas, podemos sentir la fortaleza de su gracia y poder. La esperanza consiste en la confianza que la adversidad pasará y que saldremos victoriosos porque Dios es fiel e invencible.

RECOMENDACIONES FINALES

Mientras la prueba permanece, haremos bien en seguir algunas recomendaciones de especialistas.

  1. Mantenga la perspectiva completa: la mayoría de las personas pueden contraer el virus y superarlo sin manifestar ningún síntoma serio. Es importante tomar las medidas de higiene que se indican.
  2. Conozca los hechos. Adopte un enfoque analítico sobre la epidemia en los reportes diarios de las instancias de salud.
  3. Comente en familia. Comunique a su familia sobre la enfermedad, conforme a sus edades. Dé oportunidad, sin juzgar, para que expresen sus emociones y recuerde las palabras del Señor: “En el mundo tendrás aflicción, más confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
  4. Evite sobreinformación. Elija un horario de ver o escuchar las noticias al respecto, se recomienda al medio día; procure no seguir con obsesión el número de víctimas por la epidemia.
  5. Mantenga contacto social. La distancia física no implica separación de los lazos de afecto. Por diferentes medios usted puede compartir sus sentimientos.
  6. Mantenga un arreglo de su cuerpo y vestido. Aunque no vaya a salir de casa, vístase como un día de actividad. Le ayudará a organizar los momentos del día.
  7. Respete sus horarios de sueño. Ayude a su organismo a armonía de sus elementos químicos de buen estado de ánimo (como la serotonina y otros).
  8. Haga ejercicio regular en casa. Vea orientaciones al respecto.
  9. Aprenda algo nuevo. Existen muchas alternativas para invertir energía mental.
  10. Acceda a la luz del día en los horarios recomendables, y ámbitos de la naturaleza, cuando sea posible.
  11. Aliméntese sanamente y manténgase hidratado.
  12. Brinde a los niños un espacio seguro para sus juegos y divertimentos que promuevan emociones positivas.

1(American Psychological Association (APA, 2020). Five Ways to View Coverage of the Coronavirus. https://www.apa.org/helpcenter/pandemics; https://pavlov.psyciencia.com/2020/03/74f289d2- recomendaciones_psicologicas_uba.pdf ):

Más Artículos

REDES SOCIALES